lunes, 20 de julio de 2026

«El arquitecto», de Stéphane Demoustier, entre el Poder y el Arte.

 



La desconocida y apasionante historia del arquitecto danés del Arche de la Defénse de París: Johan Otto von Spreckelsen.

Título original: L'inconnu de la Grande Arche

Año: 2025

Duración: 105 min.

País:  Francia

Dirección: Stéphane Demoustier

Guion: Stéphane Demoustier. Novela: Laurence Cossé

Reparto: Claes Bang; Sidse Babett Knudsen; Xavier Dolan; Swann Arlaud; Michel Fau; Alessandro Bressanello; Micha Lescot; Olivia Hahn Reichstein; Pierre-François Grunenwald; Jean des Forêts; Ilaria Cabras; Cédric Appietto; Viilbjørk Malling Agger; François Raison; Olivier Marguerit; Patrick Sobelman; Axelle Bossard.

Música: Olivier Marguerit

Fotografía:David Chambille.

 

          Bien podría haber titulado esta crítica Un artista sin nombre en la «corte» de Miterrand, porque El arquitecto es la historia de un desconocido cuyo proyecto gana el proyecto faraónico de arquitectura convocado por Mitterrand para dejar memoria de sí y renovar la grandeur  monumental de Francia en los tiempos pacatos del pragmatismo a ultranza y la cortedad de miras. En cierto modo, se trata de una película que puede encuadrarse en la línea de la exitosa The Brutalist, de Brady Corbet, porque ambas plantean las relaciones del artista con el poder financiero que ha de permitir el desarrollo de determinadas concepciones arquitectónicas, no siempre fáciles de admitir por la sociedad o los propios poderes. El arquitecto narra la historia de cómo un profesional sin renombre y con una obra muy reducida: su propia casa, más cuatro iglesias, protestantes y católicas, es el autor de un proyecto que seduce al jurado, presidido por el propio Presidente de la república francesa, para construir un edificio monumental en el centro del barrio de La Défense, alineado con el eje monumental de la vía real o triunfal que comienza en la estatua ecuestre de Louis XIV, situada en el patio Napoléon del Palacio del Louvre y termina en el Arco de la Défense, pasando por la plaza de la Concordia, la avenida de los Campos Elíseos, la plaza Charles de Gaulle y el puente de Neuilly.

          El arco tomó la forma de un cubo vaciado en su centro, que mide 112 m de longitud, 106.9 m de anchura y 110.9 m de altura. A título anecdótico, para darnos cuenta de la monumentalidad de la obra, cabe decir que en el hueco interior cabe la Catedral de Notre Dame. No estamos hablando, pues, de una obra normal y corriente, sino de un auténtico desafío arquitectónico que exigía una dedicación profesional muy concienzuda para poder hacerla realidad, máxime cuando se trataba de operar en una obra con los alrededores ya construidos y en pleno actividad laboral, y de instalar unos cimientos en unos terrenos que habían de tener en cuenta las infraestructuras ferroviarias, de metro y autopistas. ¡Un verdadero rompecabezas que, por sí mismo, hubiera hecho de la construcción física del edificio una maravillosa película de suspense! Pensemos que los datos nos hablan de que se necesitaron 150.000 m³ de hormigón para los 220.000 m² de forjados y que las 300.000 toneladas que pesa el edificio reposan sobre doce puntos de apoyo, que son pilotes de hormigón, cada uno de los cuales soporta un peso del orden de cuatro veces el de la Torre Eiffel. Si esto no nos acerca a la Física de los grandes números no sé qué otras medidas podrían hacerlo.

          El cine ha tenido, desde siempre, una profunda inclinación por los fenómenos productivos, industriales o agrarios, pero preferentemente los primeros. El arquitecto, obviamente, se centra en el conflicto del creador con la realización técnica de la obra, primero y, después, en un enfrentamiento, ajeno a su persona, entre las diferentes ideologías que ocupan la Presidencia de la Republica y la Presidencia del Gobierno, esta última presidida por Jacques Chirac, quien no está dispuesto a garantizar los fondos necesarios para la realización de una obra que considera pura megalomanía cesarista. El artista premiado, así pues, se enfrenta no solo a los reparos técnicos, sino al condicionamiento político que acabarán desnaturalizando su proyecto, profundamente idealista y defensor de los grandes valores de la Humanidad, todo lo contrario de quienes, desde el ahorro del gasto público, quieren que el proyecto busque financiación privada para poder ser llevado a cabo.

