martes, 4 de agosto de 2020

«Toni», de Jean Renoir, o el descubrimiento del neorrealismo…

Un melodrama que se convierte en tragedia: amores y pasiones del proletariado emigrante. 

 

Título original: Toni
Año: 1935
Duración: 82 min.
País:  Francia
Dirección: Jean Renoir
Guion: Jean Renoir, Carl Einstein
Música: Paul Bozzi
Fotografía: Claude Renoir (B&W)
Reparto: Charles Blavette, Celia Montalván, Édouard Delmont, Max Dalban, Jenny Hélia, Michel Kovachevitch.

 

         ¡Quién me iba a decir que con casi quince años de antelación Renoir iba a descubrir un género que luego se adjudicaría en exclusiva a los realizadores italianos, el neorrealismo…? Pues así es. Cualquier película de Renoir es siempre atractiva, porque el director lo vale; pero, acostumbrado a una cierta estilización en sus realizaciones, no me esperaba esta suerte de crónica de la pobreza y las pasiones amorosas entre inmigrantes. La película se abre con la llegada de un tren de emigrantes que vienen de Italia para encontrar trabajo cerca de Marsella. Vienen cantando, los emigrantes, hermosas canciones populares italianas que nos hablan de la nostalgia y del pesar por abandonar la tierra y a los seres queridos. La luz agreste del sol meridional, la pobreza de la indumentaria y los espacios degradados en que se mueven los personajes nos hablan enseguida de la pobreza esencial de unos seres que se buscan la vida donde pueden y haciendo cualquier trabajo no cualificado. El personaje que da título a la película, Toni, soñador, enamoradizo y de buen corazón, además de voluntarioso, no tarda -una elipsis afortunada que nos ahorra un largo proceso de amores- en acomodarse sentimentalmente con la patrona de la pensión donde viven otros trabajadores que, como él, han encontrado trabajo en la cantera, como picadores. Esos años pasados han conseguido que la patrona advierta señales de hastío y cansancio en Toni, amén de saber que anda enamorado de una joven de origen español, Josefa, interpretada por la actriz mejicana Celia Montalván con una propiedad y gracia españolas que aparecen en cada una de sus intervenciones en castellano en la película. En esas andanzas de don Juan, Toni se aproxima a Josefa y se enciende de amores, pero no cuenta con que el capataz de la cantera se la disputa. Josefa, que se nos presenta muy pero que muy ligera de cascos, a pesar de la mojigatería con que aparenta una castidad a prueba de bombas, se deja seducir por el capataz, a pesar de las implícitas promesas de amor hechas a Toni -y la secuencia de la picadura de la avispa con la extracción del aguijón y la succión bucal del veneno son de una sensualidad extraordinarias-, y acaba casándose con él, lo que, en parte por despecho, lleva a Toni a acceder a casarse con su patrona, y celebrar la boda conjuntamente con su rival. A partir de ese momento entramos ya en la senda por la que se acabará desencadenando  la tragedia.

         La película está rodada casi toda en exteriores y con muchos actores no profesionales, con sonido directo y nada menos que con Luchino Visconti como ayudante de dirección de Renoir, lo que viene a certificar la poderosa influencia de esta película en el neorrealismo que aún no había ni siquiera nacido como tal, y que tendría que esperar diez años para, con Roma, ciudad abierta, de Rossellini, entrar en la Historia del cine. La película destila una sensación de verdad, de algo genuino, con un poder narrativo muy poderoso. La sensación de que el fatalismo se cierne sobre las relaciones humanas de un modo inexplicable lo permea todo. Sin embargo, la historia nos permite entrar en el conocimiento, sobre todo, de los confusos sentimientos del protagonista y de su bondad innata. También del sufrimiento que, inadvertidamente, su ciega pasión pueda causar en un tercero -a ese respecto la secuencia del suicidio en el mar de la patrona con quien se ha casado Toni es un prodigio de austeridad fílmica y, al tiempo, de una belleza arrebatada: el modo como Toni lleva en brazos a Marie y, cuando esta despierta, el modo como ella lo rechaza llegan directamente al corazón del acongojado espectador.

         Toni no es una de las películas más famosas de Renoir, y no entiendo por qué, excepto que el hecho de tratarse de las pasiones de la gente más humilde haga creer a los espectadores o los estudiosos del cine que, sin el glamour correspondiente, nada puede tener un interés sustantivo. Pues sucede justo lo contrario: la excepcional naturalidad de los actores en esta película, en la que el abuso de los inmigrantes forma parte primordial del contexto, y el ambiente rural en el que transcurre la acción, así como la banda sonora de las canciones italianas de los emigrantes, intercaladas siempre con una poderosa eficacia lírica, dotan a la película de esa poderosa sensación de realidad que tiene siempre en el cine bien hecho el retrato de la miseria y de los menesterosos.

         Cuando la tragedia se ha consumado, con un crescendo que sobrecoge el ánimo, la película se recoge sobre sí misma y volvemos al inicio de la misma, con otros inmigrantes que bajan del tren con el mismo afán emprendedor con el que bajó Toni de él tres años antes y con las mismas canciones melancólicas que nos hablan de despedidas, de añoranzas y de soledades. De algún modo, viene a decirnos Renoir, es cíclico el destino de las personas: rellenamos un destino que ya ha sido escrito por la fatalidad trazada por los dioses para cada uno de nosotros. Está claro, pues, el terrible mensaje; pero también los arraigados valores de personas como Toni, fieles a sus sentimientos, por mucho que las circunstancias se alíen contra sus designios. Renoir nos ofrece una auténtica lección de vida, centrando su interés en seres que no parecen tener ninguna importancia para nadie: sabe ahondar en sus conflictos y nos revela la grandeza de los sentimientos que albergan todas las personas.


«El silencio del mar» y «El ejército de las sombras» de Jean-Pierre Melville o las resistencias pasiva y activa frente a la invasión nazi de Francia.




Un curioso alegato antibelicista en labios de un ocupante nazi de Francia y el mundo de la resistencia visto como una película de espías. La sensibilidad no entiende de ideologías; ni el espionaje de compasión.

 

Título original: Le silence de la mer
Año: 1949
Duración: 83 min.
País:  Francia
Dirección: Jean-Pierre Melville
Guion: Jean-Pierre Melville
Música: Edgar Bischoff
Fotografía: Henri Decaë
Reparto: Howard Vernon, Jean-Marie Robain, Nicole Stephane, Georges Patrix, Ami  
Aaroe, Denis Sadier.

Título original: L'armée des ombres
Año: 1969
Duración: 139 min.
País: Francia
Dirección: Jean-Pierre Melville
Guion: Jean-Pierre Melville (Novela: Joseph Kessel)
Música: Eric Demarsan
Fotografía: Pierre Lhomme
Reparto: Lino Ventura, Simone Signoret, Paul Meurisse, Jean-Pierre Cassel, Paul Crauchet, Serge Reggiani, Claude Mann, Christian Barbier.

