miércoles, 13 de junio de 2018

"Las estrellas de cine no mueren en Liverpool", de Paul McGuigan o la última pasión de una diosa menor del celuloide.



Emotiva, técnicamente brillante, y con alguna escena camino de las antologías, como la lectura de Romeo y Julieta sobre las tablas del viejo teatro vacío… Un melodrama sin sentimentalismos.  


Título original: Film Stars Don't Die in Liverpoolaka
Año: 2017
Duración: 106 min.
País: Reino Unido
Dirección: Paul McGuigan
Guion: Matt Greenhalgh (Memorias: Peter Turner)
Música: J. Ralph
Fotografía: Urszula Pontikos
Reparto: Annette Bening,  Jamie Bell,  Julie Walters,  Vanessa Redgrave,  Stephen Graham, Leanne Best,  Kenneth Cranham,  Frances Barber,  Tom Brittney,  Ben Cura, Bentley Kalu,  Adam Lazarus,  Tim Ahern,  Rick Bacon,  Nicola-Jayne Wells.

¡Corran a verla! Da igual que se la cuenten…, porque nunca nadie les podrá contar las imágenes con la fuerza impresionante con que te entran por los ojos tal y como McGuigan las ha filmado, en una apoteosis narrativa de la complejidad de los sentimientos más delicados. Sí, sí, vaya por delante que los amantes del kleenex están delante de “una de las suyas”, de una de las mejores de las nuestras. Una película en la que el clímax de la escena de Romeo y Julieta en las tablas del viejo teatro vacío de una ciudad industrial como Liverpool, dicha con los más puros acentos de la agudeza barroca de Shakespeare, capaces de sacudirte las entretelas del corazón con un ingenio que deja chicos, de pronto, todos los diálogos de todas las películas de todas las historias de amor que se hayan podido escribir, representar o filmar después de él, provoca el lagrimal como solo los gases lacrimógenos de la policía, las cebollas agrestes o las erupciones volcánicas son capaces de provocarlo. La historia del amor entre una diva del cine en horas bajas, Gloria Grahame y un joven actor que se inicia en la profesión, con quien coincide en una residencia, the boy next door…, y con quien acabará teniendo una apasionada historia de amor que es lo que se cuenta en la película, está magnifícamente interpretada por dos actores para los que parecía haber sido escrita la historia: Annette Bening y Jamie Bell, ¡el eterno Billy Elliot! Hablar de compenetración es poco, y ambos se superan en un crescendo de sentimientos vividos con puro método stanislavski, porque se trata de una actuación que se ve claramente cómo les sale desde dentro. Es tal la identificación de Bening con la Grahame, que la película acepta pasar de un plano de la Grahame de ficción a la Grahame real en la pantalla sin que el espectador suspenda en ningún momento la verosimilitud de lo que está viendo, ¡hasta ese punto llega la identificación del trabajo de Bening con la vida de Grahame en aquellos infaustos años de su final marcado por el cáncer!. Desde que supe que se había estrenado la película quise ir a verla, porque, además, acababa de ver Encrucijada de odios, de Dmytryk, hace cinco críticas de este Ojo, y no hace sino unos meses que habíamos revisitado, con total delectación, mi Conjunta y yo, Cautivos del mal, de Minnelli, la actuación que le valió su único Oscar. Sobre la ajetreada vida amorosa de la actriz, su boda con Nicholas Ray, con cuyo hijo se acabaría casando bastantes años después, antes de, iniciado ya el declive de su carrera cinematográfica, instalarse en Inglaterra como actriz teatral, poco sabía y poco me importaba. Para eso se inventaron las columnas maledicentes al estilo de las de Louella Parsons o las del columnista cruel que se describe en Chantaje en Broadway, de Mackendrick. Así pues, cuanto se cuenta de su vida proviene de la visión del joven amante a quien puede considerarse, con toda propiedad, el último gran amor de su vida .La historia se ciñe cronológicamente a los últimos tres años de vida de la artista, cuando la metástasis del cáncer de pecho que había tenido la lleva a cortar de raíz la historia