lunes, 10 de agosto de 2026

«Un poeta», de Simón Mesa Soto, el retoño neorrealista.

 

La tragedia del hombre ridículo y la sociedad sin valores ni cánones donde el iluso, desorientado, aspira a triunfar.

 

Título original: Un poeta

Año: 2025

Duración: 120 min.

País:  Colombia

Dirección: Simón Mesa Soto

Guion: Simón Mesa Soto

Reparto: Ubeimar Ríos; Rebeca Andrade; Guillermo Cardona; Humberto Restrepo; Margarita soto; Allison Correa.

Música: Matti Bye, Trío Ramberget

Fotografía: Juan Sarmiento G.

 

          Hay películas tristes, desoladoras y mortificantes, y esta, Un poeta, es una de ellas. No sé si atreverme a decir que en ese artículo indeterminado, «un», se condensa el terrible significado de toda la historia del poeta Óscar Restrepo, un ser destrozado por la renuncia deliberada a aceptar la realidad y sus muchas adversidades, de las cuales se evade a través del alcohol, y de la ficción de lo que podría haber sido tras la lejana publicación de un par de libros de poemas que no cambiaron su vida como él esperaba que hubiera sucedido. El presente nos lo muestra adicto al alcohol y propenso a dejarse embaucar por un charlatán que le promete negocios de jauja que lo convertirán poco menos que en millonario con una mínima inversión que su madre, con  quien  convive, no le facilita, porque detrás de ella están  sus hermanos, quienes vigilan para que la madre no ceda y contribuya a «espabilar» a su hijo para que acepte un trabajo y se valga por sí mismo, en vez de refugiarse en el derrotismo del ser marginado por ser poeta, del ser anatematizado por la sociedad que no lo comprende ni lo acepta.

Desde una de las paredes, continuamente, la cámara vuelve al retrato de José Asunción Silva, el malogrado poeta que, tras haber perdido la mayor parte de su obra en un  naufragio y no haber podido afrontar la estrechez moral de sus conciudadanos se quitó la vida a los 31 años. Restrepo pasa de los cincuenta, y hace más de veinte que publicó, esperanzado, sus dos libros. Ahora es un ser derrotado que tiene una hija que no quiere saber nada de él y que frecuenta un espacio cultural dedicado a la poesía en el que se celebran lecturas de poemas y un Festival de poesía dedicado a descubrir nuevos talentos, dirigido por dos «animadores» culturales que, literalmente, no tienen desperdicio.

Espoleado por la necesidad de pagarle a su hija los estudios para mejorar su imagen ante ella, Restrepo acepta un puesto como profesor en una escuela de Secundaria, aunque él recuerda que hubo un tiempo en que fue profesor de Universidad. Las clases, que da echando tragos de tanto en tanto del termo lleno de alcohol, nos hablan más de un iluminado que de un profesor sistemático. A través de las actitudes de los estudiantes hacia la poesía cree descubrir una alumna «talentosa», a la que quiere ayudar para que se convierta en poetisa, aunque la chiquilla está más preocupada por arreglarse las uñas que por prestar oídos al estro poético. Las composiciones que muestra a los organizadores del espacio cultural son tan prometedoras que estos lo convencen para que la joven se presente al inmediato festiva de poesía, financiado por la embajadora de Holanda en Colombia, cuya ayuda es decisiva para la marcha de la asociación.

          La verdadera acción dramática de la película va a relacionarse con la participación de la joven Yurlady —sí, sí, no es ningún pseudónimo ni nada por el estilo, sino su nombre «real», y siempre recordaré una alumna que tuve en mis últimos años de profesión docente que se llamaba Yesaidú. En efecto, ambas nombres son la castellanización de your lady y de yes I do, no van errados...— en ese festival y la estrecha relación que establece Restrepo con la joven, aunque hay una deriva moral en toda la historia que ocupará un lugar significativo cuando lleguen las complicaciones de la «salida» catastrófica a ese festival, en el que la joven brinda con cava y ac aba borracha perdida, con el consiguiente compromiso de Restrepo de devolverla a su casa en estado, tan a trancas y barrancas como el hecho de arrastrar a la joven, con notorio sobrepeso, hasta el rellano de su vivienda, donde, asustado, la deja, antes de asumir su responsabilidad y trasladarla a un hospital, donde descubren las marcas en el cuerpo de la joven que convierten al ingenuo poeta en sospechoso de haber forzado a la joven. Añadamos enseguida que el físico del actor que representa a Restrepo no es propiamente el de un hombre apuesto, sino el de un hombre contrahecho, algo chepudo, de labios gruesos y mirada siniestra en quien contrasta poderosamente la imagen con la elocuencia, cuando de hablar de la poesía se trata, o con la vergüenza y el arrepentimiento por no haber sabido conservar la relación con su propia hija, algo que, a lo largo de la película evolucionará como una historia paralela a la de la acción principal del descubrimiento de la joven poetisa.

          La irrupción de la familia de Yurlady lo podríamos considerar algo así como un festival antropológico de la realidad colombiana más humilde y necesitada, un retrato de una realidad en la que diferentes generaciones se amontonan en un piso humilde en el que la televisión ocupa un lugar preferente y la obesidad se ceba en los moradores de tan reducido espacio, sobre todo en las mujeres, porque el hermano de Yurlady es el único al que no afecta. El accidentado regreso de la prometedora «poetisa» y la interesada sospecha de que la «niña» hubiera sufrido algún tipo de abuso sexual van a disparar una acción que acabará teniendo un desenlace truculento, porque, una vez que la escuela a la que asiste la hija se haya lavado las manos porque se trata de una actividad al margen de ella, llevada adelante con la exclusiva responsabilidad del profesor, a quien expulsan inmediatamente de su puesto de trabajo, lo cual deja en manos de la Asociación poética la responsabilidad de lo ocurrido. Y ahí sí que los dos impresentables directivos de la Asociación se organizan enseguida para, a pesar de que la niña insiste en que nadie le ha hecho nada, tratar de sobornar a la familia para que exculpen totalmente a la Asociación, de modo que el escándalo no trascienda y ponga en peligra la financiación holandesa de la que da la impresión que vivan  como tal Asociación, por supuesto.

          A pesar de lo narrado, y del intenso sesgo documental que respira la película, no se ha de perder de vista que lo que se nos ofrece es, fundamentalmente, el retrato de un perdedor, de un hombre derrotado por una enajenación poética que lo lleva a vivir en una suerte de sufrimiento constante y en una queja lastimera de lo injusta que está siendo la vida con él. Sí, es cierto que la trama parece inclinarnos a empatizar con el protagonista, pero cuando este se deja llevar por la embriaguez y pierde el control de sí mismo, no tardamos en empatizar con su némesis familiar: la hermana que lo invita a despertar, crecer y hacerse responsable de sí mismo. Es cierto que incluso la desmedrada presencia física del poeta, su fealdad y su desvalimiento nos invitan constantemente a ponernos de su lado, máxime cuando intuimos que el retrato de José Asunción Silva actúa como prefiguración de lo fatal que no queremos que suceda, por supuesto; pero no lo es menos que no hay por dónde coger tanta inadaptación social. Pero de la evolución de esa situación más vale que se hagan los espectadores cargo frente a la pantalla. Recuerden que el neorrealismo representa la dimensión estética del dolor existencial, y este es un caso paradigmático a más de setenta años de distancia.

         

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