 

         Muy curiosos estos dos acercamientos del gran cineasta francés Jean-Pierre Melville a la resistencia francesa frente a la invasión alemana durante la Segunda Guerra Mundial: una, a pocos años; la otra, la más compleja, a muchos años de distancia, y, sin embargo, la verdadera obra maestra es la primera, la que esta más cerca de la contienda; la segunda, a pesar de la distancia, pierde la serenidad de la objetividad de la primera para adentrarse en un relato fatalista que se acerca mucho al espíritu del nihilismo existencialista de los años cincuenta. La primera reacción fue pacífica; la segunda, violenta. La primera es recogida por Melville en una película llena de lirismo y que deviene un brillante alegato antibelicista; la segunda tiene auténticos tintes épicos y es un canto a la dignidad de quien se resiste al invasor aun a riesgo -en aquel entonces propiamente la seguridad- de perder la propia vida.

         El silencio del mar es una película en banco y negro, rodada, en uno de los invierno de la ocupación, en un pueblo pequeño en el que los oficiales alemanes se han repartido por las mejores casas de la localidad para compartir la casa con sus anfitriones forzados. Un oficial cojo se instala en una casa en la que un hombre mayor vive con su sobrina, que cuida de él. Ambos reciben al huésped indeseable y forzado con un silencio glacial que no romperán en toda la película. Una voz en off, la del tío anciano, nos irá relatando, casi de forma redundante, lo que vemos, porque la película, propiamente dicha, es un monólogo interminable del oficial alemán enamorado de Francia, del francés y de la cultura y la vida francesas. El hombre entiende el silencio defensivo de sus anfitriones forzados y en ningún momento intenta variarlo ni, mucho menos, tomar represalias contra ellos por esa actitud que, revestida de total dignidad, choca frontalmente con el retrato de un alma sensible, culta y de modales exquisitos que se nos irá dando en esos monólogos en los que busca la interlocución de sus anfitriones pero no halla más que el silencio más espeso que se haya oído nunca en el cine. Y, sin embargo, a través de pequeños gestos, de miradas desviadas, de reacciones insospechadas hay una línea narrativa sumergida que irá aflorando poco a poco, es decir, que las revelaciones autobiográficas del invasor no caerán en saco roto, aunque en ningún momento se establece una relación directa entre ellos. El retrato del noble humanista, Werner von Ebrennac, no choca, propiamente, con sus anfitriones franceses, sino, sobre todo, con la tendencia supremacista y psicópata de sus conciudadanos, como lo demuestra el jocoso y terrible episodio del matrimonio fallido, por ejemplo, o la frialdad emocional con la que sus compañeros de milicia hablan de la “solución final”. El proceso de separación se produce, en consecuencia, entre él y lo que representa su uniforme, por eso, ante el escaso eco hallado en sus anfitriones para una sensibilidad que buscaba el consuelo de las almas gemelas, aunque estuvieran «en el otro bando», no le queda más remedio que tomar la decisión de abandonar el plácido retiro francés y solicitar su incorporación al frente ruso, en primera línea de fuego, lo que equivale, en términos civiles a su suicidio. Melville nos retrata, paradójicamente, el ideal de una Europa unida a través de la cultura y la sensibilidad, una Europa que comparte todas las artes y que se hermana en la sensibilidad artística par forjar una unión continental, es decir, se anticipa a nuestra realidad actual, por más que sea la economía, el eje alrededor del cual se ha vertebrado la unión continental, pero ello no ha impedido que los programas culturales como las becas Erasmus, por ejemplo, se hayan aproximado al ideal del noble alemán. Poco a poco, a medida que se van sucediendo los monólogos del oficial, la visión que se tiene de él cambia tanto como para que al espectador le parezca que el silencio de sus anfitriones lo someten a una tortura innecesaria, que no se merece. Esa inversión de las empatías es uno de los grandes aciertos de la película, a la altura de la línea narrativo críptica que se cobija en el densísimo silencio de los interlocutores que jamás interactúan con él. La película tiene, ya lo he dicho, un lirismo que va más allá de las evocaciones artísticas, musicales -el oficial es músico-, literarias o filosóficas, porque está construido a partir de un repertorio de tomas que se multiplican para, aun transcurriendo la acción en una sola sala de la casa, lograr un relato cinematográfico que sugiere más que denota. Los exteriores, escasos, pero muy hermosos, contribuyen a aligerar la presión del interior en lo que tiene de «mazmorra» para los anfitriones y de «escenario» para el noble empeñado en seducirlos, sobre todo a la sobrina, porque conseguir su favor es el destino que tiene la evolución de sus confidencias: intuye que ella es su «alma gemela» y que puede llegar a ser correspondido. Quienes la vean lo sabrán… Lo que no pueden hacer es dejar de ver una película tan europea y tan apasionada, desde luego…

         El ejército de las sombras, por su parte, que opta por la épica, nos sitúa ante los esfuerzos románticos de un tejido muy protocolizado de relaciones personales paramilitarizadas que pretenden burlar la omnivigilancia del ejército alemán invasor para atentar contra él, en colaboración con el ejército inglés, quienes, como se dice en la película, no confían demasiado en la efectividad de la resistencia francesa. De hecho, a juzgar por lo que nos narra la película, la organización está más preocupada por salvar el pellejo de los miembros de la misma que por atacar al enemigo invasor. Poco a poco, desde la huida del protagonista de un campo de prisioneros en el que hay enemigos del Reich de toda condición y nacionalidad: gitanos, comunistas, judíos, españoles…, la película se centra en los esfuerzos por escapar al cerco de las autoridades alemanas que van deteniendo, poco a poco, a los principales activistas de ese ejército «de las sombras».  La ausencia, con todo, de una perspectiva emocional, es la clave de la película, que adopta un tono casi de documental para describir minuciosamente las estrategias de camuflaje de ese ejército contra el que los alemanes no deberían de poder luchar.  Hay muchas escenas que más pertenecen a las películas de espías que, propiamente, a las bélicas, en las que hubiera debido integrarse esta sobre la resistencia, caso de haber optado por una descripción de los sabotajes con que se golpeara al enemigo. Desde esta perspectiva del espionaje, así pues, la frialdad, el silencio, la distancia, el desapego, el sentido del deber y el laconismo consecuente nos acercan al cine «negro» de Melville, y concretamente a El silencio de un hombre (Le Samouraï), esa joya protagonizada por Alain Delon en la cima de sus cualidades. Advertimos, en consecuencia, que, a pesar de que podamos hablar de un cine político, histórico o «de compromiso», en el caso de estas dos películas sobre la resistencia, las constantes del lenguaje cinematográfico del autor se mantienen intactas a través de toda su obra. La interpretación de Lino Ventura y de Simone Signoret son memorables, dos actores que expresan lo inefable con la mayor economía de medios posible. Me parece un programa doble que puede resultar muy atractivo para la mayoría de espectadores.


lunes, 3 de agosto de 2020

«The Great Maiden’s Blush», de Andrea Bosshard y Shane Loader, la maternidad como drama y redención.


