Una serie sobre las traiciones cotidianas, los fracasos existenciales y la epifanía de la amistad.
Título original: DTF St.
Louis
Año: 2026
Duración: 387 min. (7
episodios)
País: Estados Unidos
Dirección: Steve Conrad
(Creador), Steve Conrad
Guion: Steve Conrad
Reparto: Jason Bateman; David Harbour; Linda Cardellini; Joy Sunday; Richard
Jenkins; Wynn Everett; Asher Miles Fallica; Chastity Dotson; Arischa Conner; Charles
Green; Daniel Di Amante; Presley Coley; Jackson A Park; Angelina David; Carter
J. Cooper; Rob Bouton; Kristyl Dawn Tift; Reneé Rayles; Sia Poorak; Alena
Mitchell; Abigail M Espinosa; Andrew Hunter; Christopher Cocke; Greg Lee; Joey
Shear; Chris Perfetti; Chris Conrad; Chase Steven Anderson; Analisa Wall.
Música: Alex Wurman
Fotografía: Jim Whitaker.
Hacía tiempo
que no traía una serie a este Ojo, y ello se debe, fundamentalmente, a
que, habiendo empezado algunas, no las hemos acabado, como Yellowstone,
de Taylor Sheridan, porque son demasiadas temporadas y nos «rajamos», porque
echamos de menos películas con un final al que podamos acceder, o porque, aun
gustándonos, como es el caso de la canadiense Empatía, de Guillaume
Lonergan, «amenaza» con nuevas temporadas. De vez en cuando, algún productor
tiene la brillante idea de contratar lo que habríamos de considerar una
miniserie, es decir, la que consta de una sola temporada y tiene un final que
impide ulteriores continuaciones. Es el caso de la serie DTF St. Louis,
emitida en HBO y creada y dirigida por Steve Conrad. Había leído un elogio en
un artículo de El País y he de reconocer que tas sentarnos a ver el primer
capítulo, la presencia de actores de tanta calidad como Jason Bateman, a quien
vimos en Ozark, hasta que nos cansamos y la abandonamos, y, sobre todo,
Richard Jenkins, a quien hemos visto innumerables veces siempre con gran
admiración y placer, sobre todo en A dos metros bajo tierra, que vimos
íntegra, y que conservamos, porque era la época en que las comprábamos en DVDs,
como Mad Men o Homeland, ¡esas maravillas!; la presencia de esos
actores, decía, no tardó en seducirnos y
en acostumbrarnos a su poderosa presencia, perfectamente ajustada a un
excelente guion, «la estrella de la función».
Desde el lado cinéfilo, he de3 consignar que el título de la serie me trajo a
la memoria una estupenda película musical de Vincente Minnelli, Meet me in
St. Louis, con la que, obviamente, nada tiene que ver la serie. En todo
caso, y forzando algo la comparación, bien podríamos hablar del concepto de familia
a comienzos del siglo xx, 1904,
exactamente, y el concepto de familia en 2026, 122 años después. No es
necesaria mucha imaginación para percatarnos de todo lo que hemos perdido por
el camino, por supuesto.
Esta miniserie
destaca, ya lo he dicho, por su excelente guion, porque, a través de una mínima
trama en la que dos vecinos con una insatisfactoria vida sexual se ponen de
acuerdo para inscribirse en la página web de citas DTF —siglas que en una
conversación se traducen por Down To Fuck y que, curiosamente, encaja
con una traducción siglar afortunada: Donde todos Follan—, llegaremos a
una extraña muerte que determina la entrada en escena de la policía, con
Richard Jenkins al frente, en disputa profesional con una inspectora negra,
interpretada por la bellísima Joy Sunday, con quien mantendrá a lo largo de la
trama una relación que mejora el corazón de la trama, es decir, la aventura de
los dos vecinos con ganas de tener aventuras sexuales.