de amor con el joven actor y alejarlo de su vida, aunque ella siguió actuando en Inglaterra. La película comienza con la recaída de la actriz en un teatro al que acude el examante para, finalmente, ante la negativa de la actriz a ser ingresada en un hospital, instalarla en casa de sus padres, donde él mismo vive, y aguardar la muerte en el único espacio y con la única gente donde y con quien ella se había sentido aceptada y querida. A partir de ese momento y mediante unas excepcionales transiciones fílmicas de espacios que se abren al recuerdo, iniciamos varios flash backs que narran una historia de amor entre dos amantes a los que les separan casi 30 años y les une, además del amor al teatro y a Shakespeare, una auténtica pasión amorosa que ha de luchar contra esos dos inconvenientes de primera magnitud: la condición de exdiva del cine de ella, junto a su pasado sentimental tormentoso -la escena con la madre y su hermana es excepcional por la crueldad que destila- , con escándalos que condicionaron su carrera, pero sobre los que se pasa de puntillas en la película, y la diferencia de edad que, en ciertos momentos de incontinencia verbal pueden provocar feroces malentendidos. En primer lugar ha de hablarse, como hemos hecho, de lo que bien puede considerarse una historia sepultada, porque Turner no llegó a casarse con Grahame y ni siquiera asistió a los funerales, porque él estaba trabajando en una obra en Inglaterra. El director de escena del teatro donde actuaba Turner, cuando este excusó sus retrasos con la situación que tenía en casa, con la actriz que no quería ingresarse en el hospital, fue quien le dio el título de lo que primero serían sus memorias y ahora una película: Las estrellas de cine no mueren en Liverpool, le dijo. Pero lo verdaderamente interesante de la película, más allá de la curiosa historia de amor entre dos actores tan distintos, es la realización cinematográfica de la misma, con una división de juegos cromáticos, según la acción transcurra en Inglaterra o Estados Unidos que constituyen un acierto de primera magnitud. Las escenas en California, en la especie de megarulote o casa prefabricada que tiene la actriz allí, en las antípodas de los lujos hollywoodescos marcan claramente espacios, personalidades y ambientes distintos, como sucede, después, con la magnífica iluminación del apartamento que comparte en Manhattan, cuando, por su secretismo con todo lo relacionado con su salud, algo muy idiosincrático de los usamericanos, acaba rompiendo la relación con ese gran amor. Esas idas y regresos al pasado y al presente permiten una continuidad narrativa que concede a los espectadores la información suficiente para comprender una psicología tan peculiar y enrevesada como la de la actriz y el desconcierto de un joven que ignora su propia responsabilidad en el deterioro de esa hermosa relación. En la medida en que estamos en presencia de una potente historia de amor, conmovedora, incluso, la cámara se recrea en planos excepcionales de los amantes, y en esos primeros planos es donde Bell y Bening exhiben un poderío interpretativo que le confiere una realidad extrema a la película. Empecé por el final, por aquella escena en el teatro, pero es también por la que hay que acabar, porque se trata de la última sorpresa que ella, a punto de morir, no se quiere perder, por fatigada que esté, y se cierra la película del modo más brillante posible: con una Grahame moribunda interpretando lo que siempre quiso interpretar, a Julieta sorbe las tablas. Y en ese momento privilegiado de la película es cuando los versos de Shakespeare, dichos por la Gahame de 58 años, convierten a esta en la joven Julieta de 13 que bebe los vientos por un Romeo a quien injustamente apartó de su vida en un arrebato de desesperación en Manhattan, y los besos que intercambian los jóvenes amantes sobre la desnuda escena revelan el milagro inexplicable del teatro y de la vida.