Cine neozelandés desconocido en nuestras pantallas: dos mujeres muy distintas unidas por la maternidad que irrumpe de modo muy diferente en sus vidas, cambiándoselas.

Título original: The Great Maiden's Blush
Año: 2016.
Duración: 108 min.
País: Nueva Zelanda
Dirección: Andrea Bosshard, Shane Loader
Guion: Andrea Bosshard, Shane Loader
Música: David Donaldson, Plan 9
Fotografía: Warrick Attewell, Alun Bollinger
Reparto: Renee Lyons, Miriama McDowell, K.C. Kelly, Carl Drake, Ian Lesa, Barnie Duncan, George Fenn, Isobel Mebus, Christopher Brougham, Rangimoana Taylor, Chong Sin Lim.   

              Hace poco publiqué la crítica de una película australiana centrada en la peripecia de unos aborígenes enfrentados a la población no autóctona del quinto continente, una muestra más del potente cine australiano que, con sólita regularidad, ha ido llegando a nuestras pantallas, ahora, en tiempos de plataformas, también a estas. De Nueva Zelanda, sin embargo, soy incapaz de recordar a bote pronto ningún título que haya sido capaz de concitar la admiración general, excepción hecho, naturalmente, de El piano y Un ángel en mi mesa, ambas de Jane Campion, y ambas magníficas.

        La pareja de directores, Bosshard y Loader, nos ofrecen su tercera película, producida a través de suscripción popular, sobre un tema, el del rechazo de la maternidad, sobre el cual ya habían rodado un documental antes de que se aprobara el aborto en el país. Estamos, pues, ante lo que podríamos considerar una dramatización del poso que debió dejar en ellos la realización del documental.

        La historia se nos va contando muy lentamente, desde una situación inicial terrible: una parturienta rechaza tener ningún contacto maternal con la criatura que acaba de alumbrar. Está custodiada continuamente en la clínica porque está acusada de asesinato y su actitud no es otro que la del enfrentamiento rabioso con todo el mundo y la necesidad de escapar. Su compañera de habitación -¡y ya choca que ni en esas circunstancias la sanidad renuncie a optimizar el rendimiento de sus habitaciones de hospital!- ha tenido un bebé prematuro, al que solo puede acercarse con muchísimas precauciones, y al que, además, se le ha de practicar una operación delicada para impedir que una malformación congénita pueda acabar con su vida.

        La película se plantea como un contrapunto de ambas historias: la joven prisionera, de origen maorí,  trabaja como conductora de lo equivalente a Cabify y es una apasionada de los coches y las carreras clandestinas en las que participa habitualmente. Su compañera de cuarto, de origen anglosajón, es correctora editorial, devota de la horticultura, especialmente de las rosas -y de ahí el título de la película que hace alusión a la rosa de color rosa, la del «rubor de la doncella»; título que actúa por antítesis-,  y pianista frustrada. Ambas tienen, por lo tanto, experiencias personales muy diferentes, de las que se sugiere más que se explicita, y esa nebulosa respeto de la responsabilidad de cada cual va trabajando en favor del acercamiento entre ambas. Sí, desde un enfrentamiento instintivo, la película, muy lentamente, nos va sumergiendo en el giro que dan ambas mujeres, abriéndose la una a la otra hasta intentar comprenderse. No revelo nada decisivo si digo que la joven madre ha decidido dar el niño en adopción, algo que tiene muy claro, porque lo ve como algo totalmente ajeno a ella y de lo que quiere desentenderse por completo, para poder seguir con su vida. Hemos de decir que la joven lo ha tenido tras una relación no consentida, y que de lo que se le acusa es del asesinato de quien lo engendró, el hijo de un tenor a quien ella lleva arriba y abajo cada vez que va a actuar a Nueva Zelanda. Gracias a esa «amistad» conoce al hijo, que trabaja como vigilante en un desguace de coches, y, también, va por primera vez en su vida a la ópera, obra en la que escucha la famosa aria de L’elisir d’amore, Una furtiva lacrima, y cuyo recuerda obra en ella sin duda para acabar de repensar qué va a hacer con la criatura.

        Estamos ante un melodrama, con ecos de Sirk, por la presencia activa de la fatalidad, pero, también, por la eclosión de sentimientos con los que los personajes han de reconciliarse para poder aceptarse a sí mismo y el mundo en que están inmersos. La película es, pues, intimista y muy emotiva, llena de una sensibilidad especial a la que me resisto a etiquetar como «femenina», aun siendo la maternidad uno de los ejes temáticos principales. Y ahí está el cariño desinteresado y espontáneo de uno de los cuidadores, también aborigen, por la complicada muchacha y por el fruto de su vientre. Sí, la película, por mas que tenga escenas que nos ponen los pelos de punta y nos disponen contra la crueldad de la protagonista, está rodada con una delicadeza que nos reconcilia con los impulsos más nobles del ser humano. No hay ni rastro del más mínimo brochazo de «sentimentalismo», que conste; y nos movemos siempre en sentimientos profundos y complejos. La estructura narrativa de la misma, además, con los cambios de protagonista, que se van alternando, impide que algunas de las dos historias nos acapare de tal manera que se excluya la otra, pues ambas están ligadas de tal manera que solo progresan en la medida en que ambas progresan, y la relación entre las mujeres se va abriendo como una flor poco a poco. No sin dificultades, eso sí, porque la insociabilidad de la joven conductora es más  que notable; del mismo modo que la afectuosidad de la madre madura es puesta prueba en diferentes ocasiones por las reacciones de la primera.

        No llega, sin embargo, la sangre al río. Y eso que sale ganando el espectador, que asiste a un diálogo franco, directo y con sus muy variadas fases a lo largo de la película, enviándonos como potente mensaje el del entendimiento entre seres muy diferentes. Se trata de una película muy elaborada pero, al mismo tiempo, con un grado de naturalidad y espontaneidad en el fluir de la narración que nos parece estar asistiendo a la «retransmisión» de la realidad tal cual, sin adornos ni afeites: llena de emoción genuina.

domingo, 2 de agosto de 2020

«The reports on Sarah and Saleem», de Muayad Alayan o una sorprendente película palestina.


