sábado, 19 de enero de 2019

«El reino», de Rodrigo Sorogoyen o la perspectiva «apolítica» para el cine político.



La confusión entre la aceleración andariega y el ritmo narrativo: El reino o una deliberadamente confusa trama de corrupción que tanto monta monta tanto el partido al que se retrate.

Título original: El reino
Año: 2018
Duración: 122 min.
País: España
Dirección: Rodrigo Sorogoyen
Guion: Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen
Música: Olivier Arson
Fotografía: Álex de Pablo
Reparto: Antonio de la Torre,  Josep Maria Pou,  Nacho Fresneda,  Ana Wagener, Mónica López,  Bárbara Lennie,  Luis Zahera,  Francisco Reyes II,  María de Nati, Paco Revilla,  Sonia Almarcha,  David Lorente,  Andrés Lima,  Óscar de la Fuente, Laia Manzanares,  Max Marieges.

Es curioso. Veo con mi Conjunta la película y, al salir, ella ha visto en la película un retrato del PP y yo del PSOE. ¿Cómo es posible esa diferencia de percepciones si se supone que los personajes han de ser fácilmente identificables? ¿La ambigüedad del mensaje de la película busca esa indefinición “exterminadora”? ¿Lo que se nos quiere decir, tal y como se deduce de la fábula, es que del Rey abajo, ninguno… está fuera de las garras antidemocráticas de la corrupción; que no hay esperanza posible para la regeneración del sistema, que todos, cada uno en la medida de su singularidad, somos piezas del engranaje fatal con el que colaboramos por activa o por pasiva? La película, después de un bello fotograma estático de la soledad de un personaje frente al mar, que bien podía ser el arranque de una película como La gran belleza, de Sorrentino, da paso a una frenética carrera de ese mismo personaje hasta el corazón de una “mariscada” de partido en la que se celebran adulaciones y traiciones por igual, y que hace presagiar el mundo por de dentro de una actividad, la política española, con más zonas de sombra que una película expresionista. La comilona retrata muy por encima a militantes destacados de un partido que pronto se verá acosado por revelaciones judiciales de tramas delictivas que afectarán a unos y no  a otros, acusaciones que acabarán con unas y no con otras carreras, dejando a esos responsables en la calle o en la cárcel, y menoscabados social y profesionalmente. El protagonista encarnado por Antonio de Latorre, quien, francamente, no da en ningún momento el papel de político seductor capaz de promocionarse a los primeros puestos de la política a nivel autonómico y/o estatal, salvo que pertenezca a un partido imaginario en el que no se valoren otras virtudes políticas que las del servilismo, el silencio debido y el sacrificio propio en casa de necesidad en pro de la jefatura máxima, acorralado por un caso típico de corrupción de los cientos de ellos que han aparecido en las filas del PP y del PSOE en los últimos tiempos, sea la Púnica, sean los Eres, sean los lejanos de Naseiro o de FILESA;  el protagonista, digo, inicia una carrera contra reloj para intentar salvar el cuello y no acabar entre rejas un buen periodo de años. Para ello se vale de lo único que sirve en estos casos: encontrar las pruebas inequívocas e irrefutables que incriminen a los máximos responsables para negociar con ellos desde una posición de fuerza. En ese proceso, filmado con todo lujo de planos, desde los primerísimos que captan apenas un cuarto de rostro de los interlocutores, hasta los panorámicos que nos ofrecen los casposos retratos de grupo con señora, pasando por los exteriores usados al servicio siempre de una narración  en que, repito, el ritmo se confunde con la ansiedad del protagonista, la cual no añade nada al ritmo narrativo, sino angustia que transfiere al espectador, que son dos cosas distintas. En ese proceso de desesperación y de búsqueda de la salvación del propio cuello, hay serios errores de guion que nos abocan a escenas sobradamente próximas al ridículo, como el “allanamiento” de morada del jefe en Andorra, la secuencia del accidente “programado” con la previsión de un desenlace del mismo y, finalmente, una entrevista televisiva cuya ingenuidad roza la vergüenza ajena, a fuer de simplista. Dicho de otro modo, esta crítica no la tendría que hacer yo, sino alguno de los corruptos que se reirían de la trama e irían señalando los disparates narrativos en que se incurre. No le voy a negar un interés sustancial a la película, por su honesta aunque ingenua aproximación al tema de la corrupción, pero quien haya visto cine político como Z de Costa-Gavras,  Tempestad sobre Whashington, de Preminger, El mensajero del miedo, de Frankenheimer,  Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha, de Petri o Borrachera de poder, de Chabrol, percibirá enseguida las enormes distancias que hay del film de Sorogoyen a estas muestras escogidas. A mi modesto entender, sin desmentir el realismo de la película, sí que acuso cierto grado de falta de verosimilitud en muchos momentos de la película, empezando, ya lo dije antes, por la inadecuación del propio Latorre para encarnar al político corrupto. En todo momento he tenido la sensación de que estaba ante una parodia del protagonista de El crack I y II, ambas extraordinarias y bastante más eficaces como “cine político combativo” que la que nos ocupa. He echado en falta una mayor claridad de la trama e incluso un mejor registro del sonido, porque no son pocas las escenas en que cuesta, como en la de la pelea matrimonial del protagonista con su esposa antes de que se vaya a Canadá, sacar algo en claro de los gritos que desconfiguran la recepción del sentido de lo que se grita. ¡A lo mejor este neorrealismo gritón necesitaría los subtítulos de Roma…! Sí, la escasa entidad humana y social de los protagonistas de esta fábula se adecuan, sin duda alguna, a la realidad, más aún habiendo oído las cintas de conversaciones como la del Bigotes y Camps, por ejemplo, en la rama valenciana de la Gürtel, pero hay algo de forzada impostura en esas caricaturas que anula, en parte, su efecto real, como ocurre con la escena del robo de los papeles comprometedores del jefe del protagonista. Son, lamento decirlo, obstáculos insuperables para “asentir” a lo que se ve, que nos exige demasiadas renuncias a lo verosímil para seguir el desarrollo de la trama. Es imposible que un corrupto mantenga la dignidad que no tiene, pero también lo es construir un carácter desde su ausencia, que es de lo que se resiente el antihéroe que nos sirve de Virgilio en este descenso al infierno cutre de la corrupción. La película nos deja, en efecto, en manos de nadie, casi a disposición del primero que pase arremetiendo contra todo el sistema y prometiendo orden y mano dura…, tan desolador es el mensaje que nos transmite. Sí, la corrupción es un cáncer de la democracia; pero no son todos los que están y las instituciones funcionan, como la Justicia, aun dentro de limitaciones evidentes, algo que de ninguna manera se recoge en el desnudamiento final de la película, y contra las que se insinúa la condición de juez en excedencia del candidato a la jefatura del partido de la corrupción. Es complejo abordar incluso lo más tosco, soez y vil de nuestra política, como la corrupción, pero, aun con todo,  me paree que, como diría Andreotti, manca finezza en el tratamiento de ella que nos ofrece esta meritoria película de Sorogoyen, que ha sabido respetar con gran acierto la puesta en escena de la opacidad tenuemente iluminada de las esferas del Poder.