Los hombres, que se conocen
fortuitamente en un comercio y enseguida se caen mutuamente bien, acaban
trabajando juntos: uno es el «hombre del tiempo» de una cadena local de
televisión y el otro colabora como traductor al lenguaje de signos. Ambos
tienen escasa o nula actividad sexual en el seno de sus matrimonios, de ahí que
la aventura de la DTF suponga un aliciente en sus vidas. Poco a poco y con
mucho tiento, ambas familias van relacionándose, lo que provoca un encuentro,
en una barbacoa familiar, entre el presentador meteorológica y la mujer de su
intérprete que acabará transformándose en una aventura adúltera. Pero todo ese
proceso lo conocemos, en realidad, a partir de un flash back, porque lo que
marca el devenir de la serie es que en el primer capítulo aparece el cadáver
del intérprete de signos, lo que convierte la serie en una recreación de todos
los pasos que, narrativamente, han llevado a esa muerte. Que conste en acta que
el policía veterano encargado de la investigación, Jenkins, tarda un suspiro en
considerar el caso cerrado, pero el escepticismo de su subordinada se une a las
revelaciones hechas por el acusado de haberlo matado, lo cual nos lleva a una
situación de adulterio consentido y coparticipado que desmonta todas sus
teorías.
La mujer del
intérprete, que ha decidido trabajar como árbitro de béisbol para contribuir a
la economía familiar, porque el trabajo del marido no da para mucho, es un
personaje creado con mucho mimo, y la intérprete, Linda Cardellini, consigue
dotarlo de una dimensión protagonista absoluta. El hijo, nacido de su relación
con el primer marido, es otro de los personajes clave en la serie, y, de hecho,
la serie se abre con unos ejercicios de reconocimiento y aceptación mutua entre
él y el padrastro, una relación muy difícil que se desarrollará como otra trama
paralela a las varias que hacen de esta serie un prodigio de narración
multifocal en la que no hay relaciones secundarias o menos interesantes, todas
brillan a gran altura y nos muestran emociones auténticas, como sucede cuando
el marido, por puro amor a la música y al baile, actúa como bailarín-intérprete
de un grupo de música, creando una actuación paralela tan atractiva como la del
propio grupo musical. De hecho, conmueve el amor que siente la esposa adúltera
cuando lo ve, tan entregado, en lo alto del escenario, lo que a su amigo le
resulta incomprensible.
La serie puede
considerarse como un whodunit de manual, porque, al estilo de las tradicionales
novelas policiacas o de detectives, el máximo interés de la trama consiste en
determinar cómo ha fallecido el intérprete y si ha sido víctima de un
asesinato, como todo así lo da a entender, por las circunstancias de la muerte.
Ya veremos cómo las teorías del inspector se van desmoronando a medida que
avanza la investigación y surgen las famosas dudas, el in dubio...
jurídico al que temen como a la peste. No deja de haber un profundo humor negro
que baña la actuación de casi todos los personajes, porque de él está exento el
hijastro del intérprete, un caso de casi trastorno mental en el que el
padrastro intenta todo lo humanamente posible para establecer contacto con él y
mejorar una relación casi imposible. Va a ser el baile la clave para abrir el
candado de ese hermetismo del chico y abrirlo a una relación profundamente
humana con quien menos él creía que podría hacerlo.
A pesar de la
ambición narrativa, la serie tiene tiempo para trazar el retrato de los
personajes con unos detalles minúsculos, pero de gran impacto en la creación de
sus personalidades, que llegan nítidamente a los espectadores, quienes lo
agradecen, porque solo entonces tenemos la certeza de que los personajes no son
meras marionetas al servicio del whodunit, sino un intento de acerarnos
a un momento dado de la sociedad usamericana. Insisto en que la aceptación de
la serie depende mucho de las grandes interpretaciones y de cómo, a lo largo de
la monumental explicación retrospectiva, todas las piezas que pareen encajar
perfectamente desde el comienzo de la serie, se desordenan para reorganizarse
de un modo sorprendente, y esa sorpresa incluya, al final de todo, el
desenlace, que deja muy buen sabor de boca narrativo y una especial y profunda
tristeza ante las miserias de la vida cotidiana de personas absolutamente
corrientes y molientes, todas ellas fieles partidarias del «sueño usamericano»,
es decir, la pesadilla...

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