P.S. No había vuelto a ver a Jamie Bell desde la célebre Billy Elliot, pero hacía tiempo que no veía a un actor joven tan convincente en el registro amoroso como a este Bell al tiempo fuerte y delicado. Un placer.
Peter and Gloria


martes, 12 de junio de 2018

“Basada en hechos reales”, de Roman Polanski, o las amistades vertiginosas…



Cuando la previsibilidad te arruina la narración: Basada en hechos reales o el vampirismo artístico, una película que poco añade a la carrera cinematográfica del autor de Repulsión y La semilla del diablo.

Título original: D'après une histoire vraie
Año: 2017
Duración: 110 min.
País: Francia
Dirección: Roman Polanski
Guion: Olivier Assayas, Roman Polanski (Novela: Delphine de Vigan)
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Pawel Edelman
Reparto: Emmanuelle Seigner,  Eva Green,  Vincent Pérez,  Damien Bonnard, Camille Chamoux,  Josée Dayan,  Noémie Lvovsky,  Dominique Pinon,  Brigitte Roüan, Alexia Séféroglou.

Ignoro si un conato de amodorramiento profundo apenas iniciada la película, ¡en una sesión a las 18h!, puede aducirse como “prueba de cargo” para una crítica o si he de achacarlo a una flojedad onírica pasajera que no me impidió, por supuesto, seguir inquieto en la butaca un comienzo tan moroso como anodino, porque la historia de la autora que no acaba de encontrar ni material ni voz narrativa ni tono ni nada, y que siente, además, esa variante del miedo escénico que es el temor a la hoja en blanco, a duras penas progresa en una relación recién nacida y fuertemente anudada sin prevención ninguna, un quemar etapas incomprensible que solo la soledad de la protagonista, cuyo marido, que se codea con los grandísimos nombres de la cultura mundial, está ausente durante toda la película, como una confabulación anunciada. Que se nos muestre a una autora de éxito poco menos que incapaz de afrontar su realidad, de reaccionar ante los minúsculos desafíos de la vida cotidiana, hundida en una crisis intima y artística que, además de descubrir su vulnerabilidad parece que la incapacite para la vida cotidiana y la haga susceptible de dejarse fascinar por quien, con ánimo decidido, le ofrezca una imagen de determinación y voluntad en las antípodas de su apocamiento. Poco a poco, pues, se va construyendo una relación de complicidad y solidaridad femenina cuyas intenciones son tan evidentes que, salvo la escritora en horas bajas, todos los demás somos capaces de ver, y eso, ciertamente, hace trizas al personaje de la escritora, quien solo camino del desenlace, cuando la responsable de un encuentro literario le afea que no se hubiera presentado al encuentro ni se hubiera disculpado, le abre los ojos sobre las intenciones de quien, escritora en la sombra, aspira a competir con ella y superarla. Hemos de decir que la intervención de Olivier Assayas (autor de Personal Shopper, ya comentada en este Ojo) en el guion le confiere a la película una dimensión fantasmagórica que se va imponiendo en el desenlace y que deja no poco insatisfechos a los espectadores, somnes o insomnes…, sobre todo después de que la situación haya progresado hacia una versión estilizada de Misery, de Rob Reiner, que me parece la referencia obligada. Parece, en un momento dado, que la película puede derivar hacia un amor lésbico que se filtra en muchas de las actitudes de la nueva amiga ante cuyos encantos la escritora se rinde incondicionalmente, pero el afán de protagonismo y la condición de escritora en la sombra de la amiga hace derivar la película por esos otros derroteros de la usurpación de personalidad. La excusa de los ratones para adquirir el talio con el que envenenar a la protagonista me ha traído a la memoria una historia que viví muy de cerca, porque una familia inmigrante, a cuyos hijos daba clases, que compartía piso con una mujer china con quien el marido se entendía sexualmente, sufrió un intento de envenenamiento por parte de la amante cuando el marido decidió traerse a la esposa desde Pakistán. Establecidas, así pues, las líneas generales del desarrollo de la acción desde buen comienzo, a los espectadores no les queda sino esperar a un desarrollo previsto, aunque ha de reconocerse que la capacidad de impactar visualmente de Polanski aún se mantiene, si no tan fresca, si tan eficaz como en películas suyas anteriores. A ello contribuye los exteriores escogidos, una casa en el campo adonde se instalan ambas mujeres para que la escritora se recupere de una caída a consecuencia de la cual han de enyesarle una pierna. Desde nuestro acerco proverbial, la imagen de la mujer con la pierna quebrada y en casa parece querer dar a entender una minusvalía que implica la necesidad de una ayuda para la recuperación: el trasunto de esa metáfora es la actividad artística de la amiga abnegada que compagina a partes iguales la sustitución narrativa de la escritora famosa y su eliminación física. Está claro que no voy a revelar el desenlace, sobre todo porque forma parte del secreto que un crítico debe guardar por pura deontología profesional, pero, a pesar del giro que le da a los acontecimientos, no sé si es suficiente atractivo como para someterse a unos preliminares ultraextensos que incluyen artificios inverosímiles como que la amiga la sustituya en un encuentro con lectores y la autora crea que, en efecto, nadie ha notado nada y que poco menos que la nueva amiga podría actuar como su doble perfecto, sobre todo teniendo en cuenta la considerable diferencia de edad entre ambas, al margen del nulo parecido entre ellas. A la Seigner le ha tocado un papel tan desagradecido, que apenas si puede poner cara de boba durante dos tercios de la película, y aunque en el último remonta, en el proceso de envenenamiento, digamos que los espectadores salen del cine con la impresión de que “ha pasado por la película” y de que en ningún momento se ha instalado en ella para hacerla suya y gobernar desde allí una trama que le concede tan soso papel pasivo. Eva Green, por su parte, deja intuir que, en cualquier momento, el gesto amable, la sonrisa y la afabilidad se pueden convertir en lo contrario, y cuando llega el momento, su expresividad es notablemente superior a la de su compañera, e incluso podemos concederle sin rubor el galardón diabólico que merece su interpretación, pero, ¡ay!, no resulta nada nuevo a ojos del espectador que ha intuido con inequívoca nitidez las miradas despiadadas, los portazos crueles, la perfidia exquisita… El proceso de “ocupación” de la vida de la autora es tan evidente, que la colaboración de esta con aquella pretensión egomaníaca resulta poco creíble. En fin, nada que ver, esta película, con El escritor,  por mencionar una reciente, ni, por supuesto, con sus grandes éxitos antiguos.

lunes, 11 de junio de 2018

“Los jóvenes salvajes” de John Frankenheimer, el compromiso social.



Desarraigo, integración y marginalidad: una juventud violenta, pero no indignada: Los jóvenes salvajes o la ley punitiva frente a la política de reeducación.

Título original: The Young Savages
Año: 1961
Duración: 103 min.
País: Estados Unidos
Dirección: John Frankenheimer
Guion: Edward Anhalt, J.P. Miller (Novela: Evan Hunter)
Música: David Amram
Fotografía: Lionel Lindon (B&W)
Reparto: Burt Lancaster,  Dina Merrill,  Edward Andrews,  Vivian Nathan,  Shelley Winters, Larry Gates,  Telly Savalas,  Pilar Seurat,  Jody Fair,  Roberta Shore,  Milton Selzer, Robert Burton,  David J. Stewart,  Stanley Kristien,  John Davis Chandler, Neil Nephew,  Luis Arroyo,  José Pérez,  Richard Velez.