viernes, 18 de enero de 2019

«Tiempo después», de José Luis Cuerda o la fidelidad a una fórmula.



Lo irrepetible y protocanónico es, por definición, insuperable, y parte de la cultura popular: Tiempo después, o el lastre de la fórmula magistral cuya eficacia aún, a ratos, funciona.

Título original: Tiempo después
Año: 2018
Duración: 95 min.
País: España
Dirección: José Luis Cuerda
Guion: José Luis Cuerda (Novela: José Luis Cuerda)
Música: Lucio Godoy
Fotografía: Pau Esteve Birba
Reparto: Roberto Álamo,  Miguel Rellán,  Blanca Suárez,  Arturo Valls,  Carlos Areces, Manolo Solo,  Gabino Diego,  Miguel Herrán,  Berto Romero,  Daniel Pérez Prada, Antonio de la Torre,  Joaquín Reyes,  Raúl Cimas,  Nerea Camacho,  Pepe Ocio, Secun De La Rosa,  Iñaki Ardanaz,  María Ballesteros,  Saturnino García, César Sarachu,  Javier Bódalo,  Joan Pera,  Estefanía de los Santos,  Martín Caparrós, Fernando González,  Marcos Zan,  María Caballero,  Luis Pérezagua,  Nacho López, Andreu Buenafuente,  Eva Hache, Daniel Romero, etc.

Cuando se ha entrado por derecho propio en la Historia del Cine, con una obra singular y al margen de todas las corrientes habidas y por haber,  y además se ha dejado una impronta coloquial tan poderosa como la del título de la obra maestra de Cuerda: Amanece, que no es poco…, que salpica con su ingenio de ascendencia senequista cualquier conversación culta o inculta que se precie, ¿a quién no le parece, en principio, una aventura condenada al fracaso intentar volver a reproducir la magia de aquella obra sin parangón posible? Sirva este preámbulo para afirmar que lo cierto es que he ido al cine con una prevención notable, propiamente a la defensiva, diría, por todo lo que acabo de decir, y porque el refrán famoso de las segundas partes, a pesar del Quijote, casi siempre suele acertar. No sabía qué iba a encontrarme, pero el concepto futurista y escasamente distópico del planteamiento, junto con un arranque hábilmente concertado entre la poesía de las imágenes y la seducción de la banda sonora me han abierto el apetito fílmico enseguida. El prodigio de la supervivencia del edificio Torres Blancas de Madrid, en medio de un paisaje de John Ford, con el eco de la estatua de la libertad en el final de El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner, tiene suficiente entidad como para, de la mano de los canónicos guardias civiles que pasean por el reino de Bastos, ir abriendo las habitaciones de un vodevil que tiene momentos muy logrados, logradísimos me atrevería a decir, junto a *chirriaduras de alto voltaje… Como estamos en una suerte de 13, Rue del Percebe concebida como el reino de Bastos, opuesto al campamento de chabolas donde viven los agitadores que se pueden “despersonalizar” si dejan de ser la amenaza de pega que les ha tocado ser en el reparto del nuevo orden nacional miles de años hacia adelante, las diferentes realidades de los distritos de lo real que van apareciendo tienen la virtud de  seducirnos en mayor o menor grado. Así, la historia de los barberos, con una estupendísima y natural interpretación de Berto Romero como fantasma del barbero-poeta asesinado por su fallido competidor, tiene mucho mérito, frente al guiño discreto del pastor y las ovejas de El ángel exterminador, de don Luis Buñuel o el fallido de los jóvenes pasotas-filosóficos. Construida, como la precedente, por el método de la acumulación, hay, no obstante, un resto de hilo argumental que se parece mucho a un desarrollo narrativo clásico: el enfrentamiento entre el Reino y los chabolistas, quienes, como si de la Bastilla o el Palacio de Invierno  se tratases, se conjuran para asaltar el edificio donde reside el “otro” mundo: un reino que incluye un alcalde elegido democráticamente, y unos personajes simbólico-estrafalarios cuyas “ocurrencias”, usualmente en un tono cultista, van derramándose a través del metraje sin otra finalidad que servir de oculta crítica en clave elemental, a diestro y siniestro, de una situación política que se ha ido sucediendo, de forma ostensiblemente inmovilista, a través de los tiempos hasta ese futuro en el que todo sigue siendo desoladoramente lo mismo de siempre. En esta ocasión, y dada la “lucha de clases” que se escenifica, entre las fuerzas