sábado, 2 de mayo de 2026

«LaRoy, Texas», de Shane Atkinson, una ópera prima homenaje a los Coen.

 

Con estética neo noir y trasfondo social crítico del sur profundo, una ácida y bien trabada historia de perdedores.

 

Título original: LaRoy, Texas

Año: 2023

Duración: 110 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Shane Atkinson

Guion: Shane Atkinson

Reparto: Steve Zahn; John Magaro: Dylan Baker; Galadriel Stineman; Matthew Del Negro; Bob Clendenin; Brad Leland; Megan Stevenson; Brooks Hall: Rio Alexander; Alex Knight; Darcy Shean; Marion Dunn; Mimi Fletcher; Alen Kolenovic; Elliott Mayer; Korra Dodson-Sands; A.J. Buckley; Emily Pendergast; Vic Browder; Brannon Cross.

Música: Rim Laurens, Delphine Malaussena

Fotografía: Mingjue Hu.

 

          No sé si a los hermanos Coen les cabe el título de «viejos maestros» cuyas lecciones han caído en la tierra fértil de otros realizadores que, como ahora Shane Atkinson, han aprendido de ellos a la perfección cómo sacar adelante una historia que bien podríamos llamar «tradicional», «tópica» o de esas de las que decimos «mil veces vista»... El caso es que el debut en el largo de Shane Atkinson remite al modelo de Fargo o de Sangre fácil, entre otras de los espléndidos hermanos Coen, si bien Atkinson, de la mano de un excelente cinematografista, Mingjue Hu ,que le ha dado a la película esa atmósfera cromática y luminosa del más puro neo noir, ha imprimido un sello personal que ya ha sido reconocido y premiado en un festival, el Deauville Film Festival, donde se llevó

los tres máximos galardones: la mejor película, el premio del público y el de la crítica, lo cual quiere decir que concitó la unanimidad a la que cualquier espectador puede sumarse hasta con entusiasmo.

          Es tradicional, en el cine usamericano, que ciertas tramas entre los costumbrista y lo criminal se desarrollen en localidades pequeñas en las que destacan personajes como los que aquí van a desfilar ante nuestros ojos con unas peculiaridades tópicas, sí, pero muy bien descritas e interpretadas. Si, además, por puro azar, se cruzan dos historias que, teóricamente, nada tienen que ver entre sí, asistimos a una suerte de vidas paralelas que acabarán confluyendo de una manera violenta y dramática. La inocencia y la maldad, en sus muy diferentes niveles de realidad, van a desplegarse ante los atónitos ojos de los espectadores con una seguridad en el pulso narrativo y en la estética adaptada a un género tan concreto como el del neo noir que exige, sí, esas escenas en el aparcamiento de un club, con la única luz del neón que anuncia el local, el claustrofóbico interior de un motel de tercera, el plano fijo nocturno en el que irrumpe, por la derecha, la mitad de un coche en primer plano, y muchos otros recursos que, siendo genéricos, tienen a virtud de aparecer ante nuestros ojos como virtudes no diré que casi nunca vistas, pero sí perfectamente escogidas y realizadas.

          Hay, en este tipo de películas en las que un tonto o ingenuo es el hilo conductor, una previsibilidad que, en principio, debería arruinarnos la visión, porque imaginamos como va a acabar todo, pero el hecho de que haya esas dos tramas paralelas que acaban convergiendo, nos mantienen en una saludable expectativa sobre cómo acabará ese lío en el que se van sembrando cadáveres desde el comienzo de la película, cuando un conductor viaja de noche, una excelente fotografía de los faros abriéndose camino en medio de la nada,  y recoge a un autoestopista al que se le ha averiado la camioneta. Bromean sobre si el recién subido pudiera ser un asesino, hipótesis que esgrime como broma el recogido tras advertir la cara de miedo del conductor, quien no tarada en devolverle la broma, para terror del autoestopista, quien no tarda en pedir que pare el coche para bajarse. El plano posterior del conductor cubriendo con la pala la tumba del atemorizado pasajero nos pone ya sobre la pista de cómo van a discurrir las cosas. Que ese asesino a sueldo sea Dylan Baker es una garantía absoluta de que sus ulteriores apariciones van a estar a la altura de la inicial de la película, como así sucede.

          El siguiente personaje que se nos presenta es la esposa del protagonista, una vieja belleza del lugar que fue elegida Miss LaRoy y que  se dedica a preparar a niñas para concursos como los de la exitosa película Little Miss Sunshine, de Jonathan Dayton y Valerie Faris, otra de las referencias del autor. Enseguida advertimos que domina a su marido, el típico calzonazos enamorado de ella y que, en una escena anterior, acaba de ser desengañado sobe su inverosímil fidelidad cuando un aspirante a detective privado, un personaje que borda Steve Zahn, le enseña fotos de ella entrando en un motel de mala muerte, pero no de con quien sale de él, fotos que toma porque conoce a la mujer y él está «de guardia» para un caso de divorcio para el que ha sido contratado.

          Por lo dicho, ya se aprecia que los retrato de los personajes, por tópicas que sean sus figuras, están trazados con una sutileza que va a sacar de ellos un rendimiento que no tarda en confirmarse. La historia navega con habilidad por el retrato social, el humor negro, la picaresca, la crónica policial y la visión crítica de una realidad que se ajusta como un guante a otras historias de la Usamérica profunda que hemos visto con mil y una variantes en multitud de ocasiones. No tengo más que recordar Killer Joe, de William Friedkin, sobresaliente cum laude en este género, por ejemplo.

          La puesta en escena recorre, de forma canónica, los lugares habituales del género y aparecen los automóviles propios de esa realidad Usamericana. Todo ello sometido a la selección fantástica de una fotografía que confiere a la cinta una calidad contrastada. Abundan, obviamente, las escenas nocturnas, pero los encuadres en la cafetería, el trabajo, el concesionario, con dos monumentales personajes a cargo de Brad Leland, el vaquero del concesionario de coches y su mujer, Darcy Shean, auténtica propietaria del negocio y quien, a su manera, gobierna en la sombra parte de la trama en la que se ven envueltos, por puro azar, el protagonista, a quien pone cara idónea John Magaro y el autoproclamado investigador privado, Steve Zahn.

          Aunque toda la acción está llena de lo que podríamos llamar «delitos menores», el maletín con 250.000 dólares que despierta la codicia de todos los personajes envueltos en la trama, le dan un vuelvo definitivo a la narración, que se convierte, entonces, en un thriller oscuro en el que se producen ajustes de cuentas de la manera más traumática imaginable, pero eso habrán de descubrirlo los espectadores a los que les guste este género cinematográfica en el que la presente película figura con todos  los honores de gran película.

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