El adulterio en un clima de exacerbación política y religiosa: la rivalidad entre palestinos e israelíes o lo peor de cada bando…

Título original: The Reports on Sarah and Saleem aka
Año: 2018
Duración: 127 min.
País: Palestina
Dirección: Muayad Alayan
Guion: Rami Musa Alayan
Música: Frank Gelat, Charlie Rishmawi, Tarek Abu Salameh
Fotografía: Sebastian Bock
Reparto: Ishai Golan, Hanan Hillo, Maisa Abd Elhadi, Kamel El Basha, Sivane Kretchner, Bashar Hassuneh, Adeeb Safadi, Jan Kühne, Rebecca Esmeralda Telhami, Mohammad Eid, Mohammad Titi, Amer Khalil.

         Recuerdo Los limoneros, del israelí  Eran Riklis, como una película valiente que se atrevía a meterse en el avispero del contencioso entre los palestinos y los israelíes sin las anteojeras de los prejuicio, sino con el espíritu abierto a la búsqueda de la verdad sin apriorismos de ningún tipo. Ya he visto alguna que otra película, como El divorcio de Viviane Amsalem, de Ronit Elkabetz y Shlomi Elkabetz, desde la “perspectiva” israelí, pero me faltaba añadir una desde el “lado” palestino. La película de Muayad Alayan, con escenas de sexo explícito, por ejemplo, me hizo pensar, al principio, que se trataba de una película israelí, porque no acababa de «casarme» semejante atrevimiento en la sociedad palestina. Acabada de ver e informado de los pormenores -siempre me informo a posteriori para no condicionarme jamás el visionado-, advierto que está rodada, en parte, en Cisjordania, lo cual ya explica cierta libertad de expresión, imposible a todas luces en la franja de Gaza, donde el islamismo radical gobierna la sociedad con códigos medievales, muy del estilo, por otro lado, del de los ortodoxos judíos que están casi en lucha permanente contra las autoridades israelíes.

         Una anécdota trivial, el flechazo entre un repartidor de bollería y la dueña de una cafetería, se va a convertir, por un encontronazo en un bar de «ambiente» de Belén, poco menos que un conflicto diplomático, o mejor dicho, en un conflicto entre servicios de inteligencia: palestinos e israelíes. El marido de ella es un oficial del ejército que trabaja en los servicios de información y que no parece un hombre demasiado apasionado sexualmente, amén de no poder hablar de su trabajo con su mujer, dado el carácter secreto de su trabajo. Al protagonista, por su parte, que malvive como repartidor y que espera un hijo de su mujer, esta le impide el acceso carnal «por la seguridad del niño»…. La pareja recibe la ayuda del hermano de ella para poder pagar sus facturas, y ello lleva a que el cuñado, implicado en actividades políticas, lo reclute para hacer de mensajero y llevar «mercancías» nunca especificadas a las ciudades palestinas cercanas a Jerusalén. En Belén se arma el ídem, en un bar musical, cuando un paisano se acerca a la mujer israelí pretendiendo ligar con ella; Saleem sale en su defensa, intercambia unos golpes con el don juan belenita y, días después, es acusado poco menos que de espía sionista. Un líder terrorista lo ampara, pero Saleem ha de confesar que hacía labores de espionaje para ese líder, y detallar en un informe lo que hacía con la mujer, relaciones sexuales incluidas. Cuando ese informe llega a manos de los servicios secretos israelíes, Saleem vuelve a ser detenido, pero ahora con la perspectiva de estar un buen puñado de años en la cárcel.

         Las relaciones personales, tras ese planteamiento inicial, retoman el protagonismo de la historia; y entonces entran en acción las mujeres, quienes asumen una función a medio camino entre lo judicial y lo emocional. Se está ventilando una dura condena; pero también un adulterio. La mujer israelí, cuando su marido es informado de «los hechos», ha de librar una batalla contra este; del mismo modo que la protagonista palestina ha de enfrentarse a la infidelidad del marido, de quien, solo con una condena judicial,  podría divorciarse, al haber firmado en el contrato de boda que renunciaba al derecho a pedir el divorcio.

         Sí, la película está construida muy inteligentemente, porque las dos historias de los dos matrimonios convergen en el adulterio de Sarah y Saleem, ambos residentes en una ciudad, Jerusalén, en permanente disputa entre israelíes y palestinos; pero, además, se cruzan los prejuicios culturales y religiosos de ambas comunidades ante una relación «mixta» que nadie entiende desde los dogmas de cada una de las partes. Desde este punto de vista, en la película hay cierta esperanza larvada, por más que la historia tenga el desenlace que tiene, más que apegado a la realidad y a lo estrictamente verosímil. El director consigue, a través de un guion muy clarito -una virtud cuando pensamos en lo mucho que tiene de laberinto ese enfrentamiento entre israelíes y palestinos- desnudar las intolerancias, los fanatismos, los racismos y el Sinaí de prejuicios que separa a ambas comunidades. La progresión del «caso» a través de la irrupción de los servicios secretos de uno y otro lado está calculada al milímetro y no voy a decir que tiene un aire de thriller, porque estamos ante un drama social con estructura de melodrama; pero es muy cierto que el interés por el destino de los personajes nos acompaña hasta el mismísimo momento del desenlace.

         No creo que esta película pueda caer dentro de lo que habitualmente se entiende por cine «étnico», aunque tampoco ha de entenderse como una muestra de cine «político», pero está fuera de toda duda que el conflicto humano que nos retrata está afectado por todas esas circunstancias que tanto marcan y condicionan el desarrollo de la vida privada en esa zona del mundo. Lo interesante, en este caso, es contemplar desde la perspectiva palestina una realidad tan delirantemente abocada a la violencia y al enfrentamiento. Muy instructiva sí que lo es, sin duda. Me parece tan ejemplar, para conocer la vida en aquellos territorios en este momento como me lo pareció Una separación, de  Asghar Farhadi, para conocer la vida cotidiana en Irán, al margen de la propaganda del régimen de los ayatolás.


viernes, 31 de julio de 2020

«Peregrinos» y «El prisionero del odio», de John Ford, «master and commander» de un arte inigualable.


Un curioso melodrama con abundante humor fordiano y una revisión histórica interesada de un cómplice del asesinato de Lincoln: dos joyas anteriores a La diligencia

Título original: Pilgrimage
Año: 1933
Duración: 96 min.
País: Estados Unidos
Dirección: John Ford
Guion: Barry Conners, Philip Klein (Historia: I.A.R. Wylie)
Música: R.H. Bassett
Fotografía: George Schneiderman (B&W)
Reparto: Henrietta Crosman, Heather Angel, Norman Foster, Lucille La Verne, Maurice Murphy, Marian Nixon, Jay Ward, Robert Warwick, Louise Carter, Betty Blythe, Francis Ford, Charley Grapewin, Hedda Hopper, Frances Rich.

Título original: The Prisoner of Shark Island
Año: 1936
Duración: 95 min.
País: Estados Unidos
Dirección: John Ford
Guion: Nunnally Johnson
Música: Louis Silvers
Fotografía: Bert Glennon (B&W)
Reparto: Warner Baxter, Gloria Stuart, Joyce Kay, Claude Gillingwater, John Carradine, Douglas Wood, Harry Carey, Francis McDonald, Frank McGlynn Sr.