También podría haber titulado esta crítica La cara seca y amarga de West Side Story, porque bien puede decirse que esta película de Frankenheimer es el reverso de aquel musical algo edulcorado cuyo trasfondo vemos en esta película de Frankenheimer en toda su crudeza. John Frankenheimer debutaba en el cine, después del aprendizaje del oficio en la TV, con una película que era una declaración de intenciones. A su generación pertenecen grandes directores del cine comprometido socialmente, Martin Ritt, Sidney Lumet y Delbert Mann, por ejemplo. Centrarse en realidades hirientes, como, en este caso, la delincuencia juvenil en las grandes ciudades, sobre todo en Nueva York, donde la llegada de los puertorriqueños abrió la puerta enseguida a las luchas de bandas y al reparto de territorios, con las consiguientes defensas o ultrajes de los mismos. El ayudante del fiscal del distrito, un Burt Lancaster que trabajó con Frankenheimer en varias de sus películas, aunque no en la excepcional El mensajero del miedo, ha de investigar la muerte de un joven puertorriqueño ciego que ha sido asesinado a plena luz del día por tres jóvenes blancos que lo buscaban como objetivo de sus navajas. Así comienza la película, con el seguimiento de esos tres jóvenes por los barrios de Nueva York con una determinación absoluta, un conjunto de trrvelines que nos rcuerdan técnicas que hoy se usan para los vídeos musicales, por ejemplo. Se incluyen planos atrevidos, como el de la acción reflejada en los cristales de unas gafas de sol, por ejemplo, que nos dan a entender una voluntad de estilo que en modo alguno ha de estar reñida con el drama tenso, desagradable y violento que se escenifica. Estamos hablando, a fin de cuentas, de una ejecución despiadada, no de un enfrentamiento con resultado de muerte. Por la presión del Fiscal, que se presenta a las elecciones, el ayudante, una vez que los jóvenes han sido detenidos, y apartado uno de ellos, que es menor, se dejará persuadir de que la petición de pena de muerte ha de ser la medida ejemplar que ataje esos enfrentamientos que alteran la vida ciudadana peligrosamente. El menor resulta ser, además, el hijo de la primera novia del ayudante, quien se crió en esos barrios donde ahora ejerce su carrera profesional, con el convencimiento de que si él salió del gueto y de la miseria moral, todos esos jóvenes sin futuro podrían hacerlo igualmente, siempre que se les aparte de una vida de “aventura”, de riesgo, de acción criminal que parece darles sentido, como se aprecia en el diálogo que el ayudante mantiene con los jefes de ambas bandas, escenas muy diferentes, porque la visita del ayudante al piso del puertorriqueño, donde viven hacinados todos los miembros de la familia en dos habitaciones nos muestra una realidad dura de contemplar en las pantallas, y de ahí quizá el poco éxito que tuvo en su día la película, tan espléndida, por otro lado. La mujer del protagonista, firme enemiga de la pena de muerte, y menos aún para personas tan jóvenes, introduce en la trama una crisis familiar de envergadura. Todo ello va sumando, por tanto, algo así como una encrucijada de odios, de tensión, de crisis moral, que potencian enormemente la película y que le conceden un valor casi testimonial, documental, de una explosiva situación social. Si añadimos escenas logradísimas de acción, como la paliza que le dan al Ayudante en el metro los miembros de la banda “blanca”, en cuyo desarrollo el protagonista logra retener a uno de los miembros de la banda y comienza a estrangularlo, de tal manera que si el revisor del convoy no lo aparta mediante un soberbio puñetazo, allí mismo hubiera acabado con la vida del joven, comprobamos que la película añade una dosis de acción que la apartan de la mera película moralista o bien intencionada que deja de lado poderosos resortes de la narratividad cinematográfica. El uso del blanco y negro, la proximidad a la cámara de los personajes en ciertos encuadres en que se juega con la profundidad de campo y otros recursos no menos afortunados, nos hablan a las claras de una voluntad de estilo, próxima al lenguaje del thriller político que se manifestará también esa extraordinaria película icónica que es Pla  diabólico, un precedente poco estudiado del cine de David Lynch. Vista a más de medio siglo de su filmación, la película mantiene la tensión social de la misma a lo largo de su metraje y nos muestra a un protagonista que, con voluntad notarial, va levantando acta de la miseria humana que esconde la pobreza, la marginación, el racismo y la magnificación y embellecimiento de la violencia. Nada es lo que parece y todos son culpables: pero eso conviene que lo vean y juzguen los espectadores.


miércoles, 6 de junio de 2018

“Sierra maldita”, de Antonio del Amo, entre la leyenda, la antropología y el drama.



El poder de la leyenda que hunde sus raíces en el paisaje: Sierra maldita o el desafío a la superstición en un marco natural  de inaudita belleza.

Título original: Sierra maldita
Año: 1954
Duración: 95 min.
País: España
Dirección: Antonio del Amo
Guion: José Luis Dibildos
Música: Jesús Romo
Fotografía: Eloy Mella, Sebastián Perera (B&W)
Reparto: Rubén Rojo,  Lina Rosales,  José Guardiola,  José Sepúlveda,  Manuel Zarzo, Miguel Gómez,  José Latorre,  Vicente Ávila.

