viernes, 20 de octubre de 2017

Solo ante el peligro: “Delicado delincuente”, de Don McGuire con Jerry Lewis sin Dean Martin for the first time…


Jerry Lewis en busca de su mundo personal, aquí mostrado de forma embrionaria: Delicado delincuente o una puesta en escena espectacular para una película aún lejos de sus grandes éxitos por venir.


Título original: The Delicate Delinquent
Año: 1957
Duración: 101 min.
País: Unidos Estados Unidos
Director: Don McGuire
Guion:Don McGuire
Música: Buddy Bregman
Fotografía: Haskell B. Boggs (B&W)
Reparto: Jerry Lewis,  Darren McGavin,  Martha Hyer,  Robert Ivers,  Horace McMahon, Richard Bakalyan,  Joseph Corey,  Mary Webster,  Milton Frome, Jefferson Dudley Searles.


18 películas llevaba ya rodadas Jerry Lewis antes de lanzarse a la aventura en solitario. Con la inseguridad de si él solo podía atraer tanto la atención de los espectadores como el exitoso dúo que formaba con Dean Martin. Lewis se puso en las manos de un Don McGuire al que le llegaría el reconocimiento hacia el final de su carrera con el guion de Tootsie, de Sydney Pollack, y exploró con él buena parte de los caminos que iba a seguir luego en solitario, encargándose de todo: el guion, la dirección y la interpretación. Aunque parezca un debut titubeante y algo flojo, ello se debe al más que tibio planteamiento crítico que se hace de la lucha de la policía contra el cáncer de las pandillas juveniles violentas que aquí se presentan, claro está, casi como una parodia de las reales, todo ello bañado por un fofo redentorismo que almibara en exceso la cinta y la priva de la acidez y el desengaño que iríamos viendo en las películas posteriores de Lewis, hasta llegar a la más que polémica última y por muchas razones polémica El día que el payaso lloró, aunque la película que explicaría mejor la evolución del propio Lewis no es suya, curiosamente, sino de Peter Chelsom, Los comediantes (Funny Bones), una película extraordinaria por muchos motivos. Quizás la revisite y le dedique una crítica…, si cae en mis manos en Tallers 79 o en Filmin, plataforma a la que las apreturas del espacio me obligan a darme de alta: los DVD se multiplican como las hormigas y lo invaden todo… Sydney Pitias es un joven sin habilidades especiales, antes bien algo retrasado, pero bueno hasta caerse de espaldas. Un día se ve envuelto en una redada en el barrio y es arrestado por equivocación junto a unos pandilleros a los que en secreto admira por su arrojo y su virilidad. El jefe de policía dice que hay que usar mano dura con esa juventud “descarriada”, muy al estilo de las bandas juveniles de West Side Story, cuya atmosfera se revive en los primeros compases de la película, pero en blanco y negro de mucha calidad, con una escena de estudio admirable, digna del mejor cine negro. Un policía, Damon, es partidario de métodos persuasión, antes que represivos y arranca de su jefe el compromiso de que si consigue, con sus métodos, apartar solo a uno de esos jóvenes de la senda de la delincuencia, promoverá su uso en el cuerpo. Y ahí tenemos el planteamiento de una historia en la que el policía se acercara a Sydney y éste se acercará a sí mismo, descubriendo un ideal, ser policía, como su tutor, que acabe de darle sentido a su vida y una posición digna desde la que conquistar a la vecina del inmueble en el que trabaja como encargado del mantenimiento, una enfermera que, inexplicablemente, como en la mayoría de las películas de Lewis, está enamorada de él. Por la parte del trabajo de mantenimiento, como si el edificio fuera la 13 Rue del Percebe, vendrán los muchos y buenos gags humorísticos entre los que no faltan los del profesor chiflado que trabaja en uno de los pisos, anticipo cierto del que veremos años después, mucho más elaborado por supuesto. El proceso de adiestramiento para ingresar en el cuerpo de policía es también un generador incansable de gags de muy diferente naturaleza, aunque es muy propio de lo que podríamos entender por su peculiar sentido del humor el del instructor de artes marciales que amenaza casi con descuartizarlo y con el que acaba entendiéndose en un dialecto oriental en el que ambos se ponen a hablar como dos viejos amigos, olvidándose del tatami… No puede faltar, tampoco, una trama amorosa paralela entre el policía y una encargada del gobierno municipal que quiere ponerse al mando de la acción policial para la regeneración de esos chicos difíciles. Hay mucho slapstick aún, asociado a inventos muy al estilo del Chaplin de Tiempos Modernos, y un repertorio de gestos y muecas hiperpropios de Lewis que solo son aptos para seguidores acérrimos del cómico, como es mi caso, porque entiendo que a espectadores tibios con su humor pueden llegar a desesperarles, lo que entiendo perfectamente, porque a mí me pasa con esa parodia del auténtico humor que es Louis de Funès, por ejemplo. Lo que van a agradecer los espectadores es la puesta en escena, todo rodado en estudio, la fotografía y una narración relativamente ágil de la trama, porque es evidente que en ningún caso la historia puede obviar los monólogos mímicos, llamémosles así, del humor de Lewis. Ya anticipo que no estamos ante una de sus películas “propias”, aquellas que podríamos calificar de “cine de autor” y que tuvieron más repercusión crítica en Europa que en Usamérica, un fenómeno que años después se volvería a producir con el cine de Woody Allen, pero a un devoto de Lewis le gustará verla, porque, como ya he dicho, parece la semilla de lo que sería después su magna obra. En la película, la unión del policía y el joven a quien quiere regenerar se pone en relación con los apellidos de ambos, Damon y Pythias, dos filósofos cuyas vidas representan algo así como el epítome de la amistad. Y sí, algo de ello hay, sin duda, del mismo modo que lo hay de Pigmalión, por supuesto.