De nuevo dos películas de las que ni había oído hablar me han supuesto dos descubrimientos emocionantes y deslumbrantes, dos muestras acabadas del arte granado de Ford cuando estaba presto a entrar en sus dos décadas prodigiosas, los 40 y los 50. En mi afán de exhaustividad respecto de la obra de Ford ya he ido mostrando algunas películas de interés superlativo y en las que el genio del cine, con su magnificente naturalidad, como si no estuviera haciendo nada del otro mundo, nos ofrece un abanico de recursos expresivos que acabarán conformando un estilo archirreconocible y sin par. El programa doble de hoy es una muestra de ese dominio del lenguaje cinematográfico que tenía Ford y que nos permite ver sus obras con la seguridad de que algo interesante va a contarnos, y de que lo va a hacer con algunas sutilezas que requieren nuestra entregada atención. Las dos películas son muy diferentes, lo que demuestra, por si hiciera falta probarlo, la versatilidad de un artesano que, a fuerza de humildad, se encumbró en lo más alto del Séptimo Arte.

Peregrinos es un melodrama salpicado con mucho humor que tiene un comienzo romántico impresionante, con unas secuencia líricas nocturnas con una luz tamizada que crea el efecto de ver las escenas tras una gasa. Un joven, a quien su madre controla con férrea disciplina, porque supone la ayuda principal para sacar adelante el rancho en el que ella ha trabajado como una mula para criar sola a su hijo, se enamora den una vecina que no le gusta a la madre, porque la considera una mujer de una clase inferior a la de su hijo. Teniendo en cuenta que el hijo desobedece a la madre, porque planea una fuga con su amante, la madre lo alista en el Ejército para luchar en Francia durante la Primera guerra mundial. El, que quiere a toda costa salir del pueblo, no lo ve mal, pero cuando el tren en que viaja hacia su destino hace una parada de tres minutos en Three Cedars, su pueblo, tiene una entrevista con ella y le revela entonces que está esperando un hijo. Él quiere quedarse para casarse con ella y luego volver al Ejército, pero no lo dejan. Los planos convincentes de la guerra de trincheras en Francia dan lugar, mediante una elipsis, a la muerte del joven que el alcalde de su pueblo le transmite a su madre. Esta, la clásica mujer fuerte que no cede a sentimentalismo ninguno, reúne, sin embargo, tras haber roto en varios pedazos la única foto de su hijo, los fragmentos de la misma y los contempla transida de dolor, aunque en la vida cotidiana no reconoce a su nuera ni mucho menos a su nieto. Más adelante se organiza un viaje de madres con hijos perdidos en el frente francés para ir a rendirles homenaje a sus tumbas. Esa expedición, a la que la madre se niega a ir, si bien la convencen porque es la madre del único «caído por la patria» en el condado, supone un giro de 180º en la película, porque, a pesar de la emotividad de fondo que supone la expedición, hay una dimensión de comedia costumbrista, las mujeres sencillas en contacto con Francia y con el agasajo de las autoridades que descubren entre ellas nexos de contacto que les permiten sobrellevar el viaje. En él, la madre altiva tendrá una experiencia que le trastocará todos los esquemas, y que quizás sea muy rebuscada, argumentalmente, pero, emocionalmente, es muy eficaz. Antes de iniciar el viaje, cuando está instalado en el compartimiento del tren, la no nuera y no reconocido nieto se acercan para llevarle un ramo de flores que le piden que deposite en la tumba del no marido y del padre de la criatura. Discúlpenme por revelar escena de tan exacerbada emoción, pero cuando la viuda eleva el ramo hacia la ventanilla, la toma de Ford capta la aparición de una mano con guante negro que recoge el ramo sin que, en ningún momento, se vea a la madre del fallecido, y entonces el tren arranca… Reconozco que yo la vi entre lágrimas, y que llamé, imperioso, a mi Conjunta y a mi hijo para que vieran cómo se hace “el cine”… No son las únicas imágenes que logran tocar la fibra sensible del espectador, como tampoco el desenlace, pero de eso ya se enterarán quienes lo vean, armados del clínex de rigor…

El prisionero del odio es una película histórica en su inicio, un thriller con falso culpable, en el medio, y una película del género carcelario al final. Sería muy raro pues, que a alguien no le satisficiera ninguno de los tres géneros con que Ford no transmite la peripecia de un médico que curó la pierna rota del asesino de Abraham Lincoln y que fue acusado de haber participado en el complot para asesinar al abolicionista de la esclavitud. Imposibilitado de demostrar su inocencia, el doctor es juzgado por un tribunal militar sobre cuya parcialidad evidente se advierte antes de reunirse para juzgar. La expectación con que la mujer del médico, Samuel A. Mudd sigue el juicio y la nula información que tiene sobre si será o no condenado a morir en la horca: unas secuencias espeluznantes, por cierto… crea una tensión que difícilmente nos va a abandonar a lo largo de la película, porque en cuanto el prisionero es traslado al penal de Dry Tortugas, el Fuerte Jefferson, en la película bautizado como el penal «Arcadia», al sur de Florida, en lo que actualmente es considerado un Parque Nacional, de los mejor conservados de todo Usamérica, la vida carcelaria del Dr.Mudd va a estar sujeta a mil y una penalidades que, en un ambiente de terror gótico, perfectamente fotografiado por Bert Glennon, tiene como agente de su mal a un inspiradísimo John Carradine, quien, repetirá este papel de carcelero despiadado en Hurricane, de Ford, con mayor maldad, si cabe. A medio camino entre Papillon y El conde de Montecristo, Ford nos entrega en el último tercio de la película un cine de aventuras capaz de satisfacer a cualquier espectador. No revelo lo que ocurre, porque la irrupción de un huésped inesperado cambiará completamente la vida del penal y de la mayoría de los personajes. Ford no disimula la simpatía con la vocación sudista del doctor, y su trato con los esclavos parece más humano que la propia manumisión de los mismos; pero, de acuerdo con las noticias históricas más destacadas sobre el caso, los contactos del Dr. Mudd con Wilkes, el asesino de Lincoln, fueron más allá de lo circunstancial. La visión que nos da la película es la del inocente perseguido, pero ni siquiera esta extraordinaria película «hagiográfica» logró que los tribunales usamericanos enmendaran, para bien, la sentencia que se dictó en su día, a pesar de la insistencia de la familia en esa revocación de la condena para librar el nombre de la familia de toda sombra de sospecha. Con todo, la magnífica y convincente interpretación de los protagonistas y algunos secundarios excepcionales, como Carradine, permiten ver la película con un interés que no decae en ningún momento. La recreación del asesinato de Lincoln es absolutamente modélica, por ejemplo. Mi percepción de la obra completa de Ford, cuyas etapas voy consumiendo ávidamente, me convence de estar en presencia de un genio cuyas obras mayores están, también, en sus inicios.


lunes, 27 de julio de 2020

«Ser o no ser», «Mar de fondo», «El juez Priest» y «Misión de audaces», de John Ford o la versatilidad de un genio del Séptimo Arte.




