lunes, 4 de mayo de 2026

«DTF St. Louis», de Steve Conrad, el último «hit» de HBO.

 

Una serie sobre las traiciones cotidianas, los fracasos existenciales y la epifanía de la amistad.

 

Título original: DTF St. Louis

Año: 2026

Duración: 387 min. (7 episodios)

País:  Estados Unidos

Dirección: Steve Conrad (Creador), Steve Conrad

Guion: Steve Conrad

Reparto: Jason Bateman; David Harbour; Linda Cardellini; Joy Sunday; Richard Jenkins; Wynn Everett; Asher Miles Fallica; Chastity Dotson; Arischa Conner; Charles Green; Daniel Di Amante; Presley Coley; Jackson A Park; Angelina David; Carter J. Cooper; Rob Bouton; Kristyl Dawn Tift; Reneé Rayles; Sia Poorak; Alena Mitchell; Abigail M Espinosa; Andrew Hunter; Christopher Cocke; Greg Lee; Joey Shear; Chris Perfetti; Chris Conrad; Chase Steven Anderson; Analisa Wall.

Música: Alex Wurman

Fotografía: Jim Whitaker.

 

          Hacía tiempo que no traía una serie a este Ojo, y ello se debe, fundamentalmente, a que, habiendo empezado algunas, no las hemos acabado, como Yellowstone, de Taylor Sheridan, porque son demasiadas temporadas y nos «rajamos», porque echamos de menos películas con un final al que podamos acceder, o porque, aun gustándonos, como es el caso de la canadiense Empatía, de Guillaume Lonergan, «amenaza» con nuevas temporadas. De vez en cuando, algún productor tiene la brillante idea de contratar lo que habríamos de considerar una miniserie, es decir, la que consta de una sola temporada y tiene un final que impide ulteriores continuaciones. Es el caso de la serie DTF St. Louis, emitida en HBO y creada y dirigida por Steve Conrad. Había leído un elogio en un artículo de El País y he de reconocer que tas sentarnos a ver el primer capítulo, la presencia de actores de tanta calidad como Jason Bateman, a quien vimos en Ozark, hasta que nos cansamos y la abandonamos, y, sobre todo, Richard Jenkins, a quien hemos visto innumerables veces siempre con gran admiración y placer, sobre todo en A dos metros bajo tierra, que vimos íntegra, y que conservamos, porque era la época en que las comprábamos en DVDs, como Mad Men o Homeland, ¡esas maravillas!; la presencia de esos actores, decía,  no tardó en seducirnos y en acostumbrarnos a su poderosa presencia, perfectamente ajustada a un excelente guion, «la estrella de la  función». Desde el lado cinéfilo, he de3 consignar que el título de la serie me trajo a la memoria una estupenda película musical de Vincente Minnelli, Meet me in St. Louis, con la que, obviamente, nada tiene que ver la serie. En todo caso, y forzando algo la comparación, bien podríamos hablar del concepto de familia a comienzos del siglo xx, 1904, exactamente, y el concepto de familia en 2026, 122 años después. No es necesaria mucha imaginación para percatarnos de todo lo que hemos perdido por el camino, por supuesto.

          Esta miniserie destaca, ya lo he dicho, por su excelente guion, porque, a través de una mínima trama en la que dos vecinos con una insatisfactoria vida sexual se ponen de acuerdo para inscribirse en la página web de citas DTF —siglas que en una conversación se traducen por Down To Fuck y que, curiosamente, encaja con una traducción siglar afortunada: Donde todos Follan—, llegaremos a una extraña muerte que determina la entrada en escena de la policía, con Richard Jenkins al frente, en disputa profesional con una inspectora negra, interpretada por la bellísima Joy Sunday, con quien mantendrá a lo largo de la trama una relación que mejora el corazón de la trama, es decir, la aventura de los dos vecinos con ganas de tener aventuras sexuales.