“El Kimono rojo”, de Samuel Fuller: Un melodrama athrillerado.


Puro cine negro para corazones apasionados y razas en conflicto: El kimono rojo o el arte brioso y espectacular de Samuel Fuller.

Título original: The Crimson Kimono
Año: 1959
Duración: 82 min.
País: Estados Unidos
Director: Samuel Fuller
Guion: Samuel Fuller
Música: Harry Sukman
Fotografía: Sam Leavitt (B&W)
Reparto: Victoria Shaw,  Glenn Corbett,  James Shigeta,  Anna Lee,  Paul Dubov.


Tenía ganas de ver El kimono rojo, de Fuller. Voy cubriendo su obra a medida que me llegan a las manos sus películas, porque me abandono al azar, antes que al método. Los intervalos, a veces largos, entre unas y otras, siempre me permiten esperar con muchas ganas los futuros descubrimientos. Por fin he llegado a una de sus obras clásicas, no tan impactante como Corredor sin retorno y solo un poco menos elegante que La casa de bambú -se rodó entre ambas-, pero sin duda apasionante para el amante tanto del thriller como del cine social y del melodrama, porque Fuller se lía la manta a la cabeza y comienza un thriller que deriva hacia la crítica social y acaba en magnífico melodrama, y todo ello, sin despeinarse, como quien dice. Lo curioso es el brioso comienzo en escenarios naturales, Los Angeles, sobre todo con planos nocturnos de indudable plasticidad, que enseguida nos pone en la pista, con el asesinato de una bailarina de streptease en plena calle, de un thriller que intuimos de poderoso recorrido y lleno de enigmas, porque la puesta en escena permite unos encuadres llenos de detallismo que alertan a los espectadores del laberinto en que la cámara nos va a introducir inmediatamente. A medida que la pareja de policías, amigos fraternos y compañeros en la Guerra de Corea, uno de ellos de origen japonés, entra en escena y comienzan las pesquisas, advertimos que se va a desarrollar una subtrama, la de su estrecha relación, que tiene que ver con la crisis en que entra cuando ambos acaban enamorándose de la misma mujer, a la que los ha conducido la única pista que tienen para descubrir el asesinato de la bailarina: el cuadro en el que esta aparece pintada con un kimono rojo, obra de una pintora, encarnada por la elegante y bellísima Victoria Shaw, de poco relevante carrera en Hollywood, sin embargo, pero quien cumple sobradamente con la exigencia que a la heroína le impone el género, si bien la mezcla de géneros decanta su actuación hacia la clave blanda del melodrama, en el que la lucha entre los dos hombres por ella adquiere una presencia mayor, por la tensión de la rivalidad masculina que tantas situaciones de violencia larvada permiten vivir. Que Fuller se desentienda completamente de la trama criminal -que se retoma al final con una desgana total y una falta de convencimiento absoluto- nos permite ahondar en el potente melodrama del trío protagonista, y ahí radica, con el factor racial de por medio, el más notable interés de la película, porque, en 1959, estamos a muy poco de que prenda la mecha del conflicto racial en Usamérica, cuya resonancia aun hoy alimenta las pantallas, como lo demuestra la película de Bigelow, Detroit, recién estrenada. Adviértase, a modo de anécdota reveladora, la terrible publicidad con que se anuncia la película: Una "agraciada" joven americana "en brazos" de un japonés. Ello nos permite advertir el valor transgresor de la película y el fuerte compromiso social antirracista del director. Dentro de la policía, la fraternidad caucásica y oriental se exhibe a través de la aceptación de las artes marciales japonesas, practicadas por los policías de ambos orígenes, en unas secuencias llenas de dramatismo y rodadas con un vigor extraordinario, como corresponde al sello característico del cine de Fuller, en el que la acción es ingrediente consustancial. Aquí, en El kimono Rojo, hay una indagación psicológica sobre la amistad, la culpa y la fidelidad a la tradición que nos sitúa, como ya digo, en el ámbito del melodrama, perfectamente representado por la pareja protagonista, que brilla a gran altura, aunque ninguno de los dos cuajó una carrera “estelar”. Los actores desconocidos para el gran público, y aun para los críticos, al menos para los amateurs, como mi menda visionanda, le dan a la película un aire inconfundible de magnificente serie B, aunque la poderosísima fotografía de Sam Leavitt -nominado para el Oscar a la mejor fotografía por Anatomía de un asesinato, de Preminger, rodada el mismo año, y que tuvo la mala suerte de competir con un Ben-Hur que arrasó con 11 estatuillas- lo impide y la coloca, por mérito propio, entre las grandes películas del género, hecha la salvedad, ya digo de que el caso policial funciona casi como un Macguffin en esta vibrante, hermosa y, en su tiempo, atrevida película.

