domingo, 19 de julio de 2026

«Toda una vida» y «Los unos y los otros», de Claude Lelouch: maravillosas obras de arte cinematográficas.

Título original: Toute une vie

Año: 1974

Duración: 150 min.

País: Francia

Dirección: Claude Lelouch

Guion: Claude Lelouch, Pierre Uytterhoeven

Reparto: Marthe Keller; André Dussollier; Charles Denner; Carla Gravina; Charles Gérard; Gilbert Bécaud; Sam Letrone; Daniel Boulanger; André Falcon;.

Música: Francis Lai

Fotografía: Jean Collomb


 

 

 






Título original: Les uns et les autres

Año: 1981

Duración: 177 min.

País:  Francia

Dirección: Claude Lelouch

Guion: Claude Lelouch

Reparto: Geraldine Chaplin; Fanny Ardant; Sharon Stone; Valérie Quennessen; Robert Hossein; Nicole García; Daniel Olbrychski; Jorge Donn; Rita Poelvoorde; Macha Méril; Evelyne Bouix; Francis Huster; Raymond Pellegrin; Paul Préboist; Jean-Claude Brialy; Marthe Villalonga; James Caan; Richard Bohringer.

Música: Francis Lai, Michel Legrand

Fotografía: Jean Boffety.

 

Una rectificación  personal tras haberme apartado de seguir a Claude Lelouch después de su pastelón más famoso: Un hombre y una mujer.



          ¡Qué descubrimiento, el de estas dos películas de Claude Lelouch! Insisto: a mí Un hombre y una mujer me parece un pastelón de mucho cuidado. Me negué a verla en su día, porque me olí la tostada. La hemos visto  mi Conjunta y yo hace relativamente poco y confirmé que no anduve errado en mi prejuicio. Una música inspirada, aunque repetida ad nauseam, pero una historia, unas actuaciones y un suspense sentimental de muy escasa calidad. Y con un actor Trintignant, casi siempre magnífico como en Mi noche con Maud, de Rohmer, o en El conformista, de Bertolucci, entre otras muchas; pero... Sin embargo, la horrorosa presentación sinóptica de la película en Filmin, clasificándola como un «musical», me empujó a ver Los unos y los otros, un auténtico prodigio de producción y filmación, con cuatro historias que se cruzan a lo largo de la reciente historia europea en cuatro países distintos y teniendo, todas las historias, una relación directa con la música, la danza y el espectáculo. Días después, la noticia accidental de que Toda una vida había sido nominada al Oscar al mejor guion me picó la curiosidad y, tras haber quedado con tan buen sabor de boca, de la primera, añadimos esta otra a nuestro bagaje particular, con mayor gusto aún, porque, en efecto, esta segunda, que, sin embargo, es cronológicamente anterior a Los unos y los otros, me parece aún mejor que la más reciente, acaso, sin duda, porque hay un sentido homenaje irónico y apasionado al cinematógrafo que a cualquier aficionado le llega al alma cinéfila, por supuesto.

          Toda una vida comienza como una historia de cine mudo que repasa acontecimientos europeos desde el nacimiento del cine, porque la historia de algunos protagonistas nace del idilio entre un cinematografista y una mujer, de quienes nace un hijo que quedará huérfano cuando él perezca en la guerra de trincheras de la Primera Guerra Mundial, el militar que condecora al hijo y a la viuda se casa con una bailarina con la que tiene una hija, aunque acabe matándola por una relación adúltera con uno de sus oficiales, una historia narrada, a mi entender, como un homenaje a las películas de Von Stroheim, porque parece insoiurada en Esposas frívolas, por ejemplo. La historia avanza y, después del asesinato, se recoge otro, el de la ejecución revolucionaria de la familia Romanov. Después nos enteramos de que ha llegado el cine sonoro, lo que preludia el auge de los totalitarismo, la llegada de Hitler al poder y, finalmente, el encuentro de los dos hijos que hemos visto nacer, en su regreso de los campos de concentración, en su calidad de judíos. Cuando, tras mirarse en el tren que los lleva de vuelta a Francia, los dos protagonistas se acercan, se presentan e intiman lo suficiente, ambos muestran el más precioso tesoro que poseen; el retrato de la madre, ella y el retrato de su padre, él. Acabarán casándose, pero ella muere en el parto y el padre queda viuda y con una hija a su cargo, a la que mima escandalosamente, dándole todos los caprichos, tras haber hecho fortuna en el ramo de la construcción del calzado. Hasta mucho después no sabremos que esa dedicación nació de las penalidades del campo de concentración y del frio que pasó en los pies. Se juró que si salía con vida de esa condena a muerte, fabricaría los calados más confortables del mundo para que nunca nadie pasa penalidades por ir mal calzado.  En el momento de la liberación de París, la película cambia del blanco y negro al color, que ya no abandonaremos, salvo algunas escenas rodadas por un personaje que aparece y cuya vida se narra de forma paralela a la de la criatura mimada que se enamora de Gilbert Bécaud, por lo que consigue que su padre lo contrate para la fiesta de su decimosexto aniversario, una secuencia extraordinaria que recuerda mucho la escena de El padrino en la que aparece Al Martino interpretando al sosias de Frank Sinatra Johnny Fontane, una película rodada por Coppola dos años antes que esta. La relación entre la jovencita mimada y el cantante ocupa un buen tramo de la película y, dado que ella tiene 16 años cuando quiere seducirlo, el cantante evita las complicaciones que pudieran derivarse de su minoría de edad, por lo que la rechaza, aunque ella seguirá enamorada de él prácticamente toda su vida. De hecho, esa relación está estrechamente ligada con el hermoso final de la película, en el que Azar tiene un rol definitivo, pero eso es adelantarse demasiado.