reaccionarias y las fuerzas progresista, la aparición de personajes como el cura carlistón del trabuco remite más a García Berlanga que al propio antecedente de Amanece, que no es poco… En términos generales, y eso es básico para atraer al espectador, actores y actrices son determinantes a la hora de invitarnos a entrar en el disparate universal que hemos de aceptar como realidad. La elección, para papel tan destacado, de Roberto Álamo, no me parece la mejor, pero eso, como todo en este arte séptimo, va en gustos. Todos los demás están a la altura de los cometidos surrealistas (¡ya tuvo que salir el palabro…!) y Carlos Areces brilla al nivel del gran cómico que es, del mismo modo que Manolo Solo y Blanca Suárez, sobre los que recae gran peso de la película, junto a la pareja de la Guardia Civil, Miguel Rellán y Daniel Pérez Prada, todos ellos actuando al nivel del original del que parte la idea de esta secuela que el director salva a fuerza de puesta en escena, en esta ocasión. Distingamos, además, a César Sarachu, en el papel del enamorado Galbarriato, cuya actuación lamentamos que cese tan pronto. Y la fidelidad del Director que ha requerido, en sentido homenaje a Amanece, que no es poco, la presencia de Daniel Romero (el padre del cantante Jero Romero), “el del fandango”, quien entona el mismo fandango que en aquella. Si la primera se rodó en escenarios naturales, como Liétor, que tuve la ocasión de visitar guiado por un hijo del lugar, la presente se ha realizado básicamente en estudio y en el interior del edificio Torres Blancas, de Saénz de Oiza, sobre el que tuve la oportunidad de ver un documental fabuloso en el que el arquitecto nos guiaba en una visita a edificio tan singular en una ciudad como Madrid, poco dado al aventurerismo arquitectónico, al menos hasta las Torres Kio, que uno recuerde… La puesta en escena, ya digo, es fundamental para apreciar las virtudes de esta película que en modo alguno pretende ser la “continuación” de lo irrepetible, aunque haya algo en ella de vieja “fórmula” de éxito que se repite, en parte, como un ensalmo para conjurar a los dioses protectores de la taquilla. Son muchos los productores, y son numerosísimos los actores y actrices que aparecen más propiamente como “cameos”, que como personajes con cierta entidad, como ocurre en el graciosísimo sketch del reclutamiento para la guerra contra los desposeídos. Los encuadres, los espacios, los fondos, sobre todo el omnipresente del paisaje de los westerns de Ford, perfecto fondo del encuadre de la cama donde duermen, juntos, la pareja de la Guardia Civil, por ejemplo, las tomas cenitales o en contrapicado de la empinada escalera de acceso al edificio, a través de la cual se sube el carrito de las limonadas, pendientes, en todo momento, de que el Director ceda al guiño de El Acorazado Potemkin, lo que no ocurre, gracias a Cuerda…, aunque sí que tenemos presente el motocarro de Cassen en Plácido, eso sí. Mucho va de aquellos tiempos a estos, desde luego, pero Cuerda no renuncia a que se trace una línea cordial que una este presente con aquel pasado, y, en parte, he de reconocer que lo consigue. Es cierto, sin embargo, que buena parte de la artillería *gagística, sobre todo la relativa a la política, deja mucho que desear, porque tiene algo de ingenuo y manido al tiempo, como el rancio sabor de las nueces revenidas, por ejemplo, ya puestos a detallar…; flota en el ánimo del espectador, que Cuerda se ha dejado llevar por alguna que otra aportación de la cosecha propia de los muchos cómicos populares de nuestros días que aparecen, aunque quizás me equivoco y nos les ha dejado meter baza ninguna, y lo que ocurre es que ha seleccionado a aquellos más adecuados al tipo de humor que ellos hacen por su cuenta, como el de los municipales, encabezado por Joaquín Reyes o el propio del barbero perdido en la aburrida nada de Berto Romero. Insisto, aunque hay no poco de explotación de una reconocida “fórmula” en la película, lo sorprendente es la vitalidad, la fecundidad de la misma, capaz, treinta años más tarde, de levantar una narración con tantos guiños que, solo la excelencia de los intérpretes es capaz de detener en pura, luminosa y jocosa mirada cítrica al presente, desde un futuro tan lejano.