lunes, 16 de octubre de 2017

Terrible y magnética ópera prima de Fernando Coimbra: “El lobo detrás de la puerta”.


El mejor cine negro en el más luminoso suburbio de Río de Janeiro: El lobo detrás de la puerta o las desaforadas pasiones de barrio: la crónica del amor y la furia.

Título original: O lobo atrás da porta
Año: 2013
Duración: 100 min.
País:  Brasil
Director: Fernando Coimbra
Guion:Fernando Coimbra
Fotografía: Lula Carvalho
Reparto: Milhem Cortaz,  Leandra Leal,  Fabiula Nascimento,  Tamara Taxman,  Karine Teles, Antonio Saboia,  Thalita Carauta,  Paulo Tiefenthaler,  Juliano Cazarre.


Aún me admira el mecanismo de la intuición que ante una carátula me lleva a rechazar o aceptar que lo que sostengo con una mano muy cerca de los ojos desnudos de las gafas imprescindibles, porque la letra de la mayoría de los vídeos es inmisericorde con un deficiente visual. El caso es que ante un nombre desconocido, Fernando Coimbra, ante una sinopsis típica de cine negro y cuatro fotogramas muy bien escogidos, decido traérmela a casa y verla con el ánimo propicio de quien siempre espera una “revelación” cinematográfica que lo aparte de lo manido, de lo trillado. Por ir corto de información, ni siquiera sabía mientras la estaba viendo que era la ópera prima de su director, y ahora sí que mi juicio se va conformando con lo intuido: El lobo detrás de la puerta es un peliculón que, inscribiéndose en los códigos genéricos del thriller, de origen usamericano, por una parte, y europeo, por la otra, como es el caso tan peculiar de Chabrol, nos ofrece una versión brasileña y de barrio, podríamos decir, que nos sorprende tanto como nos atrapa. No se trata solamente de la estructura narrativa, a modo de puzle que, a partir del secuestro de la hija de una mujer, dispara la trama en mil posibles direcciones y se va recomponiendo todo a través de las declaraciones de la sospechosa en la comisaría, sino de la intensidad erótica de los encuentros entre dos personas que se conocen en el tren y que convierten ese "breve encuentro" en una pasión constante que les sirve de refugio y como disparadero de fantasías de una vida libre y suya que, en el caso de él, supondría renunciar a su familia, pues es casado y con una hija. Los flash back de la película van cambiando la historia a medida que la sospechosa ofrece varias versiones, pero también permiten reconstruir la historia de una traición, él la engaña respecto de que sea soltero y viva con su madre enferma, que acabará marcando su adúltera relación y deturpándolo todo, porque, con un hábil giro de guión, la amante se acerca a la mujer y a la hija a espaldas de él, construyendo una suerte de relación pervertida cuyos propósitos, más allá del desquite por el engaño, no parecen claros, hasta que… y ahí es donde este crítico ha de levantar un muro de contención para que no se me escape ni una palabra que pueda arruinar la contemplación de esta obra a la que aún le quedan algunos giros de guion que van a permitir comprender los acontecimientos