Una hipnótica indagación sobre el yo al que el autor se abraza, negándolo, travestido de Jean-Luc Godard.
Título original: C'est pas
moi
Año: 2024
Duración: 40 min.
País: Francia
Dirección: Leos Carax
Guion: Leos Carax
Reparto: Leos Carax; Denis
Lavant; Kateryna Yuspina; Nastya Golubeva Carax; Loreta Juodkaite; Bianca
Maddaluno; Anna-Isabel Siefken; Petr Anevskii; Yekaterina Golubeva; Imagen de
archivo: Juliette Binoche; Guillaume Depardieu; Michel Piccoli; Jean-François
Balmer.
Fotografía: Caroline
Champetier.
Como con los clásicos, he
visto dos veces este mediometraje de Leos Carax antes de sentarme a escribir
estas líneas para expresar mi opinión, y reconozco que aún admite otro
visionado, porque la construcción de la película se basa en la idea del
collage, una técnica que perfeccionó en el Berlín de la República de Weimar la
artista dadaísta Hannah Höch, cuyos fotomontajes abrieron una vía de crítica
social que, vista la película de Carax, ha llegado en perfecto estado de salud hasta
nuestros días. Ello implicaría una crítica plano por plano, porque es evidente el carácter simbólico de la mayoría de ellos, que exige del espectador una interpretación y, a posteriori, un asentimiento o un disentimiento que lo abrazarán a la película o lo expulsarán de ella.
No soy yo
es una obra autobiográfica, pero es, también una curiosa negación del yo de un
autor que se sitúa voluntariamente en el desconocimiento de sí mismo y, hasta
cierto punto, en la orilla del fracaso y la marginación social, como no pocos
de sus personajes, sobre todo los interpretados por su actor fetiche Denis
Lavant, quien tiene un papel destacadísimo en este ejercicio autobiográfico tan
extraño, además de aparecer en metraje de algunas de sus obras como Los amantes
del Puente Nuevo y Holy Motors, aunque también aparecen otros actores y otras
películas.
De hecho, todos los espectadores, a la vista del
título, pensarán enseguida en el agudo desmentido lingüístico del famoso cuadro
de Magritte: Ceci n'est pas une pipe, en el que obviamente, solo aparece
una pipa, perfectamente dibujada. ¿Por qué esta negación? El autor, cuya voz en
off sirve de hilo conductor y reflexivo que subraya la catarata de
imágenes con que traza el extraño retrato de ese yo desconocido, ha decidido
travestirse de Jean-Luc Godard y realizar una película que solo al genio de la
Nouvelle Vague podría habérsele ocurrido. Y a Carax no le importa la confusión.
Es más, yo diría que la alienta, y que esta autobiografía la ha filmado desde su
reencarnación en el autor franco-suizo. Todas las experimentaciones posibles
con la imagen y sus infinitas distorsiones caben en este mediometraje para el
que se ha de tener cierta capacidad de «lectura»
o, en su defecto, haber frecuentado el cine de Godard, especialmente sus películas
dedicadas a la Historia del Cine: Histoire(s) du cinéma, de arduo
visionado, todo hay que decirlo...
La cascada voz del autor es, bien escuchada, el
verdadero «personaje» de esta historia autobiográfica en la que hay referencias
a sus orígenes, relacionados con los campos de concentración, a su familia, a
su presente, con la curiosa máscara del virado cromático que nos lo presenta
como si fuera la visión nocturna de un visor infrarrojos, algo así como si
fotografiara el envés de sí mismo, acaso el inconsciente, para asociarse con la
perspicaz intuición de Rimbaud: Je est un autre, «Yo es otro», y, en
este caso, Godard, claro; pero no solo él, porque la película rinde tributo a
no pocos autores, entre los que se cuentan, paradójicamente, la galería de
tuertos ilustres, desde Ford hasta Lang...
La película se caracteriza por el ritmo frenético que
solo es interrumpido por la narración de un cuento macabro sobre el exterminio
de «los malos» a cargo de los nazis y por las interpretaciones de dos canciones
de David Bowie en dos secuencias verdaderamente propias de su cine vanguardista,
imaginativo y cautivador. En esa avalancha de imágenes que nos llevan rodando
por su propia historia y por la del propio cine desde sus orígenes no faltan
los imprescindibles homenajes, como la escena de tórrido contenido erótico
invisible que nos ofrece la visión de un huevo pasado por agua en una mesa y un
café cuy azúcar la mano gentil de la doncella deja de remover, porque ese
encuentro erótico ocurre fuera de plano, obviamente: hablamos de Una hora
contigo, de Ernst Lubitsch, uno de los grandes genios del cine.
Después de su presentación en infrarrojos (por
abreviar), Carax tiene un excelente golpe de humor chapliniano cuando aparece
un personaje frente a una cámara instalada sobre su trípode en un paisaje
nevado y nos dice que allá va él, a apoderarse de su futuro, pero, justo antes
de llegar a la cámara, el personaje resbala y cae de culo, es decir, Carax no
renuncia a ridiculizar sus afanes artísticos o intelectuales, porque sabe que
el mundo está, coloquialmente, «bien jodido», y que, además, nos guste más o
nos guste menos, está en movimiento incesante hacia el futuro que él imagina, en
parte, de una manera apocalíptica: no sobreviviremos, pero acabaremos antes con
el mundo que nos ha acogido como especie. Dentro de esa vertiente crítica ha de
entenderse su crítica a los críticos de la excesiva inmigración que tenemos en
Europa. Para Carax, todos somos, de una u otra manera «desplazados», pero no
pasa de la crítica pueril y habitual de los buenos sentimientos, aderezada con el
caso particular de la resistente ucraniana, interpretada por una actriz rusa, Kateryna Yuspina, al estilo de las manifestantes
del FEMEN.
Las reflexiones sobre la existencia, la personalidad,
el tiempo y la modernidad son constantes a lo largo de esta suerte de híbrido
entre el documental y la ficción que ha utilizado Carax para adentrarse en el
terreno de la confesión. El resultado final, además de muy estimulante
visualmente, forma parte de una corriente muy poblada ya: la autoficción,
aunque aquí, si bien se juega al despiste, como esa secuencia en la que se
identifica al padre, rechazando a otros personajes que se cruzan en primer
plano, hay verdadera autobiografía y la ficción actúa como soporte de la
narración, de ahí que recurra para «ilustrarla» a sus propias películas. Siguiendo
esa técnica, sus películas —excepcionalmente brillantes, sobre todo las
secuencias de Holy Motors— contribuyen fielmente a elevar el discurso de la voz
en off. Son emotivas, sin duda, las apariciones de Juliette Binoche.
Para los espectadores inquietos, que salen de la sala
en cuanto comienzan a aparecer los títulos de crédito, les ruego que
permanezcan atentos a la pantalla, porque hay una coda sumamente atractiva.

No hay comentarios:
Publicar un comentario