miércoles, 19 de agosto de 2026

«La mirada de Ulises», de Theo Angelopoulos, la «otra» Odisea...

 

El peso de la gravedad en un exceso de patetismo con mínimos anclajes narrativos.

 

Título original: To Vlemma tou Odyssea (Ulysses' Gaze)

Año: 1995

Duración: 176 min.

País:  Grecia

Dirección: Theo Angelopoulos

Guion: Tonino Guerra, Theo Angelopoulos, Petros Markaris

Reparto: Harvey Keitel; Maia Morgenstern; Erland Josephson; Giorgos Konstas; Dora Volanki; Alekos Udinotis; Thanassis Vengos; Thanos Grammenos; Mania Papadimitriou; Angel Ivanov; Ljuba Tadic; Yorgos Michalakopoulos.

Música: Eleni Karaindrou

Fotografía: Giorgos Arvanitis-

 

          Quizás con venga recordar desde cuándo conocemos al Séptimo Arte como tal. Así fue llamado por Ricciotto Canudo en 1911, que luego llevo a la imprenta en 1914 bajo el título Manifiesto de las Siete Artes. Hace más de un siglo pues, que el cine se ha considerado una de las bellas artes, y pruebas contundentes hay de ello para acallar a los teóricos más exigentes.  Conviene recordarlo porque el cine de Angelopoulos en general, y esta película muy particularmente no tienen otro sentido que demostrar palmariamente la neta vocación estética de un  cine que, contrariamente a lo que esa aspiración podría suponer, el amor al arte por el arte, está enraizado poderosamente en la Historia y en el drama de la aventura humana.

Que se titule La mirada de Ulises en modo alguno es un capricho, sino un recordatorio de que la existencia humana es siempre un viaje hacia nunca sabemos exactamente dónde, aunque siempre haya una Ítaca allá a lo lejos hacia donde pone proa la nave que va, la nave que nos lleva, e incluso  la nave que somos. En este caso, por supuesto, no hay más reino perdido que el de la mirada inocente, primigenia, prístina, o como cualquiera quiera llamarla, pero siempre la primera, la «mirada original», podríamos decir, porque, eso ya se intuye desde el arranque de la película: el protagonista, un director de origen griego que ha vivido en el exilio y vuelve a su lugar natal, persigue una mirada muy concreta: la de los dos pioneros del cine griego, las primeras imágenes grabadas, que se conservan, al parecer, en tres bobinas que nunca han podido ser reveladas. La película se convertirá en el periplo que seguirá el director para descubrir la localización exacta de esas tres cajas, un camino en el que irá encontrándose con diferentes mujeres que, interpretadas por la misma actriz, vienen a representar las «tentaciones» de Ulises y las diferentes estrategias que siguen cada una para intentar retenerlo, todo ello a través de un viaje que lo lleva desde Grecia a los Balcanes, un territorio atravesado por la guerra y en el que vivirá no solo el descubrimiento de la realidad desde su mirada excéntrica, sino el de sí mismo a través del recuerdo de su propia familia, en una de las secuencias más inspiradas de la película, aunque toda ella está atravesada por momentos tan sorprendentes como intensos y bellos, como el desmontaje de una estatua de Lenin y su instalación en una barcaza para llevarla por el Danubio rumbo a Alemania, como pieza de coleccionista, una estatua a la que el director le arranca hermosísimos planos, no solo del desplazamiento aéreo, sino, sobre todo, del viaje en la barcaza, contemplado en las orillas por personas que se arrodillan a su paso e incluso se santiguan, como si vieran pasar la imagen de un santo, o acaso del mismísimo diablo...

Nada de cuanto acontece en la pantalla se nos presente desde el orden narrativo del naturalismo, sino desde una suerte de distanciamiento metafórico y simbólico que, hasta cierto punto, deshumaniza a los protagonistas, por más que se apele, en no pocas ocasión es, al vínculo sentimental entre ellos, y de ahí ese hieratismo que propicia la gravitas que domina el comportamiento de todos los personajes, conscientes del peso existencial e histórico que los habita, lo cual conduce a una rigidez interpretativa que puede distanciar a muchos espectadores, poco propensos al exceso de ritualismo en tales desempeños actorales. Pongamos por caso el reencuentro con la madre, absolutamente teatral, porque el protagonista sigue siendo adulto y se incorpora como niño a las escenas familiares en una celebración navideña en la que asistimos al regreso del padre y a tres celebraciones de diferentes años en los que observamos la llegada de los regímenes totalitarios y cómo afecta a las viejas familias burguesas judías. Son unas secuencias que parecen inspiradas en el teatro de Bertolt Brecht, no solo por el uso de las canciones y la puesta en escena, sino por ese resabio de didactismo histórico que  late en la planificación de lo que acontece.

El viaje del director lo lleva desde Gracia hasta Sarajevo, pasando por Albania, Macedonia, Bulgaria y Rumanía., siempre siguiendo los pasos de los hermanos Manaki, Janaki y Milton, quienes fueron los primeros testigos cinematográficos de un mundo anterior a la fragmentación nacionalista de espacios habitados por personas de muchos orígenes y lenguas diferentes. Instalados en Monastir, un lugar un lugar de encuentro de griegos, eslavos, albaneses, valacos, turcos, judíos, etc., los hermanos Manakis dejaron una copiosa producción de películas que recogieron los modos tradicionales de vivir de esas zonas que me han traído a la memoria las páginas de Danubio, de Claudio Magris, otro lugar de encuentro de culturas que no necesariamente anduvieron siempre a la greña, excepto por el choque contra los afanes imperialistas otomanos, que tanta huella geopolítica dejaron.

          La fábula sobre las bobinas no reveladas, custodiadas por Ivo Levy en lo que queda de la filmoteca de Sarajevo es, exactamente, esa «mirada» que se quiere rescatar del olvido, una suerte de «primera mirada» que tanto salva como condena, porque no hemos de olvidar cómo arranca la película: con la muerte de quien tiene preparada la cámara para captar la travesía de un velero majestuoso que zarpa hacia su destino. La película es, también, la mirada del cine sobre el cine, e incluso sobre su herramienta: la cámara, que lleva a los Manki a comprar una cámara inglesa y a que los protagonistas hablen largo y tendido sobre los métodos de revelado, ¡tan emocionantes para ellos!, pero, por contagio, también para nosotros.

          Las escenas de guerra rodadas en la niebla profunda, y que suponen la muerte de Ivo y de su hija, para total desgarro del protagonista, son literalmente un prodigio de puesta en escena y de narración auditiva de la que ocurre, dada nuestra ceguera, bien podríamos decir que fuera de plano. Constituyen algo así  como la culminación de un ritmo majestuoso que nada tiene que ver con la vida corriente y moliente, sino con las vidas que viajan al encuentro de la eternidad. El resto ha de paladearlo el espectador, y regodearse en tanta belleza como le arranca Angelopoulos al periplo de un viajero olvidado de sí.

 

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