que se suceden ante la incredulidad aturdida y conmocionada de los espectadores. La descripción del trío protagonista es tan extraordinariamente precisa y elocuente que jamás se nos pasa por la cabeza que estemos ante estereotipos genéricos, sino ante individualidades nítidas que van desplegando la complejidad personal de cada uno a medida que avanza la trama y se va complicando la situación. La dirección de Coimbra, que alterna planos primerísimos para las relaciones eróticas, consiguiendo un efecto de inmediatez casi táctil, y planos panorámicos que no solo inscriben la acción en un medio concreto, el suburbio de Río de Janeiro -un estrato social por encima del de las conocidas favelas- sino que parecen desahogar al espectador de la intensidad de esos otros planos casi acezantes que nos dejan en manos de reacciones viscerales de los personajes. Son planos, además, en los que la presencia del coche descapotable amarillo del protagonista actúa como un contrapunto luminoso de los sombríos derroteros que va siguiendo la narración  y cuyos últimos compases, insisto, sería una crueldad descubrir. Las interpretaciones, con actores que encarnan a la perfección los personajes de la trama, son soberbias, un realismo intenso, primario, que no esconde mil y un matices que van desde la ironía sutil hasta la sofisticación más depurada. Punto aparte, claro está, es el de la protagonista, una mujer compleja y con muchas conchas que irán cayendo progresivamente, en una espiral insospechada. A este respecto, resulta curiosa la descripción del hogar de ella, un espacio sombrío, habitado por fantasmas, diríase, y en el que los planos con notable profundidad de campo nos hablan de una suerte de oscuro túnel desde el que se ve la realidad distorsionada. Sobre cuáles sean esos factores distorsionadores, ya digo, ni mu. Eso sí, recomiendo muy vivamente la visión de esta película aparentemente modesta, de bajo presupuesto, pero realizada con una sabiduría cinematográfica impropia de una ópera prima. No se trata de una revelación mundial, sino de una película que va cautivando a los espectadores, quienes, como ahora yo, la recomiendan como “de obligada visión”, porque la cinta lo merece y los espectadores me lo agradecerán.

domingo, 15 de octubre de 2017

Un melodrama canónico sobre la segregación racial: “El señor de Hawái”, de Guy Green.


Un Charlton Heston espléndido en un complejo melodrama sobre la debilidad innata del racismo: El señor de Hawái o una seria y combativa película en pro de la igualdad y contra las barreras de la segregación racista en un marco de belleza extraordinaria.

Título original: Diamond Head
Año: 1963
Duración: 102 min.
País: Estados Unidos
Director: Guy Green
Guion: Marguerite Roberts (Novela: Peter Gilman)
Música: John Williams
Fotografía: Sam Leavitt
Reparto: Charlton Heston,  Yvette Mimieux,  George Chakiris,  France Nuyen,  James Darren, Aline MacMahon,  Elizabeth Allen,  Vaughn Taylor,  Marc Marno,  Philip Ahn, Harold Fong,  Edward Mallory.