Insisto, aunque está presente la lucha política, lo importante no es el combate de egos políticos, sino la peripecia vital de un arquitecto idealista que quiere ver plasmado su proyecto con arreglo a lo que él ha diseñado, que no calculado, y de esa falta de planificación técnica surgirá el verdadero choque entre el «diseño» y la realización práctica. Las bases del concurso le otorgan al arquitecto el poder de supervisión del desarrollo del proyecto, pero también la obligación de trabajar con empresas franceses y con un arquitecto asociado que se encargue de la materialización del proyecto, una fuente de conflictos que irá superando las previsiones que tenía el autor respecto de la construcción de su cubo, porque él siempre se refiere al edificio como «el cubo». La película, que se adentra en la psicología del autor fiel a su idea y resistente a introducir cambio alguno, explora también de qué manera ese cubo acaba convirtiéndose en una obsesión que lo aleja del principio de realidad que representa su mujer y compañera de trabajo, de quien se aleja hasta el punto de provocar su regreso a Dinamarca. Defender a capa y espada su obra sin atender a ninguna razón acaba transformando su carácter e incluso su personalidad, descubriendo facetas de sí mismo que, cuando vivía feliz con su trabajo de profesor en la universidad, ni siquiera imaginaba que pudiera tener.

La película presta enorme atención a la relación del personaje, Johan Otto von Spreckelsen, con la esfera política francesa al más alto nivel, el del Presidente de la República, y dada su ausencia total de recursos diplomáticos o simplemente mundanos, porque el hombre es de una naturalidad aplastante y una sencillez acorde con la concepción de su arco vaciado, estamos tentados de verlo como al famoso yankee en la corte del rey Arturo, o poco menos. De hecho, cuando revisa el contrato que ha de firmar para seguir adelante con el proyecto, cree que se han equivocado en los honorarios, porque le pagan 25 millones de francos, cuando él creía que no pasaría de dos y medio. Esa parte indómita del creador, alejado del consumo y de las relaciones públicas, lo convierten en lo que supuestamente es cuando nos lo introducen: un aficionado a la pesca a quien un funcionario de Presidencia, que ha de viajar hasta el lago donde estaba pescando, le informa desde la orilla de que han escogido su proyecto en el concurso al que se había presentado sin siquiera dejar referencia de su domicilio o teléfono. Hay, por lo tanto, cierta ingenuidad artística que nos lo asemeja al personaje de El manantial, de King Vidor, aquel trasunto de Frank Lloyd Wright. Curiosamente, el actor escogido, Claes Bang, que comparte protagonismo con quien interpreta a su mujer, Sidse Babett Knudsen, la inolvidable protagonista de Borgen, me ha traído a la memoria la magnética presencia cinematográfica de Sterling Hayden, aunque este danés es algo más tosco, pero, a su manera, consigue una serena expresividad que permite hacerse perfectamente a la idea del calvario que supusieron para él las dificultades que hubieron de vencer para poder construir lo que era su sueño y se convirtió en una pesadilla. El viaje a Italia, en coche, solo, para escoger el mármol de Carrara con que cubrir las parades del cubo está, como pasaba en The Brutalist, entre las imágenes más bellas de la película, del mismo modo que lo están los planos de la construcción, imponentes; una obra de una envergadura realmente faraónica. Al parecer, el director encontró metraje sobre la colocación de los cimientos que ha utilizado en la película. Un plano del arquitecto frente a la imponente mole de más de cien metros del edificio, tomado en modo panorámico, se queda en la memoria por lo que impresiona ver al artista enfrentado a su concepción, a lo que imaginó cuando lo dibujó en un papel. De hecho, algunas fotos, como la que ilustra esta crítica, nos da una perspectiva nítida de la solemnidad de lo que Spreckelsen consideraba un canto a los derechos humanos, a la paz y a la concordia. Si Goethe, o acaso Shelling, que no queda claro, dijo que «la arquitectura es música congelada», está fuera de toda duda que en este caso la música suena, porque el hueco del cubo permite el paso del viento que insufla su melodía natural a las altas paredes y la pasarela central que enmarca el místico vacío, cumpliendo, así, lo que sostenía Paul Valéry: «Hay edificios mudos; otros hablan; y otros, en fin, los más raros, cantan». Cada cual oirá una melodía distinta, pero lo que es seguro es que no puede dejar a nadie indiferente. 

Después de haber visto la película, tengo la impresión de que este monumento acabará revalorizándose de tal manera que atraerá un turismo cultural ávido de ver lo difícil que, en arquitectura, es pasar del edificio soñado al edificio materializado. Todo un viaje que en esta película se describe con notable sensibilidad. Como se trata de un autor poco conocido, me ahorro el reventarles el final a quienes me hagan caso y decidan escogerla para verla, porque merece absolutamente el gozo de sentarse y contemplar un proceso creativo tan peculiar.

 

 

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