jueves, 6 de agosto de 2026

«La tormenta infinita», de Malgorzata Szumowska y «Balandrau, viento salvaje», de Fernando Trullols, el peligro de la alta montaña.

 

Título original: Infinite Storm

Año: 2022

Duración: 104 min.

País: Australia

Dirección: Malgorzata Szumowska

Guion: Joshua Rollins. Artículo: Ty Gagne

Reparto: Naomi Watts; Billy Howle; Sophie Okonedo; Denis O'Hare; Eliot Sumner; Parker Sawyers; Joshua Rollins; Alja Gacnik; Karin Putrih; Arya Petric.

Música: Lorne Balfe

Fotografía: Michal Englert.


 







Título original: Balandrau, vent salvatge

Año: 2026

Duración: 116 min.

País: España

Dirección: Fernando Trullols

Guion: Danielle Schleif. Novela: Jordi Cruz

Reparto: Álvaro Cervantes; Bruna Cusí; Marc Martínez; Francesc Garrido; Eduardo Lloveras; Àgata Roca; Anna Moliner; Pep Ambròs; Jan Buxaderas; Corentin Lobet; .Rai Borrell

Música: Arnau Bataller

Fotografía: Miquel Prohens.

 

La fatal atracción del riesgo; la abnegación solidaria y la ley de la naturaleza. Dos maneras de entender el rescate y de cómo descienden otros quienes subieron.

 

 

          

           Separadas por cuatro años, vemos con muy poco intervalo de tiempo entre ellas estas dos películas que conforman un clásico «programa doble», aunque no como los de antaño, porque en los cines solían mezclar una de vaqueros y una de romanos o una de terror y una comedia, para satisfacer todos los gustos, imagino. Estas dos tienen un mismo tema aunque las circunstancias de las historias que se nos narran son bien diferentes. La primera es obra de una directora muy bregada; la segunda, la ópera prima de Fernando trullols, hasta ahora estrecho colaborador de J.J Bayona y ayudante de dirección en Un monstruo viene a verme. Es totalmente azaroso el hecho de que Bayona haya rodado La sociedad de la nieve y Trullols se adentre en la montaña y sus trampas de viento y nieve para rodar una historia basada en hechos reales, recogidos en un libro de Jordi Cruz y reconstruidos ahora en la película de Trullols.

          La historia es tan simple como los cientos y cientos de accidentes que se producen cada año en las montañas del mundo, por muy distintas causas. En esta historia el drama se produce por el súbito torb, una ventisca de nieve que facilita dos elementos cruciales: la desorientación, porque borra el terreno y la súbita sensación de fría que hace descender la temperatura a niveles de ocho miles, aunque los escaladores estuvieron apenas a 2300 m de altitud. Desencadenado el torb, solo cabe acogerse a la experiencia y a la fortuna de tomar las decisiones acertadas, lo cual no es lo que les sucede a los montañeros, algunos de ellos expertos, que sucumben al fenómeno climatológico. Una vez sabido por los equipos de rescate que hay montañeros allá arriba, se organiza, no sin la reticencia de la autoridad ante quien rinden cuentas los bomberos un rescate que va a convertirse, junto con  las terribles escenas de la pérdida de los montañeros, en el eje de la película. Da la impresión de que la tensión entre el jefe administrativo y el operativo de rescate vaya a convertirse en el núcleo central de la película, pero la materia está bien distribuida para que el único superviviente del grupo de amigos al que sigue la película —el más reticente a hacer la escalada, además—, tengo un protagonismo con el que el actor Álvaro Cervantes cumple satisfactoriamente. Apenas hay inmersión psicológica en los personajes, de quienes solo sabemos que el protagonista se declara, en ridícula escena, a quien subirá con él a la trampa mortal .

          Hay un intento de crear una suerte de coreografía de la solidaridad, con los voluntarios excursionistas que se ofrecen para hacer las siempre ingratas labores de cata para descubrir cadáveres, y, frente a ellos, la reclusión de los familiares en un vestuario para evitarles un asedio de la prensa que en ningún momento sucede. La tensión de las familias, ajustándose a lo real, peca de envaramiento y no siempre los estallidos nerviosos son convincentes. De entre todos los personajes relacionados con el suceso destaca el bombero jefe, Siscu, quien tiene a su mando a su propio hijo, lo que, no sin cierto sonrojo, provoca la expresión de una rendida admiración por el «olfato» rastreador del padre, a cuya insistencia debió el superviviente haberlo sido. La entrega del rescatador va más allá de lo que, en puridad, puede exigírseles a quienes arriesgan su propia vida para salvar las de los otros, aunque su conocimiento de la montaña y de sus asechanzas les permite exhibir, junto a la seguridad de la experiencia, el temor a lo desconocido, a lo imprevisible.