Tienen poco que ver, Los descendientes, de Alexander Payne, y este Señor de Hawái que propiamente debería haberse llamado El rey de Hawái, puesto que al protagonista, rico propietario de una isla hawaiana todos lo llaman King, nunca por su nombre de pila. La familia de Los descendientes son herederos de la realeza hawaiana y hay una suerte de nostálgica evocación, en la decadencia del presente, lo que fue, en su momento, el glorioso pasado. Ese glorioso pasado es el presente de El señor de Hawái y la película muestra las líneas paralelas que se seguirán a lo largo del desarrollo: Un orgulloso terrateniente que aceptará presentarse como candidato al Senado por el recién proclamado quincuagésimo estado de los Estados Unidos de América, en 1959, después de haberse anexionado el archipiélago en 1900, contra el sentir mayoritario de los indígenas, cuya última reina, Liliuokalani, fue depuesta por Sanford. B. Dole, quien proclamó la República de Hawái y fue reconocido por Usamérica, como protectorado, antes de anexionarse el archipiélago. La hermana pequeña del Rey que vuelve enamorada y emparejada con el hijo de unos indígenas a sueldo del Rey. La presencia incómoda de la cuñada del Rey que le asistió en la crianza de la hermana pequeña cuando la mujer y el hijo del Rey murieron arrastrados por una ola gigantesca en la playa y que no puede competir por el lecho del cuñado, ocupado por una indígena con quien el Rey acabará teniendo un hijo al que, en principio, se niega a reconocer. Por si fuera poco, se añade otra derivada temática de fundamental importancia, la presencia del hermano mayor del enamorado de la hermana, un doctor orgulloso que siempre ha rechazado la ayuda del Rey para labrarse por sí mismo, sin deudas de ninguna clase, su independencia y su vida, un hermano mayor de quien la hermana del Rey estuvo enamorada y de quien, así se da a entender, sigue estándolo, razón por la cual deducimos enseguida, a través de las miradas y las reacciones, que ese amor sigue en pie, por más que pretenda ocultarlo casándose con su hermanastro, nativo cien por cien, mientras que él es mestizo. En la decisión de la hermana del Rey, una no del todo convincente Yvette Mimieux, que va ganando aplomo a medida que avanza la película, hay una loable intención transgresora, romper esa barrera invisible que “aconseja” no realizar matrimonios interraciales, pero pronto advertimos que pesa más en ella el rencor hacia el despecho sufrido en la adolescencia por parte del hermano de su futuro marido que su deseo transgresor. ¿Alguna gotita más que nos plante ante el melodrama canónico al que he hecho referencia en el título? La insinuación, no desmentida mediante la violencia, en un ser propenso a ella como el Rey, de la relación es incestuosas de este con su hermana, que queda suspendida en esa tensa entrevista entre los dos hombres y que presidirá la relación del Rey con su hermana a lo largo de la película, una sombra constante que parece explicar muchos comportamientos. La primera parte de la película es la presentación de todas esas relaciones…, y cómo se desencadena el conflicto a partir dela muerte supuestamente accidental del futuro marido de la hermana del Rey en una pelea con tintes lorquianos y  folclore hawaiano, porque tiene lugar en la fiesta de celebración de la declaración formal como prometidos de los dos jóvenes. El Rey es absuelto en el juicio, porque la madre de él no presenta ningún cargo, pero desde ese momento nada sigue siendo lo mismo, y el poderoso presente idílico del rico terrateniente se irá convirtiendo en el espacio luminoso de la culpa, el remordimiento y la expiación. Guy Green, de quien ya hemos comentado en este Ojo el drama social El amargo silencio y el drama sentimental Secretos de una esposa, narra con una extraordinaria sensibilidad para la belleza del paisaje y el análisis con escalpelo de las emociones humanas más vivas, esta historia de pasiones desatadas, rencores antiguos, despechos, decepciones, orgullos y expiación que conforman un robusto melodrama capaz de conmover al más impasible de los espectadores, porque no hay tregua, una vez salta por los aires la tibia convención de las costumbres y la complicidad en el engaño de los “debidos” comportamientos de cada cual. Se trata de una película muy deudora del mejor Douglas Sirk, de ahí la necesidad de pasearse por ella y dejarse llevar, en unos paisajes de belleza magnífica, por esas vidas en las que el rencor vive junto a la esperanza y la pasión junto a la duda heridora. Sí, El señor de Hawái, en un papel que Heston, en parte, calca de Cuando ruge la marabunta, es una película muy olvidada que merece una revisión y, por supuesto, este aplauso crítico a destiempo, pero no por ello menos efusivo.

viernes, 13 de octubre de 2017

Recital Rampling: “Bajo la arena”, de François Ozon.


Escasa narración para un recital interpretativo mayúsculo: Bajo la arena o la firme decisión de negar la tragedia y vivir como si nada (hubiera pasado). 

Título original: Sous le sable
Año: 2000
Duración: 95 min.
País: Francia
Director: François Ozon
Guion: François Ozon, Emmanuèle Bernheim, Marina De Van, Marcia Romano
Música: Philippe Rombi
Fotografía: Jeanne Lapoirie, Antoine Heberlé
Reparto: Charlotte Rampling,  Bruno Cremer,  Jacques Nolot,  Alexandra Stewart, Pierre Vernier,  Andrée Tainsy.


