domingo, 26 de abril de 2026

«Nadie sabe», de Hirokazu Koreeda, o el cine que tumba.

 

La poetización imprescindible del horror en estado puro.

 

Título original: Dare mo shiranai

Año: 2004

Duración: 141 min.

País:  Japón

Dirección: Hirokazu Koreeda

Guion: Hirokazu Koreeda

Reparto: Yûya Yagira; Ayu Kitaura; Hiei Kimura; Momoko Shimizu; Hanae Kan; Susumu Terajima; You-: Música: Gontiti

Fotografía: Yutaka Yamasaki.

 

          Estamos ante una película de taquilla modesta, pero de fuerte impacto crítico y popular, porque el asunto que se narra en ella es algo más que doloroso, dado el horror específico del caso real en el que se inspira, ocurrido en 1988 en Sugamo. ¡Lo que debió impactarle a Koreeda aquella trágica historia que reunía ingredientes propios de una película de horror o de los clásicos folletines sociales que siguieron a los del iniciador del género, Eugène Sue, cuyo tremendismo no llegó ni siquiera a la intensidad de los males descritos en algunas novelas de Victor Hugo. La infancia no es etapa de la vida que se preste a ser contemplada como obra de arte cuando se describe el horror que afecta a tan desvalidos personajes. Mi Conjunta me ha prohibido que le narre tanto la película como el propio caso real, y no me extraña. De hecho, quiero empezar esta crítica agradeciendo al autor, Koreeda, la infinita delicadeza con que ha tratado/alterado la historia original, convirtiendo el «caso» en una narración lírica del abandono maternal y la dura lucha por la supervivencia.

          La película se inicia de tal manera que todo da a entender que vaya a girar el asunto sobre el acuciante problema de la vivienda, porque una madre con su hijo se presenta ante el administrador de unos apartamentos para comunicarle su llegada, notificarle la ausencia del marido y darle a conocer a su hijo, un muchacho tranquilo y magnífico estudiante. A la que vuelven al piso y empiezan, literalmente, a sacar hijos y hermanos de las maletas, nos damos cuenta de que no va a ser el de la vivienda el tema escogido, sobre todo cuando las instrucciones a los dos pequeños, otra hermana mayor llegará más tarde en tren, consisten en advertirles seriamente de que no pueden hacer ruido ni asomarse al balcón, lo cual, de rebote, nos indica que ninguno de esos hijos asistirá ni un solo día a ningún colegio, lo cual acrecienta las sospechas sobre lo terrible del drama que se nos aproxima a través de esa madre que tiene relación tan extraña con sus hijos. Cuando esta desaparece por primera vez y deja al hijo mayor ¡de 12 años!, al frente de la casa y de sus hermanos, comenzamos a temernos lo peor, es decir, que la madre, de quien no tardaremos en saber que cada uno de sus hijos es de padre diferente, o sea una prostituta o una mujer que busca emparejarse con algún partido que le salga sin acarrear con ella la carga de cuatro hijos, lo que espantarían al más pintado, por supuesto.

          La imaginación catastrófica ―«anastrófica», la llama Fritz Perls―, que lo tiene todo de profeta a posteriori, no tarda en cumplirse. En efecto, tras empaquetar sus cosas en dos maletas, la madre desaparece con las mismas condiciones a las que los hijos parecen estar ya acostumbrados. La única variación sobre la vida «normal» de la singular «familia» es que su estancia lejos de ellos se va a prolongar de manera casi definitiva, a tenor de lo que tampoco tardará mucho en ocurrir: que mengüen los fondos, que no pueda pagar ni la luz ni el agua ni el alquiler y que la supervivencia física de los niños dependa del ingenio del hermano mayor, quien hasta llega a entrevistarse con dos de los padres de sus hermanos para exponerles su crítica situación y pedirles ayuda.

          La poetización de la que hablaba en el título es relativa, por supuesto, porque a esa perspectiva debemos la envidia con que el hermano mayor, el único que sale de casa hasta que, el corte de luz y agua los obliga a buscar agua en la fuente para beber y otros menesteres, contempla a los escolares que van a clase de uniforme, con sus cateras, sus deberes y la vida social propia de su edad. Con tres de ellos hará lo más parecido a una amistad, porque, en verano, los invita a casa para jugar con videojuegos en la televisión, aunque esa «amistad» lo lleve a negligir en parte el cuidado de sus hermanos. La querencia de la segunda hermana por el piano y la música, y a quien le va reservando fondos para sus futuras clases de música, forma parte de esa visión que se complementa con los rudimentos de escritura y cálculo que el hermano mayor enseña a los pequeños.

El mundo propio de la casa, pues, es visto con cierta distancia por el director, como si se tratara de un naturalista que observa el desarrollo de algunas especies, y no es ajena a esa visión la preocupación de los hermanos por cultivar algunas semillas en la pequeña terraza del apartamento. Son frecuentes, como contraste, en la realización, los primeros planos que nos indican el deterioro progresivo de la vida en el apartamento y en sus ocupantes, paralelo a la libertad con la que suelen salir ya los críos a la calle y no temen ser oídos. La infructuosa labor de cobrarles el alquiler, no lleva a los caseros de los apartamentos a denunciarlos a la policía, ni a siquiera entrar en la casa para cerciorarse de que cuanto ocurre depende de un adulto que está al tanto y es responsable.

Las imágenes de la degradación que afecta a la salud y la higiene de las criaturas son un mazazo continuo para los espectadores, quienes, constantemente, no dejamos de temernos lo peor, y lo peor sucede, aunque de una manera tan estilizada que forma parte de esa visión poética que nos aleja del crudo horror de la historia real, cuya lectura recomiendo a los lectores de esta crítica para mejor apreciar la delicadeza de Koreeda, quien a buen seguro juzgó imposible, para él y para cualquiera, narrar la realidad conforme ocurrieron los hechos. Prefiere que nos enamoremos del hermano mayor y que empaticemos con su bondad inalterable, aunque no pocas veces sufra la angustia de ser el responsable y asumir una responsabilidad que le acaba superando, y de ahí ciertas desconexiones, como la del partido de béisbol, las amistades que acaban expresando su aporofobia o la amistad con una adolescente con la que la película cobra otra dimensión.

Apenas hay diálogos en la película que vayan más allá de lo que es la vida cotidiana, con todas las facetas propias de la unión que el hermano mayor se empeña en defender a capa y espada, aunque vivan de las sobras que, caducadas o a punto de caducar, recoge en el supermercado próximo al apartamento, pero no hay plano, curiosamente, que no sea tremendamente significativo, explicativo, narrativo. Si a eso le añadimos la absoluta naturalidad casi documental con que actúan los jovencísimos intérpretes de la película ―a pesar de la advertencia de Hitchcock: «Nunca trabajes con niños ni con animales»...―, el resultado es una película dolorosa y, al tiempo, exultante, desde la perspectiva cinematográfica, por la habilidad con que resuelve Koreeda la narración de unos hechos trágicos que no excluyeron ni siquiera el asesinato... en la vida real, y que el director, con muy buen criterio, obvia, porque «su» historia es la de la supervivencia de esos niños, no la crónica amarillista de una tragedia que conmovió a todo el país.

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