Título original: The Painted Smile
Año: 1962
Duración: 57 min.
País: Reino Unido
Dirección: Lance Comfort
Guion: Pip Baker, Jane Baker. Idea: Brock Williams
Reparto: Liz Fraser; Kenneth Griffith; Peter Reynolds; Tony Wickert; Craig Douglas; Nanette Newman; Ray Smith; David Hemmings; Harold Berens; Grazina Frame; Richard McNeff; Gerald Sim.
Música: Martin Slavin
Fotografía:Basil Emmott (B&W).
Título original: Blind Corner
Año: 1964
Duración: 75 min.
País: Reino Unido
Dirección: Lance Comfort
Guion: James Kelley, Peter Miller. Historia: Vivian Kemble
Reparto: William Sylvester:; Barbara Shelley; Elizabeth Shepherd; Alexander
Davion; Mark Eden;
Ronnie Carroll; Frank Forsyth; Edward Evans; Joy Allen; Unity Greenwood.
Fotografía: Basil Emmott
(B&W).
Herederas de las Quota Quickies, dos muestras del dominio del cine de intriga criminal de un olvidado Lance Comfort.
Después de las famosas Quota Quickies británicas, sistema
de fomento del cine británico que duró hasta casi los 40 del pasado siglo,
aunque el sistema de financiación público se extendió hasta 1985, algo así como
la excepción cultural francesa, porque en ambos casos privilegiaban
económicamente, con un amplio abanico de medidas, a las producciones nacionales
frente a la invasión usamericana, el cine británico dedicó buena parte de sus
esfuerzos a la realización de películas de bajo presupuesto pero muy sólidas técnica
y artísticamente. Películas que ni siquiera llegaban a la duración estándar de
hora y media y que facilitaban la creación de programas dobles. En ese contexto
han de enmarcarse las dos películas de trama criminal que hemos escogido como
muestra de unos modos de hacer cine que crearon una sólida industria en la que
se formaron no pocos cineastas que luego tendrían un porvenir brillante, como
David Lean, Carol Reed, Charles Crichton, etc.
Lance Comfort comenzó en la industria
desde roles muy auxiliares hasta convertirse en cameraman, ayudante de dirección
y, finalmente, en director. Su base clásica y su dominio de la narración
consiguen que el público se interese rápidamente por la trama de cada película,
que se desarrolla sin digresiones que interrumpan la línea central de la
intriga, puesto que se trata de películas con un trama criminal que enseguida
atrapa, no tanto el ¿quién lo hizo?, el Whodunit,
clásico, cuanto el planteamiento riguroso del asunto, la ajustada creación de
los personajes centrales del conflicto y un desarrollo casi vertiginoso que no
deja lugar ni a la morosidad ni al descriptivismo. Curiosamente, en un vídeo de
agradecimientos por un premio recibido, John Cleese incluía a un tal John
Comfort, y me llamó la atención si el tal sería familiar de nuestro director,
Lance Comfort, y en efecto, así resultó ser. Dedicado a la labor de director de
producción, desempeñó con éxito su profesión en películas como The Rocky Horror Picture Show, de Jim
Sharman, Moonraker, de Lewis Gilbert y Un pez llamado Wanda, de Charles
Crichton.
En diez largometrajes, además de en
numerosos episodios de series televisivas había trabajado David Hemmings antes
de aparecer, como secundario con un papel discreto en The Painted Smile,
el título de la canción que se interpreta en la película, que fue titulada en
Usamérica Murder Can Be Deadly. Posteriormente alcanzaría una fama
universal con películas como Jules et Jim, o Fahrenheit 451, ambas
de Truffaut, entre otras. Al cinéfilo le llama la atención verlo aquí en un
papel que en modo alguno hace presagiar su carrera posterior.
Ajustado al esquema de cine negro, thriller
o trama policial, The Painted Smile, sin explicar del todo las
relaciones entre los principales personajes ni el porqué del primer asesinato
que lo desencadena todo, cometido a sangre fría por un hombre cojo, cuyo andar
con un zapato ortopédico más alto lo delata enseguida, nos sitúa en un mundo de
cabareteras y delincuentes de medio pelo en el que tres incautos estudiantes,
ya talluditos, van a funcionar como pipiolos sobre los que se abatirá el
designio de una mujer que se ha comprometido a atraer al nido ominoso al más
ingenuo pardillo que encuentre. Tras haber bebido hasta la extenuación, un
joven se deja llevar a ese nido por la cabaretera que obedece las órdenes de su
chulo, aunque no sepa exactamente con qué finalidad. Como el cojo se le adelanta
y mata al chulo, ella recibe las órdenes del asesino para deshacerse del
cadáver. En ese momento entramos en una espiral de ocultaciones y persecuciones
que llevan a los dos amigos del joven a buscarlo por donde creen que pueden
hallar alguna pista y al joven, que se siente perseguido por un coche de
policía, a abandonarlo con el cadáver dentro y huir desesperadamente de ser
atrapado y acusado de haber matado al ocupante muerto del coche. La acción está
servida y muy bien llevada. La persecución a pie de los policías es espléndida,
y más aún lo será, tiempo después, el desenlace en un escenario de dunas, donde
el joven y la cabaretera son perseguidos por el mafioso cojo.
