viernes, 8 de mayo de 2026

«La isla de Amrum», de Fatih Akin, o los despojos de la épica.

El final del nazismo visto a través de los ojos de un niño.

 

Título original:  Amrum

Año: 2025

Duración: 93 min.

País: Alemania

Dirección: Fatih Akin

Guion: Fatih Akin, Hark Bohm

Reparto: Diane Kruger; Laura Tonke; Jasper Billerbeck; Detlev Buck; Lisa Hagmeister; Matthias Schweighöfer; Kian Köppke; Hark Bohm; Lars Jessen; Steffen Wink.

Música: Hainbach

Fotografía: Karl Walter Lindenlaub.

 

          Pues sí, he necesitado casi una semana para reponerme de la contundente emoción con que salimos, mi Conjunta y yo, de la contemplación en el cine de esta película sobre cuyas bondades habíamos leído, aunque hemos comprobado que los elogios se quedaban pequeños, dada la joya que hemos visto. En el guion leímos la participación de Hark Bohm, y, a posteriori, ya en casa, y después de haber leído más sobre ella, constatamos que era el viejo que aparecía al final de la película, encarnación del niño que protagoniza la película, una interpretación que se te mete en las entretelas el corazón y te desgarra al tiempo que te maravilla, luego explicaré por qué. Bohm, por lo tanto, nos ha contado, a través de Fatih Akin, su niñez en esa isla de Amrum en los momentos finales del hundimiento de la barbarie nazi, disfrazada de una supremacía cultural  y genética de la raza aria que tantos alemanes compraron en las elecciones de 1933 que llevaron a Hitler, hasta entonces un payaso político, a la Cancillería y a la supresión de la democracia en Alemania.

          Lo excepcional de esta película es que ese hundimiento convive en la isla con muy distintas posiciones frente al terror político nazi, y, por desgracia para el protagonista, su madre encarna la defensa vehemente, apasionada, del cabo austriaco que quiso imponer su Reich a Europa y al mundo. Desde ese «culto» es desde el que nuestro maravilloso protagonista, un niño de doce años, Nanning, va ser tildado por la madre de llorica blandengue, una actitud como la que, para ella, ha propiciado la derrota del nazismo. El grado de alienación aria de la señora es de mucho cuidado, y, si solo la afectara a ella, allá se las compusiera, pero el hijo mayor que trabaja en los campos de patatas, recogiéndolas y plantándolas, para ayudar en la casa, ha de sufrir ese trato por parte de a quien él trata con un amor que la madre en modo alguno merece.

          Expuestos casi a la miseria, no tardan en llegar a la isla otros niños, refugiados alemanes de Polonia que han de compartir con los habitantes de la isla el espacio y la comida. Hacia el final de la película, cuando Nanning lucha por conseguirle a su madre, que acaba de parir, lo único que ella desea de verdad: pan blanco con mantequilla y miel, se produce un enfrentamiento entre Nanning y ellos que nos ofrecerá uno de los momentos más emotivos de la película.

          La isla, de la que se nos ofrece una visión muy reducida, jamás en su totalidad, situada en el mar del Norte, a pocos quilómetros de la frontera con Dinamarca, posee una belleza arrebatadora y la fotografía de  Karl Walter Lindenlaub sabe explotar convenientemente toda su belleza, un conjunto de imágenes terrestres, marinas y célicas que, además de servir de decorado a las pequeñas y grandes aventuras del menudo personaje, tienen una personalidad propia y unos rasgos que invitan a la contemplación serena en la que el alma se abisma para encontrarse a sí misma. Nanning, sin embargo, solo podrá llegar a encontrarse a sí mismo en el futuro, cuando crezca y recuerde sus experiencias, a medio camino entre los libros de aventuras y los folletines sociales. Lo que el guionista y el director han preservado de un modo excepcional es lo que, a mi juicio, es lo más valioso de la película: la mirada inquisidora de un niño que mira y no comprende tantas reacciones dolorosas en su entorno, algunas difíciles de digerir o, dada la edad, imposibles de asimilar o simplemente comprender. La película, por lo tanto, es una apología contante de los buenos sentimientos del niño que pertenece a las juventudes hitlerianas, que tiene su pequeño uniforme y que, sin embargo, logra estrechar una amistad con un niño de la isla, porque los demás lo rechazan como un forastero, pero su familia tiene la casa en la isla y van cada verano desde tiempos inmemoriales. Y ese es otro tema, el de la pertenencia a un lugar, el del vínculo a unas tierras y unas gentes que parecen esgrimir frente a él unos «derechos de propiedad» que lo excluyen. En la medida en que se trata de una tierra cuyos habitantes han practicado la emigración, sobre todo a Usamérica, a la que hay referencias muy jugosas en el desarrollo de la acción, uno de los vecinos dice un día algo que él puede hacer suyo: los verdaderos habitantes de Amrum acaban yéndose a trabajar al extranjero, los de Amrum «son los que se van de ella»...

          Laa diferencias sociales entre los militares bien situados en el régimen hitleriano y los pobres pescadores y agricultores de la isla son constantes, pero en esos momento de hundimiento del Régimen, son precisamente los «poderosos» quienes peor lo van a pasar, como le ocurre a su madre y a su tío. Este último, ante las noticias que hablan de la capitulación del ejército, decide suicidarse, una escena que contempla Nanning cuando va a pedirle ayuda en nombre de su madre; la madre, ante la imposibilidad de que la moneda nazi tenga algún valor, ha de recurrir, en un momento de debilidad, a robar en la carnicería, una escena que es contemplada por Nanning, sin decir nada, con un asombro que expresa perfectamente el hundimiento moral de ese Régimen bárbaro que se disfrazó de cultura superior ante los alemanes durante  poco más, ¡afortunadamente!, de una década.

          Aunque Hitchcock recomendaba no rodar con niños, él también los usó y con gran éxito, pero en esta ocasión, en que la excepcional actuación de Jasper Billerbeck te roba el corazón desde que aparece en pantalla, es el jovencísimo actor quien carga con todo el peso de la película y la saca adelante con un nivel de verosimilitud que consigue hacernos entrar en la trama como espectadores privilegiados que no piensan más que en que todo cuanto emprenda le salga bien y reciba el menor daño posible, a pesar, insisto, de la madre cruel y fanática que no valora casi nada de cuanto hace por ella, para ganarse su aprobación. El personaje de Nanning es, sobre todo, un punto de vista, no diré que imperturbable, porque cuanto vive le afecta, aunque no acabe de comprenderlo del todo, pero desde su absoluta seriedad tenemos a veces la impresión de que es una mirada que sabe captar el pulso esencial de los acontecimientos que está viviendo, de ahí la serenidad con que, con el cadáver de su tío al otro lado del pasillo, una perspectiva que parece casi de película de terror, el niño abre la alacena donde su tío preservaba los alimentos que escaseaban, azúcar, miel, etc., y se los lleva para poder brindar a su madre el manjar que deseaba.

          Los niveles de emoción que se concentran en algunos episodios de la película son tan impactantes que solo a posteriori se percata uno de que son así porque responden a vivencias reales, no imaginadas. De hecho, Fathi Akin se ha puesto al servicio de una película que Hark Bohm, también el cineasta, no pudo rodar, y aunque aparece al final de la película, representando al Nanning viejo, murió seis meses después del estreno. ¡Menuda despedida! La película, ya se pueden figurar, es una maravilla que me aventuro a pronosticar que estará siempre de moda, porque tiene voluntad de clásico.

           

No hay comentarios:

Publicar un comentario