viernes, 9 de septiembre de 2016

El cine británico, el sindicalismo y la libertad individual: “El amargo silencio”, de Guy Green.





La libertad individual y la clase trabajadora, una película Aynrandiana de Guy Green, un director de fuste: El amargo silencio entre el free cinema y el cine  sobre la libertad.


Título original: The Angry Silence
Año: 1960
Duración: 95 min.
País: Reino Unido
Director: Guy Green
Guión: Richard Gregson, Michael Craig, Bryan Forbes
Música: Malcolm Arnold
Fotografía: Arthur Ibbetson (B&W)
Reparto: Richard Attenborough, Pier Angeli, Michael Craig, Bernard Lee, Alfred Burke, Geoffrey Keen, Laurence Naismith, Russell Napier, Penelope Horner. Oliver Reed.

Guy Green es un director al que hay que descubrir, no solo porque su cine tiene un contenido ideológico muy fuerte, como lo prueban las dos películas que he visto de él completas y, parcialmente, la tercera, Un retazo de azul, en el que el drama de las parejas interraciales se aborda en un melodrama casi perfecto, con un Sidney Potier excepcional y una Shelly Winters que ganó el Oscar a la mejor actriz de reparto, sino porque, siendo él también director de fotografía, junta ambas facetas y consigue unas puestas en escena la mar de convincentes, persuasivas. El mago, basado en la novela homónima de John Fowles, es una película que vio Fritz Perls, el creador de la terapia Gestalt, y a quien le impresionó tanto que volvió a verla al día siguiente, porque se identificó hasta las cachas con el Conchis retratado en la película. La novela, por cierto, es excelente, y merece una lectura detenida y entusiasta. La película, muy bien ambientada, con estupendas interpretaciones de Anthony Quinn y Michal Caine, es buena, pero no acaba de convencernos como sí lo hace Fowles con su prosa poderosa y la concepción de un personaje como Conchis, que tanto nos fascina como nos repele, pero de quien estamos deseando conocerlo todo. El amargo silencio, que de esta película es de lo que hemos venido a hablar hoy aquí, perteneciente al movimiento del Free Cinema, está ambientada en el mundo de las relaciones laborales, dentro y fuera de la empresa, porque el protagonista tiene alquilada una habitación de la casa a un compañero de la fábrica. La película comienza con la llegada a la ciudad industrial de Ipswich de un misterioso personaje a medio camino entre un agente del Partido Comunista inglés, o un agente infiltrado del KGB, en cualquier caso, un agitador en la sombra que quiere provocar una oleada de huelgas al margen de los sindicatos “oficiales”, los reconocidos por el tejido empresarial.  La película se centra en un empleado con dos hijos cuya mujer, la bellísima Pier Angeli, espera un tercero, un hombre superado por su circunstancia y atado y bien atado a una realidad que lo constriñe irremediablemente. El capataz al servicio del agente provocador (nada que ver con Pere Gimferrer, por supuesto) convoca una reunión sindical en la que se describe a la perfección el modo como se puede manipular una asamblea para que sea aprobada una huelga que no parece estar justificada. A partir de esa declaración y de la negativa a secundarla de un grupo de obreros entre los que se encuentra el protagonista, Tom Curtis, la película derivará hacia los métodos mafiosos de sus compañeros de trabajo para lograr la paralización completa de la fábrica, aunque sea a costa no solo de pasar por encima del derecho individual a seguir trabajando, reconocido en la ley, en igualdad de condiciones que el derecho de huelga, sino incluso a costa de utilizar la violencia para “doblegar” a quienes se oponen a la realización de esa huelga ilegal, no lo olvidemos. En cierta manera, hay un eco innegable de La ley del silencio, de Kazan, en este Amargo Silencio, porque el empecinamiento del protagonista en el ejercicio de sus derechos individuales frente al aborregamiento de la masa dispuesta a dejarse llevar por quienes tienen intereses inconfesables es calcado del de la película que consagró a Brando. Richard Attenborough hace un papel tan contenido como efectivo, un hombre que no hace bandera de su derecho a ejercer la libertad de pensamiento sin dejarse amilanar por sus compañeros de trabajo, sino que, sencillamente, se limita a ejercer ese derecho contra viento y marea, aun a pesar de que los huelguistas incluso se atrevan a agredir a su hijo, a quien indisponen contra el padre, en una de las excelentes escenas de la película, llena de muchas secuencias formidables, tensas, como en la que la mujer, Pier Angeli,  le reprocha a su inquilino, pretendido “amigo” de su esposo, que no haya sabido dar la cara por él, y le pide que salga de su casa, que deje libre la habitación, que no quiere compartir el mismo techo con alguien como él, capaz de preferir la manada a la verdadera amistad. La película puede entenderse, incluso, como un epígono del neorrealismo, porque el realismo puro y duro de la vida de los obreros en la Inglaterra industrial, con unas condiciones de vida bastante más que duras nos trae a la memoria no pocas escenas del cine italiano de posguerra. Por otro lado, la película ahonda en una cuestión compleja, cual es la de los límites del derecho a huelga y la licitud de ciertas estrategias sindicales como los piquetes violentos; elementos que se unen, por el otro, a la presión de los dueños de la fábrica para deshacerse del “individualista” que les da problemas y que pone en peligro llegar a un acuerdo con los huelguistas para poder cumplir con el pedido gubernamental que les asegura la actividad y el negocio. Entre dos fuegos, pues, está el protagonista, quien no cede. Se trata de un obrero sencillo, amante del fútbol, de ir mejorando su nivel de vida y de disfrutar de su familia…, no nos las vemos con un “intelectual” como el Gary Cooper de El manantial, cuyo discurso final aplaudiría este hombre modesto y trabajador, porque intuiría, antes que entendería cabalmente, que lo retrataba. De alguna manera, El amargo silencio podríamos considerarla como el reverso de Norma Rae, de Martin Ritt, otro cineasta con fuertes inquietudes sociales. Mientras que en la de Green, el agitador viene para usar a los trabajadores para su fin de agitación política inconfesable, en la de Ritt llega para concienciar a los trabajadores de que han de formar una agrupación sindical para defenderse de la explotación de los amos. En ambos casos, la integridad y la honestidad personal es el patrón que define a la protagonista de Norma Rae y al protagonista de El amargo silencio, aunque ambas historias tengan, a nivel argumental, poco en común.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Una obra estremecedora y eisensteiniana de Julien Duvivier: “Siembra de dolor”.





La feroz segregación del “otro” en el seno familiar: Siembra de dolor, de Julien Duvivier, basada en la novela autobiográfica de Jules Renard, Poil de carotte.

Título original: Poil de carotte
Año: 1925
Duración: 108 min.
País: Francia
Director: Julien Duvivier
Guión: Julien Duvivier (Novela: Jules Renard)
Música: Película muda
Fotografía: André Dantan (B&W)
Reparto: André Heuzé, Charlotte Barbier-Krauss, Fabien Haziza, Henry Krauss, Lydia Zaréna.

No hace mucho hice una crítica de El paraíso de las damas, de Julien Duvivier, y mostré en ella mi admiración por una obra de una actualidad sorprendente y llamativa. Hoy traigo a este Ojo Cosmológico una verdadera y estremecedora obra de arte, Siembra de dolor, Poil de carotte en el original, Pelo de zanahoria, literalmente. Se trata de una historia basada en la novela autobiográfica de Jules Renard, con el mismo título, una obra naturalista en la que se narran las penalidades familiares de un ser marginado y abocado al suicidio a fuerza de indiferencia, malos tratos y un firme desprecio por parte de la madre, dos hermanos y un padre más ausente que presente y ajeno a esa inquina materna que se ceba en el benjamín de la familia hasta hacerle la vida imposible. La obra está centrada en una pequeña localidad rural en la que una madre cruel, descrita como una virago, con su férreo bigote y sus ademanes a medio camino entre el travestí forzudo y la damisela de guardarropía, se ceba en su hijo pelirrojo, ultrapecoso y más amante de la naturaleza que propiamente travieso. Es hermano de otros dos que, haciéndose a su vez la puñeta entre ellos, se unen para burlarse del pequeño y hacer piña con la madre contra él. La llegada de una doncella a la casa será el único refugio del pequeño, del mismo modo que, en la evolución dramática de los acontecimientos, el padre, divorciado de facto de su esposa, aunque convivan en la misma casa, influido por la doncella, acabará cambiando de opinión hasta convertirse en el protector del hijo. La descripción naturalista de un pequeño pueblo acerca mucho la obra a las excelentes novelas de Pardo Bazán Madre Naturaleza y Los pazos de Ulloa, aunque en la de Renard hay un costumbrismo y una descripción de la vileza de las pequeñas poblaciones que aquí en España conocemos perfectamente bien. Técnicamente, la película es una maravilla, no solo por la iluminación, por la puesta en escena que saca un provecho excepcional de los escenarios en que transcurren los hechos, sino porque el director, Duvivier, ha incluido algunos efectos especiales para resaltar la percepción subjetiva de los personajes que, sin ser nada del otro mundo, acercan mucho la realización a las grandes películas de Eisenstein. La sensibilidad de Duvivier, por otro lado, para el paisaje es muy de agradecer, porque las secuencias exteriores constituyen una delicada contemplación de paisajes vistos desde una perspectiva artística, como composiciones pictóricas en las que los personajes, y sobre todo el protagonista, cuando sale de paseo con la doncella, su gran aliada, tiene los únicos momentos de esparcimiento, incluida su amistad con una niñita con quien juega inocentemente desde su ingenua candidez. En cierta forma, la película tiene como tema la segregación del diferente, y me recuerda, por las condiciones físicas del protagonista, las noticias que he leído sobre la represión de los albinos en ciertos países africanos, donde son, literalmente, “cazados” para convertir sus cuerpos troceados en amuletos protectores. Nada hay en la película que justifique la inquina materna excepto el físico de la criatura, su alegre “alocamiento” y una suerte de bondad natural que se confunde con idiotez congénita por parte de la madre y de los hermanos. Hay en la película una historia paralela, el amor fou que siente el primogénito por una cantante de un tugurio capitalino donde estudia el joven, y que permite redondear la atmósfera opresiva que se vive en esos pequeños pueblos. La madre, por cierto, es la preferida del cura y la organizadora del “ropero” de la localidad, lo que da pie a unas escenas extraordinarias en las que las mujeres cosen juntas en casa de la familia protagonista, escenas realizadas con una precisión casi entomológica de las miserias humanas. No hay plano, ni en el interior de la casa, ni en los preciosos paisajes que la rodean, que no esté estudiado al detalle, y hay un uso del primer plano, sobre todo del padre y de la madre cuya profundidad psicológica permite narrar la historia con una densidad semántica que ya quisieran muchas películas del sonoro. Añadamos a eso que en rarísimas ocasiones a lo largo de la película hemos de sufrir la sobreactuación tan típica del cine mudo por parte de un reparto ajustadísimo a la individualidad de cada cual. Si será meritoria la actuación que el espectador se deja arrastrar por ese juego de pasiones cruzadas que es la novela y en el que la peor parte la acaba llevando el inocente ingenuo incapaz de explicarse por qué es odiado en vez de amado. Me ha extrañado que en Filmaffinity ni siquiera haya una crítica de esta joya, aunque quienes la han visto y votado la califican como notable, pero ya se sabe que en esa página hay no pocos rácanos a la hora de puntuar. A mí me ha parecido una obra muy próxima al espectador español, porque aquí, y Arniches en La señorita de Trevelez lo dejo claro, y luego Bardem en Calle Mayor, tenemos experiencia muy directa de lo que en Siembra de dolor se narra, y muchos de sus personajes son trasplantables directamente a lo que fue nuestra realidad, a la que, ¡ay!, aún lo es en no pocos pueblos recónditos de nuestra también hermosa geografía.
Siete años después, Duvivier hizo una versión sonora de su película muda, que no he visto, pero está claro que no solo no me importaría hacerlo para “cotejar” cómo se plantean las mismas relaciones estando la voz de por medio, tan enemiga, a veces, de las imágenes, sino que, desde hoy, me aplico a la búsqueda de esa versión. Por lo que he leído al respecto, el personaje de la madre está desprovisto de las severas tintas ridiculizadoras con que está visto en la película muda, y la participación del padre en la acción es levemente distinta de la de la versión de 1925. Las fotografías de los planos de la película hablada me parece que “dulcifican” algo la brutalidad del original mudo, pero, y no hay otra manera de decirlo, “está por ver”.



miércoles, 31 de agosto de 2016

Woody Allen tira de retales: “Café Society”.



Una comedia amable y algo tediosa en su segunda parte, pero con excelente puesta en escena: Café Society, de Woody Allen, entre el amor y la mafia.


Título original: Café Society
Año: 2016
Duración: 96 min.
País: Estados Unidos
Director: Woody Allen
Guión: Woody Allen
Música: Varios
Fotografía: Vittorio Storaro
Reparto: Jesse Eisenberg, Kristen Stewart, Steve Carell, Blake Lively, Parker Posey, Corey Stoll, Jeannie Berlin, Ken Stott, Anna Camp, Gregg Binkley, Paul Schneider, Sari Lennick, Stephen Kunken.

Nunca he acabado de entender la “necesidad” de Allen de “tener que” rodar una película al año, con todo lo que ello conlleva: repeticiones, carencia de imaginación, rutinas, urgencias, complacencias innecesarias y, sobre todo, la falta de respeto que implica por una obra, la mejor de él, a la altura de los grandes del cine, de los inalcanzables: Kurosawa, Bergman, Fellini, Ford, Welles, etc. Supongo que la necesidad de hacer frente a sus compromisos económicos tendrá algo que ver; además, lógicamente, de que, dado su insobornable amor al cine, a nadie le amarga el dulce de que pongan en tus manos un presupuesto para dirigir una película sin otro control que el tuyo propio. Teniendo, además, un público europeo tan fiel, al que le ha ido agradeciendo su devoción, con mejores o peores películas ambientadas en las principales capitales europeas, sin acaso ser un “negocio redondo”, tampoco provoca pérdidas en los inversores. Por cierto, aunque Café Society no es ninguna maravilla, y aun pudiéramos decir que es más que discreta, ni de lejos llega al horror estético que perpetró en su homenaje a la Barcelona del productor secesionista Roures, aquella infumable Vicky, Cristina, Barcelona, de infausto recuerdo. En esta película, escasamente original, y en la que Allen se reserva la narración en off para darle a la historia ese toque personal que su sosias de turno, en este caso un muy logrado Jesse Eisenberg, confirma, porque es capaz de, en el registro del joven Allen, dotar al personaje de una vida propia que permite comprobar su enorme calidad interpretativa, al menos si comparada con el papel representado en La red social, aquella película aturdidora. Decía en el título que la película de Allen parece construida a partir de retales de su mundo narrativo, si bien, a las escenas familiares judías, al mundo del cine o a las historias de amor con giros sorprendentes añade esta vez la presencia de un judío mafioso que, dada la época, los años 30, permite no pocas situaciones humorísticas que tiran de la veta del humor macabro, por más que la chispeante y animada narración de Allen le dé a toda la historia una suerte de pátina de comedia ligera que impide que el ala oscura de la tragedia siquiera roce el desarrollo del argumento. Dividida en dos mitades claramente diferenciadas, en Hollywood y Nueva York, y sin que sirva de precedente, la parte angelina se lleva el gato del agua del interés del espectador, acaso porque el tío del protagonista, un magnífico Steve Carell, que le roba no poco protagonismo, no solo está inmenso, sino que, por su condición de representante del mundo del espectáculo permite retrotraernos a grandes producciones antiguas con esos ambientes glamurosos cuya puesta en escena, tan cuidada, y tan bien fotografiada por un Storaro que no es precisamente (Novecento, Apocalypse Now…) un debutante en su oficio, consigue seducir al espectador. La historia de amor inicial, muy sutilmente narrada por Allen, entre el sobrino que llega de Nueva York para abrirse camino en el mundo de Hollywood y la secretaria de su tío es, sin duda, lo mejor de la película y su desenlace marca un antes y un después en la película, hasta tal punto que Allen ha de hacer un serio esfuerzo por intentar estar a la altura de sí mismo en la segunda parte, en la neoyorquina, donde hay momentos de singular belleza e intensidad ciudadana, con algunos planos en Central Park  a la altura de las mejores biografías de Nueva York que él ha dirigido. Que no se me despiste el futuro espectador: la película mantiene en todo momento el tono amable y juguetón que permite seguir con interés los destinos de los personajes, sobre todo el del protagonista, cuya omnipresencia ni cansa ni aburre, por más que ciertas escenas, como la de la familia judía del protagonista parezca salir de Días de Radio, por ejemplo, y las iniciativas seductoras de este de cualquiera de las películas primerizas de Allen, como Annie Hall, por ejemplo. La obra está lejos, afortunadamente, de los sonoros fracasos de Allen, como la reciente Magia a la luz de la luna o la no muy lejana Un final made in Hollywood, y sí, sin ser Match point, por supuesto, ni Blue Jasmine, tiene suficientes aciertos de guion y de realización como para pasar un rato entretenido, sin más.

sábado, 27 de agosto de 2016

El poder redentor de la música: “El profesor de violín”, de Sérgio Machado.



La música clásica en una película clásica de superación personal y social: Tudo Que Aprendemos Juntos o el accidentado encaje en lo real de los buenos sentimientos.


Título original: Tudo Que Aprendemos Juntos
Año: 2015
Duración: 92 min.
País: Brasil
Director: Sérgio Machado
Guión: Maria Adelaide Amaral, Marcelo Gomes, Sérgio Machado, Marta Nehring, Antonio Ermirio de Moraes
Música: Silvio Baccarelli, Felipe de Souza, Alexandre Guerra, Edilson Venturelli, Edimilson Venturelli
Fotografía: Marcelo Durst
Reparto: Lázaro Ramos, Kaique de Jesus, Elzio Vieira, Sandra Corveloni, Fernanda de Freitas, Hermes Baroli, Criolo, Rappin' Hood, Thogun.

Enterarse a posteriori de que El profesor de violín responde a un caso real, el del Instituto Baccarelli, fundado por Silvio Bacarelli a finales de los 90 del pasado siglo en la favela Heliópolis de Sao Paulo, que se ha querido retratar con respeto y con entusiasmo, confirma al crítico, que lo ignoraba, el valor cinematográfico de esta película a la que el único pero minúsculo que puede ponérsele es la excesivamente rápida evolución virtuosa de la banda juvenil a la que se encarga de adiestrar el protagonista, un músico en crisis, paralizado por ignotos fantasmas interiores que le impiden competir por una plaza de violinista en la orquesta nacional de Brasil. El esquema de la crisis y la superación personal correspondiente pudiera habernos deparado lo que podría considerarse una película “de autoayuda”, acaso como la que pudiera indicar el título de una recién estrenada, Mi vida a los 60; pero estamos, sin embargo, ante una obra que se acerca más, mutatis mutandi, al esquema de la legendaria Rebelión en las aulas. Ese violinista fuera de sí, que parece empeñado, después de haber sido considerado un niño prodigio, en tirar su vida y su futuro por la borda, se ve obligado a reconsiderar su vida tras entrar en contacto con la durísima realidad social, pero también biográfica de todos y cada uno de sus alumnos, en la favela donde entra a trabajar dando clases de música para una ONG. No estamos ante un tratado sociológico sobre cómo salir del subdesarrollo o de la marginación, sino ante el contacto de una vida sin rumbo con unas vidas de escasos horizontes para las que la formación musical clásica supone, como lo confiesa uno los protagonistas, el único remedio para calmar el profundo dolor existencial que, a él en concreto, le ha supuesto, haber provocado la muerte del amigo a quien llevaba como paquete en la moto mientras huía de la policía en una trepidante persecución por el interior de la laberíntica favela donde se desarrolla la acción de la película, un joven delincuente que sufre, además, la amenaza de los mafiosos que imperan en ese territorio sin ley. Carlinhos Brown realizó posteriormente una obra social parecida a la de Bacarelli, pero centrada en la samba, la música tradicional por excelencia del Brasil. En El profesor de violín lo que choca sobremanera es el contraste entre la música clásica y la realidad degrada de la que forman parte los intérpretes adolescentes que conforman la orquesta. Oír a Vivaldi, Bach o Beethoven en ese contexto, y ver el proceso como los jóvenes intérpretes quieren ejecutar dichas partituras -que han de aprender a leer, porque tocan de oído, no de lectura- , de la mano de un profesor que se va involucrando, siempre con una reserva que impide la perspectiva “misionera”, en la vida de sus alumnos, es un espectáculo que eleva el corazón y que permite al director mezclar, de modo muy inteligente, la tragedia, el humor -¡impagable la secuencia del vals de cumpleaños que interpreta la orquesta para la hija del mafioso que controla la favela!- y la objetividad del observador desapasionado, una perspectiva que enriquece la visión de dicha realidad. La realización alterna, a modo de contraste, la vida urbana del protagonista, sumido en un fracaso que lo atenaza y cuyos orígenes nunca acaban de quedar lo suficientemente claros -ese sería el lado débil del guion- y la vida de la favela, mediante los planos en los que el protagonista cruza un puente que parece separar físicamente ambos mundos. La película, buena parte de ella situada en la franja nocturna del día, retrata Sao Paulo con una belleza nocturna muy especial; del mismo modo que el mundo laberíntico, de zoco árabe, de la favela está filmado con un verismo que no excluye ni la belleza de la sordidez ni lo contrario, porque en ese ambiente degradado, difícilmente por sus propios méritos puede descollar la belleza, si no recibe un impulso que la ayude a conseguirlo… Esa es la función, ¡casi sagrada!, del protagonista, quien, como ya hemos dicho, nunca abandona en su menester solidario esa reserva individual de quien aspira a enderezar su propia vida, algo que consigue justo cuando se produce la mayor tragedia de la historia, la muerte del joven violinista en quien él había puesto toda su confianza. La película, pues, va progresando emocionalmente hacia un clímax dramático que supera con pericia y con arte los peligros en los que una película de estas características puede caer hasta hacerse añicos. Se trata de momentos en los que la emoción, acompañada, o propiciada, por la música de Mozart o de Vivaldi hace mella en el más curtido de los espectadores y le arranca el homenaje del corazón en forma de llanto catártico. Es justo no reprimirlo, porque son muy duros los destinos que se han mostrado y tan dolorosas como dramáticas las vidas de esos jóvenes que han de navegar entre la esperanza y la degradación social. A ese respecto, por ejemplo, la escena en el seno familiar del joven violinista que acaba siendo víctima de la policía, cuando su padre se encara con él para obligarlo a olvidarse del violín y forzarlo a buscar un trabajo, tiene un grado de verismo neorrealista sobrecogedor. Supongo que el hecho de que el protagonista, el actor más importante de Brasil, Lázaro Ramos, haya nacido en una favela, contribuye a que todo el elenco de la película nos ofrezca esa intensa vibración de verdad sin ambages que tan hondo llega a la emoción de los espectadores. De hecho, y a título anecdótico, cabe referir que las secuencias de la irrupción policial en la favela hubieron de ser suspendidas varias veces para convencer a los favelistas de que no eran policías de verdad, sino actores, dada la agresividad con que se giraron contra ellos, para susto no pequeño, me imagino, de los actores disfrazados de policía. Se trata de una obra, pues, que se acerca con honestidad y rigor a un esfuerzo de redención social que, por poner un ejemplo lejano en el tiempo y en el espacio, sería equivalente al de los Coros de Clavé, una obra cultural titánica llevada a cabo por Josep Anselm Clavé para apartar a los obreros barceloneses del embrutecimiento del alcohol en las tabernas, y cuyo valor humano y político no creo que haya sido aún suficientemente reconocido. ¡Menuda película hay en la vida de Clavé y su época!

martes, 23 de agosto de 2016

Dos películas de desigual factura y fortuna: la horripilante “Todos queremos algo”, de Richard Linklater y la sorprendente “Losin’ It”, de Curtis Hanson.



                                        

Ese ínterin entre la High School y el College: Todos queremos algo, un fracaso estrepitoso de Richard Linklater y Losin’ It, una sorpresa  gratificante del entonces novel Curtis Hanson.
 Título original: Everybody Wants Some!!
Año: 2016
Duración: 116 min.
País: Estados Unidos
Director: Richard Linklater
Guión: Richard Linklater
Música: The Cars, Blondie, Dire Straits, Frak Zappa, Van Halen, Kool and the Gang, The Knack, Cheap Trick, Pat Benatar.
Fotografía: Shane F. Kelly
Reparto: Blake Jenner, Glen Powell, J. Quinton Johnson, Austin Amelio, Temple Baker, Juston Street, Ryan Guzman, Tyler Hoechlin, Wyatt Russell, Will Brittain, Zoey Deutch, Tanner Kalina, Forrest Vickery

Título original: Losin' It
Año: 1983
Duración: 100 min.
País: Estados Unidos
Director: Curtis Hanson
Guión: Bill L. Norton
Música: Ken Wannberg
Fotografía: Gil Taylor
Reparto: Tom Cruise, Shelley Long, John Stockwell, Rick Rossovich, Jackie Earle Haley, John P. Navin Jr., Henry Darrow, Hector Elias, Joe Spinell

Sin especial motivación, tras haber leído algo por encima y haber visto alguna secuencia en los informativos, decidí ir a ver la última película del excelentísimo director de Boyhood, Richard Linklater, Todos queremos algo, continuación argumental, al parecer, de otra, Dazed and confused, aquí titulada Movida del 76, que no he visto, y en la que se recogía el último día de clase de unos alumnos de High School. La presente, pues, nos muestra los tres días anteriores al comienzo del curso en la universidad, eso sí, centrándose en un selecto y cultivado grupo de jugadores de béisbol que comparten alojamiento en el campus. Así pues, centrado en este grupo de “descerebrados” salidos, Linklater nos va a ofrecer una sucesión de movimientos orgiásticos que, supuestamente ajustados, casi con aires documentalistas, a la realidad de los años 80, constituyen una estupenda lección de solemne aburrimiento y constante desinterés. El retrato de la estupidez, la lujuria y el pasotismo tiene eso: realizado a la perfección, pero sin la maestría retórica con que Flaubert puede describir la mediocridad burguesa en Madame Bovary, acaba cargando al espectador hasta hacerle desear el momento del punto final que acabe con tan onerosa equivocación, sobre todo si en la sala, a 21 de agosto, se ha estropeado el aire acondicionado o no lo han puesto porque éramos pocos los espectadores, que esa es otra… El día a día de las actividades “socializadoras” de los futuros estudiantes, en los diferentes niveles de su dedicación académica, freshman, sophomore, junior y senior, con una galería horripilante de biografías en la que nadie parece salvarse, ni siquiera los aspirantes a artistas en cuyo happening/hábitat se instalan los curtidos bateadores sin desentonar demasiado, conforma una realidad lo suficientemente hedionda como para poder seguir el metraje sin ese disgusto que nos produce lo soez y sin poder evitar esos continuos cambios de postura en la butaca que te anuncian, sin paliativos, que estás ante un bodrio, acaso bienintencionado, pero bodrio de poderosa envergadura, al que ni siquiera rescata un ágil uso de la cámara y una puesta en escena muy “propia”, lo que incluye un casting excepcional, gracias al cual pudiera decirse que la película hubiera sido rodado en aquellos años horteras en que se centra la historia. Frente a ella, sin embargo, quiero destacar una película de infame traducción, Ir a perderlo y perderse, Losin’ It, en el original, con un primerizo Tom Cruise, que ya había rodado, sin embargo, Rebeldes, con Coppola, y dirigida por un principiante Curtis Hanson, lo suficientemente curtido en la realización, sin embargo, como para salir ganador en la comparación con la fiebre de sábado noche permanente de los beisbolistas de Linklater. En ambas el desvirgamiento o el éxito sexual constituyen ejes alrededor de los cuales se organiza la vida de los protagonistas. En el caso de Losin’ It, los graduados en la High School se van a Tijuana, ciudad fronteriza y paraíso de lupanares donde poder satisfacer ese desvirgamiento que, como rito de paso, te permite entrar en la vida adulta del futuro college, si lo hay, o del mundo del trabajo, que no falta. La peripecia de los cuatro jóvenes, tres y uno en proyecto, se complica a medida que avanza la historia y se ven mezclados en distintas situaciones que confieren a la película una suerte de perspectiva de humor negro y película de frontera, con la cuestión racial de por medio, que va mucho más allá de la simple iniciación en el sexo que parecía prometer la cinta, como si se tratara de una “movida” al más peyorativo estilo de esas cintas para adolescentes que, si no recuerdo mal, inauguró Desmadre a la americana, en 1978. La película de Hanson sí que merecería un detenido visionado, porque el retrato sociológico del rito de paso de la iniciación sexual, complicado con la rivalidad antropológica entre el vecino rico del norte y el pobre del sur nos deja una visión tan acertada como desoladora de parte de la juventud norteamericana. La presencia del humor, de un fino humor, me atrevería a decir, que tanto contrasta con  el de calibre grueso de la película de Linklater, contribuye a que el espectador se lleve una más que agradable sorpresa, porque la película nos anuncia un desmadre y nos acaba regalando poco menos que una “triste y vergonzosa huida desesperada”. No me atrevería a comparar Tijuana con La Junquera, tierra prometida de los burdeles catalanes donde los franceses, sobre todo, alivian sus urgencias sexuales, pero en la descripción de los locales, de sus frecuentadores, de la música y de los ambientes por los que pasan los protagonistas, se halla lo mejor de la película de Hanson. La película de Linklater me ha recordado otra, olvidadísima, la primera película de Alan J. Pakula, El cuco estéril, con una Liza Minelli literalmente insoportable, y con unas escenas de orgía universitaria en el interior de un piso que ya quisiera Linklater ni siquiera acercarse a la realización de Pakula. Las películas de campus, como las novelas de campus, tienen una larga tradición en el mundo anglosajón; pero no creo equivocarme si digo que a película de Linklater es la más insípida de cuantas he visto dentro de ese género. Tengo unas ganas locas de que mi amigo cinéfilo, Paco Marín, me explique dónde está la virtud de ese supuesto “giro final” que, a su parecer, tiene la historia. Confieso paladinamente que he sido incapaz de descubrirlo desde mi incómoda contemplación. Lo único bueno de Todos queremos algo es que ni siquiera has de hacer el más mínimo esfuerzo por olvidarla para dejar espacio libre en el disco duro de la única neurona disponible, abandonas la sala y se ha disipado como por ensalmo…

jueves, 18 de agosto de 2016

“Un cuerpo en el bosque”: la punzante y brillante chabrolada de Joaquim Jordà.


El microcosmos de la Cataluña y España eternas: Un cuerpo en el bosque o la acidez de la mirada entomológica de un maestro de la docuficción: Joaquim Jordà.

Título original: Un cos al bosc
Año: 1996
Duración: 92 min.
País: España
Director: Joaquim Jordà)
Guión
Joaquín Jordá (AKA Joaquim Jordà)
Música
Sergi Jordá
Fotografía
Carles Gusi
Reparto
Rossy de Palma, Ricard Borrás, Nuria Prims, Pep Molina, Verónica Román, Mingo Ráfols, Lamin Cham.


De Joaquim Jordà me impresionaron sobremanera su docuficción Mones com la Becky, sobre el neurólogo portugués Egas Moniz, y Más allá del espejo, un documental sobre las agnosias y las alexias que el director, afectado también por ellas, rodó a partir de una noticia aparecida en El País. Más allá del espejo es un documento estremecedor y, al mismo tiempo, optimista: respira verdad y drama por los cuatro costados y me parece imprescindible verlo, sobre todo para personas que se dediquen a la educación, e incluso sería de visión muy provechosa para los alumnos no aquejados por esos padecimientos que tanto transforman la vida de una persona. Claro que me acuerdo de su Dante no es únicamente severo, con Jacinto Esteva, pero eso pertenece a la arqueología de la pretenciosidad y solo admite un visionado por parte de cinéfilos de pro. Un cuerpo en el bosque presenta la singularidad de ser su única incursión en el cine de ficción y lo extraño es que Jordà no se prodigara más, porque estamos ante una película casi redonda, no solo por la historia y el guion, sino por la cuidada puesta en escena que nos ofrece el marco perfecto para un ácido retrato de un microcosmos catalán desde el conocimiento y la crítica. Si a todo eso le acompañamos unas interpretaciones tan aceptables como la de Rossy de Palma, haciendo de guardiacivil, y la de Ricard Borràs, de empresario sin escrúpulos, acabamos viendo una película por la que, sinceramente, no han pasado los 20 años que hace de su estreno. Por esos azares de los estrenos y porque lo achuchado de los sueldos no da para verlo todo, y a pesar de las buenas críticas que tuvo en su día, he tardado esos 20 años en verla, pero más vale tarde que nunca, y esa es la buena nueva que traigo a este Ojo cosmológico. La influencia de Claude Chabrol y sus películas de corte “provinciano”, en pequeñas localidades donde todas las perversiones tienen cabida y los secretos se guardan a voces, me parece evidente. Estamos, como ya he dicho, ante un mcirocosmos en el que los personajes tienen un sí se sabe qué de personajes tópicos, pero la ambientación en la que se mueven está tan conseguida que, a pesar de que alguno chirríe, como Mingo Ràfols, aunque el papel tenga escasa entidad. La historia, oscura y triste, de Montse, una chica amiga de complacer sexualmente a sus amigos y cuyo cadáver encuentran los cazadores de jabalíes que inician la apertura de la veda, será el eje narrativo alrededor del cual, mediante la investigación que lleva a cabo la teniente Cifuentes de la Guardia Civil, un papel más que agradecido para Rossy de Palma, que lo desempeña a la perfección, se articulan las vidas de conocidos, familiares y amigos de una pequeña población en la Cataluña rural. Esa vida “pequeña”, con personajes “chatos”, ese mundo reducido, limitado, endogámico, en el que las fuerzas vivas se contemplan al mismo tiempo con afán reverencial y como “invasores”, como es el caso de la teniente Cifuentes, con un planteamiento político independentista que en nuestros días se ha convertido en la corrección política, es retratada por Joaquim Jordà con una pericia sobresaliente, porque la asfixia que produce esa convivencia insana tiene unas fuentes tribales y primitivas que convierten a esta película en algo así como en la premonición de los tiempos políticos xenófobos que vivimos en la Cataluña de la Particularitat que ha renunciado a representar a la generalidad de los catalanes. La teniente de la guardia civil se mueve con desenvoltura en ese pequeño mundo y es capaz de poner a sus habitantes frente al espejo de sus miserias y sus contradicciones, pero la película, llegado ese momento en que todo parece conjurarse para descubrir al culpable de la violación y muerte de la xiqueta, nos ofrece un giro tan espectacular como imaginativo que no solo sorprende al espectador más avezado, sino que propone una clausura narrativa más que brillante,  algo que ciertas escenas hubieran podido permitir que ese avezado espectador intuyera. No fue mi caso, lo reconozco, de ahí mi alborozo por ese giro que permite reescribir la historia de arriba abajo, sin que pierda en ningún momento ni su acidez ni se denuncia. Lo que hace es ampliar sus fronteras… Un cuerpo en el bosque es un magnífico ejemplo del cine que, años después de esta película, lograría un reconocimiento popular a través de una película como Pa negre, y que, en el fondo lejano, se emparentan con obras de la posguerra y específicamente con algunas como La caza de Saura, siquiera sea por esa afición tan arraigada en los pueblos pequeños. 

sábado, 13 de agosto de 2016

“Doctor Terror”, de Freddie Francis, un popurrí de lo mejorcito del género de terror.




Si una noche, en el vagón de un tren fantasmagórico, un pasajero se ofrece a leer tu destino en el tarot… La espléndida imaginación terrorífica de Doctor Terror, de Freddie Francis,  summa artis del género.

Título original: Dr. Terror's House of Horrors
Año: 1965
Duración: 98 min.
País: Reino Unido
Director: Freddie Francis
Guión: Milton Subotsky
Música: Elisabeth Lutyens
Fotografía: Alan Hume
Reparto: Peter Cushing, Christopher Lee, Donald Sutherland, Michael Gough, Neil McCallum, Alan Freeman, Roy Castle, Ursula Howells, Bernard Lee, Jeremy Kemp, Jennifer Jayne, Max Adrian.


Director de fotografía de El hombre Elefante o Gloria, Freddie Francis es un cineasta olvidado que dedicó buena parte de su actividad como director a la realización de películas de terror de serie B que resultan, hoy, auténticas joyas para el cinéfilo cercano a este género, el terror, cuya evolución hacia el gore, la casquería y lo paranormal tanto nos disgusta a quienes echamos mucho de menos películas como esta, tan sencilla como inquietante, a pesar de la simplicidad de los argumentos de los diferentes cuentos y de la pobreza manifiesta de los efectos especiales, sobre todo el del baile yoyó del vampiro que siempre se agita en nuestra memoria como una señal de identidad. El poder de los efectos especiales en el cine de terror, sin embargo, nunca ha sustituido la imaginación visual, usualmente tenebrosa, ni la composición de caracteres propias de actores que han dejado memoria eterna en el género, como Vincent Price, Bela Lugosi, Christopher Lee, Jacinto Molina…, esto es, Paul Naschy o el desasosegante Peter Cushing, cuyo casa de los horrores no es otra que un simple pilón de cartas del tarot con el que les cuenta a sus compañeros de vagón cuál ha de ser su destino.
Uno tras otro, incluso el estirado crítico de arte que compone, en registro inusual, pero magnífico de Christopher Lee, quien se burla de la credulidad de sus compañeros de viaje; uno tras otro, digo, se van sucediendo los malhadados destinos de los compañeros de vagón el destino de cuyo tren es fácilmente imaginable. El cine de episodios es tan viejo como el propio cine, y aun podría decirse que Intolerancia podría, según y cómo, caer en él, si no hubiera ese hilo conductor que organiza la coherencia del mensaje último. Los tópicos reunidos del cine de terror se dan cita en esta cinta, en la que incluso no falta un cierto sentido del humor, propio de estas cintas y del que, en su máxima expresión, supieron sacar partido Abbott y Costello en esa joya indiscutible que es Abbott y Costello contra los fantasmas, de Charles Barton, que, en la adolescencia, me maravilló porque mezclaba a partes iguales la comedia y el horror, y ambos en estado genuinamente puro, dos géneros por los que siento devoción. De esta casa de los horrores me quedo con dos episodios que se apartan de los tópicos tradicionales del medio, uno en el que una planta trepadora se revuelve contra los propietarios de la mansión donde ha sido plantadas, y ello hasta el punto de matar al perro y a uno de sus ocupantes antes de crecer desaforadamente para formar como una coraza que la envuelve toda, impidiendo a la familia salir de ella…, y el otro el del crítico de arte que, habiendo sido ridiculizado por un pintor, decide matarlo por venganza. Queda de este, sin embargo, una mano viva que va persiguiendo al crítico sin descanso, amenazándolo permanentemente hasta…, bien, tampoco es inimaginable el final, claro. Ahora bien, tanto en el episodio de la planta como en este del crítico, la luminosidad constante de los episodios, en los que se rehúye el tenebrismo, dotan a las historias de una dimensión realista que no busca el horror mediante el claroscuro o los movimientos de cámara subjetiva, sino a través de situaciones cotidianas en las que se ha instalado un elemento totalmente heterogéneo que acaba dinamitando el realismo de la situación y llevándolo a una situación angustiosa.  La realización de Freddie Francis, a este respecto, es modélica, y consigue una suerte de calidad fílmica en las diferentes puestas en escena de las historias que no desmerecerían en una historia convencional, como las escenas del músico de jazz relacionado con la práctica del vudú, en las que las secuencias del club donde actúa el grupo de músicos son espléndidas, además de la calidad de la propia música, por supuesto, y eso que, en términos generales, se trata del episodio más flojo de todos. Suelo traer a este Ojo Cosmológico muchas películas que voy descubriendo al azar de mi videoteca de segunda mano en la que escarbo durante horas hasta encontrar posibles cintas de interés de las que ni siquiera hubiera oído hablar. Otras veces, sin embargo, revisito clásicos, como La soledad del corredor de fondo, que veré próximamente. En esta ocasión, Doctor Terror, que debí escoger, sin duda, por la presencia de Cushing y Lee, se ajusta escrupulosamente al primer caso, y estoy contento de que la intuición caratular, por así llamarla, no me haya jugado una mala pasada, lo que a veces ocurre, porque no siempre acierto, que quede claro, y algún bodrio he tenido que dejar de ver, aun a pesar de la reputación del director, como O.H.M.S. (You’re in the army now), de Raoul Walsh, con un literalmente insoportable Wallace Ford haciendo idéntico papel, poco más o menos, que James Cagney en Regimiento heroico, de William Keighley, que también hube de abandonar por agotamiento bélico postraumático. A los aficionados al género de terror, sobre todo a quienes lo que les atrae es el candor de ciertas historias y los tópicos eternos, desde la estaca de madera con que se mata al vampiro o las balas de plata con que se acaba con el hombre lobo, amén de los ajos o el símbolo de la cruz, esta película les encantará, seguro.