lunes, 13 de julio de 2026

«La estrella de David», «Yo tenía 19 años», «Hombre desnudo en el campo» y «Solo Sunny, de Konrad Wolf, primer contacto con Konrad Wolf, maestro del cine de la Alemania comunista.

 

Título original: Sterne

Año: 1959

Duración: 92 min.

País: Alemania del Este (RDA)

Dirección: Konrad Wolf

Guion: Angel Vagenshtain

Reparto: Sasha Krusharska; Jürgen Frohriep; Erik S. Klein; Stefan Pejchev; Georgi Naumov;  Ivan Kondov; Milka Tuykova.

Música: Simeon Pironkov

Fotografía: Werner Bergmann

 

 

 





Título original: Ich war neunzehn

Año: 1968

Duración: 115 min.

País: Alemania del Este (RDA)

Dirección: Konrad Wolf

Guion: Wolfgang Kohlhaase, Konrad Wolf

Reparto: Jaecki Schwarz; Vasili Livanov; Aleksei Ejbozhenko; Galina Polskikh; Rolf Hoppe; Wolfgang Greese; Dieter Mann; Jenny Gröllmann; Kalmursa Rachmanov; Johannes Wieke.

Fotografía: Werner Bergmann.

 









Título original: Der nackte Mann auf dem Sportplatz

Año: 1974

Duración: 101 min.

País: Alemania del Este (RDA)

Dirección: Konrad Wolf

Guion: Wolfgang Kohlhaase, Gerhard Wolf

Reparto: Kurt Böwe; Ursula Karusseit; Andreas Schmid; Reimar J. Baur; Wolfgang Heinz; Rolf Hoppe; Vera Oelschlegel; Erika Pelikowsky; Ursula Werner; Ute Lubosch; Martin Trettau; Jaecki Schwarz; Gerhard Bienert; Christian-Ulrich Baugatz; Klaus Gehrke.

Música: Karl-Ernst Sasse

Fotografía: Werner Bergmann.

 






Título original: Solo Sunny

Año: 1980

Duración: 102 min.

País:  Alemania del Este (RDA)

Dirección: Konrad Wolf, Wolfgang Kohlhaase

Guion: Wolfgang Kohlhaase, Dieter Wolf

Reparto: Renate Krößner; Alexander Lang; Dieter Montag; Klaus Brasch; Heide Kipp; Ursula Braun; Thomas Neumann; Fred Düren; Hansjürgen Hürrig; Harald Warmbrunn; Uwe Zerbe; Lothar Warneke;

Ulrich Anschütz; Bernd Stegemann.

Música: Günther Fischer

Fotografía: Eberhard Geick.

 

 

La visión crítica de un país artificial abocado a la degradación abonada por la ideología: desde la entrada de los soviéticos en Berlín hasta el preludio patético de la caída del muro, aún insospechada...

 

          Primer encuentro con el cine de Konrad Wolf, rescatado por Filmin para los aficionados al cine europeo y para todos aquellos que sientan curiosidad por la filmografía de un país cuyas películas se han vito con cuentagotas —¡quienes las hayan visto!— en España. Reconozco que no me ha dado ninguna pereza enfrentarme a un cine que, sin conocimiento ninguno de él, imaginaba apologético y ceñido a la ortodoxia de las directrices estéticas del Partido comunista gobernante en la RDA. Mi sorpresa ha sido mayúscula, porque desde la primera película que vi, Yo tenía 19 años, hasta la última, en mi orden de visionado particular, Solo Sunny, he percibido una mirada crítica despiadada hacia un régimen político que ha ahogado la libertad de los ciudadanos hasta el punto de acabar con las vidas de quienes pretendían cruzar el muro de la vergüenza para huir de semejante «paraíso». Curiosamente, la política está ausente de las cuatro películas como tema alrededor del cual debatan o se manifiesten los personajes. Wolf escoge la vía indirecta de centrarse en las vidas cotidianas de sus personajes para ver de qué manera incide la rígida, todopoderosa y ubicua política en sus vidas. De las cuatro películas, tres protagonistas son artistas, en diferentes grados, desde el suboficial aficionado a la pintura que sueña con pintar como Rembrandt, hasta el escultor profesional y reconocido, pasando por la aspirante a cantante a la que su talante independiente, arisco y contracorriente de los valores sociales básicos mete en serios problemas y aboca incluso a una decisión fatal.