          Las escenas del torb están rodadas con poderoso realismo y no le cuesta al espectador ponerse en la piel de quienes son sorprendidos por un fenómeno más allá de su propia capacidad de supervivencia. Poco a poco, en un fatídico conteo, van cayendo unos y otros irremisiblemente en la garra de ese torb que se presenta como el heraldo y verdugo de las Parcas.

          La tormenta infinita cuenta una historia muy distinta, porque el suceso se reduce a dos personajes que se encuentran accidentalmente donde uno de ellos jamás hubiera imaginado que alguien pudiera estar en él y de la forma que estaba, prácticamente vestido de calle, sin protección alguna. La montañera interpretada por Naomi Watts, de quien más tarde sabremos que tiene una dolorosa historia familiar detrás, encuentra accidentalmente a un hombre, sentado en una piedra y expuesto a la acción mortífera de una tormenta en todo semejante al torb de la anterior y que amenaza con quitarles la vida a ambos. Aunque el hombre se resiste a ser rescatado, como si se tratara de una decisión consciente de exponerse a esa tormenta, acaba sometiéndose a la insistencia de la rescatadora, muy curtida en ese tipo de situaciones. El grueso de la película se centra en la más que laboriosa acción de rescate y en el hecho de «cargar» con alguien a quien quieres salvar la vida a la que había decidido poner fin.

          Casi todas las películas de montaña tienen siempre algo de angustioso y reverencial ante la Naturaleza con mayúscula, casi un ser con vida propia frente al que mostramos un desvalimiento absoluto y un ingenio que ella, la naturaleza, jamás podrá conocer. Es una lucha hermosa, aunque sea desigual, y no siempre vence el ingenio, aunque sí suele hacerlo el tesón, como ese «demos otra pasada, que tengo la intuición de que algo veremos» del bombero en el helicóptero que sobrevuela los riscos, grietas y laderas del Balandrau.

          Sí, hablamos, como es lógico, de personajes «de una pieza», como el de Watts, La tormenta infinita lo misma más, porque no solo se trata de la destreza profesional, sino del trauma que se va dejando atisbar en algunas secuencias cuya explicación nos será dada en el último tercio de la película, cuando reparamos en que se trata no solo de una «llanera solitaria» de la alta montaña, sino también de un alma herida que ha buscado la desaparición en la peregrina forma de suicidio que significa morir congelado en una de esas montañas propicias para tal acción. Gran parte de la acción se centra en el rescate propiamente dicho, por supuesto, y esas sí que son escenas mucho mas logradas que las de Balandrau, aunque también en esta, el rigor de la cellisca deja claro al espectador la dureza y los riesgos de ser pillado, de repente, por una tormenta de viento y nieve con temperaturas próximas a la congelación. Porque, y eso es ley de vida que todo el mundo conoce, las montañas, y más aún nevadas, son traicioneras y te reservan sorpresas mayúsculas. Pensemos en una montaña discretita, como Montserrat, en la que alguien puede resbalar y caer por un barranco del que ya no regresa con vida, fuera o no empujado, por supuesto, que es está por ver, en el caso Andic, el propietario de Mango, como todos los espectadores habrán adivinado; y trasladémonos después a cimas por encima de los dos mil metros para entender bien la dimensión de las tragedias que se nos ofrecen en ambas películas. El presupuesto influye mucho, está claro, porque advertimos una gran diferencia entre una y otra película, a favor de La tormenta infinita, pero el aire de película «generacional», con un grupo que puede cumplir ese papel, y ahí las interpretaciones dejan algo que desear en Balandrau, no puede competir con un drama individual en el que se entra con una gran delicadeza para explicar las razones de la protagonista y su compulsión salvadora que la empuja a rescatar al suicida al que encuentra por casualidad  y con absoluta incredulidad, porque no concibe que se pueda subir tan alto tan desprovisto de protección térmica.

          No sé si recomendarla para aficionados a la montaña, porque, en el fondo, tiene más que ver con el cine de catástrofes que propiamente con las aventuras de montaña como Las ocho montañas, de Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch, o tantas otras de rescates al borde del infarto y clásicos como La montaña, de Edward Dmytryk. En cualquier caso, espero que los espectadores sepan intuir si estad dos películas se ajustan o no a sus gustos «montañeros» o han de seguir viendo los magníficos documentales que sueñen estar por encima de la medio ficción, aunque ambas películas se ofrecen como casos auténticos, y, al  menos en el caso de Balandrau, sí que hay un documental que, al parecer, supera a la película.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario