Músicas y coreografías de excepción para una compleja historia de amour fou hasta la eutanasia.
Título original: Polvo serán.
Año: 2024
Duración: 106 min.
País: España
Dirección: Carlos
Marques-Marcet
Guion: Carlos Marques-Marcet, Clara Roquet, Coral
Cruz
Reparto: Ángela Molina; Alfredo
Castro; Mònica Almirall; Patrícia Bargalló; Alván Prado:Manuela Biedermann; Emma
Corbacho; Oriol Genís; Valeria Scheilen; Lissy Pernthaler; Mont Plans.
Música: Maria Arnal
Fotografía: Gabriel Sandru.
Desde el
propio título, Polvo serán, que comienza el remate de uno de los sonetos
célebres de la poesía española: «polvo serán, más polvo enamorado», ya sentí
una atracción inmediata por ver qué había detrás de cita tan encumbrada. Que la
película se anunciara como un «musical», aunque estrictamente no lo sea, sino
una variante afortunada de la mezcla entre el género musical y el melodrama de
altos quilates, fue ya el resorte definitivo para situarme ante la pantalla y «devorar»
una historia que me ha emocionado, admirado y deleitado a partes iguales. Está
tan cuidada la puesta en escena, a lo que da pie el que los protagonistas sean
una actriz, Claudia, y un director de teatro, Flavio, que no hay detalle que no
contribuya a la coherencia estética de la película, incluidas las ilustraciones
que sirven de intertítulo para anunciar las partes de la película. El propio
comienzo de la película, que se abre con la majestuosa voz de la Callas, quien interpreta un aria de Sansón y Dalila, de
Saint-Saëns, momento que interrumpe la actriz enferma, entrando en escena
violentamente, con desgarradores gritos que anuncian el mal mortal que la
posee.
A partir de
ese momento terrible, sabremos que Claudia está desahuciada por un tumor
maligno y que ella y su enamorado marido, Flavio, han decidido poner juntos fin
a sus vidas mediante la eutanasia, en Suiza. Con ellos vive una hija, aunque
Claudia tiene otros dos hijos que son hermanastros de quien ha decidido dejar
la orquesta en la que trabajaba para cuidar de su madre durante lo que le quede
de vida. El conflicto tarda en desatarse, porque la decisión de la pareja no
trasciende hasta que ambos deciden casarse y reunir a toda la familia para
comunicarles su decisión. La acción intercala en momentos muy precisos de la
historia escenografías y canciones alusivas a la historia en las que tiene un
papel destacadísima la compañía de danza La Veronal, que consigue momentos auténticamente
mágicos, dado que son inspiradísimos los números coreográficos que aparecen a
lo largo de toda la película, y la unión temática con la narración es estrechísima
y fecunda. Ya que estoy en ello, no quiero pasar por alto que algunos números se
han inspirado directísimamente en las coreografías del gran genio del cine
musical norteamericano, Busby Berkeley —¡y pensar que hubo un tiempo en que una
televisión pública dedicó un ciclo a este asombroso coreógrafo...!—, lo cual,
lejos de disminuirle el mérito, lo acrecienta, porque esas coreografías están
ejecutadas con una precisión, técnica y belleza difíciles de igualar, porque el
nivel de los bailarines roza la perfección. La inspiradísima música de Maria
Arnal, que juega mucho con el pop electrónico permite unas coreografías que tanto
encajan con canciones de corte tradicional, como la de la escena del jardín,
cantada además por la hija protagonista, Mònica Almirall, con mucho gusto, una composición
en la que se mezclan, como un collage, versos barrocos del propio Quevedo: Aquí
de los antaños que ha vivido / La fortuna tus tiempos ha mordido…
Aunque el
asunto de la eutanasia, que cae como una bomba lanzada por la hija menor en la
celebración de la boda tardía de la pareja protagonista, es el eje alrededor
del cual gira la narración, hay ciertas subtramas paralelas que adquieren un
relieve al que contribuye el buen hacer del guion y la asombrosa naturalidad
con que el director nos hace entrar en ellas. Me refiero a la relación de una
