jueves, 23 de julio de 2026

«No soy yo», de Leos Carax, el cine autobiográfico.

 

Una hipnótica indagación sobre el yo al que el autor se abraza, negándolo, travestido de Jean-Luc Godard.

Título original: C'est pas moi

Año: 2024

Duración: 40 min.

País: Francia

Dirección: Leos Carax

Guion: Leos Carax

Reparto: Leos Carax; Denis Lavant; Kateryna Yuspina; Nastya Golubeva Carax; Loreta Juodkaite; Bianca Maddaluno; Anna-Isabel Siefken; Petr Anevskii; Yekaterina Golubeva; Imagen de archivo: Juliette Binoche; Guillaume Depardieu; Michel Piccoli; Jean-François Balmer.

Fotografía: Caroline Champetier.

 

            Como con los clásicos, he visto dos veces este mediometraje de Leos Carax antes de sentarme a escribir estas líneas para expresar mi opinión, y reconozco que aún admite otro visionado, porque la construcción de la película se basa en la idea del collage, una técnica que perfeccionó en el Berlín de la República de Weimar la artista dadaísta Hannah Höch, cuyos fotomontajes abrieron una vía de crítica social que, vista la película de Carax, ha llegado en perfecto estado de salud hasta nuestros días. Ello implicaría una crítica plano por plano, porque es evidente el carácter simbólico de la mayoría de ellos, que exige del espectador una interpretación y, a posteriori, un asentimiento o un disentimiento que lo abrazarán a la película o lo expulsarán de ella.

          No soy yo es una obra autobiográfica, pero es, también una curiosa negación del yo de un autor que se sitúa voluntariamente en el desconocimiento de sí mismo y, hasta cierto punto, en la orilla del fracaso y la marginación social, como no pocos de sus personajes, sobre todo los interpretados por su actor fetiche Denis Lavant, quien tiene un papel destacadísimo en este ejercicio autobiográfico tan extraño, además de aparecer en metraje de algunas de sus obras como Los amantes del Puente Nuevo y Holy Motors, aunque también aparecen otros actores y otras películas.

De hecho, todos los espectadores, a la vista del título, pensarán enseguida en el agudo desmentido lingüístico del famoso cuadro de Magritte: Ceci n'est pas une pipe, en el que obviamente, solo aparece una pipa, perfectamente dibujada. ¿Por qué esta negación? El autor, cuya voz en off sirve de hilo conductor y reflexivo que subraya la catarata de imágenes con que traza el extraño retrato de ese yo desconocido, ha decidido travestirse de Jean-Luc Godard y realizar una película que solo al genio de la Nouvelle Vague podría habérsele ocurrido. Y a Carax no le importa la confusión. Es más, yo diría que la alienta, y que esta autobiografía la ha filmado desde su reencarnación en el autor franco-suizo. Todas las experimentaciones posibles con la imagen y sus infinitas distorsiones caben en este mediometraje para el que se ha de tener cierta  capacidad de «lectura» o, en su defecto, haber frecuentado el cine de Godard, especialmente sus películas dedicadas a la Historia del Cine: Histoire(s) du cinéma, de arduo visionado, todo hay que decirlo...

La cascada voz del autor es, bien escuchada, el verdadero «personaje» de esta historia autobiográfica en la que hay referencias a sus orígenes, relacionados con los campos de concentración, a su familia, a su presente, con la curiosa máscara del virado cromático que nos lo presenta como si fuera la visión nocturna de un visor infrarrojos, algo así como si fotografiara el envés de sí mismo, acaso el inconsciente, para asociarse con la perspicaz intuición de Rimbaud: Je est un autre, «Yo es otro», y, en este caso, Godard, claro; pero no solo él, porque la película rinde tributo a no pocos autores, entre los que se cuentan, paradójicamente, la galería de tuertos ilustres, desde Ford hasta Lang...

La película se caracteriza por el ritmo frenético que solo es interrumpido por la narración de un cuento macabro sobre el exterminio de «los malos» a cargo de los nazis y por las interpretaciones de dos canciones de David Bowie en dos secuencias verdaderamente propias de su cine vanguardista, imaginativo y cautivador. En esa avalancha de imágenes que nos llevan rodando por su propia historia y por la del propio cine desde sus orígenes no faltan los imprescindibles homenajes, como la escena de tórrido contenido erótico invisible que nos ofrece la visión de un huevo pasado por agua en una mesa y un café cuy azúcar la mano gentil de la doncella deja de remover, porque ese encuentro erótico ocurre fuera de plano, obviamente: hablamos de Una hora contigo, de Ernst Lubitsch, uno de los grandes genios del cine.

Después de su presentación en infrarrojos (por abreviar), Carax tiene un excelente golpe de humor chapliniano cuando aparece un personaje frente a una cámara instalada sobre su trípode en un paisaje nevado y nos dice que allá va él, a apoderarse de su futuro, pero, justo antes de llegar a la cámara, el personaje resbala y cae de culo, es decir, Carax no renuncia a ridiculizar sus afanes artísticos o intelectuales, porque sabe que el mundo está, coloquialmente, «bien jodido», y que, además, nos guste más o nos guste menos, está en movimiento incesante hacia el futuro que él imagina, en parte, de una manera apocalíptica: no sobreviviremos, pero acabaremos antes con el mundo que nos ha acogido como especie. Dentro de esa vertiente crítica ha de entenderse su crítica a los críticos de la excesiva inmigración que tenemos en Europa. Para Carax, todos somos, de una u otra manera «desplazados», pero no pasa de la crítica pueril y habitual de los buenos sentimientos, aderezada con el caso particular de la resistente ucraniana, interpretada por una actriz rusa,  Kateryna Yuspina, al estilo de las manifestantes del FEMEN.

Las reflexiones sobre la existencia, la personalidad, el tiempo y la modernidad son constantes a lo largo de esta suerte de híbrido entre el documental y la ficción que ha utilizado Carax para adentrarse en el terreno de la confesión. El resultado final, además de muy estimulante visualmente, forma parte de una corriente muy poblada ya: la autoficción, aunque aquí, si bien se juega al despiste, como esa secuencia en la que se identifica al padre, rechazando a otros personajes que se cruzan en primer plano, hay verdadera autobiografía y la ficción actúa como soporte de la narración, de ahí que recurra para «ilustrarla» a sus propias películas. Siguiendo esa técnica, sus películas —excepcionalmente brillantes, sobre todo las secuencias de Holy Motors— contribuyen fielmente a elevar el discurso de la voz en off. Son emotivas, sin duda, las apariciones de Juliette Binoche.

Para los espectadores inquietos, que salen de la sala en cuanto comienzan a aparecer los títulos de crédito, les ruego que permanezcan atentos a la pantalla, porque hay una coda sumamente atractiva.

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