El mundo difícil del show business; el cine bélico de espías; el costumbrismo sureño épico y una extraña aventura de la caballería de la Unión…, cuatro temáticas muy diversas bajo la que alienta una cordial  mirada humanista con la que empatizamos ipso facto.

Título original: Upstream
Año: 1927
Duración: 60 min.
País: Estados Unidos
Dirección: John Ford
Guion: Randall Faye, Wallace Smith
Música: (Película muda)
Fotografía: Charles G. Clarke (B&W)
Reparto: Nancy Nash, Earle Foxe, Grant Withers, Lydia Yeamans Titus, Raymond Hitchcock, Emile Chautard, Ted McNamara, Sammy Cohn

Título original:  The Seas Beneath
Año: 1931
Duración: 90 min.
País:Estados Unidos
Dirección: John Ford
Guion: Dudley Nichols (Historia: James Parker Jr)
Música: Peter Brunelli
Fotografía: Joseph H. August (B&W)
Reparto: George O'Brien, Marion Lessing, Mona Maris, Walter C. Kelly, Warren Hymer, Steve Pendleton, Walter McGrail, Larry Kent, Henry Victor, John Loder

Título original: Judge Priest
Año: 1934
Duración: 81 min.
País: Estados Unidos
Dirección: John Ford
Guion: Dudley Nichols, Lamar Trotti (Personajes: Irvin S. Cobb)
Música: Cyril J. Mockridge
Fotografía: George Schneiderman (B&W)
Reparto: Will Rogers, Tom Brown, Anita Louise, Henry B. Walthall, David Landau, Rochelle Hudson, Roger Imhof, Frank Melton, Charley Grapewin, Berton Churchill, Brenda Fowler, Francis Ford, Hattie McDaniel, Stepin Fetchit.

Título original: The Horse Soldiers
Año: 1959
Duración: 119 min.
País:  Estados Unidos
Dirección: John Ford
Guion: John Lee Mahin, Martin Rackin (Novela: Harold Sinclair)
Música: David Buttolph
Fotografía: William H. Clothier
Reparto: John Wayne, William Holden, Constance Towers, Althea Gibson, Hoot Gibson, Russell Simpson, Anna Lee.

       ¡Memorable programa cuádruple de John Ford! Cada una de las películas merecería una extensa crítica individual, por supuesto, pero, en mi afán de agotar la filmografía completa del genio usamericano, me veo obligado a agruparlas en función de mis visionados, siquiera sea para dejar constancia escrita de que las he visto, aunque la verdad es que «descontarme» y tener que volver a ver alguna de ellas no dejaría de ser un enorme placer.

         Ser o no ser es una película muda sobre los entresijos del mundo del espectáculo, centrada en una pensión en la que solo viven artistas, la mayoría de ellos o fracasados o pendientes de que les llegue la oportunidad de su vida. La película tiene un comienzo realmente extraordinario, con el ensayo del número de una pareja española apasionada que es sorprendida por el marido, un lanzador de cuchillos, un número que recuerda el de El gran Flamarion, de Anthony Mann, aunque aquí es un experto tirador con pistola. Los primeros planos del coqueteo de la pareja tienen una intensidad que recuerda o acaso imita el ardor amoroso de Rodolfo Valentino, fallecido un año antes. La vida de la pensión se altera cuando un famoso representante se presenta, justo cuando están comiendo los pensionistas, y todos creen que viene en busca de cada uno de ellos. El único que sigue comiendo, sin levantarse para ver de qué se trata el alboroto, es, sin embargo, «el escogido» para representar Hamlet ¡nada menos que en Londres! Su compañero de mesa, un gran actor en las postrimerías de su vida, quien le ha enseñado sus viejos recursos, recibe la noticia casi como si ello supusiera un triunfo propio. La película sigue al actor en su viaje a Londres y nos narra cómo se convierte en una gran estrella, noticias que son recibidas con euforia por los pensionistas. El lanzador de cuchillos, ante el abandono de que su compañera de número es objeto por parte de su colega, le propone casarse con él. Ella acepta. El desenlace tiene lugar el día de la boda de estos, pero eso ya ha de verlo el espectador con sus propios ojos. Nada en esta comedia de ambiente teatral indica que sea obra inequívoca de Ford, excepto por el abundante humor con que describe el Director muchas de las situaciones cotidianas de la pensión. La vida de pensión es todo un mundo, del que en España sabemos mucho, aunque quizás no haya sido explorado como se debe; si bien cuando se ha hecho se han conseguido obras eminentes como Tiempo de silencio, de Martín-Santos, por ejemplo, en el plano literario. Las interpretaciones están a la altura de la trama y hay un punto de afectación, de sobreactuación, que nos indica bien a las claras el proceso transformador del éxito en las personas.
           
 Mar de fondo es una película bélica y de espionaje que ya se acerca bastante más al cine característico de Ford, sobre todo porque, como muchas de sus películas, es una historia «de hombres», con un papel muy reducido, pero fundamental, de las mujeres, puesto que son ellas las espías a favor, además, del ejército alemán. Un buque militar usamericano disfrazado de carguero es el encargado de detectar la presencia de un submarino alemán que está diezmando la flota aliada. Anclados en la bahía de un pueblo español no especificado, pero cerca de Gibraltar, el barco camuflado renueva sus provisiones, lo mismo que los del submarino alemán. Con un día de asueto por delante, la tripulación desembarca y se siguen las aventuras de diferentes soldados y también del capitán, quien acaba relacionándose con una turista, del mismo modo que un marinero se enamora locamente, llevado por su inexperiencia y su juventud (si es que no es esto un pleonasmo), de la cantante de la cantina donde se hospedan los militares alemanes para los que ella trabaja. Con esos mimbres, Ford nos cuenta una historia en la que los valores humanos serán determinantes para el desenlace de la misma. Las escenas de los números musicales están muy bien rodadas, y a diferencia de otras producciones, no hay un exceso de mejicanismos que rompan la ilusión de que se desarrolle en España la historia. Los extras con papel están muy bien escogidos para evitarlo. Del mismo modo que Ford parece, en la imaginería popular, un director asociado al Monumental Valley, por sus extraordinarias películas del oeste, no son pocas las incursiones marineras del Director, quien sabe ver, a la perfección, el espíritu de aventura que hay en el mar desde que la especie humana se atrevió a desafiarlo con unas maderas y unas telas como toda venéfica invención, porque el mar, en efecto, acabó convirtiéndose en un veneno para los espíritus aventureros.
       
 El juez Priest, encarnado aquí por el popularísimo actor Will Rogers, fue un personaje retomado por Ford veinte años más tarde para rodar El sol siempre brilla en Kentucky, con Charles Winninger, en su único papel protagonista, esos regalos de Ford que nos revelaban verdaderas cumbres de la interpretación. De algún modo, la segunda versión supuso un desmentido en toda regla de la supuesta complacencia con el esclavismo propio del sur que se manifestaría en esta película, en la que Hattie McDaniel, ¡cinco años antes de Lo que el viento se llevó, de Victor Fleming, que le valió el primer Oscar a una mujer negra!, tenía ya un papel espectacular. De El sol siempre brilla en Kentucky decía Ford que era su película favorita de cuantas había dirigido, y presumía -esos desplantes de los genios…- de no volverlas a ver, una vez rodadas. La secuencia en la que McDaniel y el juez se alternan cantando una canción es de lo mejorcito de la película. La presencia de Stepin Fetchit, haciendo el mismo papel que haría después en la segunda versión, que no remake, es uno de los argumentos que usaron sus detractores para acusarle de un racismo que de ninguna de las maneras, a mi entender, se ha manifestado en la obra de Ford, porque el papel poco menos que de perezoso que se confunde con el retrasado mental sacó siempre de sus casillas a la minoría negra, aunque al actor lo hizo millonario.... Otra cosa es, claro está, que Ford describa una sociedad racista, como lo es no solo la del Sur, como fue público y notorio, sino también la del Norte, como a pocos se les escapa:  ¡Y no hay más que ver Detroit, de Kathryn Bigelow para comprobarlo! El retrato apacible de una localidad pequeña en la que se vive armoniosamente y que, de repente, es sacudida por un incidente que conmociona esa pausada vida es una de las especialidades de Ford. Hay quien dice de él que es uno de los inventores del alma usamericana, y no diría yo tanto, pero sí uno de sus mejores retratistas. El juez que apura los últimos días de varias décadas como juez electo de la comunidad se enfrenta a un caso en el que, por consanguinidad con el abogado defensor, su sobrino, se ve obligado a ceder su puesto para que no sea impugnado el veredicto. Un lacónico trabajador de la villa, que parece peleado con el mundo, sale en defensa de una joven de la localidad y se ve inmerso en una pelea en la que acaba hiriendo con un cuchillo, en legítima defensa, a uno de sus tres agresores, quienes lo denuncian y lo llevan a juicio, siendo el abogado acusador quien se presenta a las elecciones para sustituir al juez Priest, desde una versión caricaturesca de la pomposidad vacía del ordeno y mando. La película, en la que se mezcla una trama amorosa y se desenlaza con una anagnórisis de manual, más un encendido canto nostálgico de las glorias de la Confederación, tiene un crescendo maravilloso que gustará, creo, a quienes captan aquel orgullo sureño de la independencia, abstracción hecha del racismo que lo constituía como estructura social básica. La relación entre negros y blancos, sin embargo, o entre algunos de ellos, tiene aquí una dimensión que no se reviste con el manto del oprobio, el escarnio y el desprecio. Recomiendo vivamente un programa doble en que se vean las dos películas con el mismo personaje entrañable, porque se habrá visto uno de los programas dobles más memorables de la cinematografía de Ford. Si después sumamos otro con La diligencia y Pasión de los fuertes, ¡el acabose!

          
           Misión de audaces es una de esas películas que los críticos consideran «menor» dentro de la obra total de un cineasta y que, con el paso del tiempo y de las generaciones de críticos, se «redescubren» y revalorizan hasta convertirse en una de las «grandes». Andan las voces críticas muy desacordes sobre el alcance de los méritos de esta película, y creo intuir que se debe a una muy particular carencia de «historia» que articule la narración. Entramos in medias res en la aventura de una patrulla de soldados de la Unión que se ha internado en territorio enemigo de la Confederación con una misión secreta: cortar una vía férrea para impedir recibir suministros a los confederados. Toda la película puede ser calificada, literalmente, de in itínere, porque el concepto de road movie tiene una connotación de lanzarse libremente al camino que esta ausente en este caso, en el que la patrulla ha de ir sorteando, en pos de su misión, los peligros de estar en territorio enemigo. Sí comparte, con las road movies, la transformación moral de los personajes, en este caso objetivada en el proceso de acercamiento amoroso que se produce entre el coronel de la compañía, un indignado John Wayne, que, a pesar de cumplir con su obligación militar, está resentido acibaradamente contra la medicina -de ahí el enfrentamiento con el doctor de la compañía, un William Holden en pleno disfrute de su veteranía interpretativa, como el propio Wayne- y contra la propia guerra, que lo obliga a destruir las vías del ferrocarril, siendo él, en su vida civil, un ingeniero que se dedicaba a construirlas. Las leyes de la guerra están siempre presentes en la expedición, y rigen la vida del grupo humano. Esa homogeneidad del mismo se complica cuando, tras hospedarse en casa de una propietaria sureña, esta espía la reunión de oficiales que se está celebrando en su casa y es descubierta por el doctor. Como el coronel no tiene otra alternativa que hacerla prisionera para no ser descubiertos, la incorporación de la orgullosa sureña y su criada -el único papel en el cine de  Althea Gibson, una tenista negra ganadora de once Grand Slam y primera mujer negra en ganar en Wimbledon- supone, de repente, un contratiempo que animará no poco la travesía tras las líneas enemigas, donde se suceden las escaramuzas, hasta llegar al lugar donde se producirá un enfrentamiento espectacular, y no poco romántico, entre las mal equipadas y desesperadas fuerzas del sur frente a los mejor preparados atacantes del norte. Convertido el Saloon en hospital, y a la vista de la devastación humana que ha provocado un ataque sudista tan insensato, el Coronel da rienda libre, en una escena muy brillante, a ese hondo y negro resentimiento que lo corroe. Se trata de un punto de inflexión en la película, que después seguirá su discurrir de un modo que no parece tener propiamente desenlace, pero ello se debe a que cada nueva escena de enfrentamiento entre los personajes: el Coronel, el doctor y la rebelde sudista, va construyendo ese desenlace que, propiamente, no corona una película rodada con un ritmo extraño: entre la huida, el ocultamiento, el ardid y el heroísmo minúsculo de cada acción que pone en peligro real de muerte a todos y cada uno de los personajes. Soy osado, lo sé, en esto de las comparaciones fílmicas, pero hallo ecos aquí de La patrulla perdida, porque nunca se sabe por dónde puede acabar atacando el enemigo; un enemigo que, además,  llevan dentro, porque la altiva mujer rebelde colabora lo suyo para ponerlos en aprietos. Si la especialidad de Ford son los conflictos morales que definen a sus personajes, y el modo en tono menor con que suelen presentarse en las escenas en las que uno menos se lo espera, Misión de audaces tiene un título épico que no se compadece con el fondo de la narración, de marcado carácter psicológico y emocional. Ford la bautizo como The horse soldiers, «Soldados de caballería», y se acerca muchísimo más al verdadero fondo de unos profesionales accidentales que saben ajustar sus conductas a códigos que constriñen, normalmente a su pesar, su conducta, y contra los que, tarde o temprano, entrarán en conflicto. Si algo particularmente me gusta de las películas bélicas usamericanas es precisamente que los mandos que son militares accidentales, porque tienen una vida civil a la que volver en cuanto acabe el conflicto, tienen una manera de ejercerlo muy alejada del fanatismo ordenancista de los militares de carrera, y de ahí la flexibilidad y la espontaneidad en el trato con los inferiores, y, sobre todo, su particular manera de impartir justicia. Insisto, está la crítica dividida, pero, en conjunto, tengo para mí que esta película merece la revisión crítica: da muchísimo más de lo que su simple estructura narrativa parece ofrecernos. No diré que hay que saber leer entre líneas, pero sí valorar la estremecedora dimensión humana de los conflictos que se nos exponen. Ford siempre sorprende, desde luego…  

jueves, 23 de julio de 2020

«Burning», de Lee Chang-Dong, sobre un relato de Murakami.


Un thriller en el que al asesino se le busca como se busca la inspiración para una novela…

Título original: Buh-ning
Año: 2018
Duración: 148 min.
País:  Corea del Sur
Dirección: Lee Chang-Dong
Guion: Lee Chang-Dong, Jungmi Oh (Historia: Haruki Murakami)
Música: Mowg
Fotografía: Kyung-Pyo Hong
Reparto: Yoo Ah-in, Steven Yeun, Jun Jong-seo, Gang Dong-won, Mun Seong-kun.

La película tiene un reclamo literario de impacto, en efecto, pero Lee Chang-Dong no se ha limitado a transcribir el texto en imágenes, sino que ha construido un thriller sobre el silencio, las limitaciones expresivas y la capacidad de observación. Lo extraordinario del caso es que dichas limitaciones del protagonista marcan el ritmo del progreso de la trama, por eso la película se extiende más allá de lo que sería conveniente y de lo que los espectadores estamos dispuestos a conceder sin comenzar a ponernos «algo nerviosos»…
Un repartidor conoce a una chica que lo invita a charlar con ella en el descanso de su trabajo, un show de animadora en un local comercial, para acabar revelándole que se conocen, aunque él no se fijara en ella en el instituto porque aún no se había desarrollado físicamente. El laconismo del joven, que parece seguir muy distraído la conversación con ella, se resuelve en una relación que se estrecha, aunque ella ha estado ahorrando para viajar a África, «el viaje de su vida», y durante el cual le pide a él que alimente a su gata, a lo que él accede, aunque, y eso forma parte muy importante de la trama, ninguna de las veces en que va a su apartamento a cumplir con la obligación logra entrar en contacto con el felino, lo cual, unido a la tendencia fantasiosa de la joven, le lleva a pensar si no se tratará de una «compañera imaginario», por más que las raciones son consumidas, de una vez para otra.
De África vuelve la joven en compañía de un joven rico con  quien ha estrechado relaciones, tanto como las había estrechado con él, y, puesta en el brete de tener que escoger, se decanta por el joven rico, quien trata con cierta condescendencia al protagonista y con cínica distancia a una joven «trabajadora» que exhibe ante sus amistades como quien ha descubierto un animal exótico.
El joven regresa a su casa a hacerse cargo de su exigua explotación agrícola, porque su padre está siendo juzgado por agresión y, renuente a pedir ningún tipo de disculpas, será condenado a unos pocos años de prisión. Aún no lo he dicho, pero desde la conversación con la joven, de quien acaba enamorándose, el protagonista confiesa que tiene el proyecto de ser escritor, pero que aún no sabe sobre qué acabará escribiendo. Le suponemos, pues, ciertas dotes de observación, análisis, deducción, etc., y, por supuesto, una capacidad emocional que, en lo poco que dura su relación con su excompañera de instituto, mezcla con un peregrino sentido del humor.
La trama comienza a “agitarse” levemente cuando su excompañera desaparece y él comienza a seguir al joven rico. Hay una rivalidad «de clase» tan evidente que bien podríamos considerar que es un tema «estándar» del cine surcoreano, una sociedad muy exigente en la que las marcas sociales del triunfo se valoran especialmente. Como el trío se reúne varias veces, para comer, visitarse -el joven rico y su ¿exnovia? pasan un día en su casa, en el campo, muy cerca de la frontera con Corea del Norte, desde donde les llegan las proclamas de la propaganda norcoreana contra sus hermanos del sur- el interés del protagonista por conocer el origen de la fortuna del joven triunfador, ligándolo, al menos en su imaginación, al tráfico de drogas o cualquier otra actividad semejante, pero igualmente lucrativa, se acaba convirtiendo en una obsesión. En la noche del día que pasan juntos en la casa del pueblo, el antagonista le revela que su afición favorita es la de quemar invernaderos, y que, cuando menos se lo espere, reducirá a cenizas alguno de esa zona donde vive el protagonista.
La aparición de una nueva joven en la vida del antagonista, de características muy similares, sociales y culturales, a la de su excompañera de instituto dispara notablemente la ansiedad del protagonista, quien, desde ese momento estrecha el cerco de vigilancia sobre él, porque ella sigue sin aparecer, aunque nada indica que no haya sido voluntariamente…
El tempo lentísimo, de Largo musical, que domina la narración, sumado al carácter retraído del joven y el esforzado ejercicio de análisis de cuanto está viviendo, nos permiten perdernos en un laberinto de hipótesis que no se concretarán en una intuición convincente hasta que… Y ahí habrá de estar muy atento el espectador, porque es una clave que pasa casi totalmente desapercibida, salvo para quien ha hecho de la observación minuciosa todo un método de análisis. De entones en adelante, no diré que el ritmo se vuelve frenético, pero, con un objetivo más claro en mente de las posibilidades reducidas, todo avanza ya hacia un final sorprendente.
La morosidad de la cámara está en relación directa con la selección de planos, llenos de sugerencia, como los de los invernaderos abandonados, por ejemplo. Claro que hay una narración clásica, secuencias narrativas indispensables para seguir la trama, pero el director manifiesta una exquisita sensibilidad para buscar planos que, dado el mutismo del protagonista, su aparente torpeza para todo, tienen un alto poder significativo, y gracias a los cuales, muchos de ellos con cámara fija, nos vamos haciendo una idea más o menos certera del mundo interior del protagonista y de cómo… Perdón, eso ya pertenece al secreto del sumario. Permanecer en la lentitud, porque esta es una virtud transfiguradora del alma, tiene su recompensa…