          El cine de Konrad Wolf, al menos en las dos últimas películas, tiene un valor documental impagable, porque del mismo modo que el abundante cine soviético que critiqué en este Ojo  nos permitía conocer la URSS por de dentro, y a los rusos más allá de los clichés favorecidos por las autoridades, el cine de Wolf constituye una inmersión en una sociedad la de la Alemania del Este cuyos espacios degradados, su atraso productivo, las oscuras vidas de sus gentes, etc. no dejan de ser una sorpresa mayúscula. Lo diré crudamente, acaso para que algunos se sientan provocados...: Uno contempla la sociedad alemana retratada por Wolf en Hombre desnudo en el campo, de 1974, y se da cuenta de que la España del franquismo —hechas las salvedades políticas de rigor, por supuesto—era un país mucho más adelantado y libre que ese paraíso comunista en el que un artista se las ve y se las desea no solo para que se comprenda el arte que realiza, sino para que se acepte como tal. El pretexto de la estatua del hombre desnudo para presidir los terrenos de un club de fútbol ligado a él por la memoria sentimental no deja de ser una excusa menor frente al trasfondo de la vida de un supuesto escultor reconocido. El paisaje, propiamente de después de la batalla, que observamos en Solo Sunny rompe el alma, por supuesto, porque sin llegar al extremo de las ruinas de la Habana —otra joya del comunismo imperante—, es lo que más se le parece. No hay plano en la película que no nos recuerde la degradación constante y lo cerca que viven de la doble miseria, material y moral, los habitantes del Berlín este. Eso lo conocieron de primera mano los primeros turistas que se internaron en el «paraíso» tras la caída del muro; los demás lo vimos a través de una película tan célebre como ingeniosa y, en última instancia, triste: Good Bye, Lenin!, de Wolfgang Becker, que supuso la consagración como actor de Daniel Brühl. Vayamos por partes, sin embargo, y realicemos el viaje cronológico a que nos invitan estas películas, pero que no responden al orden en que yo las he visto.

          La estrella de David se acerca al fenómeno del holocausto de una manera original. Un grupo de judíos griegos llega a un pueblo de Bulgaria desde el que serán enviados por tren al campo de exterminio. El protagonista, un suboficial que trabaja como auxiliar de un mando nazi, se fija en una de las prisioneras. Y ella en él. De ese cruce de miradas surge una historia en la que las necesidades elementales de la vida cotidiana se convierten en su comunidad de intereses. El contraste entre la crueldad del jefe nazi y el escepticismo humanista del suboficial, por quien su jefe siente una profunda estima, va a constituir una suerte de motivo recurrente que impulsará la trama hacia una dirección que no es difícil de prever. El protagonista tiene relación con el jefe de la resistencia en el pueblo, aunque no participa abiertamente en sus planes, pero tampoco los obstaculiza. Al espectador español lo que más le va a llamar la atención de la película es que los judíos griegos son sefardíes, descendientes de los judíos expulsados de España por los Reyes Católicos. Como sefardíes que son, hablan en el castellano antiguo que muchas comunidades han conservado a lo largo de los siglos por todos los enclaves del Mediterráneo donde se instalaron. Ser el segundo del jerarca nazi le permite al protagonista disfrutar de ciertos privilegios, y entre ellos el de salir de paseo por la noche con la prisionera, aunque vigilados por un guardia, esto es, como si se tratase de los paseos de los novios con la carabina de turno. Poco a poco la relación entre los dos jóvenes intenta abstraerse de cuanto les rodea, pero está claro que la terrible situación de la joven y la pertenencia de él al bando opresor lo pone todo muy cuesta arriba. La trama se intensifica en la medida en que el suboficial parece dispuesto incluso a cometer traición para liberar a la joven quien, sin embargo, sabe que no puede abandonar a los «suyos» para salvarse ella sola, algo que no entra en sus esquemas mentales ni en la educación recibida. A pesar de la atracción innegable que ambos sienten, la pureza de su relación se nos ofrece como una crítica feroz al belicismo y la locura nazi, en caso del joven, contra la que está dispuesto a luchar para salvar un amor que concibe como redención absoluta. Los derroteros que sigue la trama, perfectamente trabada, han de verlos los espectadores desde la misma ignorancia con que yo los viví, más que los vi, porque la película tiene un fortísimo componente emocional que huye del patetismo fácil y del sentimentalismo de cliché. Imposible no emocionarse profundamente con ella.

