Con estética neo noir y trasfondo social crítico del sur profundo, una ácida y bien trabada historia de perdedores.
Título original: LaRoy,
Texas
Año: 2023
Duración: 110 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Shane Atkinson
Guion: Shane Atkinson
Reparto: Steve Zahn; John Magaro: Dylan Baker; Galadriel Stineman; Matthew
Del Negro; Bob Clendenin; Brad Leland; Megan Stevenson; Brooks Hall: Rio
Alexander; Alex Knight; Darcy Shean; Marion Dunn; Mimi Fletcher; Alen Kolenovic;
Elliott Mayer; Korra Dodson-Sands; A.J. Buckley; Emily Pendergast; Vic Browder;
Brannon Cross.
Música: Rim Laurens,
Delphine Malaussena
Fotografía: Mingjue Hu.
No sé si a los
hermanos Coen les cabe el título de «viejos maestros» cuyas lecciones han caído
en la tierra fértil de otros realizadores que, como ahora Shane Atkinson, han
aprendido de ellos a la perfección cómo sacar adelante una historia que bien
podríamos llamar «tradicional», «tópica» o de esas de las que decimos «mil
veces vista»... El caso es que el debut en el largo de Shane Atkinson remite al
modelo de Fargo o de Sangre fácil, entre otras de los espléndidos
hermanos Coen, si bien Atkinson, de la mano de un excelente cinematografista, Mingjue
Hu ,que le ha dado a la película esa atmósfera cromática y luminosa del más
puro neo noir, ha imprimido un sello personal que ya ha sido reconocido y premiado
en un festival, el Deauville Film Festival, donde se llevó
los tres máximos galardones: la mejor película, el premio del
público y el de la crítica, lo cual quiere decir que concitó la unanimidad a la
que cualquier espectador puede sumarse hasta con entusiasmo.
Es
tradicional, en el cine usamericano, que ciertas tramas entre los costumbrista
y lo criminal se desarrollen en localidades pequeñas en las que destacan
personajes como los que aquí van a desfilar ante nuestros ojos con unas
peculiaridades tópicas, sí, pero muy bien descritas e interpretadas. Si,
además, por puro azar, se cruzan dos historias que, teóricamente, nada tienen
que ver entre sí, asistimos a una suerte de vidas paralelas que acabarán
confluyendo de una manera violenta y dramática. La inocencia y la maldad, en
sus muy diferentes niveles de realidad, van a desplegarse ante los atónitos
ojos de los espectadores con una seguridad en el pulso narrativo y en la
estética adaptada a un género tan concreto como el del neo noir que exige, sí,
esas escenas en el aparcamiento de un club, con la única luz del neón que
anuncia el local, el claustrofóbico interior de un motel de tercera, el plano
fijo nocturno en el que irrumpe, por la derecha, la mitad de un coche en primer
plano, y muchos otros recursos que, siendo genéricos, tienen a virtud de
aparecer ante nuestros ojos como virtudes no diré que casi nunca vistas, pero
sí perfectamente escogidas y realizadas.
Hay, en este
tipo de películas en las que un tonto o ingenuo es el hilo conductor, una
previsibilidad que, en principio, debería arruinarnos la visión, porque
imaginamos como va a acabar todo, pero el hecho de que haya esas dos tramas
paralelas que acaban convergiendo, nos mantienen en una saludable expectativa sobre
cómo acabará ese lío en el que se van sembrando cadáveres desde el comienzo de
la película, cuando un conductor viaja de noche, una excelente fotografía de
los faros abriéndose camino en medio de la nada, y recoge a un autoestopista al que se le ha
averiado la camioneta. Bromean sobre si el recién subido pudiera ser un
asesino, hipótesis que esgrime como broma el recogido tras advertir la cara de
miedo del conductor, quien no tarada en devolverle la broma, para terror del autoestopista,
quien no tarda en pedir que pare el coche para bajarse. El plano posterior del
conductor cubriendo con la pala la tumba del atemorizado pasajero nos pone ya
sobre la pista de cómo van a discurrir las cosas. Que ese asesino a sueldo sea
Dylan Baker es una garantía absoluta de que sus ulteriores apariciones van a
estar a la altura de la inicial de la película, como así sucede.
El siguiente
personaje que se nos presenta es la esposa del protagonista, una vieja belleza
del lugar que fue elegida Miss LaRoy y que se dedica a preparar a niñas para concursos
como los de la exitosa película Little Miss Sunshine, de Jonathan Dayton
y Valerie Faris, otra de las referencias del autor. Enseguida advertimos que
domina a su marido, el típico calzonazos enamorado de ella y que, en una escena
anterior, acaba de ser desengañado sobe su inverosímil fidelidad cuando un
aspirante a detective privado, un personaje que borda Steve Zahn, le enseña fotos
de ella entrando en un motel de mala muerte, pero no de con quien sale de él,
fotos que toma porque conoce a la mujer y él está «de guardia» para un caso de
divorcio para el que ha sido contratado.
Por lo dicho,
ya se aprecia que los retrato de los personajes, por tópicas que sean sus
figuras, están trazados con una sutileza que va a sacar de ellos un rendimiento
que no tarda en confirmarse. La historia navega con habilidad por el retrato
social, el humor negro, la picaresca, la crónica policial y la visión crítica
de una realidad que se ajusta como un guante a otras historias de la Usamérica
profunda que hemos visto con mil y una variantes en multitud de ocasiones. No
tengo más que recordar Killer Joe, de William Friedkin, sobresaliente
cum laude en este género, por ejemplo.
La puesta en
escena recorre, de forma canónica, los lugares habituales del género y aparecen
los automóviles propios de esa realidad Usamericana. Todo ello sometido a la
selección fantástica de una fotografía que confiere a la cinta una calidad
contrastada. Abundan, obviamente, las escenas nocturnas, pero los encuadres en
la cafetería, el trabajo, el concesionario, con dos monumentales personajes a
cargo de Brad Leland, el vaquero del concesionario de coches y su mujer, Darcy Shean,
auténtica propietaria del negocio y quien, a su manera, gobierna en la sombra
parte de la trama en la que se ven envueltos, por puro azar, el protagonista, a
quien pone cara idónea John Magaro y el autoproclamado investigador privado,
Steve Zahn.
Aunque toda la
acción está llena de lo que podríamos llamar «delitos menores», el maletín con
250.000 dólares que despierta la codicia de todos los personajes envueltos en
la trama, le dan un vuelvo definitivo a la narración, que se convierte,
entonces, en un thriller oscuro en el que se producen ajustes de cuentas de la
manera más traumática imaginable, pero eso habrán de descubrirlo los
espectadores a los que les guste este género cinematográfica en el que la
presente película figura con todos los
honores de gran película.

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