sábado, 25 de julio de 2026

«Urchin», de Harris Dickinson, el nuevo cine social británico.

 

Los sintecho o los nuevos vecinos: la supervivencia en los márgenes...

 

Título original: Urchin

Año: 2025

Duración: 99 min.

País: Reino Unido

Dirección: Harris Dickinson

Guion: Harris Dickinson

Reparto: Frank Dillane; Megan Northam; Diane Axford; Murat Erkek; Moe Hashim; Amr Waked; Shonagh Marie; Karyna Khymchuk; Okezie Morro; Natasha Sparkes; Oriana White.

Música: Alan Myson

Fotografía: Josée Deshaies.

 

No hace mucho un responsable del Ayuntamiento dijo, a propósito de los sintecho de la zona del barrio de Sant Antoni, en Barcelona, que los numerosos marginados cuyas peleas y deposiciones públicas degradan el espacio urbano eran nuestros «nuevos vecinos» y que nuestro deber era preocuparnos por ellos. Dicho en plata: se lavaban las manos olímpicamente (que es como se suele hacer en BCN después de los JJOO) y renunciaban a buscar una salida a tan deplorable situación. Parece que han rectificado, porque están desmantelando buena parte de los espacios de «convivencia» creados por Colau, lo cual impedirá los «asentamientos».

Como vecinos de ese barrio, pues, hemos visto mi Conjunta y yo esta primera película de un joven actor que va adquiriendo cierto renombre: Harris Dickinson. Se trata de una película de profundo contenido social que aborda la vida de un personaje que vive en la calle desde una perspectiva a medio camino entre el cine neorrealista, pero sin la empatía con el patetismo de las aciagas vidas retratadas en él, y el cine documental, pero sin renunciar a la elaboración de un retrato psicológico del personaje cuya condición da título a la película, porque urchin designa en inglés al pilluelo que vive a su aire en la calle sin relación con adultos que sean responsables de él, los «gamines» colombianos serían el equivalente, aunque el protagonista, Mike, es mayor que el promedio de esos gamines, si bien todos hacen lo mismo: cometer pequeños delitos y evadirse de su dura realidad mediante la droga.

Parte del Ensanche barcelonés es, también, lugar de acampada de personajes como el de la película, de ahí que no nos haya sorprendido en absoluto la vida errática, desamparada y muy adversa de un joven que roza la patología mental, tan frecuente en los habitantes de la calle, muchos de ellos tan jóvenes como el protagonista, lo cual nos deja siempre el regusto amargo de que las autoridades no han hecho ni lo más mínimo para tratar de solventar un problema urbano cuya resolución no depara medallas honrosas que se puedan publicitar en los medios, pero sí acreditaría la humanidad básica de una actividad política que parece rehuir todos estos problemas «menores», por más que nunca lo sea el hecho muy doloroso de ver cómo algunas personas no pueden salir de un camino inexorable de autodestrucción.

El intérprete de Urchin, Frank Dillane —de sorprendente parecido con el joven Johnny Depp— lleva a cabo una representación de extraordinaria calidad, porque es capaz de expresar los muy complejos estados emocionales de un joven que no logra abrirse camino en la vida y ha de recurrir al hurto para sobrevivir. En un momento de la historia establece relación con un joven que lo separa de otro colega que, al parecer, le había robado la cartera. El joven que los separa lo invita a tomar un té, pero, en el camino hacia la cafetería, Mike agrede a su acompañante y le roba la cartera y el reloj, que vende inmediatamente para monetizarlo. Es detenido y condenado a varios meses de cárcel. Y aquí entran en acción los servicios rehabilitadores del Estado, que le buscan alojamiento y un trabajo como ayudante de cocina en un restaurante de medio pelo, en el que se sucederán los contratiempos debidos a su incapacidad para adaptarse a lo que entendemos como vida «normal», porque la soledad en que vive, en una residencia totalmente impersonal, y los sueños de grandeza que alberga: ¡nada menos que crear una empresa de limusinas!, pero, cuando interrogado por la joven con quien congenia hacia el último tramo de la película, cuando «desciende» de cocinero a basurero, si su aspiración vital es ser conductor de limusinas, él responde, todo digno, que no, que él será el propietario de la empresa y contratará chóferes. La amiga, con quien comparte un tramo de la película, aunque los separe el que él se quede en la calle, sin residencia, y no tenga dónde ir, porque ella vive en una caravana minúscula donde no está dispuesta a acogerlo; ella, decía, le revela a Mike que tiene la ambición social de ahorrar para convertir su caravana en una food truck, es decir, una gastroneta, como se suele decir desde no hace mucho, aunque aún no está aceptada por la RAE, y el desprecio con que él le dice si cree que eso es triunfar en la vida determina la separación de ambos.

Urchin es una película dolorosa, pero ni se enfatiza  ese dolor ni se buscan responsables externos de la terrible situación ni, tampoco, se nos dan muchas explicaciones de cómo la evolución del personaje lo ha conducido a su situación presente, donde la película lo descubre durmiendo en la calle. Una ferviente predicadora, posiblemente evangélica, lo despierta y, entonces, se inicia el periplo que lo llevará a la cárcel, al intento de rehabilitación, a la entrevista con el joven al que agredió y robó, y al final de la película cuya sorpresa no le chafo a los posibles espectadores.

He leído que algunos relacionan esta película con el cine de Ken Loach, pero el análisis más o menos profundo que hace Loach del declive de la clase trabajadora en Gran Bretaña tiene poco que ver con esta suerte de Midnight Cowboy de barriada que alimenta sueños de CEO mientras se despeña por la incomprensión radical de sí mismo y de su situación, sin que haya, en ningún momento, revelación alguna que pueda apartarlo de un camino que parece predeterminado por el más hijoputa de los azares imaginable.

Sí, es cierto que hay determinados elementos simbólicos en la película que intentan expresar visualmente posibilidades que se niegan y laberintos luminosos que esconden una condena, pero no es de extrañar que sean el último refugio de la alteración sensorial que provocan las drogas. Por otro lado, el de la dureza de la vida en la calle, es muy curiosa la sensación que tiene el espectador de ver en primer plano la vida de Mike, pero superpuesta sobre el fondo de una vida corriente y moliente de la que parece estar a una distancia sideral. Se trata, imagino, de una distorsión propia del ojo del espectador, quien, tan impactado por presencia tan lamentable, no tiene más visión que la muy impactante del personaje, quien se recorta sobre ese fondo de normalidad al que, por supuesto, no pertenece.

No voy a defender que pasarán un rato excelente viendo esta película, porque no es verdad, pero se trata de una película valiente que se arriesga a levantar el retrato de un ser marginal y de imposible rehabilitación, y que bordea la enfermedad mental, todo ello narrado sin caer en lo melodramático ni en la exhibición lastimera de la miseria ni en la frialdad del mero documental. Recordemos que se trata, además, de la ópera prima del autor.

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