          Los hombres, que se conocen fortuitamente en un comercio y enseguida se caen mutuamente bien, acaban trabajando juntos: uno es el «hombre del tiempo» de una cadena local de televisión y el otro colabora como traductor al lenguaje de signos. Ambos tienen escasa o nula actividad sexual en el seno de sus matrimonios, de ahí que la aventura de la DTF suponga un aliciente en sus vidas. Poco a poco y con mucho tiento, ambas familias van relacionándose, lo que provoca un encuentro, en una barbacoa familiar, entre el presentador meteorológica y la mujer de su intérprete que acabará transformándose en una aventura adúltera. Pero todo ese proceso lo conocemos, en realidad, a partir de un flash back, porque lo que marca el devenir de la serie es que en el primer capítulo aparece el cadáver del intérprete de signos, lo que convierte la serie en una recreación de todos los pasos que, narrativamente, han llevado a esa muerte. Que conste en acta que el policía veterano encargado de la investigación, Jenkins, tarda un suspiro en considerar el caso cerrado, pero el escepticismo de su subordinada se une a las revelaciones hechas por el acusado de haberlo matado, lo cual nos lleva a una situación de adulterio consentido y coparticipado que desmonta todas sus teorías.

          La mujer del intérprete, que ha decidido trabajar como árbitro de béisbol para contribuir a la economía familiar, porque el trabajo del marido no da para mucho, es un personaje creado con mucho mimo, y la intérprete, Linda Cardellini, consigue dotarlo de una dimensión protagonista absoluta. El hijo, nacido de su relación con el primer marido, es otro de los personajes clave en la serie, y, de hecho, la serie se abre con unos ejercicios de reconocimiento y aceptación mutua entre él y el padrastro, una relación muy difícil que se desarrollará como otra trama paralela a las varias que hacen de esta serie un prodigio de narración multifocal en la que no hay relaciones secundarias o menos interesantes, todas brillan a gran altura y nos muestran emociones auténticas, como sucede cuando el marido, por puro amor a la música y al baile, actúa como bailarín-intérprete de un grupo de música, creando una actuación paralela tan atractiva como la del propio grupo musical. De hecho, conmueve el amor que siente la esposa adúltera cuando lo ve, tan entregado, en lo alto del escenario, lo que a su amigo le resulta incomprensible.

          La serie puede considerarse como un whodunit de manual, porque, al estilo de las tradicionales novelas policiacas o de detectives, el máximo interés de la trama consiste en determinar cómo ha fallecido el intérprete y si ha sido víctima de un asesinato, como todo así lo da a entender, por las circunstancias de la muerte. Ya veremos cómo las teorías del inspector se van desmoronando a medida que avanza la investigación y surgen las famosas dudas, el in dubio... jurídico al que temen como a la peste. No deja de haber un profundo humor negro que baña la actuación de casi todos los personajes, porque de él está exento el hijastro del intérprete, un caso de casi trastorno mental en el que el padrastro intenta todo lo humanamente posible para establecer contacto con él y mejorar una relación casi imposible. Va a ser el baile la clave para abrir el candado de ese hermetismo del chico y abrirlo a una relación profundamente humana con quien menos él creía que podría hacerlo.

          A pesar de la ambición narrativa, la serie tiene tiempo para trazar el retrato de los personajes con unos detalles minúsculos, pero de gran impacto en la creación de sus personalidades, que llegan nítidamente a los espectadores, quienes lo agradecen, porque solo entonces tenemos la certeza de que los personajes no son meras marionetas al servicio del whodunit, sino un intento de acerarnos a un momento dado de la sociedad usamericana. Insisto en que la aceptación de la serie depende mucho de las grandes interpretaciones y de cómo, a lo largo de la monumental explicación retrospectiva, todas las piezas que pareen encajar perfectamente desde el comienzo de la serie, se desordenan para reorganizarse de un modo sorprendente, y esa sorpresa incluya, al final de todo, el desenlace, que deja muy buen sabor de boca narrativo y una especial y profunda tristeza ante las miserias de la vida cotidiana de personas absolutamente corrientes y molientes, todas ellas fieles partidarias del «sueño usamericano», es decir, la pesadilla...

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