Tras un excelente y moroso arranque que nos habla de la complicidad en la monotonía y el aburrimiento de una pareja de maduros profesionales liberales que se va de vacaciones a las Landas bretonas, la película gira inmediatamente hacia la sospecha de la tragedia merced a la desaparición del marido que se ha metido en el mar mientras su mujer seguía tomando el sol. Cuando el regreso de él se convierte en sospecha de lo peor, hay una leve acción de búsqueda con resultados infructuosos y la historia deriva, con una afortunada elipsis temporal, hacia la vida acomodada a la ausencia del ser amado mediante el recurso a la negación cotidiana de que tal hecho haya llegado a suceder. De ahí que en una comida de amigos, cuando la protagonista decide “consultar” algo con su marido, se  nos muestren las miradas lóbregas de consternación de sus amigos, quienes no quieren dar fe a lo que les va resultando difícil de negar: que su amiga se ha vuelto loca, sí, como nuestra Juana, y vive en una realidad paralela en la que, la cámara no engaña, el marido obra con total realidad y comparte con ella su vida. La irrupción de un pretendiente abre una puerta a la posibilidad de una curación, si es que puede considerarse una enfermedad mental la convicción de que el ser querido desaparecido aún vive y podemos comunicarnos con él. La ambigüedad va a dominar gran parte de la película, e incluso asistiremos a un adulterio en el que ambos esposos intercambian miradas de complicidad mientras el mísero amante, ay, infelice, se afana en busca de dar y recibir un placer que lo deja descolocado. No hay humor, sin embargo, en la película, y sí mucha perplejidad por par parte del espectador, por mi parte, vaya, porque no acabo de entrar en el juego perverso de la ficción que le permite sostenerse anímicamente a la protagonista mientras juega con el pretendiente que no puede competir con el original, aunque su escasa vida en común acabe convirtiéndole en un sosias de este, con repetición calcada de las rutinas que han dominada la vida de la pareja inicial, para desesperación de quien no acaba, tampoco, de entender las reacciones de ella. La película es, pues, una película muy Ozoniana, llena de silencios y con un variado surtido de miradas y gestos capaces de transmitirle al espectador el progreso de la historia y, sobre todo, el interior entre atormentado y seguro de la protagonista. ¿Adónde conduce todo eso? Al título de esta crítica: al recital interpretativo de una actriz tan fotogénica y de tan intensa capacidad transmisora de emociones como Charlotte Rampling, de quien aún tengo pendiente una película, 45 años, de Andrew Haigh, que espero no tarde mucho en saltarme de los ojos a las manos en Tallers 79 o en Filmin, al que me abonaré en breve -espacio obliga…-. La película, al margen del paisaje de dunas de las Landas, transcurre básicamente en interiores, no solo porque la pareja es una “pareja de interiores” -ella es profesora de universidad, por ejemplo, que tanto obliga a estar en casa-, sino también porque, tras la desaparición de él, hay una exhibición de su interior emocional y psicológico que se compadece a la perfección con los escenarios de interiores con colores matizados, pero con luz tenue y fuerte contraste de claroscuros. No engaño, a pesar de lo dicho. La película, aunque no peca excesivamente de previsible, sigue un guion claro y sin sorpresas, y la evolución de ella, tan pautada, tan ceñida a lo cotidiano, acaba haciéndose un poco tediosa o, por lo menos, levemente insatisfactoria. De todo redime la interpretación de Rampling, por supuesto, pero nonos deja el regusto de una obra acabada, redonda, algo que sí consigue Ozon con otras películas suyas. Con todo, se trata siempre de un autor con una elegancia innata para el relato intimista, algo que se pone de manifiesto en el mimo con que trata la cámara a Charlotte Rampling, arrancando de ella una actuación estupenda, por más que nos parezca una historia sin enjundia, algo plana, porque ignoramos siempre las poderosas razones que la asisten a ella para mantener un amor fou más allá de la muerte.

martes, 10 de octubre de 2017

“Nacidas para sufrir” o la construcción cotidiana del absurdo, de Miguel Abdalejo.


Una fábula moral sobre el desamparo y el egoísmo en la vejez: Nacidas para sufrir o dos actrices inconmensurables, Petra Martínez y Adriana Ozores, frente a frente y puñalada a puñalada. 

Título original: Nacidas para sufrir
Año: 2009
Duración: 112 min.
País: España
Director: Miguel Albaladejo
Guion: Miguel Albaladejo
Música: Lucio Godoy
Fotografía: Kiko de la Rica
Reparto: Petra Martínez,  Adriana Ozores,  Malena Alterio,  María Alfonsa Rosso, Mariola Fuentes,  María Elena Flores,  Marta Fernández-Muro,  Sneha Mistri, Jorge Calvo,  Antonio Gamero,  Mari Franc Torres,  Ricard Borrás,  Empar Ferrer, Josele Román.