La escena del club donde celebran los jóvenes
que el protagonista ha sido premiado por un diseño profesional con cien libras,
incluye una actuación musical a cargo de Craig Duglas, un vocalista de corta
carrera, apenas una década, y que popularizó en UK el hit de Sam Cooke, Only
sixteen. Acabó cantando en cruceros. Un tipo de vocalista, al estilo de Cliff
Richard y Engelbert Humperdinck, que no pudo competir con artistas emergentes
como Joe Cocker o Tom Jones, por ejemplo.
El poder sintetizador de Comfort es
extraordinario, y no hay secuencia que no sirva para hacer adelantar la trama
sin que ello implique la más mínima confusión para el espectador. Los protagonistas,
y especialmente el malvado, son un acierto de casting, porque ninguno de ellos
es artista de relumbrón, pero todos tienen un nivel de actuación propio de la
escuela teatral y cinematográfica inglesa.
Blind Corner, por su parte, de
guion tan parco como la anterior, gira en torno a un asesinato por interés, en
este caso el de un músico ciego que, en vez de dedicarse a la música seria, es
compositor de éxitos de música moderna, y aquí es donde vuelve a entrar un
cantante de moda en aquellos tiempos, lo que contribuía a servir como reclamo.
En este caso se trata de Ronnie Carroll, de carrera poco exitosa, un modelo de
baladista poco expresivo corporalmente, pero con una voz melodiosa y agradable,
de las “aterciopeladas”, muy del estilo del famoso Cliff Richard. Representó a Gran
Bretaña dos veces seguidas en Eurovisión y, como Craig Duglas, acabó trabajando en orquesta de cruceros y,
finalmente, como candidato electoral de pequeños partidos. Ya se advierte que
el «artesano» Comfort podía rodar películas de cualquier género, y por supuesto
musicales, un género muy aplaudido por la audiencia. Cómo será la pericia de
Comfort que hasta el sosísimo Carroll sale bien en los dos números que le toca
interpretar.
La historia de la esposa adúltera y
ambiciosa que seduce a un amante para acabar con el marido y quedarse con el
dinero y el estatus social que este le depara habrá sido mil veces filmada en
el cine, acaso porque atiende a una de esas constantes clásicas de las
relaciones humanas. En este caso, el marido es ciego, lo cual añade a la
urdimbre del engaño una dimensión moral evidente. Lo que sucede es que el
marido, además de un músico de éxito, es también una persona inteligente, capaz
de entender qué está pasando ante sus ojos, sin necesidad de abrirlos. Es
cierto que recurre a los mínimos servicios de la secretaria que está, como
exige el guion, caladita hasta los huesos por él, una mujer hermosa, leal y
trabajadora, que no entiende como su «jefe» puede estar enamorado de una mujer
tan vulgar como su esposa. Así que el músico sabe lo que se urde a sus
espaldas, comienza un desenlace que se toma su tiempo y que tiene una
progresión magnífica, así como una «sorpresa» que coge desprevenido al
espectador, y aunque ello cae del lado de lo sólidamente establecido en este
tipo de historias, no será este crítico quien se la chafe a los espectadores.
La causticidad del músico, destilada
por cierta amargura debida a su condición, choca con quienes lo rodean, porque
el personaje desarrolla una superioridad en la que no parece necesitar nunca a
nadie, si bien es cierto que su inclinación al alcohol algo tiene que ver con
todo el asunto. El protagonista borda la interpretación de dicho personaje, lo
cual contribuye a aceptar la verosimilitud de las diferentes situaciones y permite valorar como
se debe el esfuerzo del elenco por persuadir a los espectadores de lo que la
historia cuenta. Muy curiosas son las escenas en las que la mujer del músico se
complace en acariciar a su amante y besarlo ante su marido, para incomodidad
del pintor, porque esa condición artística es la que justifica que ella pase
tantas horas con él: le hace el retrato, contratado por el propio marido,
siempre atento a satisfacer los deseos de su esposa, hasta que...; pero por
esos puntos suspensivos solo ha de adentrarse el espectador que, para una tarde
relajada de cine sin complicaciones y con muy buen nivel, vea estas dos
películas de un director rescatado en esta crítica del más lacerante de los
olvidos. Y como él, no me cabe duda, habrá cientos...
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