          Yo tenía 19 años es una película de corte autobiográfico en la que Wolf se basa en su propia historia para recrearla, algo anárquicamente, en pantalla. La trama sigue la llegada a Alemania de las tropas soviéticas y cómo van apoderándose de terreno, pueblos y ciudades para instaurar, allá adonde llegan, una nueva autoridad a la que han de someterse las antiguas autoridades locales, lo cual da pie a escenas entre hilarantes y patéticas, como la del alcalde y su esposa que rinden honores al joven protagonista de 19 años a quien han convertido en la máxima autoridad de un pueblo. Se trata de un joven alemán cuya familia emigró a la URSS tras llegar los nazis al poder, y que ahora vuelve con las tropas que han ido derrotando al adversario que, sorprendentemente, fue una vez aliado de la URSS, como lo atestiguó, en su día, el infame Pacto Ribbentrop-Mólotov, que posibilitó la temeraria aventura bélica de Hitler antes de ser roto, dos años después de firmado, tras invadir la tropas nazis territorio soviético. De las cuatro películas que he visto, quizás sea esta la que más se ajusta al ideario propagandístico del Partido gobernante en la RDA. La película es de 1968 y en ella se hace una reconstrucción de los escenarios bélicos perfectamente adecuada a la historia narrada, de igual manera que el director pasa muy por alto, como si no hubiesen existido, las innumerables y terribles violaciones que las tropas rusas cometieron en terreno alemán y, sobre todo, en Berlín, a poco de acabar el conflicto, cuando las tropas soviéticas luchan incluso contra los jovencísimos miembros del Volkssturm, los reclutados de entre 15 y 60 años con que el régimen nazi pretendía hacer frente a la humillante derrota que se le venía encima. La trama no sigue una línea cronológica exacta, y el personaje se va moviendo por el espacio en función de las necesidades de la estrategia militar, y tan pronto establece negociaciones con parte del ejército alemán atrincherado en una fortaleza, como hacen prisioneros sin apenas disparar un tiro o pretende llegar a Berlín como sea. En todo caso, lo importante es la descripción de un avance bélico que choca con muy diferentes reacciones de la población y de miembros del ejército alemán que se dan por derrotados y comienzan a darse cuenta del horror en que fueron embarcados por el nacionalsocialismo que tantos abrazaron como la esperanza de una construcción vital, a la par que nacional.  Se trata de una película de detalles en la que la devastación de la invasión, la derrota, la huida y la rendición al enemigo marca las relaciones humanas, y, a ese respecto, es notable el enfrentamiento entre una camarada soviética y el protagonista cuando este «acoge» a una joven alemana que literalmente, maleta en mano, no tiene a dónde ir. Ahí advertimos ciertos motores psicológicos universales que saltan por encima de las circunstancias, por excepcionales y terribles que estas sean. La película está rodada en blanco y negro, como La estrella de David, y el cinematografista responsable de la calidad no solo de esas dos películas, sino de doce más de Wolf fue el cinematografista Werner Bergmann, quien estuvo alistado en el ejército nazi, en el que trabajo como filmador de muchas de sus películas de propaganda hasta que perdió el brazo derecho. Más tarde se enroló en la DEFA, la réplica comunista de la UFA en la que se gestó durante muchos años la revolución del cine en Europa y en el mundo. Y de la que tantos directores habituales en sus producciones antes de la llegada de Hitler huyeron a Usamérica. La película se ve con cierta sorpresa y el joven protagonista, Jaecki Schwarz, actúa con una impresionante espontaneidad como sosias del director, en cuya propia biografía se basa la película. Ese hecho biográfico explica sobradamente lo mucho de vida auténtica, real, que trasmite la película, y también la incertidumbre del alma dividida que exhibe el joven, llamado a tener responsabilidades que no se corresponden con la edad que tiene, desde luego.