lunes, 14 de enero de 2019

«La vividora», de Ken Hugues. El abuso, la frigidez, la ambición…



Historia de un trauma y una ambición: La vividora o una aproximación con protagonista femenina a Julien Sorel.

Título original: Wicked as They Come
Año: 1956
Duración: 94 min.
País:  Reino Unido
Dirección: Ken Hughes
Guion: Ken Hugues, Sigmund Miller, Robert Westerby (Novela: Bill Ballinger)
Música: Malcolm Arnold
Fotografía: Basil Emmott (B&W)
Reparto: Arlene Dahl,  Philip Carey,  Herbert Marshall,  Michael Goodliffe,  Sidney James, Ralph Truman,  David Kosoff,  Faith Brook,  Frederick Valk,  Marvin Kane,  Patrick Allen, John Salew,  Pat Claven,  Gil Winfield,  Jacques B. Brunius.

Ken Hughes no se prodigó mucho, pero al margen de algunas películas muy populares como Chitty Chitty Bang bang, Casino Royale, Cromwell o una versión magnífica de Servidumbre humana, con dos actorazos de campanillas como Laurence Harvey y Kim Novak,  yque ya fuera llevada al cine por el magnífico John Cromwell con el título Cautivo del deseo, esta película forma parte de esa legión de films excelentes a los que ha perjudicado mucho la ignorancia de su existencia, una suerte de olvido ennoblecedor en el que no han perdido ni un ápice de sus virtudes, dispuestas siempre a ser descubiertas por intrépidos cinéfilos. A su manera, he tenido con esta película, a la que calificaría como “superproducción de serie B”, una sensación parecida, si bien algo más atenuada, a la que tuve con El tercer secreto, del inmenso director Charles Crichton: estar en presencia de una película merecedora del visionado por el gran público, dada su calidad, el interés de la historia y la estupenda interpretación de la bellísima y seductora Arlene Dahl. La historia de quienes trepan en la escala social movidos por una ambición que esconde, casi siempre, un oscuro pasado de humillación y vergüenza, no es nueva en el cine, ni tampoco en la literatura, en la que Julien Sorel, el protagonista de Rojo y Negro ocupa un lugar fundamental. El rol principal de La vividora -de nuevo una traducción en español que no le hace justicia al original inglés y que “guía” la visión sesgada de la protagonista- es el de una mujer de cuyos antecedentes poco se sabe hasta casi el final de la película, cuando el enamorado y despreciado galán descubre una historia que llegó a los diarios y que la tiene por protagonista, y que en parte ayudan a explicar la disposición frígida que mantiene hacia los hombres, lo que le permite ir acumulando seducción tras seducción hasta conseguir llegar a la cima de su “carrera”. La película tiene una estética que recuerda a grandes melodramas de Douglas Sirk, pero también un planteamiento que se adelanta a narraciones psicológicas y de misterio como Marnie, la ladrona, de Hitchcock, con la que comparte no pocas similitudes. Si la protagonista hubiera tenido un serio trastorno psicológico, estaríamos hablando del claro antecedente de Repulsión, pero como no es así, hemos de hablar de una película muy personal, rodada en tres ciudades distintas, Nueva York, Londres y París, con magníficos exteriores de las dos últimas, lo que le confiere a la cinta ese “toque” cosmopolita de grandes superproducciones. Con todo, al tratarse de la narración de un caso de ascensión social que incluye la inevitable caída -y no revelo nada, porque forma parte del esquema de este tipo de historias muy repetidas tanto en el cine como en la literatura-, lo importante es ver cómo la protagonista es capaz de dejar en la estacada a los diferentes “peldaños” que le permiten seguir escalando en la sociedad para desquitarse de sus orígenes humilde y ese “algo más” de lo que nos enteramos, ya decía antes, casi al final de la película y que permite dejar el desenlace abierto, al menos hasta cierto punto. El arte sutil que demuestra poseer para deshacerse de los obstáculos que le impiden la ascensión es toda una antología de las malas artes “femeninas”, un clásico de la denostación de ciertos rasgos de las mujeres fatales que  llenan los archivos de cualquier filmoteca. Solo con uno, un publicista a sueldo, parece fallarle el seguro instinto de rechazo a sus peldaños: Tim O’Banion, interpretado por un galán con mayores desempeños televisivos que fílmicos, Philip Carey, que  llena sin embargo la pantalla con una presencia muy convincente. Esa historia de amor soterrada la acompaña a lo largo de sus diferentes escaladas sociales en la que destaca la asociada a un grande la interpretación, Herbert Marshall, también sobresaliente en su papel de jefe burlado por la secretaria cuando esta se entera de que la verdadera rica de su matrimonio es la hija de dueño de la empresa, y él un mero “gestor”. La suerte de la protagonista es que el Suegro de Marshall esté viudo y  que su belleza lo hechice desde que se la presentan. El diálogo entre las dos mujeres, la hija del dueño y la trepadora, en el lavabo de señoras de un club, es antológico. Hay no poco de sofisticación en la puesta en escena de la película, porque es el glamour del poder del dinero lo que ella va buscando, pero cabe destacar que no pierde su energía de ex mujer trabajadora para especializarse en el trabajo de secretaria que le abrirá, piensa ella, y no se equivoca, las puertas que dan a la escalera que la llevará a la cumbre… Y escrito “cumbre”, ¿cómo no recordar Un lugar en la cumbre, de Jack Clayton, otra excelente muestra de esta historia típica de trepadores sociales? La película está narrada de un modo muy fluido, y en ningún momento hay ni siquiera un tiempo muerto que parezca distraernos del objetivo de la protagonista, como la desviación hacia el matrimonio con el fotógrafo que acabará con este en la cárcel y convertido en futura amenaza para quien lo dejó tirado como antes les sucedió a otros. No quiero dejar de mencionar el último tramo de la película, con los interrogatorios de un comisario francés llenos de cálida comprensión de la vida y de la naturaleza humana. Por su despacho pasan los principales personajes de la película tratando de explicarse y de explicarnos cómo ha sido posible tan meteórica ascensión. En definitiva, harán bien los amantes del melodrama y las historias “de personaje” en no perderse esta película en la que ella, Arlen Dahl, exhibe una belleza que justifica sobradamente el que tantos se vuelvan locos ante la posibilidad de conseguirla. De hecho, para esta película, la Columbia planteó una campaña publicitaria que la actriz consideró degradante y denunció a la compañía reclamándole un millón de dólares por daños y perjuicios, pero el juez desestimó la demanda.

sábado, 12 de enero de 2019

«Following», de Christopher Nolan: un debut magistral.



Los 6.000 dólares mejor empleados en la Historia del Cine: Following o el primer ensayo, ya definitivo, de Memento.

Título original: Following
Año: 1998
Duración: 69 min.
País: Reino Unido
Dirección: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan
Música: David Julyan
Fotografía: Christopher Nolan (B&W)
Reparto: Jeremy Theobald,  Alex Haw,  Lucy Russell,  John Nolan,  Dick Bradsell, Gillian El-Kadi,  Jennifer Angel.

