Los sintecho o los nuevos vecinos: la supervivencia en los márgenes...
Título original: Urchin
Año: 2025
Duración: 99 min.
País: Reino Unido
Dirección: Harris Dickinson
Guion: Harris Dickinson
Reparto: Frank Dillane; Megan Northam; Diane Axford; Murat Erkek; Moe
Hashim; Amr Waked; Shonagh Marie; Karyna Khymchuk; Okezie Morro; Natasha
Sparkes; Oriana White.
Música: Alan Myson
Fotografía: Josée Deshaies.
No hace mucho un
responsable del Ayuntamiento dijo, a propósito de los sintecho de la zona del
barrio de Sant Antoni, en Barcelona, que los numerosos marginados cuyas peleas
y deposiciones públicas degradan el espacio urbano eran nuestros «nuevos
vecinos» y que nuestro deber era preocuparnos por ellos. Dicho en plata: se
lavaban las manos olímpicamente (que es como se suele hacer en BCN después de
los JJOO) y renunciaban a buscar una salida a tan deplorable situación. Parece
que han rectificado, porque están desmantelando buena parte de los espacios de «convivencia»
creados por Colau, lo cual impedirá los «asentamientos».
Como vecinos de ese
barrio, pues, hemos visto mi Conjunta y yo esta primera película de un joven
actor que va adquiriendo cierto renombre: Harris Dickinson. Se trata de una
película de profundo contenido social que aborda la vida de un personaje que
vive en la calle desde una perspectiva a medio camino entre el cine
neorrealista, pero sin la empatía con el patetismo de las aciagas vidas
retratadas en él, y el cine documental, pero sin renunciar a la elaboración de
un retrato psicológico del personaje cuya condición da título a la película,
porque urchin designa en inglés al pilluelo que vive a su aire en la
calle sin relación con adultos que sean responsables de él, los «gamines» colombianos
serían el equivalente, aunque el protagonista, Mike, es mayor que el promedio
de esos gamines, si bien todos hacen lo mismo: cometer pequeños delitos y
evadirse de su dura realidad mediante la droga.
Parte del Ensanche barcelonés
es, también, lugar de acampada de personajes como el de la película, de ahí que
no nos haya sorprendido en absoluto la vida errática, desamparada y muy adversa
de un joven que roza la patología mental, tan frecuente en los habitantes de la
calle, muchos de ellos tan jóvenes como el protagonista, lo cual nos deja
siempre el regusto amargo de que las autoridades no han hecho ni lo más mínimo
para tratar de solventar un problema urbano cuya resolución no depara medallas
honrosas que se puedan publicitar en los medios, pero sí acreditaría la
humanidad básica de una actividad política que parece rehuir todos estos
problemas «menores», por más que nunca lo sea el hecho muy doloroso de ver cómo
algunas personas no pueden salir de un camino inexorable de autodestrucción.
El intérprete de
Urchin, Frank Dillane —de sorprendente parecido con el joven Johnny Depp— lleva
a cabo una representación de extraordinaria calidad, porque es capaz de expresar
los muy complejos estados emocionales de un joven que no logra abrirse camino
en la vida y ha de recurrir al hurto para sobrevivir. En un momento de la
historia establece relación con un joven que lo separa de otro colega que, al
parecer, le había robado la cartera. El joven que los separa lo invita a tomar
un té, pero, en el camino hacia la cafetería, Mike agrede a su acompañante y le
roba la cartera y el reloj, que vende inmediatamente para monetizarlo. Es
detenido y condenado a varios meses de cárcel. Y aquí entran en acción los
servicios rehabilitadores del Estado, que le buscan alojamiento y un trabajo
como ayudante de cocina en un restaurante de medio pelo, en el que se sucederán
los contratiempos debidos a su incapacidad para adaptarse a lo que entendemos
como vida «normal», porque la soledad en que vive, en una residencia totalmente
impersonal, y los sueños de grandeza que alberga: ¡nada menos que crear una
empresa de limusinas!, pero, cuando interrogado por la joven con quien congenia
hacia el último tramo de la película, cuando «desciende» de cocinero a basurero,
si su aspiración vital es ser conductor de limusinas, él responde, todo digno,
que no, que él será el propietario de la empresa y contratará chóferes. La
amiga, con quien comparte un tramo de la película, aunque los separe el que él
se quede en la calle, sin residencia, y no tenga dónde ir, porque ella vive en
una caravana minúscula donde no está dispuesta a acogerlo; ella, decía, le
revela a Mike que tiene la ambición social de ahorrar para convertir su
caravana en una food truck, es decir, una gastroneta, como se
suele decir desde no hace mucho, aunque aún no está aceptada por la RAE, y el
desprecio con que él le dice si cree que eso es triunfar en la vida determina
la separación de ambos.
Urchin es una
película dolorosa, pero ni se enfatiza ese dolor ni se buscan responsables externos de
la terrible situación ni, tampoco, se nos dan muchas explicaciones de cómo la
evolución del personaje lo ha conducido a su situación presente, donde la
película lo descubre durmiendo en la calle. Una ferviente predicadora,
posiblemente evangélica, lo despierta y, entonces, se inicia el periplo que lo
llevará a la cárcel, al intento de rehabilitación, a la entrevista con el joven
al que agredió y robó, y al final de la película cuya sorpresa no le chafo a
los posibles espectadores.
He leído que algunos
relacionan esta película con el cine de Ken Loach, pero el análisis más o menos
profundo que hace Loach del declive de la clase trabajadora en Gran Bretaña tiene
poco que ver con esta suerte de Midnight Cowboy de barriada que alimenta
sueños de CEO mientras se despeña por la incomprensión radical de sí mismo y de
su situación, sin que haya, en ningún momento, revelación alguna que pueda apartarlo
de un camino que parece predeterminado por el más hijoputa de los azares
imaginable.
Sí, es cierto que hay
determinados elementos simbólicos en la película que intentan expresar
visualmente posibilidades que se niegan y laberintos luminosos que esconden una
condena, pero no es de extrañar que sean el último refugio de la alteración
sensorial que provocan las drogas. Por otro lado, el de la dureza de la vida en
la calle, es muy curiosa la sensación que tiene el espectador de ver en primer
plano la vida de Mike, pero superpuesta sobre el fondo de una vida corriente y
moliente de la que parece estar a una distancia sideral. Se trata, imagino, de
una distorsión propia del ojo del espectador, quien, tan impactado por
presencia tan lamentable, no tiene más visión que la muy impactante del personaje,
quien se recorta sobre ese fondo de normalidad al que, por supuesto, no
pertenece.
No voy a defender que
pasarán un rato excelente viendo esta película, porque no es verdad, pero se
trata de una película valiente que se arriesga a levantar el retrato de un ser
marginal y de imposible rehabilitación, y que bordea la enfermedad mental, todo
ello narrado sin caer en lo melodramático ni en la exhibición lastimera de la
miseria ni en la frialdad del mero documental. Recordemos que se trata, además,
de la ópera prima del autor.

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