domingo, 19 de noviembre de 2017

Cine político de fuste en un debut revelador: “Sé quién eres”, de Patricia Ferreira


Un guion milimétrico, una realización contundente y unas interpretaciones brillantes: Sé quién eres o el dolor de la verdad que emerge de la niebla de la amnesia.

Título original:Sé quién eres
Año: 2000
Duración: 100 min.
País: España
Dirección: Patricia Ferreira
Guion: Inés París, Daniela Fejerman
Música: José Nieto
Fotografía: José Luis Alcaine
Reparto: Ana Fernández,  Miguel Ángel Solá,  Roberto Enríquez,  Ingrid Rubio, Manuel Manquiña,  Héctor Alterio,  Mercedes Sampietro,  Gonzalo Uriarte,  Luis Tosar.


Del intimismo que rezuma el encuentro entre una psiquiatra y un desconcertante paciente en un sanatorio mental gallego vamos ir ascendiendo en la escala del reconocimiento de los hechos hasta una película política sobre los movimientos golpistas en el Ejército que nos dejan sin aliento y sorprendidos por la eficacia narrativa con que hemos ido subiendo gradualmente, cada peldaño añade mayor y más sofisticada violencia, hasta ese conocimiento. Un enigma, un diagnóstico -síndrome de Korsakov-, y una revelación: la anagnórisis, a través de la noticia de un diario, de un viejo conocido que ha muerto “ajusticiado” por unos sicarios de difícil adscripción mafiosa o ideológica. Con ese planteamiento, más la súbita aparición de la policía en el sanatorio con la intención de llevarse al paciente a Madrid, se abre un camino de conocimientos que nos van a ir sorprendiendo cada vez más, hasta estallar todo en una trama política en el ámbito militar que nada tiene que ver con la primera ni con la segunda parte de la película. La segunda tiene que ver con la huida de la psiquiatra y el paciente para esconderse en un pequeño pueblecito, acogidas por una veterinaria amiga de la psiquiatra, una Ingrid Rubio que, como todo el reparto, desde Ana Fernández hasta Roberto Enríquez, pasando, sobre todo por Miguel Ángel Solá, cumple a la perfección con su cometido, incluido un secundario Luis Tosar, aún lejos del protagonismo en películas como Te doy mis ojos, de Bollaín o Celda 211, de Monzón. La puesta en escena se aprovecha de unos exteriores campanudos, tanto en Galicia, la secuencia del baño del protagonista en la playa desierta es espectacular, como en el pequeño pueblo donde se refugia junto a la veterinaria. Después, en la parte madrileña y en el ambiente militar, la sobriedad de esos ambientes castrenses contrasta, por ejemplo, con el exótico restaurante donde vive la exmujer del protagonista, del asesino amnésico cuya colaboración fue indispensable para hacer saltar por los aires al padre del coprotagonista del último tercio de la cinta, un local en el Rastro, captado en todo su esplendor “de barrio”. La película se adentra en una trama en la que se desvela la participación del estamento militar en la eliminación de quienes, considerados como traidores, trabajaban para la clase política pasando información pertinente sobre la agitación golpista instalada en las Fuerzas Armadas. Ahí es donde la película, hasta entones casi un mero thriller en el que resultaba difícil encajar las piezas para tener una visión comprehensiva de lo que estaba pasando, se revela como la obra meritoria que es, porque sin perder de vista en ningún momento el suspense que condiciona el comportamiento de los personajes, hay una indagación psicológica y política muy convincente en ese mundo oscuro sobre el que se escribe y se habla más de oídas que de datos, aunque haberlos, haylos. La realización de Ferreira me ha sorprendido gratamente. Por difícil que sea el tema tratado y complicada la estrategia de desvelamiento seguida, lo que nunca pierde de vista Ferreira es el hilo argumental de la recuperación de la memoria por parte del paciente, gracias a una medicación que “obra milagros”, sin desdeñar los posibles efectos secundarios que el protagonista, sin embargo, desprecia, si el precio es poder saber “quién es” su psiquiatra, en vez de olvidarlo en menos de lo que tarda en producirse una conversación. Gradualmente, pues, vamos descubriendo el papel que jugó el protagonista en unos hechos que se remontan más de veinte años atrás, y de ahí la importancia como lo vive un damnificado, quien perdió no solo al padre, también militar como él, sino a su madre y su hermana. La mente humana siempre es un desafío. Aquejada por un síndrome amnésico, más aún. En poco tiempo me he dado cuenta de lo mucho que supone el estreno en la dirección para los cineastas y cómo miman tanto su primer largo que hace difícil  la comparación con la obra posterior. No se trata solo de “dar lo mejor de sí mismos”, sino de la libertad con que abordan la realización, ausente, después, en la continuación de sus obras. Estos días, por ejemplo, anuncian Tierra firme, de Carlos Marqués-Marcet, cuyo tráiler vi el día en que fui a ver El artista, y ya me eché a temblar… Es todo un género, pues, el de la ópera prima. En este caso, Patricia Ferreira se luce lo suyo y deja al espectador con la “necesidad” de ver más obra suya. Ya veremos qué pasa cuándo otra caiga ante mi Ojo, tan crítico… Sé quién eres, eso sí que lo he visto claro, es una película que se sigue con un interés y con un gusto más que notables. Ferreira tiene la virtud de recompensar al espectador mediante la dosificación de las revelaciones, y aun después, por la historia cruzada de la víctima. En fin, muy digna de ser vista.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Desigual, pero atractiva y divertida: “El autor”, de Manuel Martín Cuenca.