¡Qué ganas tenia de ver el debut de Christopher Nolan! Y helo aquí que lo encuentro en Filmin, donde tantas obras escondidas voy descubriendo. Es extraordinario descubrir en la primera película de un cineasta una obra con la consistencia y solidez de Following, porque no se trata en caso alguno de un “ejercicio”, de una “prueba” o de algo por el estilo; no, estamos ante una película magistral que ha de considerarse como una de las mejores de su carrera cinematográfica en la que tantos triunfos ha conseguido. Jamás, como digo en el título, habían sido empleados 6000 dólares con tanto provecho estético e incluso económico, porque logró recaudar, solo en Usamérica, casi 50.000. La película, en blanco y negro y con una estructura que rompe el orden lineal, se le ofrece al espectador con un arranque hasta cierto punto inocente: un escritor en crisis creativa decide salir a la calle y seguir a algunas personas por el mero placer de “meterse” hasta cierto punto, con serias limitaciones narrativas, en sus vidas, contempladas desde lejos, como mero testigo externo. Aunque se marca unas pautas, acaba transgrediéndolas y ahí comete el grave error que lo lleva a una situación desesperada. No tarda en ser “descubierto”, cuando sigue a uno de sus “objetivos”, por quien se le encara y le confiesa, además, que es un ladrón de pisos, si bien la explicación que recibe el protagonista se asemeja mucho más a un planteamiento propiamente artístico que a uno propia de la delincuencia. Hierro 3, de Kim Ki-Duk, es la primera película que se le viene a uno a la cabeza, pero los dieciséis años que transcurre entre la de Nolan y la espléndida Hierro 3 permiten sospechar que Ki-Duk vio con no poca atención la película de aquel. Lo que en Hierro 3 deriva hacia la poesía y hacia la mística, es tratado en Following desde una perspectiva casi costumbrista y, de hecho, no tardamos en adentrarnos en los terrenos del thriller cuando, tras seguir a una joven, entra en un bar, se acerca a ella y, tras ser abofeteado por ella, es invitado a seguirla para reunirse en la calle. La relación entre la joven y el mafioso propietario del local va a tener un peso relevante en la acción, si bien, los golpes de efectos que producen ciertas escenas intercaladas que rompen la línea cronológica no hacen sino sumir al espectador en un mar de conjeturas bien oscuro y sin estrella polar visible. De repente, el protagonista, que ha transformado su aspecto para parecerse al “maestro” que le enseña a robar en los pisos vacíos, donde se empapa de “la vida de los otros”, aparece severamente maltratado, y enseguida vemos sus actos siguientes como la preparación de una venganza. En otra interrupción de la línea cronológica lo vemos confesándose ante quien ignoramos quién es, si policía, un mafioso, un amigo o no se sabe qué. En un alarde de competición con el “maestro” de los robos, el protagonista lo lleva a su propio apartamento y enseguida nos llama la atención que en la puerta de entrada al mismo esté colgado el logo de Batman, sabiendo lo que pocos años después habría de dirigir…, y lo segundo, la  perfecta y descorazonadora descripción que de él hace el maestro: un perdedor nato. Poco a poco, la trama se va complicando, porque ambos personajes entran a robar en el apartamento de la chica con quien el protagonista se supone que está “saliendo” o manteniendo una relación parecida vagamente a una relación sentimental. Ahora bien, en cuanto pocas escenas después vemos al “maestro” compartiendo íntimamente el apartamento con la chica, todas nuestras cábalas se deshacen como el clásico azucarillo y comenzamos a ver otra película, con otra trama bien trabada y cuyos desenlaces van a golpear la ingenua credulidad de los espectadores, y que yo no voy a desvelar aquí, porque, al estilo de algunas películas de David Mamet, sobre todo House of games, de la que esta puede considerarse dignísima heredera, la arquitectura de la trama lo es casi todo. ¿Qué hay más allá de esa trama endiablada? Pues una dirección magnífica que tiene unos exteriores muy de nouvelle vague , en un Londres en blanco y negro que “data”, parece, los años 50, en vez del presente, y unos interiores en los que la cámara se mueve con una habilidad extraordinaria para escoger unos enfoques que nos permiten seguir con desahogo el duelo dialéctico de los protagonistas, aunque sin dejar por ello de sentir la opresión de quienes entran en domicilios pequeños, allanándolos y casi profanándolos. El trío protagonista lo borda y poco a poco vamos conociendo el abismo que separa a los tres personajes que han coincidido, para su mal, en una trama insoportablemente oscura. Algunos ambientes, como el del bar, aportan, con notable facilidad, una sensación de peligro y de marginalidad mafiosa que Nolan sabe captar con una fotografía casi expresionista: él es el responsable no solo de la dirección, sino también de la cinematografía, y a él se debe, en consecuencia, el resultado final de la estética de la película, muy próxima al estilo de Repulsion, de Polanski, pero sin la perturbación psicológica de por medio. En resumen, Following es una de las mejores primera películas de un autor que he visto. Muchísimo mejor, por ejemplo, que la primera de otro director británico como Stanley Kubrick, ya comentada en este Ojo, que ya es decir.

«El caso Sloane», de John Madden, un tenso thriller político.



Los límites de los lobbies en la política usamericana: El caso Sloane o la podredumbre del sistema delatada a ritmo de thriller con un timing perfecto y una inmoralidad compartida por los miembros del sistema y sus detractores.

Título original: Miss Sloane
Año: 2016
Duración: 132 min.
País: Estados Unidos
Dirección: John Madden
Guion: Jonathan Perera
Música: Max Richter
Fotografía: Sebastian Blenkov
Reparto: Jessica Chastain,  Mark Strong,  Gugu Mbatha-Raw,  Alison Pill,  Michael Stuhlbarg, Jake Lacy,  Sam Waterston,  John Lithgow,  David Wilson Barnes,  Raoul Bhaneja, Chuck Shamata,  Douglas Smith,  Meghann Fahy,  Grace Lynn Kung,  Al Mukadam, Noah Robbins,  Lucy Owen,  Sergio Di Zio,  Joe Pingue,  Michael Cram,  Dylan Baker, Zach Smadu,  Austin Strugnell,  Alexandra Castillo,  Jack Murray,  Christine Baranski, Aaron Hale,  Greta Onieogou.