          El personaje que emerge con una capacidad de seducción absoluta es el del raterillo al que la policía acaba atrapando y llevando a juicio para ser condenado a una reclusión en la cárcel de dos años. Está interpretado por un joven André Dussollier a quien hemos admirado en muchas películas (On connaît la chanson, de Resnais; Un corazón en invierno, de Sautet;  Vidocq, de Pitof;  No se lo digas a nadie, de Guillaume Canet  o Diplomacia, de Volker Schlöndorff), pero a quien nunca habíamos visto en un papel protagonista tan joven. El contrapunto «canalla» de la hija rica con mala conciencia social que quiere revolucionar el negocio que hereda del padre tiene una solidez solo comparable al irónico camino que va a seguir, porque, en la prisión, descubre el arte de la fotografía, cuando le toca sustituir al fotógrafo, lo que le permite abandonar el servicio de cocina, A partir de ese momento, y en compañía de un socio inclasificable, va a pasar de la fotografía al rodaje y del rodaje a la industria de la publicidad, para acabar rodando películas porno con temas nazis, por ejemplo, e intentar, después, el salto al cine como autor. Ese periplo está narrado con tal delicadeza, con tal mimo por el personaje, que sentimos el placer del director al sacar el retrato de la conversión de un cabeza de chorlito en un cinéfilo con aspiraciones de narrador que no hace otra cosa que informarse sobre la Historia del Cine y la técnica del mismo, además de leer Cahiers du Cinéma , lo que bien podría entenderse como un guiño crítico a los miembros de un  movimiento al que él no perteneció, aunque sea estrictamente contemporáneo de todos los grandes directores que formaron aquel movimiento, aunque cada uno con carrera muy distinta.

          La alternancia entre las historias de los dos jóvenes, el aspirante a director de cine y la joven heredera con sentimiento de culpa por la riqueza que hereda y que quiere devolver a sus trabajadores, lo que incluye una relación con un apuesto representante sindical, entre otras cosas, nos va a mostrar el vacío absoluto de la hija burguesa que no encuentra placer en nada y que va viviendo de un modo atolondrado hasta que descubre la escritura, momento en el que se inicia una frenética reflexión grafómana que la lleva no solo a interesarse por sus padres, sino a recordar todos los viajes y las conversaciones que ha tenido con su padre, un activista proisraelí que incluso la llevará a ella a asumir la herencia paterna y formar parte del ejército de Israel, y hablamos de cuando Moshe Dayan se convierte en una leyenda para su pueblo por haber derrotado a la coalición árabe que buscaba la desaparición de Israel y una nueva dispersión de los judíos por el mundo. En estos tramos narrativos, Lelouch recupera el ritmo frenético del comienzo, en el que las elipsis llevan la narración a tal ritmo que bien pudiérase contarnos en tres horas la historia de la humanidad...

          La perspectiva social crítica, unida a la reivindicación de quien, tras haber pasado por un campo de concentración, es capaz de crear un imperio comercial, sumado a la atractiva filmación en medio mundo de los viajes de padre e hija, que mantienen una indestructible relación de afecto, constituye un poderoso atractivo de la película, en la que las actuaciones destacadas del trío protagonista consolidan el interés excepcional de esta obra, construida con un amor a la Historia, a la narración y al cine que deja pequeños otros profundos homenajes al séptimo arte: Dussolier,  Marthe Keller  y, sobre todo, Charles Denner, que llena la pantalla con una poderosa presencia, confieren a la película una calidad de primerísimo orden. La película fue nominada al Oscar al mejor guion, pero lo perdió ante Tarde de perros, de Sidney Lumet, si bien había otra nominada que acaso lo merecía más que estas dos: Amarcord, de Fellini.