Rodada en una Mojácar en ruinas de 1953, que representaba la de 1929, Sierra maldita es un maravilloso ejemplo de cine casi antropológico, a fuerza de ir, en la narración dramática, a las raíces populares de la superstición. Esas ruinas, así como el bosque donde talan las encinas para hacer carbón vegetal, junto a un farallón maldito en cuyas cuevas laberínticas nació la maldición de las mujeres yermas del pueblo adonde nunca suben los hombres para buscar cónyuge, a causa de la maldición. Entre el pueblo de arriba y el pueblo del valle hay, pues, una relación compleja, tirante y que todos asumen, cada uno en su lugar, asignado por la leyenda, sin atreverse a impugnarlos. Una pareja, sin embargo, Juan y Cruz, desafiando su entorno, sobre todo Juan, que es el hombre que sube a casarse con una “maldita”, van a protagonizar una historia de amor y de valentía que ha de sufrir los celos vengativos del enamorado que Cruz jamás ha considerado como tal y que quiere vengarse de quien le ha robado lo que, a juicio del celoso, estaba escrito que había de ser para él. Mientras que Rubén Rojo y Lina Rosales cumplen a la perfección los papeles de jóvenes -relativos- enamorados sobre los que gravita la maldición a pesar de la briosa fuerza de su esperanza para llevar una vida “norma” de familia; José Guardiola -el inolvidable señorito de la Jara de Los santos inocentes, de Mario Camus, que despide a Azarías- borda su papel de celoso malvado y rijoso que no cesará hasta que aproveche la oportunidad de agredir sexualmente  a la mujer por quien, desde chico, se ha sentido atraído, una oportunidad que se le presenta cuando los esposos deciden ir a “carbonear” para poder ganar más dinero con el que instalarse por cuenta propia y prosperar. Esa fase de la película, la del “carboneo”, una técnica de fabricación de carbón vegetal que se habría de popularizar, para los espectadores de cine, muchísimos años después con la película Tasio, de Montxo Armendáriz, un elogio de la vida retirada y natural, supone una fusión extraordinaria de intensidad dramática y cine documental de primera. La tensión que introduce en el grupo la presencia de la “mujer maldita”, manifestada, sobre todo, en el inequívoco atractivo sexual que emana de la mujer -la escena en la que Cruz se lava las piernas, con un plano indiscreto incluido, muy atrevido para la época, de las piernas completamente desnudas y la ropa interior vista,  y ante el que el censor debió de haber desperezado un ligero sueñecito; esa secuencia está cargada de una sexualidad explícita que va más allá de la superstición para incurrir, sin casi que valga, en el cine neorrealista propio de la época- irá in crescendo en una parte final espléndida, muy “italiana”, hasta llegar a la reproducción del origen de la leyenda de las mujeres “de arriba”, nacidas, por mor de la leyenda, para quedarse para vestir santos, y de ahí el tocado negro con que s suelen vestir, al etilo moruno. La película me ha encantado de principio a fin, porque, a pesar de plasmar con total fidelidad las ideas y maneras de pensar propias de una aldea remota y  casi apartada de la civilización, la realización ha sabido escoger unos exteriores, ese pueblo andaluz en ruinas y el encinar donde se carbonea, que constituyen, por sí mismos, una puesta en escena espectacular, llena de esa potente poesía que emana de las ruinas. Pienso ahora en el recorrido del caballo por las calles empinadas y estrechas del pueblo cuando el amante, Juan, va a hablar con el padre de la novia para decirle que se quiere casar con su hija… ¡Qué belleza de composición, el caballero en su caballo y las mujeres enlutadas asomadas a puertas y ventanas! ¡Qué respiración lorquiana en todo el asunto! Y si hablamos de mujeres estériles, cómo no acordarse de Yerma… Más tarde, por la noche, ese mismo día en que vi la grabación que había hecho de Sierra maldita, proyectaron en la Historia del cine español El camino, de Ana Mariscal, y pude volver a contactar, aunque cuarenta años más tarde, con esa misma vida de pueblo que el protagonista se niega a abandonar para irse a estudiar a la ciudad. Sierra maldita obtuvo un premio en el Festival de San Sebastián, pero, incomprensiblemente, no tuvo ningún éxito popular en la cartelera, de ahí que ahora la haya visto como una suerte de “película maldita” que merecía una revisión urgente. ¡Y ya lo creo que se la merecía! La película respira una autenticidad en todas y cada una de sus secuencias que a veces cree uno haber vuelto a Las Hurdes, tierra sin pan, de Buñuel. Antonio del Amo tuvo una irregular carrera posterior, en la que sobresalen las películas con el niño prodigio Joselito, el “ruiseñor”, esas sí que muy populares. El ambiente del pueblo atrasado, casi ajeno a la civilización, aparece como retrato de fondo en no pocas de sus películas, pero en ninguna adquiere un valor protagonista como lo adquiere en Sierra maldita, una película que no defraudará a quienes en ciertas películas distinguen, rápidamente, esencias humanas y sociales sin artificio ninguno que la encubra.



martes, 5 de junio de 2018

“Más allá de la duda”, de Fritz Lang o el cierre del ciclo usamericano.



La delincuencia fingida o  de buenas intenciones está empedrado el infiernoMás allá de la duda o la lucha delictiva por las causas justas. 

Título original: Beyond a Reasonable Doubt
Año: 1956
Duración: 80 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Fritz Lang
Guion: Douglas Morrow (Historia: Douglas Morrow)
Música: Herschel Burke Gilbert
Fotografía: William E. Snyder (B&W)
Reparto: Dana Andrews,  Joan Fontaine,  Sidney Blackmer,  Arthur Franz,  Philip Bourneuf, Edward Binns,  Shepperd Strudwick,  Robin Raymond,  Barbara Nichols, William Leicester,  Dan Seymour,  Rusty Lane.