No sé si aún se usa “electrizante” para describir ciertas películas cuyo ritmo frenético nos arrastran perdiendo el resuello a través de unas intrigas de las que casi no entendemos nada de nada hasta que llegamos a un punto de la trama en que todo se ilumina y todo lo entendemos. Es virtud del narrador, dejarnos in albis durante un buen trecho de la película para, después, reescribir lo visto a la luz de lo que se nos desvela como una película de análisis de un carácter muy concreto, es decir, pasamos del thriller político a la película psicológica, y ambos se funden para bien en el último tramo del desenlace. La protagonista es la encargada de un lobby que busca el respaldo de los senadores para una proposición de ley que busca el control y/o la abolición del uso de las armas de fuego, un tema muy actual, como se advierte. Los lobbies, en Usamérica, no tienen únicamente la función de buscar el lucro de las empresas, sino que también los hay con fines humanitarios, como es el caso de la película. Como forman parte del sistema, algo de lo que aquí, en nuestra reputada democracia, carecemos, por ejemplo, están sujetos a normas, obligaciones y límites que no pueden traspasar. La película comienza con la citación de la encargada del lobby para someterse a una investigación senatorial acusada de haber violado los principios éticos que han de regir la actividad de los lobbies, pues se la acusa de haber ido más allá de sus límites. La protagonista es una mujer workalcoholic, es decir, dedicada en cuerpo y alma las veinticuatro horas del día a su labor de captación de fondos y votos de los senadores para conseguir un loable objetivo político, de ahí que arrastre una vida personal en la que ha de recurrir incluso al sexo de pago por no tener tiempo para enredarse en conquistas o amoríos que le quitarían tiempo para su profesión, insomnios al margen… La dureza de su carácter esconde una ambición profesional y política que no se conforma con menos que con la victoria aplastante sobre sus rivales. ¿Qué es lo que la caracteriza, a diferencia de otras profesionales? No solo la frialdad de su determinación, sino la falta de principios éticos a la hora de recurrir a cualesquiera recursos para salir victoriosa en su empresa. Es el caso, por ejemplo, de una joven a la que promociona en el equipo del lobby -todos ellos son jóvenes idealistas al servicio de la más noble de las causas…-porque salió indemne de un tiroteo en un campus, algo que ella, la protagonista, convierte, para la sorpresa de la joven, a la que le parece una traición y un abuso ser así utilizada por ella, en un arma fantástica para crear opinión favorable a sus tesis en la opinión pública. La presencia en informativos y programas de debate forma parte de la actividad de los lobbies, y a resultas de esa actividad, la joven es asaltada por un fanático de las armas que está dispuesta a volarle los sesos. En ese momento, otro viajero -la acción transcurre en una terminal de aeropuerto- se percata de lo que está a punto de suceder y con su arma personal acaba con la vida del agresor, lo que lo convierte poco menos que en un héroe ensalzado y paseado por todas las televisiones por el lobby armamentístico, que lucha contra nuestra “heroína” poco virtuosa, porque su afición a saltarse las fronteras de lo permitido no solo la pone en el disparadero de ser despedida de su puesto, sino, como finalmente sucede, llevada a una audición en el Senado para evaluar si ha violado las leyes lobbystas. Por lo narrado, se deduce fácilmente que todo el nervio de la película corre a cargo de la protagonista, quien, en efecto,  carga con él y realiza una suerte de tour de force interpretativo tan seductor como efectivo: magnífica, así pues, Jessica Chastain, con las dosis exactas de perfidia, ambición, inteligencia, frialdad, decisión y emotividad que convierten su actuación en un recital, aunque el espectador no puede por menos que distanciarse críticamente de ella, porque no se trata en modo alguno de una heroína con la que empatizar, sino todo lo contrario, una heroína de quien casi estamos deseando que se estrelle y que sea condenada. Es extraña nuestra posición como espectadores, porque, tras ser salvada por las armas la becaria de su equipo, casi estamos dispuestos a decantar nuestra opinión ética hacia la posesión y uso de las aras de fuego. La película, sin embargo, que manifiesta al respeto cierta ambigüedad de fondo, progresa hacia esa duda razonable que se ha de tener respecto de una cuestión cuya naturaleza, desde un país donde no está legalizada su pertenencia y uso, nos es difícil comprender. No he seguido con la sinopsis porque hay un giro en la trama que nos permite una visión distinta del asunto, y es justo que no lo revele. La película se enmarca en ese cine “político” usamericano que nos habla de las raíces podridas de un sistema al que denuncias como la presente, sin embargo, fortalecen más y más.


viernes, 11 de enero de 2019

«Arkangel», de Jodie Foster y «Bandersnatch», de David Slade. Dos turbadoras películas de «Black Mirror».





La sobreprotección y la vulnerabilidad psicológica ante la cibernética: dos historias de terror tecnológico.

Título original: Black Mirror: Arkangel
Año: 2017
Duración: 52 min.
País: Reino Unido
Dirección: Jodie Foster
Guion: Charlie Brooker
Música: Mark Isham
Fotografía: Ed Wild
Reparto: Rosemarie Dewitt,  Brenna Harding,  Owen Teague,  Angela Vint,  Jason Weinberg, Nicholas Campbell,  Aniya Hodge,  Sabryn Rock,  Edward Charette,  Carlos Pinder, Jenny Raven,  Paul Braunstein,  Sarah Abbott,  Nicky Torchia,  Mckayla Twiggs, Kaleb Young,  Matt Baram.


Título original: Black Mirror: Bandersnatch
Año: 2018
Duración: 90 min.
País: Reino Unido
Dirección: David Slade
Guion: Charlie Brooker
Música: Brian Reitzell
Fotografía: Jake Polonsky
Reparto: Fionn Whitehead,  Will Poulter,  Asim Chaudhry,  Alice Lowe,  Craig Parkinson, Catriona Knox,  Tallulah Rose Haddon,  Laura Evelyn,  Sandra Teles,  Fleur Keithç.

