La tragedia del hombre ridículo y la sociedad sin valores ni cánones donde el iluso, desorientado, aspira a triunfar.
Título original: Un poeta
Año: 2025
Duración: 120 min.
País: Colombia
Dirección: Simón Mesa Soto
Guion: Simón Mesa Soto
Reparto: Ubeimar Ríos;
Rebeca Andrade; Guillermo Cardona; Humberto Restrepo; Margarita soto; Allison
Correa.
Música: Matti Bye, Trío
Ramberget
Fotografía: Juan Sarmiento G.
Hay
películas tristes, desoladoras y mortificantes, y esta, Un poeta, es una
de ellas. No sé si atreverme a decir que en ese artículo indeterminado, «un», se
condensa el terrible significado de toda la historia del poeta Óscar Restrepo,
un ser destrozado por la renuncia deliberada a aceptar la realidad y sus muchas
adversidades, de las cuales se evade a través del alcohol, y de la ficción de
lo que podría haber sido tras la lejana publicación de un par de libros de
poemas que no cambiaron su vida como él esperaba que hubiera sucedido. El
presente nos lo muestra adicto al alcohol y propenso a dejarse embaucar por un
charlatán que le promete negocios de jauja que lo convertirán poco menos que en
millonario con una mínima inversión que su madre, con quien
convive, no le facilita, porque detrás de ella están sus hermanos, quienes vigilan para que la
madre no ceda y contribuya a «espabilar» a su hijo para que acepte un trabajo y
se valga por sí mismo, en vez de refugiarse en el derrotismo del ser marginado
por ser poeta, del ser anatematizado por la sociedad que no lo comprende ni lo
acepta.
Desde una de las
paredes, continuamente, la cámara vuelve al retrato de José Asunción Silva, el
malogrado poeta que, tras haber perdido la mayor parte de su obra en un naufragio y no haber podido afrontar la estrechez
moral de sus conciudadanos se quitó la vida a los 31 años. Restrepo pasa de los
cincuenta, y hace más de veinte que publicó, esperanzado, sus dos libros. Ahora
es un ser derrotado que tiene una hija que no quiere saber nada de él y que
frecuenta un espacio cultural dedicado a la poesía en el que se celebran lecturas
de poemas y un Festival de poesía dedicado a descubrir nuevos talentos,
dirigido por dos «animadores» culturales que, literalmente, no tienen
desperdicio.
Espoleado por la
necesidad de pagarle a su hija los estudios para mejorar su imagen ante ella,
Restrepo acepta un puesto como profesor en una escuela de Secundaria, aunque él
recuerda que hubo un tiempo en que fue profesor de Universidad. Las clases, que
da echando tragos de tanto en tanto del termo lleno de alcohol, nos hablan más
de un iluminado que de un profesor sistemático. A través de las actitudes de
los estudiantes hacia la poesía cree descubrir una alumna «talentosa», a la que
quiere ayudar para que se convierta en poetisa, aunque la chiquilla está más
preocupada por arreglarse las uñas que por prestar oídos al estro poético. Las
composiciones que muestra a los organizadores del espacio cultural son tan
prometedoras que estos lo convencen para que la joven se presente al inmediato
festiva de poesía, financiado por la embajadora de Holanda en Colombia, cuya
ayuda es decisiva para la marcha de la asociación.
La
verdadera acción dramática de la película va a relacionarse con la
participación de la joven Yurlady —sí, sí, no es ningún pseudónimo ni nada por
el estilo, sino su nombre «real», y siempre recordaré una alumna que tuve en
mis últimos años de profesión docente que se llamaba Yesaidú. En efecto, ambas
nombres son la castellanización de your lady y de yes I do, no van
errados...— en ese festival y la estrecha relación que establece Restrepo con
la joven, aunque hay una deriva moral en toda la historia que ocupará un lugar
significativo cuando lleguen las complicaciones de la «salida» catastrófica a
ese festival, en el que la joven brinda con cava y ac aba borracha perdida, con
el consiguiente compromiso de Restrepo de devolverla a su casa en estado, tan a
trancas y barrancas como el hecho de arrastrar a la joven, con notorio
sobrepeso, hasta el rellano de su vivienda, donde, asustado, la deja, antes de
asumir su responsabilidad y trasladarla a un hospital, donde descubren las marcas
en el cuerpo de la joven que convierten al ingenuo poeta en sospechoso de haber
forzado a la joven. Añadamos enseguida que el físico del actor que representa a
Restrepo no es propiamente el de un hombre apuesto, sino el de un hombre
contrahecho, algo chepudo, de labios gruesos y mirada siniestra en quien
contrasta poderosamente la imagen con la elocuencia, cuando de hablar de la
poesía se trata, o con la vergüenza y el arrepentimiento por no haber sabido
conservar la relación con su propia hija, algo que, a lo largo de la película
evolucionará como una historia paralela a la de la acción principal del
descubrimiento de la joven poetisa.
La
irrupción de la familia de Yurlady lo podríamos considerar algo así como un
festival antropológico de la realidad colombiana más humilde y necesitada, un
retrato de una realidad en la que diferentes generaciones se amontonan en un
piso humilde en el que la televisión ocupa un lugar preferente y la obesidad se
ceba en los moradores de tan reducido espacio, sobre todo en las mujeres,
porque el hermano de Yurlady es el único al que no afecta. El accidentado
regreso de la prometedora «poetisa» y la interesada sospecha de que la «niña»
hubiera sufrido algún tipo de abuso sexual van a disparar una acción que
acabará teniendo un desenlace truculento, porque, una vez que la escuela a la
que asiste la hija se haya lavado las manos porque se trata de una actividad al
margen de ella, llevada adelante con la exclusiva responsabilidad del profesor,
a quien expulsan inmediatamente de su puesto de trabajo, lo cual deja en manos
de la Asociación poética la responsabilidad de lo ocurrido. Y ahí sí que los
dos impresentables directivos de la Asociación se organizan enseguida para, a
pesar de que la niña insiste en que nadie le ha hecho nada, tratar de sobornar
a la familia para que exculpen totalmente a la Asociación, de modo que el escándalo
no trascienda y ponga en peligra la financiación holandesa de la que da la
impresión que vivan como tal Asociación,
por supuesto.
A
pesar de lo narrado, y del intenso sesgo documental que respira la película, no se ha de perder de vista que lo que se nos ofrece es, fundamentalmente, el retrato
de un perdedor, de un hombre derrotado por una enajenación poética que lo lleva
a vivir en una suerte de sufrimiento constante y en una queja lastimera de lo
injusta que está siendo la vida con él. Sí, es cierto que la trama parece
inclinarnos a empatizar con el protagonista, pero cuando este se deja llevar
por la embriaguez y pierde el control de sí mismo, no tardamos en empatizar con
su némesis familiar: la hermana que lo invita a despertar, crecer y hacerse
responsable de sí mismo. Es cierto que incluso la desmedrada presencia física
del poeta, su fealdad y su desvalimiento nos invitan constantemente a ponernos
de su lado, máxime cuando intuimos que el retrato de José Asunción Silva actúa
como prefiguración de lo fatal que no queremos que suceda, por supuesto; pero
no lo es menos que no hay por dónde coger tanta inadaptación social. Pero de la
evolución de esa situación más vale que se hagan los espectadores cargo frente
a la pantalla. Recuerden que el neorrealismo representa la dimensión estética del
dolor existencial, y este es un caso paradigmático a más de setenta años de
distancia.

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