Después de haber rodado películas tan compactas como Sólo se vive una vez (1937), La mujer del cuadro (1944), Perversidad (1945), Secreto tras la puerta (1947), Los sobornados (1953), o Mientras Nueva York duerme (1956), Fritz Lang se despide de su ciclo usamericano con una película rodada, aparentemente, en tono menor, como una producción de serie B, dada la trama, la profusión de interiores y una como desgana que nunca llega a la desidia, por supuesto, pero que parece contagiarse de la, en apariencia, película de trámite. Sin embargo, la presencia de dos “grandes” de la pantalla como Dana Andrews y Joan Fontaine logran, perfectamente secundados por un eminente actor de reparto como Philip Bourneuf, quien se prodigó más en TV; logran, decía, elevar el tono de la película hasta rozar, por un lado, el melodrama, y, por otro, el auténtico cine negro cuyos códigos dominaba Lang con apabullante maestría. La historia es simple: un escritor se deja seducir por el editor de un diario para fabricar un caso falso de asesinato que lleve al reo detenido por él, el novelista de éxito,  ante el juez para ser condenado, tras el juicio pertinente, por un crimen que sin embargo, no ha cometido, como lo demostrarán, oportunamente, las pruebas fotografiadas de antemano como exculpación inequívoca del escritor que secunda con entusiasmo la idea del editor, convencido, además de que quizás extraiga de esa trama el material adecuado para su segunda novela. Pretenden “crear” un error judicial que, en este caso, sí podrá ser subsanado, pero que denunciará, convincentemente, la injusticia radical de la pena de muerte, que es el objetivo de todo el embrollo a que escritor y periodista colaboran con entusiasmo. ¿Es todo tan sencillo? En modo alguno. De ahí partimos, pero cuando se está celebrando el juicio contra el escritor, el propietario del diario sufre un accidente y en el se queman las fotografías que prueban el engaño manifiesto que ha supuesto la incriminación falsa del escritor, de ahí que todo lo que sigue sea una titánica lucha de su prometida, la hija del editor, para evitar que se lleve a cabo una pena de muerte que el jurado popular ha sentenciado y para la que el Juez ha fijado día y hora. Diríase que estuviéramos en una reedición de Falso culpable, de Hitchcock, pero resulta que ambas se rodaron, curiosamente, el mismo año, por lo que bien podríamos hablar de que estaba en “la atmósfera” cinematográfica de aquel año un tema así. Ahí la película sufre un giro que logra transmitir una genuina emoción por el destino del personaje a quienes estamos plenamente convencidos de su inocencia. La antigua relación amorosa que hubo entre el ayudante del fiscal del Estado y la hija del magnate periodístico se revela fundamental para recabar información que pueda lograr el perdón y la exculpación del escritor. Todo, a uña de caballo, se sucede vertiginosamente, con esa fuerza narrativa solo al alcance de maestros como Lang. La película es corta, para los estándares habituales, apenas 80 minutos, lo que no da pie a las digresiones ni a desvíos innecesarios: todo se focaliza en lograr evidencias antes de que la silla eléctrica culmine, de forma siniestra, un juego perverso para poner en ridículo a la Justicia en pro de una buena causa. Recordemos que la película se inicia, con la ejecución de un reo que Dana Andrews contempla entre los invitados a la ejecución con una frialdad premonitoria. ¿Tiene un final feliz? Lo dejo en el aire, porque la película nos depara, para el desenlace, un giro de guion que satisfará todas las expectativas de los espectadores.  Es espectacular el modo como Fritz Lang consigue a través de sus planos diseminar dudas en todos los personajes… Eso sí, la referencia constante del Fiscal como “el enemigo a batir”, y ese enfrentamiento se consuma en el mismo momento de conocerse ambos, fiscal y escritor, preside la película con una extrema habilidad del guion para tender una trampa a la capacidad de empatizar de los espectadores, algo que se extiende, poco a poco, a los extraños movimientos de incumplimiento de su compromiso nupcial por parte del escritor para con una Joan Fontaine que no tarda en pasar de la confianza a la más ingrata y corrosiva sospecha, estados que borda en su interpretación. Insisto, sin ser un Lang menor, lo parece, pero tiene todos los ingredientes de sus mejores películas y, al final, se acaba disfrutando como todas ellas…

lunes, 4 de junio de 2018

“Encrucijada de odios”, de Edward Dmytryk, algo más que un alegato antisemita.



La posguerra y el estrés postraumático en la noche del regreso a casa: Encrucijada de odios o la complejidad social que no redime un uniforme victorioso.

Título original: Crossfire
Año: 1947
Duración: 85 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Edward Dmytryk
Guion: John Paxton (Novela: Richard Brooks)
Música: Roy Webb
Fotografía: J. Roy Hunt (B&W)
Reparto: Robert Mitchum,  Robert Young,  Robert Ryan,  Gloria Grahame,  Sam Levene, Paul Kelly,  Jacqueline White,  Steve Brodie.

Cuando no era más que un proyecto de aficionado al cine, una película de Dmytryk me llegó al coraón: El hombre que no quería ser santo, una película de monjes y un canto a la raíz etimológica de la ingenuidad: “nacido libre” significa ser ingenuo, usualmente aquel de quienes todos se ríen porque confunden esa libertad de su naturaleza humana candorosa con la estupidez y aun con la necedad. No fue la película que me llevó al cine, porque de la infancia siempre me vuelve la imagen de King Kong, de Merian C. Cooper y  Ernest B. Schoedsack, a quienes ni siquiera se les recuerda por ese hito de la Historia del Séptimo Arte, en lo alto del Empire State Building, un edificio inmortal que no visité sino veinticinco años más tarde de haber visto en un pequeño pueblo de Murcia la película icónica. Encrucijada de odios la selección en Filmi, aparte de por el director, por ese trío estelar de Roberts que tanto prometía y que tanto acaba brindándole al espectador. Si sumamos el nombre de Gloria Grahame, de reciente actualidad cinematográfica por la película que narra su historia de amor en Inglaterra con un jovencito de Liverpool, el reparto no podía ser de mejor calidad. No hay que desdeñar las películas de actores, porque no son pocas las que se han convertido en obras clásicas por magníficas interpretaciones, capaces, por sí mismas de levantar cualquier historia. ¿O La huella, de Mankiewicz no se sostiene por esos dos actores fuera de serie que son Michael Caine y Laurence Olivier? ¿O ¿Quién teme a Virginia Woolf? no se apoya en esos otros dos inmortales: Richard Burton y Elizabeth Taylor? Estamos, sin embargo, ante una obra clásica del cine negro que tiene un arranque increíble con las dos sombras de dos personas que luchan en una habitación proyectadas en una de las paredes de la habitación, antes de que uno de los hombres entre en el plano y tire al suelo la lámpara que después encenderá en él, sin restituirla al aparador del que ha caído, y provocando una distorsión de las figuras de naturaleza expresionista que da pie a una narración de corte más clásico de lo que anuncia su inicio. Unos soldados entran en contacto con una pareja en un bar. Uno de ellos está algo pasado de copas y el hombre de la pareja, después de que sus compañeros lo hayan dejado por imposible, habla con él y lo invita a subir a su apartamento donde pueden seguir charlando cómodamente. Aunque la seducción del joven soldado nos hace pensar en una seducción homosexual, la película destaca, sobre todo, la condición de judío del mismo, que resulta determinante para la comisión del crimen que uno de los soldados, antisemita, comete como llevado de una furia vengativa de carácter racista en la que se ventila algo más que un odio tradicional a los judíos. Conociendo el reparto, está claro que el psicópata de turno no podía ser otro que ese pedazo de actor inconmensurable que es Robert Ryan. De igual manera, las afables maneras habituales de Robert Young en la mayoría de sus películas habían de asignarle el papel del inspector de policía que investiga el caso con una soberbia cachaza que contrasta con la espiral de violencia que desata Ryan entre los soldados con quienes convive.  Y en medio, Robert Mitchum, en un extraño papel en el que la lealtad prima sobre la contribución a la verdad, porque su único afán es salvar al falso culpable aparente, cuya documentación se encontró en la habitación del muerto. Que Grahame se niegue a ser la coartada de ese joven soldado, henchida de un legítimo resentimiento por la descalabrada vida que lleva, divorciada de un don nadie de medio pelo, prostituta en un dancing club y envidiosa del inocente amor que por su mujer atesora el joven soldado embriagado y desorientado existencialmente, acusado del asesinato, alienta la complejidad de la investigación. Todo se complica cuando el soldado que se esconde de la justicia, de los tres que se encontraron con el judío en el bar y que subieran a su apartamento, es asesinado por el personaje de Ryan, con una elipsis tan elegante como inequívoca. A ese respecto, es curiosa la conversación que tiene con el judío en el bar, porque, en un momento, le saca un retrato psicológico propio de un experto en psicoterapia, lo que acaso en la novela tenga alguna explicación, dado el origen de la llamada “ciencia judía” y lo extendido del tratamiento psicoanalítico entre los miembros de esa minoría étnica en Usamérica. La película es básicamente narrativa y hay tantos desplazamientos en el espacio como conversaciones indagatorias que no siguen ninguna línea nítida, sino que parecen meras aproximaciones, meros tanteos sin un objetivo claro. La película no hace del conocimiento del asesino una de las revelaciones clave de la historia, porque desde mitad de ella sabemos que Ryan es el asesino, pero el modo como este cree escapar del cerco policial y la tranquilidad casi holmesiana del inspector logran una progresión dramática excelente. Dmytryk sigue esa indagación con una fidelidad a los principios del género negro exquisita. Abundan los primeros planos efectistas; los contrapicados y picados, la iluminación como un factor decisivo del plano y muchos otros recursos entre los que sobresale la puesta en escena ajustadísima a los preceptos del género: los interiores asfixiantes, los clubes nocturnos con una música de jazz ad hoc y una atmósfera densa y ahumada; las calles solitarias con destellos luminosos en el adoquinado, o sea, lo que comúnmente entendemos por un clásico. Aparentemente, el conflicto parece “menor”, a pesar de que hablamos del antisemitismo y de que ese mismo año el Oscar went toLa barrera invisible, de Elia Kazan, que también trataba el tema del antisemitismo, y que ya criticamos debidamente en este Ojo. Lo cierto, sin embargo, es que la condición psicológica de los hombres que vuelven de una dura guerra, mostrada a través de los diferentes soldados que forman ese reducido grupo cuyas actividades de ocio se siguen durante un reducido marco temporal, apenas dos días y medio va más allá del conflicto central. Son muchos los daños; son muchas las heridas; son infinitos los desengaños. Edward Dmytryk nos lo cuenta con mano firme y cámara que desnuda esos traumas muy poco antes de ser represaliado por la famosa comisión McCarthy, la de la caza de brujas.

domingo, 3 de junio de 2018

"La senda prohibida", de Mervyn LeRoy, un clásico brioso y complejo.



Atmósfera, guion, puesta en escena e interpretaciones que fluyen con la elegancia de un río de pasiones, ambiciones y corrupciones en fecundo prorrateo: La senda prohibida o Van Heflin se adueña de la película.

Título original: Johnny Eager
Año: 1942
Duración: 107 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Mervyn LeRoy
Guion: John Lee Mahin, James Edward Grant
Música: Bonislau Kaper
Fotografía: Harold Rosson (B&W)
Reparto: Robert Taylor,  Lana Turner,  Edward Arnold,  Van Heflin,  Robert Sterling, Patricia Dane,  Glenda Farrell,  Henry O'Neill,  Barry Nelson,  Charles Dingle, Paul Stewart.

Cada vez más aficionado a Mervyn LeRoy, sin duda uno de los grandes de la dirección. Descubro ahora este Johnny Eager con un Robert Taylor dominador y con el encanto de inteligente y perverso  triunfador del hampa junto a una Lana Turner, algo aniñada pero muy puesta en su papel de joven de la alta sociedad seducida por los encantos del mal. Un hampón en libertad provisional aparenta llevar una vida decente y honrada, al volante de un taxi, para convencer al oficial que supervisa esa parole, pero, al mismo tiempo, en una suerte de magnífico juego de puertas que recuerda los vodeviles y los speakeasy de los tiempos de la prohibición de venta de alcohol, pasamos de una sede inocente a un lujoso piso desde el que el taxista, revestido con el esmoquin de su condición triunfadora dirige un imperio de apuestas que tiene cifrado su objetivo en conseguir la apertura de un canódromo, al que se opone el fiscal del estado. Recordemos que eager significa “ansioso”, lo cual es una descripción fiel de la ambición del personaje por construir un imperio económico delictivo mediante el soborno de las autoridades. En la oficina del custodio que vigila su parole se cruza con la hijastra del fiscal, con quien un cruce de miradas explosivas preludia una relación apasionada que acaba produciéndose, aunque es muy diferente la intención de cada uno de los participantes en ese proceso de amores. Mientras la hija del fiscal se entrega con un amor absoluto, lo que la lleva a despreciar incluso al novio que hasta entonces tenía, el hampón idea una jugarreta que acabará involucrando a la hija del fiscal  en la muerte de un rival que quería acabar con el mafioso. Un rival que es un lugarteniente y que, en cuanto Eager se lleva a la enamorada fuera de la escena del crimen, se levanta tan campante y satisfecho de haber representado su papel como un excelente actor de teatro. Y ahí entra en escena lo mejor de la película, un fiel sicario de Eager, filósofo, literato y sempiterno borracho que parece ahogar en alcohol su indignidad y su sumisión al mal con quien le liga una relación de amistad que no acaba de explicarse en la historia y que vagamente recuerda a la función del esclavo romano que le recordaba a César que era mortal en el desfile del Triunfo. Sus intervenciones se cuentan por secuencias maestras, y llega a un final apoteósico dividido en dos partes que no describo por respeto a los espectadores que aún no hayan visto esta película que discurrirá ante sus ojos como una exhalación, porque tiene un ritmo endiablado y muy escasos remansos psicológicos que, cuando aparecen, se elevan a niveles de excelencia que parecen incluso impropios de una película de gangsters, como ocurre cuando la tensa relación entre el galgo que “hereda” se convierte en una relación de profunda y hermosa amistad que consuela al hampón frente a unos sentimientos frente a los que se siente indefenso, como le recuerda su amigo y sicario interpretado por Van Heflin, ganador de un Oscar por ese papel tan difícil como determinante en la trama, porque actúa como el líquido reactivo que descubre la fragilidad emocional de quien ha hecho de la frialdad y el beneficio económico normas de vida. Con la implicación figurada de la hija del fiscal en el supuesto crimen, este cede para que se abra el canódromo que va a mover unas apuestas y unas rivalidades entre bandas que llenarán de violencia la ciudad. Está claro que el peso de la película lo lleva Robert Taylor, joven, apuesto y decidido, amén de inteligente, y la cámara lo sigue y lo mima con una fotografía espléndida que acentúa ese contraste de luces y sombras que encarna el propio protagonista, el que hubiera coronado la cima más alta si hubiera sabido escogerla, como concluye su sicario alcoholizado. La película reúne los alicientes clásicos de las mejores películas de gangsters, pero LeRoy sutiliza los conflictos de diversa naturaleza que acosan al protagonista y consigue, además de una película de acción, una reflexión sobre la complejidad de la naturaleza humana.