Título original: White
Nights
Año: 1985
Duración: 131 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Taylor Hackford
Guion:James Goldman, Eric Hughes, Nancy Dowd. Historia: James Goldman
Reparto: Mikhail Baryshnikov; Gregory Hines; Isabella Rossellini; Helen
Mirren; Jerzy Skolimowski; Geraldine Page; John Glover; Stefan Gryff; William
Hootkins; Shane Rimmer; David Savile; Ian Liston; Benny Young; Hilary Drake;
Daniel Benzali; Sergei Rusakov; Aleksandr Naumov: Maryam d'Abo; Marc Sinden; Jiri
Stanislav; Michael Petrovitch; Andreas Markos.
Música: Michel Colombier
Fotografía: David Watkin.
Título original: The Performance
Año: 2023
Duración: 113 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Shira Piven
Guion: Shira Piven, Josh Salzberg
Reparto: Jeremy Piven; Robert Carlyle; Maimie McCoy; Steven Berkoff; Adam
Garcia; Suzanne Shepherd;
Lara Wolf; Malky Goldman; Jared Grimes; Annette Lober; Daniel Finkelman;
Lukás Frlajs; Isaac Gryn; Vansh Luthra; Veronika Strapková; Patrick McCartney; Tony
Herbert.
Música: Lucas Lechowski
Fotografía: Lael Utnik.
La danza durante la Guerra Fria y en tiempos del nazismo: cine plástico y reflexión política.
Danza clásica y claqué son dos tipos de baile casi antagónicos, pero en estas dos películas dan mucho juego, porque alrededor del tap dance, como llaman en inglés a lo que nosotros denominamos claqué, en ambos casos, con inequívoca raíz onomatopéyica, se orquestan dos historias muy potentes, una, inspirada en la propia vida del bailarín Mikhail Baryshnikov, quien, en 1974, mientras estaba de gira en Canadá con el Ballet Kirov (hoy Mariinsky Ballet), aprovechó una parada en Toronto para solicitar asilo político y no regresar a la URSS, es decir, exactamente lo que le ocurre al personaje que interpreta, quien, debido a una avería en el avión que lo lleva a Japón, se ve obligado a desembarcar en territorio soviético, donde, finalmente, es reconocido por las autoridades, «secuestrado» y puesto a disposición de un coronel empeñado en convencerlo para que vuelva a bailar en su tierra, de donde no debería de haber salido. Su historia se cruza, sorprendentemente, con la de un bailarín de claqué que abandonó Usamérica por motivos ideológicos y se exilió a la URSS. Casado con una rusa, es el encargado de vigilar y tratar de convencer al bailarín para quedarse en «su casa». La técnica especular: verse el uno reflejado en el otro, va a permitir observar los finos hilos que se van tendiendo alrededor del bailarín para seducirlo/forzarlo a permanecer en el país que, por su deserción, lo considera un criminal. Se trata de una historia muy de Guerra Fría, pero, justo por eso, con una insólita vigencia en estos tiempos revueltos en que se está replanteando el orden mundial, cuestionándose el valor y la representatividad de la ONU y asistiéndose a desafíos económicos militares que bien pueden acercarnos a la temida Tercera Guerra Mundial. Dejando de lado la trama político-policial que rodea el caso del desertor recapturado y del desertor que comienza a arrepentirse, sobre todo cuando sabe que va a ser padre, la película es un homenaje nítido a la danza clásica y al claqué que gustará con locura a los aficionados a disciplinas artísticas tan impactantes y, sobre todo, tan exigentes, porque, a lo largo del metraje, observamos también las exigencias de los ensayos y la fisicidad plástica y atlética que suponen, todo ello acompañado de una banda sonora espectacular. Merced a la relación con quien fuera su compañera de baile, una Helen Mirren jovencísima y tan estupenda actriz como lo ha seguido siendo desde entonces, aparecen en la película unas secuencias del joven Baryshnikov como un autentico Nijinski redivivo o el propio Rudolf Nureyev, también desertor, una década antes que Baryshnikov. A los amantes del ballet y del claqué, propio de los programas del teatro de variedades y, posteriormente, de un género cinematográfico tan popular como el de los musicales, que atraían verdaderas multitudes a las salas de cine, como sucedió con el primero, The Jazz Singer, de Alan Crosland; a esos amantes dobles de géneros en apariencia distantes esta película les parecerá toda una revelación, a pesar de sus más de cuarenta años. No cae, propiamente, dentro del género del cine musical, pero los números, como el propio que abre la película, una recreación parcial de Le Jeune Homme et la Mort, una coreografía de Roland Petit, inspirada en el universo de Jean Cocteau, es de una calidad que no se ve desmerecida por lo que veremos después.