La serie Black Mirror, que me descubrieron mis hijos unas navidades, es posiblemente la aventura más arriesgada del cine en televisión por la originalidad de sus historias y el desarrollo de sus tramas, un permanente desafío a los espectadores acomodados en historias que poco o nada les interpelan y solo los atan a una suerte de folletín del que el continuará… es su razón de ser elemental para atrapar frente a la pantalla a un día y a una hora a los pacificados consumidores de series. El responsable creativo de la serie es Charlie Brooker, cuya inventiva y originalidad está fuera de toda duda. Devoto de los videojuegos y los gadgets, estos dos episodios, uno de ellos dirigido por la famosa actriz Jodie Foster  el otro por David Slade, que ya había dirigido alguno de Breaking Bad, nos narran los efectos no deseados de la irrupción de la tecnología en nuestras vidas. Hace algunos años se podrían haber entendido como distopías, pero, lamentablemente, estamos hoy demasiado cerca de ello como para no pensar que pueden ser, o ya son, una realidad cotidiana. Arkangel es la historia de una madre sobreprotectora que le implanta a su hija un chip en el cuerpo para poder tenerla controlada, tras haber vivido un episodio en el que la niña había desaparecido de su casa. El shock traumático que vive la induce a ponerse en manos de una empresa que le “garantiza” ese control que la madre ejerce, sin respetar, por supuesto, el derecho a la individualidad y privacidad de su hija. El aparato permite, además, pixelar ciertas realidades para que la portadora del chip no acceda al conocimiento de ciertas realidades dolorosas o traumatizantes. La narración sintética, el episodio no llega a la hora de duración, nos permite hacer un recorrido por la evolución de las relaciones de la madre y la hija y de cómo la niña llega a joven y comienza a comportarse como todos los jóvenes, es decir, a desarrollar una necesidad de protección de su intimidad que le permita no tener que andar dando explicaciones de su vida a su madre angustiada siempre por lo que le pueda pasar a su hija. Desde esa perspectiva, hay algo cómico en que unos compañeros intenten explicarles qué es la sangre u otros aspectos de la vida real que le han sido hurtados por el control remoto de su madre, que es, además, madre soltera. Hay algo angustioso en la situación, pero se trata de una angustia proyectada por la madre y convertida en un elemento distorsionador de una relación normal madre-hija (¡si es que existe tal relación “normal”!) que hubiera debido seguir otros derroteros distintos de los que, por el uso del control remoto ejercido por la madre, sigue. Tiene algo de droga, el uso de ese Gran Hermano que la madre se cree en el derecho de usar indiscriminadamente, lo que la lleva a inmiscuirse en la vida amorosa y sexual de su hija para tratar de conducirla por los caminos que ella quiera que siga. Nos pasamos la película, y esa espera la dosifica Foster con gran maestría, aguardando el momento en que la joven descubra el ordenador mediante el cual su madre “escribe” su vida, y cuando ella ocurre, estalla lo que bien puede calificarse de legítima violencia contra el monstruo que ha diseñado una actuación materna de esa naturaleza invasora y totalitaria. Después…, ero eso ya no pertenece a esta reseña, en la que ya he revelado demasiado, aunque, como suele pasar con muchas películas, no es la historia en sí lo que nos lleva a ellas, aunque también, sino el modo como la directora, en este caso, nos la hace llegar. La película se centra, obviamente, en esa envenenada relación de una madre sobreprotectora y una hija que decide dejar de ser un conejillo de indias de los perversos caminos que puede emprender la tecnología. La implantación de chips está a la orden del día, como los implantes cocleares, por ejemplo, para la sordera, pero lo turbador de Arkangel es que nos movemos en una adaptación al ámbito familiar, privado,  del totalitarismo político. Como propuesta de reflexión, ahí queda, desde luego, tan acerada como terrible. 
Bandersnatch, por su parte -un título tomado de una de las criaturas fantásticas de Lewis Carroll-, es, de hecho, una película de duración estándar, 90 minutos,  con cada uno de sus finales, que nos narra la vida sombría e inquietante de un programador de juegos de ordenador que está tratando de adaptar una absorbente novela de ciencia-ficción al mundo del videojuego. La película progresa lentamente hasta entender que el hijo de un matrimonio se siente culpable porque su madre cogió un tren “equivocado” y pereció en un accidente, tras haberse él entretenido en buscar su osito, su teddy bear, por lo que ella, al final, se fue sola y en el tren que no le correspondía. La relación con su padre se convirtió, desde entones, en un infierno insufrible, sobre todo para el padre, quien es incapaz de arrancar del hijo ni el más mínimo cruce de palabras. La lectura de un novelón de más de mil páginas que el joven se ha empeñado en convertir en videojuego, con su teoría de las vidas paralelas virtuales, pronto va a manifestarse en el propio televisor donde el espectador sigue su historia, porque al llegar a un momento crítico en el que al protagonista se le ofrecen dos alternativas, el televidente tiene la posibilidad de escoger con el mando cuál de ellas quiere que se “materialice”, con opciones tan terribles como “volcar el te sobre el teclado del ordenador” o “matar a su padre”, por ejemplo. Si el espectador -eso me pasó a mí al principio- no escoge ninguna opción, la película nos ofrece su propia versión. Si el espectador escoge una de ellas, entonces se desarrolla hasta un punto en el que el protagonista, tras haber recorrido esa trama escogida por el autor, vuelve a despertarse y a rehacer el camino ya andado hasta llegar al mismo punto, momento en el que el espectador, claro está, escoge la otra opción porque sin duda cree que es menos terrible que la anterior, lo cual no siempre es cierto, por supuesto. Llega un momento en que la película se asemeja demasiado a la ya icónica Atrapado en el tiempo, de Harold Ramis, pero la naturaleza perversa de los “itinerarios” que le son propuestos al espectador pronto revelan las enormes diferencias entre Bandersnatch y ella. Lo espectacular de la trama es el modo original como se nos cuenta la historia de un “friqui” de los ordenadores y cómo accede al mundo no menos friqui de los creadores de videojuegos, con un personaje-estrella de los mismos, interpretado a la perfección por Will Poulter, una especie de Mefistófeles escéptico ante los deseos del joven fausto del videojuego de llegar a la cima desde la que él mantiene ambiguas relaciones con él. Llega un momento en que se echa de menos que ese personaje hubiera tenido un desarrollo mayor, pero lo cierto es que el episodio del viaje alucinógeno de ambos es estremecedor y una de las mejores variantes de las muchas posibilidades que se le ofrecen al espectador. El protagonista, parado ante las opciones no deja de repetir que él esta siendo absorbido por alguien que guía sus acciones, que ha dejado de ser él y que otros le dirigen su vida, lo que se acaba convirtiendo en una obsesión que lo desequilibra mentalmente. Esos otros no son, claro está, sino los espectadores que escogen por dónde llevar sus pasos. La película permite explorar todas esas opciones que llevan a cinco finales distintos, y aun hay otro, al parecer, que pocos conocen, dicen. El tremendismo de las historias, todas ellas acerca de la personalidad y los limites de nuestra libertad individual, tiene mucho que ver con el otro episodio con el que yo he querido juntar este, Arkangel, porque cuestionan, en efecto, los límites del yo y de a qué podemos, en efecto, llamar “yo” con total propiedad. A mi entender, Bandersnatch es una película terrorífica que no defraudará a quienes sean seguidores de Cronenberg, por ejemplo, el autor que veo más cercano al mundo temático que nos ofrece este episodio de Black Mirror. A su manera, también hay una reflexión sobre los límites de la creación, porque el protagonista trabaja bajo contrato con la empresa de videojuegos que quiere lanzarlo cuanto antes al mercado; un mundo que aparecía, por ejemplo, en Elle, de  Paul Verhoeven, con todo lo que tenía de liberación sádica de la protagonista. Como lleva cuatro temporadas, cada espectador tendrá sus episodios favoritos, desde luego, pero, para quienes ni siquiera conozcan la serie, traigo yo estos dos hoy a mi Ojo para despertar la curiosidad de la audiencia, en el bien entendido de que, salvo una insensibilidad total hacia la nuevas tecnologías, a nadie dejará indiferente estas dos magníficas muestras del cine que se ha refugiado en las enormes pantallas de los televisores actuales.

miércoles, 9 de enero de 2019

«Mirando hacia atrás con ira», de Tony Richardson o rebelde con múltiples causas.



El individuo entre la sobrestimación de sí mismo y la inacción como fuentes de conflicto psicológico: Mirando hacia atrás con ira o la mirada desenfocada. 