Hombre desnudo en el campo es una película en la que la cámara de Wolf parece adquirir  la calidad de testigo que no se inmiscuye en los asuntos de los personajes que aparecen en pantalla. Seguimos la película no tanto como si fuese un documental sino como si usase el recurso de la cámara subjetiva, aunque no «uncida» a un punto de vista concreto, sino al de un supuesto testigo impersonal que contemplara cuanto sucede y lo registrara. No hay subrayados emocionales, tampoco se privilegian actos con carácter trascendente, y todo el metraje gira en torno a acciones cotidianas muy concretas que retratan la vida de un escultor al que le cuesta llevar adelante sus proyectos, aunque se someta, no con demasiado gusto, a los criterios de las autoridades, árbitros de lo que es arte «del pueblo» y arte «decadente», capitalista... Y recordemos, a ese respecto, lo cerca que ese control del arte al servicio del proletariado, del nuevo héroe de la Historia, de aquel «arte degenerado» que decretaron los nazis apenas llegaron al poder para descalificar todo lo hecho en el periodo de entreguerras, uno de los de mayor florecimiento de las artes en el continente.

Llama particularmente la atención el retrato del artista, un hombre rudo, fortachón, con la gorra sempiternamente ladeada en la cabeza, poco amigo de la etiqueta y paciente hasta lo bíblico para tratar con vecinos, proveedores y otras hierbas sociales... Es bien curiosa la relación del protagonista con un proveedor que le insiste para que le haga una fuente con una ranita a través de la que salga el agua... No hay ningún juicio moral ni artístico explícitos en la contestación del escultor, pero su resignación al trato con semejantes conciudadanos explica buena parte de lo que ha de ser su peripecia vital. Sorprende, igualmente, la relación con el hijo y la mujer, sobre todo con esta, que parece formar parte estrictamente «decorativa» en su vida, razón por la que se encontrará, casi sin darse ni cuenta, con un amago de petición de divorcio que no hubiera comprendido de ninguna de las maneras, porque, a pesar de sus muchos pesares e incomprensiones, el artista vive en su mundo de artista, y la prueba definitiva es el encargo de la escultura para el club de fútbol que, en vez de homenajear al mejor jugador de la historia del club, elección siempre polémica, decide optar por la vía humanista y esencial del atleta desnudo, una concepción clásica de la escultura que no parece llamar la atención sino por el desnudo integral, y a ese respecto son sorprendentes las reacciones fotográficas de la población ante el bien dotado atleta. La cámara objetiva que recoge la aventura vital del artista se fija en todos los detalles de su vida, y no son superficiales todos aquellos planos que tienen que ver con la modestia de la casa donde vive, del taller donde trabaja, de los bares adonde acude, de los coches o de los barrios por los que se mueve, así como el vestuario o la alimentación. La relación con el comité directivo del club y la de estos y el artista con el comisario cultural que ha de dar el visto bueno para la propuesta del artista. Se trata de un intervencionismo cultural literalmente insufrible, pero parte habitual de una vida que parece llevar con infinita resignación los inconvenientes de su «lugar en el mundo»: está donde está y lidia con lo que ha de lidiar y, sin embargo, buena parte de las obras que de él se muestran lo acreditan como un excelente artista.