La tragicomedia de la falta de talento: El autor o una mirada polanskiana al infierno de la esterilidad creativa en un marco grotesco.

Título original: El autor
Año: 2017
Duración: 112 min.
País: España
Dirección: Manuel Martín Cuenca
Guion: Manuel Martín Cuenca, Alejandro Hernández (Novela: Javier Cercas)
Fotografía: Pau Esteve
Reparto: Javier Gutiérrez,  María León,  Antonio de la Torre,  Adriana Paz,  Tenoch Huerta, Adelfa Calvo,  Rafael Téllez,  Craig Stevenson,  Miguel Ángel Luque, Carmelo Muñoz Adame,  Domi del Postigo.


Dejemos de lado que a uno no le hubiera disgustado que apareciera Yago, el gallego de la Pasarela, con su latiguillo: “Señor Márquez”, porque siguiendo estas semanas la muy entretenida y también desigual Estoy vivo, la presencia de Javier Gutiérrez en una película se contamina automáticamente. He de reconocer, sin embargo, que el actor consigue dotar de verosimilitud suficiente a su personaje de escritor ambicioso y frustrado como para poder seguir la película sin que las imposturas habituales en este tipo de personajes nos echen para atrás. ¡Es tan difícil llevar al cine la actividad interior de la creación literaria! Es cierto que Álvaro responde a un cliché y que, por lo tanto, casi todas sus acciones están ensombrecidas por esa ausencia de espontaneidad genuina de los seres libres: vive atenazado por su pretensión literaria y a ella ajusta su vida milimétricamente. La película arranca con un excelente tono de comedia que llega a su clímax cuando, después de leer unas tópicas líneas, el profesor de escritura creativa, clases a las que lleva asistiendo durante tres años el protagonista, estalla en una de las escenas magistrales de la película, permitiéndose un chorreo al nada talentoso alumno que jamás ningún profesor, de esa materia o de cualesquiera otras, se permitiría, por profesionalidad. Dentro de esa farsa grotesca inicial ha de contabilizarse que la mujer de protagonista se haya convertido en la afortunada autora de un bestseller que narra la descomposición de un matrimonio que resulta ser el de ambos. La oficina siniestra de la notaría donde trabaja el protagonista, con un compañero de “celda” impagable, redondea un planteamiento que, por agotamiento, incluso, enseguida dará un giro hacia el drama desde una perspectiva muy de Polanski. Urgido por su profesor a que se empape de vida para poder escribir después sobre ella con “verdad” y con una voz propia reconocible, el aspirante a autor deja la vivienda familiar y se instala en un edificio en el que, desde su entrada en él, se dispone a ejercitar la curiosidad por sus vecinos para, finalmente, agarrarse a sus vidas con afán vampírico para exprimirlas después en una novela cuya tutela creativa le ofrece al profesor, quien le alabó un día en una clase la transcripción de una conversación literal de sus vecinos inmigrantes. La figura del profesor es siempre el contrapunto cómico del drama que vive el protagonista, cuya inseguridad crónica, por la falta total de talento, propicia los encuentros con la “autoridad” literaria cuyo poder sancionador es para él de vital importancia. La vida del inmueble, reducida a tres vecinos, la portera, los inmigrantes y un jubilado se despliega entonces en una doble vertiente, los intentos del protagonista de condicionar sus vidas y el reflejo literario de esos intentos. Con una deliberada hijoputez sin escrúpulos, el protagonista irá asumiendo progresivamente un papel determinante, sobre todo en la vida de sus vecinos, dos mejicanos a quienes se acerca con intención abierta de ayudarlos y oculta de hundirlos en la miseria y en una crisis que incluso podría resolverse por vía criminal. La conquista de la portera, que incluye un magnífico plano cenital de ambos desnudos en el lecho del adulterio, forma una especie de muy lograda micronarración conclusa dentro de la narración que forma parte de lo mejorcito de la película. Se trata de un poderoso impulso para confirmar la deriva sádica del personaje, cuya vida privada, ya desde que se instaló en el nuevo piso, se ha ido conformando alrededor del proyecto de novela, esto es, de su progresivo envilecimiento personal. El piso vacío, con algunos planos y secuencias muy logrados, como la del protagonista bailando la danza de la relajación para poder concentrarse en su mester literario, son capaces de generar una atmósfera cercana a la locura, a un trastorno delirante que se va acentuando poco a poco y que va a convertir la vida del protagonista en una sucesión de bajezas incalificables al servicio del supremo bien de la “gran novela” que saldrá de su menguado ingenio. Me ahorro el final, porque es excelente, y sería una ruindad que lo revelara. He escogido dos conceptos, “desigual”, porque los altibajos, de tono y de ritmo son evidentes, hay  no pocos momentos muertos que apenas permiten “dibujar” personajes y que tampoco colaboran al servicio de la acción, y “atractiva”, porque el desarrollo e la historia permite acompañar la peripecia vital-creativa del protagonista con notable interés, a pesar, ya digo, de esos altibajos que suponen una especie de remansos, a menudo grotescos y divertidos, en el progreso de la acción. El reparto, en su conjunto, está perfecto, y todos contribuyen, especialmente, ya digo, la portera, Adelfa Calvo,  en una interpretación que huele a mejor actriz secundaria para los Goya. La canción que acompaña los títulos de crédito, de José Luis Perales es muy hermosa, y anticipa, en cierto modo, el drama íntimo que vamos a ver en la pantalla. En conjunto, El autor es una película muy digna de ser vista, pero a la que, acaso, el exceso de localismo le pase una factura que no debería. 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Cine social jesuítico: “Refugio de criminales”, de Irvin Kershner.