Título original: Look Back in Anger
Año: 1958
Duración: 99 min.
País: Reino Unido
Dirección: Tony Richardson
Guion: Nigel Kneale (Obra: John Osborne)
Música: John Addison
Fotografía: Oswald Morris (B&W)
Reparto: Richard Burton,  Claire Bloom,  Mary Ure,  Edith Evans,  Donald Pleasence, Gary Raymond,  George Devine,  Nigel Davenport.

Hay que ver, de haber hablado tanto del título, porque, además, ha devenido un lugar común (¡bendito destino de algunos títulos, pocos, que alcanzan más éxito que las propias obras a las que presiden!: La decadencia de Occidente, Sin novedad en el frente, entre otros muchos…), tenía el convencimiento de haber visto esta película tan célebre. Para mi sorpresa, nada de cuanto ocurría, y mucho menos la presencia de Richard Burton, me resultaban familiares, y no he esperado más de cinco minutos para deducir que o bien la vi de muy joven y no me impresionó lo más mínimo o bien no la había visto nunca. He concluido que lo razonable es lo segundo. Una formación deficiente te permite siempre estas sorpresas, acercarte a obras maestras con una gran experiencia de obras maestras vistas que quizá te ayuden a valorar mejor la que te había pasado desapercibida. De igual manera que Rebelde sin causa, otro título emblemático, Mirando hacia atrás con ira pretende ser una película de las que llamamos generacionales”, es decir, que la trama trasciende al o los protagonistas para mostrar un estado de ánimo común, en este caso, a muchos jóvenes británicos que se enfrentan, a pocos años de la posguerra, a un destino poco o nada atractivo, en parte por la falta de oportunidades, en parte por la falta de iniciativa para transformar los anhelos de cambio en acciones decididas que permitan abrir nuevos caminos de realización profesional o d expresión artística.el protagonista, un joven casado que regenta un puesto de glosinas en el mercado, financiado por quien lo recogió siendo niño y a quien cuida con el mimo del agradecimiento eterno, el mismo que no recibió de sus propios padres y que es incapaz de ofrecer a su propia esposa, quien se queda embarazada y le oculta el hecho, temeroso de que él la obligue a abortar, porque sus censuras contra ella presiden, de hecho, su relación. Tan es así que, después de instalarse con ellos una amiga, aspirante a actriz, y liarse su marido con ella, decide irse a casa de sus padres. Al personaje no parece importarle lo más mínimo el cambio de mujeres en su vida, porque se trata de un ególatra que maldice su destino sin hacer nada para cambiarlo, a pesar de su solida formación y de su exquisita condición de músico, trompetista, una de cuyas actuaciones abre la película. De que esté peleado con el mundo, porque le cuesta horrores no solo entenderlo, sino, sobre todo, entenderse a sí mismo, se derivan todos los malentendidos y la crueldades que salpican la relación con su mujer y con quienes lo rodean, excepto su madre de acogida, a quien le rinde sincero homenaje en vida y en muerte. La complejidad del personaje y sus muchas habilidades, para la Revista, por ejemplo, y a ese respecto son fantásticos los dos números musicales que protagoniza con su compañero de profesión y compañero de pensión , hacen del todo incomprensible la “postración” en que vive el personaje, su escasa iniciativa para buscar una salida laboral o artística más allá de regentar el carro de chuches en el mercado. Pero difícilmente parece que haya algo en esta vida capaz de empujarlo en la dirección de la acción o del pensamiento positivos: una suerte de nube negra de melancolía parece cegarlo e impedirle realizarse como sujeto activo de su propia vida. Es cierto que la pobre habitación en la que vive con su mujer, su propia abulia y los pacatos valores tradicionales que enfrentan a las clases, como las respetivas familias de ambos cónyuges, los de ella de clase media alta, y los de él de clase obrera, no contribuyen precisamente a que su desprecio de la sociedad en la que están insertos les permita progresar en la vida o sentirse útiles o vitalmente completos o capaces, en última instancia, de mantener un matrimonio en el que la felicidad brilla por su ausencia. Solo cuando la mujer regresa, y confiese a su amiga, con quien se reconcilia, que ha perdido el bebé que esperaba, se atisba un futuro para la relación entre ambos, si bien con la renuncia expresa de la amiga a seguir siendo la cuña que los separa. En ese momento, y en el marco de una estación de ferrocarril se produce el “encuentro” mágico entre ambos esposos, ese momento en que se reconocen el uno en el otro y deciden darle una oportunidad a su matrimonio, ese momento en que él parece haber renunciado a la crítica radical de cuanto lo rodea, como si los trenes que parten fueran la metáfora de su vida y él ignorara cuál fuera el destino ignoto hacia el que parten. La obra transcurre casi toda ella en interiores, en perfecta fidelidad al origen teatral de la historia, pero cada vez que sale a la calle, la película se empapa de un realismo no muy distinto del neorrealismo italiano, aunque sin tantas emociones a flor de piel en juego. Richardson, un experto en trazar psicologías complejas y torturadas, halle en Richard Burton un excelente intérprete aunque tal vez algo sobreactuado y, al decir d algunos críticos, demasiado mayor para el papel, en lo que les doy la razón, porque la desorientación vital del personaje, su rebeldía juvenil, no casa con la madurez de Burton en ese momento de su vida, aunque su interpretación es excelente, como la de las dos mujeres que entran en su vida, Mary Ure, en aquel momento esposa del dramaturgo autor de la obra John Osborne y Claire Bloom, que tiempo después sería la esposa de Philip Roth, de quien se separó poco amistosamente, por cierto… El trío de actores ofrece una interpretación que sube enormemente el nivel de la película, porque el proceso de seducción del marido por parte de la aspirante a actriz cuando la mujer le cede el espacio con su huida es uno de los muchos puntos fuertes de la película. Richardson se mueve con elegancia en los limites impuestos por los interiores y consigue tomas de mucho mérito y muy descriptivas psicológicamente, porque el tira y afloja del matrimonio exige un tenso uso del plano contraplano no siempre con primeros planos, sino con planos generales con profundidad de campo para mostrar las reacciones de ambos en la lucha tortuosa que mantienen, en la que su compañero de profesión y confidente de su mujer juega un papel meramente episódico.