madre con sus tres hijos, todos ellos diferentes, y cada uno de ellos con una
relación distinta. Ella, la típica «diva», de quien nunca se sabe cuándo actúa
y cuándo se muestra natural, es capaz de provocar verdaderas explosiones de ira
en la hermana mayor y, de rebote, agudos enfrentamientos entre las
hermanastras. Si a eso añadimos la extraña relación que tiene el padrastro con
el hijo homosexual, que se resuelve en una de las más hermosas escenas de la
película, cuando, a los compases de Con mi corazón te espero, bolero
cantado por Lucha Gatica, el padrastro le pide al hijo que bailen y él se
niega, aunque lo hace con la pareja de él, hasta que el hijo recapacita y
acepta lo que se supone que es una reconciliación con su padrastro,
aprovechando ese plus de emoción que destila la letra del bolero, un auténtico «momentazo»
de esos por los que se pirra Almodovar y que aquí se ve superado por una
sencilla razón: porque hay en juego emociones genuinas, no impostadas, como ocurre
con tantísima frecuencia en las películas del manchego. Y, a mayor
abundamiento, cuando ya están en suiza y Claudia y su hija «juegan a las canciones»,
los espectadores asistimos al milagro de que Claudia oiga de labios de su padre
real la copla El hijo de mis quereles, ¿se puede pedir más...?
Ya advierto
que se me deriva la crítica a la parte musical de la película, y ello se debe
al extraordinario nivel de todos los números, entre los que no puedo olvidar el
que, con motivo de la reunión familiar para la boda, escenifica la «diva» en un
improvisado teatro familiar, con un sentido del humor negro bien entendido que
se agradece enormemente. Canta ella, pero la coreografía berkeleyana es
impecable: ¡una gozada!
Pudiera
pensarse que, dada la circunstancia teatral de la pareja, la reflexión sobre la
eutanasia pudiera pecar de impostura, de pose, de algo que derivara hacia lo «políticamente
correcto», pero no hay tal. Las escenas finales, de la estancia en Suiza,
incorporan impresionantes paisajes alpinos que se rodaron, al parecer, en el Alto
Adigio, un majestuoso contraste entre la pujanza material de la vida y el deseo de dejarla, por enfermedad en un
caso y por amor incondicional en el otro. Descuiden, los hipercríticos, no hay
una romantización de la eutanasia, sino la escenificación de una decisión
compartida y llevada a cabo con una seriedad no exenta ni de dudas ni de
temores, ni siquiera hasta el último momento. Y este es, precisamente, el
momento en que he de destacar las interpretaciones fuera de todo adjetivo
encomiástico, porque se trata de la excelencia, sin más, de dos monstruos de la
pantalla como Ángela Molina y Alfredo Castro. La primera, sobradamente conocida;
el segundo, un actor chileno con apariciones estelares en Rojo, de
Benjamin Naishat y en El Club y No, ambas de Pablo Larraín. Y no
quiero olvidarme de una película de la que ignoro por qué no le hice la crítica
en su momento, algo a lo que enseguida pondré remedio, porque es francamente
interesante: Los colonos, de Felipe Gálvez. Tanto Molina como Castro van
bastante más allá de lo que entendemos por una actuación destacada o
sobresaliente o magnífica: constituye una lección de interpretación de la que
los aspirantes a actores y actrices aprenderán muchísimo. Por supuesto que el
resto del reparto está a esa altura, especialmente la hija que convive con
ellas, con sobrado papel para considerarla coprotagonista junto a la pareja
central.
Como crítico
lo que me pregunto es cómo es posible que una película tan redonda, densa y
seria como Polvo serán no opaque contundentemente los amaneramientos del crecidito
niño mimado de los media, Pedro Almodóvar. Ya quisieran sus últimas películas
haber encerrado en ellas ni un diez por ciento de toda la verdad, emoción,
humor y desgarro, además de la puesta en escena, que el espectador sin
prejuicios puede ver en este drama musical titulado Polvo serán. Quedan
invitados a comprobarlo.

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