Un drama sin contemplaciones sobre la redención social: Refugio de criminales o la vida junto a los marginados de un jesuita ejemplar: Charles Dismas Clark.

Título original: The Hoodlum Priest
Año: 1960
Duración: 101 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Irvin Kershner
Guion: Joseph Landon, Don Murray
Música: Richard Markowitz
Fotografía: Haskell Wexler (B&W)
Reparto: Don Murray,  Keir Dullea,  Larry Gates,  Logan Ramsey,  Don Joslyn,  Cindi Wood, Sam Capuano,  Vincent O'Brien,  Alan Mack,  Lou Martini.

La película de Kershner, producida por Don Murray, quien también escribió el guion, junto con Joseph Landon, aunque lo firmó con pseudónimo, Don Deer, el que usó como apodo cuando era atleta de pista universitario, es una biografía que se fija en la vida y obra del sacerdote jesuita usamericano Charles Dismas Clark, quien logró reunir fondos para construir un hogar, “Dismas House”, usando su segundo nombre como evocación del Buen ladrón bíblico -en castellano simplemente Dimas-, donde atender a los jóvenes delincuentes recién salidos de la cárcel e incluso a quienes estaban a punto de delinquir. La película tiene un excelente planteamiento, porque una pareja de delincuentes se presenta en una habitación donde un hombre interroga al joven recién salido de la cárcel, el debutante Keir Dullea, ecelente actor de obras como 2001, una odisea del espacio, de Kubrick o El rapto de Bunny Lake, de Preminger,
a quien acorrala a preguntas sobre su capacidad para dar el golpe que planean ambos jóvenes. La secuencia acaba con el ngterrogador acabando de vestirse y colgándose del cuello el alzacuello de sacerdote, lo que deja completamente descolocado al espectador, quien ignora si se las halla ante un delincuente que se hace pasar por sacerdote para cometer sus fechorías o ante el sacerdote de más extraño ministerio que le haya sido dado imaginar. No tarda mucho en  darse cuenta de que, en efecto, el padre Charles Dismas Clark, que es capellán de prisión, tiene una relación sui géneris con los jóvenes delincuentes, a quienes en ningún momento intenta persuadir de que no cometan los delitos que quieren cometer, si bien trata de convencerlos de que los cometan de la manera más profesional posible y, a ser posible, sin que la comisión de los mismos acabe encerrándolos entre rejas. Por supuesto, pone a su alcance la posibilidad de encontrar trabaos honrados que les aparten de la vida del delito, pero no entran, en sus métodos particulares, los discursos lleno de moralina e idealizadores de las satisfacciones morales que depara la senda de la virtud, sobre todo para quienes no han gozado de muchas oportunidades de formación ni de los estímulos indispensables para acogerse al camino común del respeto a la ley. La película tiene mucho de testimonio, pero en ningún caso se confunde con un documental ni tampoco peca de sensiblera o hagiográfica, antes al contrario, muestra con sobria dureza la facilidad con que la vida de un joven en esos ambientes de la delincuencia, a veces de tipo menor, puede complicarse hasta llegar incluso al asesinato, con el drama consiguiente que incluye la existencia de la pena capital a la que el joven, finalmente, en escenas muy emotivas, ha de hacer frente. Aunque es un ingrediente importante, el asunto de la pena de muerte, y Kershner consigue crear una severa angustia en los espectadores, gracias al uso implacable del primer plano y a la excelente interpretación de Dullea, el eje de la película es la lucha ante la Justicia del padre Clark para intentar acoger a esos jóvenes que necesitan una oportunidad de normalización social para no caer en la red de la delincuencia. La película de Jerry Lewis que crtiqué no hace mucho vendría a ser algo así como el reverso humorístico de esta cruda realidad que la película de Kershner nos ofrece con impresionante dramatismo. El contrastado blanco y negro la acerca a clásicos del género policiaco, y las secuencias del robo y de la persecución policial, con el posterior acorralamiento policial del sospechoso en un edificio en ruinas, tienen un ritmo excelente. No en vano, Kershner destaca, sobre todo, por su profesionalidad. No se advierte un estilo propio, pero sí una solvencia y una contundencia que, como en el caso de la secuencia de la reunión con el juez, el fiscal y el periodista que sigue de cerca la obra del sacerdote, consigue un tenso debate sobre la capacidad redentora de sus métodos frente a lo único que les ofrece la vía penal y judicial: el desamparo, una vez cumplida su condena, tras haber aprendido en la cárcel a perfeccionar su vida delictiva, un auténtico máster gratuito para la práctica del mal, como vimos en Un profeta, de Audiard, hace poco. Estamos ante una película en la que Don Murray se empeñó personalmente y de la que podríamos considerarle el alma impulsora, además de contribuir, como intérprete,  con un retrato entre burlón y convencido de las posibilidades benefactoras del biografiado, quien, por cierto, murió dos años después de estrenarse la película, que sirvió para lanzar su obra  al estrellato nacional. Don Murray, un neoyorquino de residencia a quien se le ofreció un papel de vaquero ingenuo y apasionado enamorado en Bus Stop, de Joshua Logan,  junto a Marilyn Monroe, en el que supo desenvolverse con un grado de verosimilitud extraordinario, realiza una interpretación muy convincente del jesuita Clark, acaso porque sabe conferir al personaje una cercanía espontánea al mundo de los jóvenes delincuentes, sin importarle acercarse a su lenguaje y a sus maneras para captar su confianza. Se trata, en resumidas cuentas, de un esfuerzo de divulgación de una obra ejemplar, pero también de llevar al seno de la sociedad un debate sobre la dimensión reeducadora de los castigos a los jóvenes como alternativa al embrutecimiento de la exclusiva vía penal. Ni siquiera en la biografía de Don Murray de la Wikipedia o de la IMDB se destaca esta película lo que, a mi entender, se merece, aunque tuvo su reconocimiento en el festival de Cannes, por cierto, donde gano el premio de la Oficina Católica Internacional de Cine. Una película que va más allá del biopic y a la que acaso un director más creativo le hubiera dado una dimensión mayor, sin que ello menoscabe la labor de Kershner, por supuesto, muy ajustada al guion y al claro mensaje social del mismo. Anécdoticamente, me ha llamado la atención que en inglés nuestro Dimas, el buen ladrón, sea Dismas, sobre todo cuando es palabra que proviene del griego, en el que está ausente la s postónica de la primera silaba: Δήμας.

La comedia sin acritud, pero eficaz, de Mervyn LeRoy: “Despiértame cuando haya acabado”.


¿Podríamos hablar del “toque LeRoy” para la comedia?: Despiértame cuando haya acabado: una comedia de ambiente militar o un M.A.S.H. reverente.

Título original: Wake Me When It's Over
Año: 1960
Duración: 126 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Mervyn LeRoy
Guion: Richard L. Breen (Novela: Howard Singer)
Música: Cyril J. Mockridge
Fotografía: Leon Shamroy
Reparto: Ernie Kovacs,  Dick Shawn,  Margo Moore,  Jack Warden,  Nobu McCarthy, Don Knotts,  Robert Strauss,  Noreen Nash,  Parley Baer,  Robert Emhardt, Marvin Kaplan,  Tommy Nishimura,  Raymond Bailey,  Robert Burton,  Frank Behrens.


Ya hemos comentado otra comedia de LeRoy en este Ojo, y aunque el fondo conservador que subyace a la trama echa un poco para atrás, hay que reconocer que para el desarrollo de la situación y la creación de algunos gags  el director y sus guionistas tienen mano de santo, porque, más allá de ese pensamiento que pasa como por sobre ascuas por ciertos comportamiento que hoy escandalizan, la historia presenta un nivel de liviandad irrespetuosa perfectamente encajable por la sociedad a la que se dirige la obra. El ejército siempre ha sido un microcosmos en el que ha funcionado muy bien el género de la comedia, como hemos visto reiteradamente en este Ojo crítico, como es el caso de Operación Pacífico, de Blake Edwards, por ejemplo, o, fuera de él, La novia era él, de Hawks, sin venir más cerca, a ese M.A.S.H de Altman con la que la de LeRoy guarda algún lejano parecido. Un licenciado del ejército, que regenta un bar, es empujado por su esposa para solicitar un seguro al que, por haber sido militar, tiene derecho, algo que él no quiere hacer, porque no quiere tener nada que ver, ya, con el Ejército, el que no guarda especial buen recuerdo. Dicho y hecho, la solicitud, en una escena muy graciosa en la que le ayudan a rellenar el formulario, se convierte en una petición de alistamiento. No solo vuelve al Ejército, sino que lo hace, además, en una remota isla del Pacifico, cercana a Japón, pero perdida en el mapa, donde hay un destacamento militar, olvidado del mando, que lleva una vida de relajación y libertad absoluta al margen de cualquier régimen propio de la milicia y completamente alejados de cualquier atisbo de vida más o menos “civilizada”. Ese ambiente, los personajes, que forman un coro lleno de secundarios fantásticos que le confieren una gracia singular a esa vida regalada de los milicos en una isla paradisíaca, y el espacio en que se desarrolla la acción se convierten en un atractivo de primera magnitud para un soldado que llega a una base donde se encuentra con su antiguo jefe, un Ernie  Kovacs que, a pesar de su sólida fama, no puede competir con un extraordinario Dick Shawn, quien carga con todo el peso de la película. Es él a quien se le ocurre crear un balneario junto a unas aguas termales para convertirlo en una suerte de resort al que puedan ir a descansar, y recuperarse, gracias a sus aguas medicinales, los altos mandos del ejército, hombres de negocios y todos aquellos que puedan permitirse el lujo “asiático” que ofrece el hotel a sus visitantes. A partir de una denuncia, se pone en marcha la maquinaria judicial militar para depurar las responsabilidades a que haya lugar por la apertura del local, en el que no solo se ha usado material militar, sino en el que los militares destacados en la isla trabajan al margen de sus obligaciones militares. La aparición de una militar que viene a “fiscalizar” la actividad de la base, y que provoca el consiguiente alboroto hormonal en tropa y mandos, añade una dimensión jocosa que el guion resuelve en términos muy conservadores y pacatos, pero que genéricamente funcionan muy bien para el mecanismo. La película está llena de situaciones divertidas, pero se trata, ya digo, de un humor blanco que no busca erosionar, sino hacer pasar un rato entretenido riéndose de aquello que le merece un total respeto, y se nota. En este tipo de películas, actores y actrices tienen un cometido esencial, y en esta cumplen a la perfección, sobre todo el protagonista, Dick Shawn, que consigue hacer verosímil un disparate monumental, con esa aceptación fatalista de lo absurdo que, en vez de a la desesperación lo lleva a la visión de un negocio floreciente, su especialidad.  No es una comedia al estilo de las de Billy Wilder, por supuesto, sino más cercana de Blake Edwards o de Pijama para dos y Confidencias a media noche, de Delbert Mann y Michael Gordon, respectivamente, y, por ello mismo, reconocible en un género amable que sabe atraer a los espectadores a la lógica interna del disparate y seguir con interés el desarrollo de tan absurda trama. Los exteriores permanentes en que está rodada la historia, además, contribuyen, por su belleza, a redondear una historia que tiene, en el final judicial, un desenlace a la altura de las mejores comedias, lo que deja a los espectadores con un excelente sabor de boca.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Una película ñoña (las tres acepciones): “La librería”, de Isabel Coixet.


Con menos sustancia que el agua de hervir borrajas, La librería es un paso errático en la sólida carrera de Isabel Coixet.

Título original; The Bookshop (La librería)
Año: 2017
Duración: 115 min.
País: España
Director; Isabel Coixet
Guion: Isabel Coixet (Novela: Penelope Fitzgerald)
Música: Alfonso de Vilallonga
Fotografía: Jean-Claude Larrieu
Reparto: Emily Mortimer,  Patricia Clarkson,  Bill Nighy,  Honor Kneafsey,  James Lance, Harvey Bennett,  Michael Fitzgerald,  Jorge Suquet,  Hunter Tremayne, Frances Barber,  Gary Piquer,  Lucy Tillett,  Nigel O'Neill,  Toby Gibson,  Charlotte Vega.

No se lea animadversión ninguna en el título de la crítica a esta última película de Isabel Coixet, directora de quien he reseñado en este mismo Ojo tres películas y un documental que me han complacido, y alguna hasta maravillado, como Nadie quiere la noche. Quería encontrar un concepto que resumiera la impresión desfavorable que me ha producido la película, tan desustanciada y escasa de historia que, desde luego, en modo alguno se puede poner como ejemplo a emprendedores, a diferencia de Nightcrawler, de Dan Gilroy, que debería pasarse en todas las escuelas de empresariales del mundo, aunque tampoco era ese el objetivo de Coixet, está claro. La realización personal a través de la creación de un negocio como una librería está reñida, desde el punto de vista de la  insulsa protagonista, con el mundo real de los balances, los pedidos o ese cierto desdén, en una población tan pequeña, hacia la lectura. Dejamos de lado, pues, la verosimilitud del aspecto empresarial de la misma y buscamos asideros poéticos que sirvan como motor del producto y que, sin embargo, no lo sostienen en absoluto. Hay una mirada de cuento infantil en toda la película a la que no es ajeno ni siquiera el traje rojo -de criadas, dice uno de los personajes en un momento- con que la protagonista se presenta “en sociedad” ni tampoco el caserón semiabandonado donde vive, aislado del mundo y rodeado de libros,  el único lector devoto que se convierte en su primer cliente, como una suerte de extraño Nosferatu culto que está a punto de resucitar, a través de la relación con la librera, la perdida fe en el género humano. De hecho, cuando este asume el papel de noble caballero que defenderá a la frágil librera frente a los “señores” de la pequeña localidad, y ambos se encuentran junto al mar, él con largo abrigo negro, ella modesta hasta la extenuación, se produce, en el roce deseado pero no satisfecho de ambos cuerpos el único momento de fuste poético de la película. El resto, no pasa del sentimentalismo de esos libros a los que los ingleses son tan aficionados, como Black Beauty, de Anna Sewell. Me ha sorprendido, por ejemplo, el aire de vieja guardarropía naftalinesca de la puesta en escena, cuando si el cine inglés tiene fama de algo, es de recrear históricamente las épocas en la pantalla con una fidelidad y una verosimilitud totales. A todo este embrollo creo que colabora decisivamente la escasa o nula acción dramática de la película y, sobre todo, la impasibilidad gestual de la protagonista, sosa, ya digo, hasta la desesperación del espectador, y con un repertorio de muecas y expresiones que en todo momento parece un calco que haya hecho la actriz de la propia directora, algo en lo que coincidí a la salida del cine como mi Conjunta, por ejemplo, lo que me prueba que no debo de andar muy desencaminado. En cualquier caso, la languidez jamás construye psicologías atractivas o, dicho de otro modo, se ha de ser portugués para construir, a partir de la languidez, un sólido personaje que logre interesarte a través de un metraje tan largo y tan inane como el de La librería. Hay una mitificación del libro que raya en el fetichismo, porque en la película rara vez asciende de la categoría de objeto a la de experiencia personal, y menos desde el punto de vista de la protagonista, quien lee ¡nada menos que Lolita! sin pestañear ni sentirse profundamente conmovida por una lectura que exige algo más que una mirada lánguida desde la cama… Ignoro si la novela en la que se basa la obra pueda tener algún atractivo, pero la visión que Coixet nos traslada de ella, simplificadora y estetizante no anima a ir a comprobarlo. Hay algo, o mucho, de spot publicitario de qualité para alguna cadena de librerías, Barnes&Noble, El hogar del libro, etc., con eslogan incluido, “nadie se siente solo entre libros”. Lo que falta es “vida”, mucha vida, interior y exterior, en esta película un tanto acartonada y llena de jarrones con flores artificiales. No hay encuadre que no tenga un plus de esteticismo que consuela al espectador de la falta total de acción dramática, por supuesto, pero una sucesión de hermosas fotografías no constituye nunca una película. En fin, podría seguir, pero Isabel Coixet no se lo merece, porque es autora de una obra con películas más que notables y algunas de ellas brillantes. Entendamos esta como un traspiés en tiempos de confusión política y esperemos que la próxima tenga la entidad de sus mejores obras, como La vida secreta de las palabras, verbi gratia.



jueves, 9 de noviembre de 2017

Una insólita y prometedora ópera prima que no halló continuación a su altura: “Mientras haya luz”, de Felipe Vega.


El prodigio de la luz, la epifanía del encuadre: Mientras haya luz o el cine en genuino estado puro.

Título original: Mientras haya luz
Año: 1987
Duración: 116 min.
País:  España
Director: Felipe Vega
Guion: Felipe Vega
Música: Bernardo Bonezzi
Fotografía: José Luis López-Linares (B&W)
Reparto: Rafael Díaz,  Jorge de Juan,  Teresa Madruga,  Marisa Paredes,  Patricia Bellinger, Joaquín Hinojosa,  José Segura García,  Icíar Bollaín.


No pude acabar de verla cuando la “estrenaron” en la Historia del cine español y hoy, por fin, con la calma de la sobremesa por delante, me he podido “engolfar” en esta maravilla de película que es “Mientras haya luz”, un thriller de la amistad, una quest de la belleza y una confusa trama sobre el contrabando de piezas arqueológicas de tasable valor, todo ello con una técnica narrativa en la que se privilegia el plano frente a la secuencia y en la que la fotografía del blanco y negro contrastado al límite del relieve, como el de esos cielos nublos cuyas nubes parecen rebosar la pantalla, o ese descenso al mar en la huida que parece sumergirnos en la nitidez insufrible del personaje que nada hacia la libertad imposible, se apoderan del espectador con una potencia magnética propia de las películas grandes, de las que se atesoran en la memoria. Mientras veía la película, sobre todo cuando, hacia el final, el personaje busca a su amigo en el Algarve portugués -donde he estado este verano, por lo que poder verlo ahora, en la película, a tantos años de distancia, cuando aún el turismo no era la industria avasalladora que hoy es, ha sido toda una experiencia antropológica- me iba diciendo que Alain Tanner era una influencia que no podía concretar en ningún aspecto concreto de la película, pero que la sobrevolaba como un halo protector, aunque me han venido, porque el tempo de la película así lo imponía, imágenes de Bruno Ganz en En la ciudad blanca, claro está.. Después, indagando sobre el maestro López-Linares, responsable de la magnificente textura de la película, descubro que rodó con Tanner. Y ya no he querido saber más. En el tiempo que lleva este Ojo abierto han sido no pocas las óperas primas que he tenido la oportunidad de ver; tantas que incluso he estado tentado de abrir el otro ojo para agruparlas como un servicio a los amantes de las clasificaciones, pero pocas como esta de Felipe Vega me han impactado tanto por la calidad de la realización, ¡no hay plano sobre el que poder recrearse sus buenos minutos!, como por la excelente técnica narrativa que, llena de elipsis, nos permite seguir la historia de una traición al ideal de la ciencia y la conservación del patrimonio artístico. Los dos actores protagonistas consiguen ofrecernos una película que, a su manera, tiene algo de El amigo americano, de Wenders, en su dimensión estética, porque las actuaciones de Rafael Díaz, quien lamentablemente murió unos pocos años después de haberla rodado, y la de Jorge de Juan le dan una consistencia a la obra que va más allá de la discreta historia que sirve de base a la peripecia investigadora de uno y a la huida lamentable del otro. La primera parte “es” de Díaz, pero desde que aparece el “exiliado” usamericano De Juan,  espléndido en su actuación contenida, casi lacónica, austera en los gestos, pero honda en los sentimientos, la película se vuelve redonda. Junto a ellos, actores de tanto solvencia como Marisa Paredes y Joaquín Hinojosa, junto con una jovencísima Icíar Bollaín, nos ofrecen un recital interpretativo de muchos quilates. Ya digo, aún sigo impactado por la calidad de esta ópera prima que, desgraciadamente para los espectadores, nada tiene que ver con la otra cinta que he visto de Vega, Nubes de verano, literalmente anodina, al lado de la presente, con tanta potencia visual y tan sabia narrativa. De hecho, en dos festivales cambiaron el orden de los rollos en la proyección y el público aplaudió a rabiar aun sin entender gran cosa de la historia, según nos dice el único crítico que la reseña en FilmAffinity. Ello se debió, no me cabe duda, a que, más allá de la intrincada trama de deslealtades y latrocinios, la imaginería visual del autor, tan bien plasmada por López-Linares en esa fotografía perfecta, que es el único adjetivo que le cuadra, supo imponerse en la retina de los espectadores a la trama. Eso demuestra que los valores estrictamente cinematográficos van bastante más allá de lo que cualquier pobre trama es capaz de ofrecernos, porque una película es la recreación en imágenes de una historia, no una mera ilustración audiovisual de una trama más o menos decente. Mientras haya luz es una experiencia visual de primera magnitud, y aconsejo muy mucho a los cinéfilos que alguna vez puedan perder el tiempo en este Ojo, que hagan todo lo posible por verla, porque, ¡espero”, me darán la razón. Y, si no, al menos pueden ilustrarme sobre mi ceguera a la hora de considerar esta obra como una joya de la que algunos amigos cinéfilos me deberían de haber hablado hace mucho… 

De rarezas infumables: “The Fast and the Furious”, de John Ireland y Edward Sampson


Una estrafalaria car movie sobre una historia de Roger Corman: Piloto a la fuga o un Jaguar espectacular, en una carrera local de coches, habitado por un prisionero fugado y una conductora con síndrome de Estocolmo.

Título original: The Fast and the Furious
Año: 1955
Duración: 73 min.
País:  Estados Unidos
Director: John Ireland,  Edward Sampson
Guion: Jean Howell, Jerome Odlum, Roger Corman
Música: Alexander Gerens
Fotografía: Floyd Crosby (B&W)
Reparto: John Ireland,  Dorothy Malone,  Bruce Carlisle,  Iris Adrian,  Marshall Bradford, Bruno VeSota,  Byrd Holland,  Larry Thor,  Henry Rowland,  Jean Howell,  Dick Pinner, Robin Morse,  'Snub' Pollard,  Lou Place,  Roger Corman,  William Woodson, Jonathan Haze.


Más allá de la serie B y de la C, minorías étnicas, está la serie F, de cine familiar, o poco menos. Basada en una historia de Roger Corman y rodada a partir de una carrera de coches local, usada en la película, la película tiene el dudoso gusto de haber sido la primera que se tituló TheFast and the Furious, título, que no historia, comprado por los productores para usarlo en la serie de exitosas ¿películas? que con ese nombre han golpeado duramente la retina de tantos y tantos jóvenes , y no pocos maduritos, en las salas de cine de medio mundo. Si la película será F, que, en el resumen de la Wikipedia de John Ireland, notable actor con tendencia a interpretar papeles de villano, ni siquiera se menciona que hubiera dirigido una película. Edward Sampson tampoco merece mucho espacio en IMDb, y sí una nota anecdótica en la que se nos informa de que murió accidentalmente al dispararse la pistola que intentaba quitarle a su mujer cuando esta intentaba suicidarse. La película es simple como una canción de Julio Iglesias o el ritmo base del rap: un preso fugado, sobre el que pesa la acusación de asesinato, se teme que no tendrá un juicio justo y se escapa. Para en un bar de carretera y, tras ser amenazado por un cliente -¡el inmortal Bruno VeSota!-  para que se identifique, porque ya se sabe que hay un preso fugado, se deshace de él y se lleva como rehén a Dorothy Malone y un Jaguar con el que ella iba a competir en una prueba automovilística en cuyo trazado se traspasaba la frontera mexicana. Durante la huida, él ejerce un férreo control sobre ella que, a medida que nos acercamos a la feria del automóvil que incluye la carrera se va relajando. Se inscribe, con nombre supuesto en la carrera, para poder pasar la frontera y huir. Antes, se produce el inevitable romance entre la secuestrada y el nada apuesto secuestrador, un camionero que iba por libre y a quien el sindicato mafioso de camioneros quería apartar del negocio por la vía rápida… Todo tan discreto como poco atractivo, salvo la presencia de Dorothy Malone, que es la única que le da a la película una cierta consistencia para poder considerarla como tal, aunque sea del género F. Las escenas de la carrera están bien rodadas, aunque en muchas secuencias se rueda sobre proyección, con esa poco disimulada técnica que las vuelve ridículas. Al final, el buen fondo de él, honrado a carta cabal, se impone a la dureza del fugitivo que no atiende más que a la llamada de la supervivencia y decide plantar cara al juicio, con el apoyo de la Malone, seducida por una bondad que solo ella ha sabido intuir tras la aridez de trato del presidiario. Lo cierto es que a quien le gusten las carreras de coches y los coches antiguos tiene una excelente oportunidad para disfrutar durante un buen rato, porque la carrera se come casi la mitad de la cinta, de ceñido metraje.  En fin, lo aviso en el título y la traigo  este ojo como lo que es, una rareza que tal vez ni merezca la pena visitar, pero siempre tiene que haber alguien que vea lo que nadie ve, para no llamarse a equívoco. A los espectadores de la actual Fast and Furious, si tienen sensibilidad para los coches de época, es posible que les entretenga. A los demás, lo dudo.