La última Película de este tour Wolf, Solo Sunny, ha pasado de ser la que más reticencia me despertaba a la que con mayor entusiasmo he acogido, porque la historia de la vida errática de una cantante que sufre la imposibilidad de construir una carrera profesional me ha parecido una auténtica joya oculta, a pesar de que tuvo una magnífica acogida en algunos festivales. La película refleja fielmente un tipo de cine que tiene mucho que ver con lo mejor del cine británico, usamericano y francés, amén de la influencia de directores como Krzysztof Kieślowski , que retrataron el ocaso de una generación de jóvenes idealistas que fracasa a poco de cumplirse su sueño revolucionario en mayo del 68. Como en Midnight Cowboy, de John Schlesinger, Solo Sunny es el retrato de una perdedora que no acaba de encontrarle sentido a su vida. Hija de un matrimonio roto, se independiza pronto, simultanea el trabajo con su formación musical y pretende abrirse camino en el campo de la música. Estamos ante una mujer fuerte que esconde, como suele ser habitual en caracteres autoforjados, una fragilidad existencial que la convierte en una mujer poco dada a la sinceridad, a la confianza y la aceptación de su presente, tan adverso. Su necesidad es la de tener un público que «desee» escucharla, algo que, desgraciadamente, no encuentra a lo largo de la tranche de vie que conocemos en la película. La historia, dura como ella sola, transcurre, además, como ya dije al principio, entre las ruinas de una sociedad muy pueblerina, zafia y tosca. La cantante se dedica a hacer bolos de fin de semana en locales de ínfima calidad a los que asiste un público más interesado en comer o en sus conversaciones que en las actuaciones que, supuestamente, habrían de entretenerlos. El contraste entre la vocación artística de los jóvenes que remedan la música que les llega del otro lado del mutro de la vergüenza y las audiencias es de los que cortan la respiración e invitan a una seria recapitulación de qué ha de hacer uno con su propia vida. Durante un tiempo, después de un atolondrado intento de suicidio, la protagonista vivirá, desde el lado del trabajo mecánico e insufrible al que se dedicaba antes, los esfuerzos de otras mujeres con escasas o nulas aptitudes para el canto, los denodados esfuerzos por convertirse en «estrellas» de la canción; e incluso le da una oportunidad al boyante taxista que gana «para dos» con el taxi de su propiedad. Hay por el medio una historia de amor con el saxofonista de la banda, y también filósofo, que parece tener cierto sentido, pero algunos desencuentros y la disparidad de intereses de ambos no actúan en un sentido muy positivo. Reconozco que, en ciertos momentos, hay un exceso de alambicamiento retórico para justificar esos desencuentros, como si la vida, llamémosla provisionalmente «normal», fuera impropia de los personajes, de los «artistas».

Ignoro la posible influencia que haya podido tener Yasujiro Ozu en el cine de Wolf, pero me ha encantado el uso de los espacios urbanos como contrapunto de ciertas escenas emocionales intensas. Hay una alternancia entre los espacios vacíos de la ciudad degradada, atravesada por trenes que parecen desgarrar la vida cotidiana y ser promesa, al tiempo, de la necesidad de cambiar de vida, y la vida sin rumbo de la protagonistas, Ingrid. La necesidad del triunfo artístico y social, esa vanidad insatisfecha que anida en el ser humano, no es privativa del sistema capitalista, por supuesto. También en el «paraíso» comunista hay artistas que padecen esa necesidad e intentan satisfacerla, completamente al margen de una vida cotidiana restrictiva que tiene una importante presencia en la película, porque representa el contexto que ahoga esos desesperados esfuerzos de Sunny por llegar al estrellato. Hay detalles reveladores, como el uso del maquillaje, que merecerían un comentario, pero se trata de un subtexto que enriquece la historia de la infortunada joven cuya vida la cámara recoge con absoluta frialdad que no nos acerca al documento, sino a la necesidad de formarnos nosotros un juicio moral sobre ella. Sí, es una película triste, pero con potentes focos de esperanza, no obstante.

         

No hay comentarios:

Publicar un comentario