Lo bueno que tiene ir grabando algunas películas de ese benemérito programa que es la Historia del cine español es que cuando la intuición te dice que las grabes, aunque no sepas nada de ellas, aciertes de lleno, y eso es lo que, como otras tantas veces, me acaba de ocurrir. La película de Albadalejo es una pequeña joya que me ha recordado una de las grandes películas sobre la vejez, Dejad paso al mañana, de Leo McCarey, una película triste hasta la extenuación emocional. Albadalejo ha escogido el camino de la comedia, con algún rasgo de astracanada o, para ser más ponderados, de comedia grotesca, de la de Arniches, nunca suficientemente valorada como se debe, quizás por haber sido ayudante de dirección de Berlanga, algo que, como la antigua mili, “imprime carácter”. La situación es bien cotidiana. Una mujer mayor que se acogió en su casa a su hermana y a sus tres sobrinas, con quienes ha convivido siempre, se queda sola con la criada, tras la muerte de su hermana. Las tres sobrinas presionan para dejar de pagarle el sueldo que le están pagando y ella se niega. Ante el panorama, que la obliguen a abandonar la casa con terreno donde vive para ser llevada a una residencia donde trabaja una de las sobrinas, monja, la mujer inicia las consultas legales pertinentes para desheredar a sus sobrinas, en primer lugar y para garantizarse la compañía de la criada, una mujer de escasas luces, pero abnegadísima y trabajadora que ni por asomo contempla la posibilidad de dejar de servir a su señora. Al final, en una graciosa vuelta de tuerca, la única solución que encuentra es el matrimonio con su criada, lo que da pie, como es fácil comprender, a no pocas situaciones que se abordan desde la perspectiva cómica hasta que la inminente muerte de la madre de la criada, de la que llevaba separada más de veinte años, da otro giro a la trama que hace derivar la historia hacia una perspectiva dramática, aunque sin abandonar del todo el terreno de la comedia, inequívocamente de humor negrísimo, con lo que la película enlaza con  los más ácidos guiones de Azcona, de quien, de haber colaborado con Albadalejo -había muerto un año antes de estrenarse la película- probablemente hubiéramos esperado unos golpes de humor aún más tétricos de los que la película nos ofrece. El desamparo y la marginación de las personas mayores en este mundo en el que la desensibilización familiar y social lleva camino de integrarse en el ADN individual de cada cual se aborda en la película con una estrategia narrativa que deja claro, en todo momento, el conflicto real de egoísmos que subyace en cualquier relación humana a esas edades. Los personajes de la señora y la criada no llegan al esperpento trágico de la obra Genet, ni al morbo psicológico de El sirviente, de Losey, pero su retrato es lo mejor de la película desde el inicio. He visto a Adriana Ozores en muchas películas, pero en ninguna como esta compone un personaje con tanta precisión y hondura, ni siquiera en Heroína, donde brilla a grandísima altura. No entiendo, y ella es indicativo de por dónde discurren las aguas de nuestro cine patrio, que esta interpretación  no le deparara el Goya a la mejor actriz. Lo ganó Lola Dueñas, que tampoco es moco de pavo, pero me parece que no hay color: el personaje de Adriana Ozores tiene un índice de dificultad -como nos dicen de la gimnasia femenina- muy superior al del de Dueñas. En fin, que esta película se ha de ver, al margen de por todo lo dicho, por las soberbias interpretaciones del dúo protagonista, Petra Martínez y Adriana Ozores. La delicada frontera entre el amor, el egoísmo, la protección, la generosidad, el descarnado interés, los celos, etc., que se muestra en la película los entenderán con suma facilidad quienes hayan tenido que encargarse del cuidado de personas mayores, pero es bueno que la historia recuerde a quienes aún están en la plenitud vital el camino hacia el que todos, tarde o temprano, vamos. No develo más de la trama, porque algunas situaciones que podrían entenderse como “disparatadas”, si de lo que se trata es de disuadir de ir a verla, no solo no lo son, sino que están, como suele decirse “ajustadas a derecho” y permiten a tan magníficas actrices lucirse con creces, las mismas con las que disfruta el espectador de una película tan poco pretenciosa como acertada en el diagnóstico y el retrato íntimo de dos seres de carne y hueso. Como ocurre con el buen cine, es una película fácil de ver y  que da mucho que pensar.

sábado, 7 de octubre de 2017

Alta política, humilde anécdota: “El diablillo y la reina”, de Jean Negulesco


La tensa relación entre Disraeli y la reina Victoria al hilo de una osadía infantil: El diablillo y la reina o el sentido de la monarquía en Gran Bretaña.
                                                                                                                          

Título original: The Mudlark
Año: 1950
Duración: 99 min.
País: Reino Unido
Director: Jean Negulesco
Guion: Nunnally Johnson
Música: William Alwyn
Fotografía: Georges Périnal (B&W)
Reparto: Alec Guinness,  Irene Dunne,  Andrew Ray,  Anthony Steel,  Finlay Currie, Beatrice Campbell,  Wilfrid Hide-White.