La trama político-policial tiene un
desarrollo importante e incluso se convierte, por momentos en un thriller
político con escenas de riesgo y enorme suspense, sobre todo al final, y ha de
decirse que tampoco en esa faceta desmerece la película de otras centradas en
peripecias de agentes extranjeros en territorio hostil. A ello contribuye mucho
la rivalidad entre el coronel soviético, encarnado por el también director Jerzy
Skolimowski, y el bailarín desertor. La película se ha titulado en España Noches
de sol, traduciendo literalmente el fenómeno meteorológico al que aluden
las famosas «noches blancas» rusas, en las que no acaba de ponerse el sol del todo
en ciertas latitudes septentrionales, como San Petersburgo, que incluso dan
título a una novela de Dostoievski, hermosamente trasladada al cine por Luchino
Visconti, también con el mismo título. La película, obviamente, no fue rodada
en la URSS, pero las localizaciones de la vecina Finlandia permiten recrear,
junto con metraje sí rodado originalmente en la URSS, la escenografía adecuada
para la trama.
El papel de mi vida, por su
parte, está inspirada en un relato de Arthur Miller, y cuenta la historia de un
bailarín de claqué que aspira a lograr la fama y ganarse la vida lo mejor
posible, él y el grupo de bailarines que lidera, desdeñando la solicitud
paterna de hacerse cargo del negocio de telas. En la Europa revuelta de los
años 30, consigue unas actuaciones en los Balcanes y, a partir de ahí, espera
poder añadir nuevas visitas a países donde se aprecie su arte, hasta que..., en
efecto, un curioso y marcial admirador de su baile, que lo considera un artista
de un valor más allá de la valoración común que se hace de los artistas, o sea,
el mejor de los mejores, le propone, mediante un suculento contrato, actuar en
Berlín, la Berlín nazi, durante una función, tras la cual podrían volver a su
gira europea. La devoción al ate del claqué por parte de jerarcas del régimen
nazi puede parecer incongruente, pero recordemos que Berlín en los años 20y 30
era considerada «la Chicago de Europa», y el jazz ocupaba un puesto destacado
en las preferencias musicales de los alemanes, y a su rebufo también el claqué.
Los cabarets berlineses fueron mundialmente famosos, de ahí la película que los
popularizó en los 70: Cabaret, de Bob Fosse.
La relación entre el jerarca nazi y el
danzarín de claqué comienza a partir de la admiración del primero, quien,
finalmente, lo acaba convenciendo para actuar en Berlín, aunque lo que no sabe
el judío bailarín es que lo va a hacer ante el mismísimo Hitler, quien, contra
todo pronóstico, recibe con euforia la actuación del bailarín usamericano y trata de convertirlo
en algo así como «la estrella del Régimen», de ahí que le encarguen un musical
que pueda competir con os grande éxitos usamericanos. Establecidos, como
cuartel de operaciones, en el famoso Hotel Adlon, próximo a la Puerta de
Brandenburgo, la compañía se somete a la vergüenza de contrariar sus principios
políticos hasta que, andando el tiempo, la situación social empeora y la
brutalidad del Régimen acaba haciéndoles imposible seguir adelante con ese
contrato que tiene todos los visos de ser un auténtico pacto con el diablo.
No adelanto el resto de la obra, porque
esas tensiones intragrupales en la compañía, más el drama del artista que es
capaz de venderse por alcanzar la gloria, tiene un desarrollo notable, aunque,
todo se ha de decir, algo previsible. La realización mezcla fondos documentales
de archivo con la recreación bastante aceptable de la época, y aunque hay un
fallo de reparto en la elección de Hitler, el alto mando nazi interpretado por
Rober Carlyle es sobresaliente. La directora es la hermana mayor del
protagonista, pero este confiesa haber estado casi quince años estudiando el
claqué antes de ponerse en la piel del protagonista, ¡y a fe que le lucen!,
porque tanto en los solos como en las coreografías corales se exhibe como un
consumado dominador de tan difícil arte. Jeremy Pien es, con todo, mundialmente
conocido por sus trabajos en diferentes series y películas, aunque nunca antes
con el protagonismo que adquiere en esta, por supuesto. No me parece una
interpretación redonda, la suya, y el personaje presenta ciertas carencias
psicológicas que lo convierten en alguien vulnerable, acaso en exceso. Y sí, la
sed de triunfo ciega, por supuesto, pero incluso el propio Fritz Lang, hijo de
madre judía convertida al catolicismo, rechazo la tentadora oferta de Goebbels
de convertirse en el factótum del cine alemán bajo su control ideológico, está
claro.


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