El final del nazismo visto a través de los ojos de un niño.
Título original: Amrum
Año: 2025
Duración: 93 min.
País: Alemania
Dirección: Fatih Akin
Guion: Fatih Akin, Hark Bohm
Reparto: Diane Kruger; Laura
Tonke; Jasper Billerbeck; Detlev Buck; Lisa Hagmeister; Matthias Schweighöfer;
Kian Köppke; Hark Bohm; Lars Jessen; Steffen Wink.
Música: Hainbach
Fotografía: Karl Walter
Lindenlaub.
Pues sí, he
necesitado casi una semana para reponerme de la contundente emoción con que salimos,
mi Conjunta y yo, de la contemplación en el cine de esta película sobre cuyas
bondades habíamos leído, aunque hemos comprobado que los elogios se quedaban
pequeños, dada la joya que hemos visto. En el guion leímos la participación de
Hark Bohm, y, a posteriori, ya en casa, y después de haber leído más sobre
ella, constatamos que era el viejo que aparecía al final de la película,
encarnación del niño que protagoniza la película, una interpretación que se te
mete en las entretelas el corazón y te desgarra al tiempo que te maravilla,
luego explicaré por qué. Bohm, por lo tanto, nos ha contado, a través de Fatih
Akin, su niñez en esa isla de Amrum en los momentos finales del hundimiento de
la barbarie nazi, disfrazada de una supremacía cultural y genética de la raza aria que tantos
alemanes compraron en las elecciones de 1933 que llevaron a Hitler, hasta
entonces un payaso político, a la Cancillería y a la supresión de la democracia
en Alemania.
Lo excepcional
de esta película es que ese hundimiento convive en la isla con muy distintas
posiciones frente al terror político nazi, y, por desgracia para el protagonista,
su madre encarna la defensa vehemente, apasionada, del cabo austriaco que quiso
imponer su Reich a Europa y al mundo. Desde ese «culto» es desde el que nuestro
maravilloso protagonista, un niño de doce años, Nanning, va ser tildado por la
madre de llorica blandengue, una actitud como la que, para ella, ha propiciado
la derrota del nazismo. El grado de alienación aria de la señora es de mucho
cuidado, y, si solo la afectara a ella, allá se las compusiera, pero el hijo
mayor que trabaja en los campos de patatas, recogiéndolas y plantándolas, para
ayudar en la casa, ha de sufrir ese trato por parte de a quien él trata con un
amor que la madre en modo alguno merece.
Expuestos casi
a la miseria, no tardan en llegar a la isla otros niños, refugiados alemanes de
Polonia que han de compartir con los habitantes de la isla el espacio y la
comida. Hacia el final de la película, cuando Nanning lucha por conseguirle a
su madre, que acaba de parir, lo único que ella desea de verdad: pan blanco con
mantequilla y miel, se produce un enfrentamiento entre Nanning y ellos que nos
ofrecerá uno de los momentos más emotivos de la película.
La isla, de la
que se nos ofrece una visión muy reducida, jamás en su totalidad, situada en el
mar del Norte, a pocos quilómetros de la frontera con Dinamarca, posee una belleza
arrebatadora y la fotografía de Karl
Walter Lindenlaub sabe explotar convenientemente toda su belleza, un conjunto
de imágenes terrestres, marinas y célicas que, además de servir de decorado a
las pequeñas y grandes aventuras del menudo personaje, tienen una personalidad
propia y unos rasgos que invitan a la contemplación serena en la que el alma se
abisma para encontrarse a sí misma. Nanning, sin embargo, solo podrá llegar a
encontrarse a sí mismo en el futuro, cuando crezca y recuerde sus experiencias,
a medio camino entre los libros de aventuras y los folletines sociales. Lo que
el guionista y el director han preservado de un modo excepcional es lo que, a
mi juicio, es lo más valioso de la película: la mirada inquisidora de un niño
que mira y no comprende tantas reacciones dolorosas en su entorno, algunas difíciles
de digerir o, dada la edad, imposibles de asimilar o simplemente comprender. La
película, por lo tanto, es una apología contante de los buenos sentimientos del
niño que pertenece a las juventudes hitlerianas, que tiene su pequeño uniforme
y que, sin embargo, logra estrechar una amistad con un niño de la isla, porque
los demás lo rechazan como un forastero, pero su familia tiene la casa en la
isla y van cada verano desde tiempos inmemoriales. Y ese es otro tema, el de la
pertenencia a un lugar, el del vínculo a unas tierras y unas gentes que parecen
esgrimir frente a él unos «derechos de propiedad» que lo excluyen. En la medida
en que se trata de una tierra cuyos habitantes han practicado la emigración,
sobre todo a Usamérica, a la que hay referencias muy jugosas en el desarrollo de
la acción, uno de los vecinos dice un día algo que él puede hacer suyo: los
verdaderos habitantes de Amrum acaban yéndose a trabajar al extranjero, los de
Amrum «son los que se van de ella»...
Laa
diferencias sociales entre los militares bien situados en el régimen hitleriano
y los pobres pescadores y agricultores de la isla son constantes, pero en esos
momento de hundimiento del Régimen, son precisamente los «poderosos» quienes
peor lo van a pasar, como le ocurre a su madre y a su tío. Este último, ante las
noticias que hablan de la capitulación del ejército, decide suicidarse, una
escena que contempla Nanning cuando va a pedirle ayuda en nombre de su madre;
la madre, ante la imposibilidad de que la moneda nazi tenga algún valor, ha de
recurrir, en un momento de debilidad, a robar en la carnicería, una escena que
es contemplada por Nanning, sin decir nada, con un asombro que expresa perfectamente
el hundimiento moral de ese Régimen bárbaro que se disfrazó de cultura superior
ante los alemanes durante poco más,
¡afortunadamente!, de una década.
Aunque
Hitchcock recomendaba no rodar con niños, él también los usó y con gran éxito, pero
en esta ocasión, en que la excepcional actuación de Jasper Billerbeck te roba
el corazón desde que aparece en pantalla, es el jovencísimo actor quien carga
con todo el peso de la película y la saca adelante con un nivel de
verosimilitud que consigue hacernos entrar en la trama como espectadores
privilegiados que no piensan más que en que todo cuanto emprenda le salga bien
y reciba el menor daño posible, a pesar, insisto, de la madre cruel y fanática
que no valora casi nada de cuanto hace por ella, para ganarse su aprobación.
El personaje de Nanning es, sobre todo, un punto de vista, no diré que
imperturbable, porque cuanto vive le afecta, aunque no acabe de comprenderlo
del todo, pero desde su absoluta seriedad tenemos a veces la impresión de que
es una mirada que sabe captar el pulso esencial de los acontecimientos que está
viviendo, de ahí la serenidad con que, con el cadáver de su tío al otro lado
del pasillo, una perspectiva que parece casi de película de terror, el niño
abre la alacena donde su tío preservaba los alimentos que escaseaban, azúcar,
miel, etc., y se los lleva para poder brindar a su madre el manjar que deseaba.
Los niveles de
emoción que se concentran en algunos episodios de la película son tan
impactantes que solo a posteriori se percata uno de que son así porque
responden a vivencias reales, no imaginadas. De hecho, Fathi Akin se ha puesto
al servicio de una película que Hark Bohm, también el cineasta, no pudo rodar,
y aunque aparece al final de la película, representando al Nanning viejo, murió
seis meses después del estreno. ¡Menuda despedida! La película, ya se pueden
figurar, es una maravilla que me aventuro a pronosticar que estará siempre de
moda, porque tiene voluntad de clásico.

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