De nuevo ante una película sin referencia alguna y sin la ayuda de FilmAffinity, donde las críticas sobre ella brillan por su ausencia, lo cual es un indicativo de que me sitúo ante una rareza poco o nada vista. De su autor, Jean Negulesco, sin embargo, ya hemos comentado en este Ojo dos excelentes películas, Llama un desconocido y Belinda, breve nómina a la que se suma ahora esta The mudlark, pésimamente traducida por un título que me hizo dudar lo mío si adquirirla o no. Hice bien, ahora lo he visto. La película, cuyo guion se basa en una novela que retoma un hecho real del reinado de la reina Victoria, narra la historia de un huérfano que se dedica a recoger objetos perdidos en las cenagosas orillas del Támesis y que un día encuentra un camafeo con la cara de la reina Victoria que otros coleguillas de miseria quieren arrebatarle para venderlo a quien suele comprarles lo que encuentran. Finalmente, un viejo que lo defiende de los otros mozalbetes le explica quién es la reina, “la madre de Inglaterra” y el zagal se empeña en llegar hasta el castillo de Windsor para visitarla. A partir de su llegada al castillo, la película da un giro hacia la comedia con situaciones muy graciosas y unas notabilísimas interpretaciones. La llegada del muchacho coincide con la visita del Prime Minister, Disraeli, cuyas tensas relaciones con la reina se deben a que esta no quiere abandonar su vida retirada, en señal de duelo, por la muerte de su marido. Disraeli pretende arrancarla de ese ostracismo voluntario porque advierte que la relación entre la reina y sus súbditos, que nunca pueden verla en ningún acto público, va deteriorándose y es posible que, para muchos, acabe volviéndose prescindible la institución monárquica. Aunque por motivos diferentes, es evidente que esa “crisis de ausencia real” tiene algún punto de contacto con la poderosa crisis que sacudió la corona británica, con temblores de terremoto catastrófico, cuando la muerte en accidente de la princesa Diana de Gales. Es Alec Guinness el encargado de darle vida a un Disraeli que, en su dicción privilegiada adquiere una entidad soberbia, magnífica, como si hubiéramos entrado en el túnel del tiempo y nos halláramos ante el propio Disraeli en persona. A ello contribuye también una caracterización física que casi vuelve irreconocible al actor. Enfrente, Irene Dunne compone una reina Victoria llena de absoluta majestad, lo que permite un juego de indirectas entre ella y su Primer Ministro muy divertido, porque la parte cómica cae del lado del camarero y consejero escocés de la reina, un soberbio  Finlay Currie, a quien se recuerda popularmente por su interpretación de San pedro en Quo Vadis? La película está rodada en estudio, en el que se reprodujeron no solo las salas del palacio por donde transcurre la acción, sino también el Parlamento, donde tiene lugar el lucidísimo speech de un Guinness en estado de gracia retórico. Ese discurso, rodado sin corte alguno, en un plano secuencia de unos siete minutos de duración es, a mi entender, lo mejor de la película, la escena que sirve para definir no solo al personaje, sino también al sistema democrático británico y el sentido que tiene la monarquía en Gran Bretaña, así como una defensa a ultranza de la dimensión social que ha de tener cualquier gobierno. Las toneladas de ironía con que Disraeli contesta al disparate de algunos diputados, relativo a la posibilidad de que el chiquillo se hubiera colado en el castillo de la reina para perpetrar un magnicidio, alentado por los irlandeses, es un éxito retórico de primera magnitud y del que deberían tomar buena nota nuestros diputados, tan escasos de esa elocuencia que, antes, confirmaba la calidad o la incompetencia de un político. A pesar de que la situación dickensiana de la trama pueda parecer que induce al sentimentalismo, nada de ello hay en la película, cuyos dos ejes, la aventura ingenua del chiquillo y la tensión política, garantizan al espectador un disfrute máximo en una película que, aparentemente, se cae de puro sencilla. Las cargas de profundidad sobre la vida en general y la política en particular son constantes a lo largo de todo el metraje, y se ha de estar atento para no perder ripio de cuanto una situación en apariencia anodina es capaz de dar de sí. Sigo en vena, con Negulesco, sin duda.