          Algo o mucho de Toda una vida hay en una película tan ambiciosa como Los unos y los otros, en la que la Historia tiene un papel decisivo, pues los hechos de la Segunda Guerra Mundial condicionan la vida de cuatro núcleos familiares, todos ellos relacionados con la música y la danza, en un planteamiento narrativo vertiginoso que va de una historia a otra casi sin solución de continuidad. Pudiera entenderse, por el propio título, que el autor hubiera querido narrar una diatriba furibunda contra el sinsentido del militarismo y las guerras, ¡y a fe que lo hace!, manteniendo una equidistancia que solo lo lleva a tomar partido por la paz, los buenos sentimientos y el poder omnímodo del arte; pero no hay tal equidistancia, sino una piedad infinita por quienes sufren las guerras y han de vivir con heridas que acaso no se cierren nunca. Sin ser lo que comúnmente llamamos «un musical», la película tiene en la música un núcleo alrededor del cual giran todas las vidas por las que se interesa la narración: Rusia, Alemania, Francia y Usamérica son los orígenes de las personas que, hasta cierto punto acaban confluyendo, parcialmente, en un espectáculo que recauda fondos para la Cruz Roja, un fina apoteósico que enlaza con el inicio de la película, cuando un tribunal soviético ha de elegir la bailarina que interprete el famoso Bolero de Ravel. La misma música que suena en ese final en el que el hijo de la bailarina que fue eliminada se erige como la gran estrella del ballet que no pudo ser su madre. Las historias que se cruzan, y que continúan, en algunos casos, los descendientes de los protagonistas iniciales nos ofrece un tejido existencial de vidas en las que tienen cabida casi todos los dramas, las alegrías, los fracasos, los éxitos y hasta un melodrama de tanta intensidad como el de la madre que abandonó a su bebé en la vía del tren cuando transportaban a toda la familia a un campo de concentración. Como superviviente, la madre no deja de regresar constantemente a ese punto donde se le partió el corazón dramáticamente para intentar encontrar algún testimonio que la lleve a dar con el paradero de la criatura abandonada. No cuento el final de esa historia porque tiene una carga emocional que arruinaría completamente su visionado, pero Lelouch ha conseguido un plus de emoción extraordinario, y lo más sorprendente es que está filmado en plano panorámico.

          La película en modo alguno es complaciente o acrítica, sino que logra levantar algunas biografías muy sólidas en muy pocas escenas, a lo que contribuye, por supuesto, el elenco que se luce constantemente, desde una maravillosa Geraldine Chaplin hasta James Caan, pasando por     Fanny Ardant, Sharon Stone,Valérie Quennessen, Robert Hossein, Nicole García, Daniel Olbrychski, entre otros muchos, y acabando en el extraordinario bailarín Jorge Donn, que ejecuta dos números fantásticos, si bien destaca el último que cierra la película, una coreografía de Maurice Béjart que bien puede ser considerada como una de las grandes obras de arte del siglo xx. Llama la atención el fastuoso despliegue de producción que exhibe la película, lo que le permite crear una puesta en escena casi perfecta para cada secuencia de las muchas que se suceden, con personajes distintos, a lo largo de la película. El ritmo frenético que pasa de unos personajes a otros puede despistar algo al espectador, pero en cuanto retoma el hilo, porque algunos personajes hacen doble papel, como padres y luego como hijos, nos situamos donde siempre estamos: en el centro de la emoción. La diversidad de personajes nos permite acercarnos a lo que supuso la Segunda Guerra Mundial, y hay historias que vivimos con una intensidad solo comparable a la de los grandes melodramas, como los de Douglas Sirk, por ejemplo. La banda sonora, capitaneada por Michele Legrand y Francis Lai, a pesar de su inmensa calidad, no me ha parecido a la altura de lo que se esperaba de ellos para una película tan ambiciosa y bien hecha. La excesiva repetición de Folies Bergère, por ejemplo, ser hace cansina, a pesar de adecuarse de maravilla a las secuencias en que se interpreta. En términos generales acompaña bien el desarrollo de la historia, y obras como Serenade for Sarah forman parte de lo mejor de la banda sonora, por supuesto, pero cantada por la madre y después por la hija, ambas interpretadas por Geraldine Chaplin, quien canta con mucho gusto, acaso sea excesivo.

          Repito, para mí ha sido una sorpresa encontrarme con dos obras tan sumamente interesantes de Claude Lelouch, a quien el éxito internacional de Un hombre y una mujer debió abrirle el paraíso de los productores para rodar historias tan complejas como estas dos. Estoy seguro que a ningún buen aficionado al cine le dejará indiferente.

 

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