sábado, 22 de agosto de 2026

«Truly Naked», de Muriel d’Ansembourg, ópera prima desafiante.

 

La industria casera del porno y el descubrimiento del amor.

 

 

Título original: Truly Naked

Año:  2026

Duración: 102 min.

País: Países Bajos (Holanda)

Dirección: Muriel d'Ansembourg

Guion: Muriel d'Ansembourg

Reparto: Caolán O'Gorman; Andrew Howard; Safiya Benaddi ; Alessa Savage ; Lyndsey Marshall; Anton Valensi; Buddy Skelton; Hana Hrzic.

Música : Evgueni Galperine, Sacha Galperine

Fotografía: Myrthe Mosterman.

 

          A partir de un trabajo escolar para el que han de escoger pareja entre sus compañeros de aula, el protagonista de esta película que he calificado de «desafiante» propondrá a la profesora un estudio sobre el porno y el temprano acceso de los jóvenes a ese espectáculo visual. Como una joven con un talante impulsivo no tiene pareja, la profesora se la asigna al protagonista, y ambos han de trabajar en equipo, aunque se entiende el «corte» del joven ante la perspectiva de abordar un tema así con una «compañera».

          La vida cotidiana de este joven es lo singular de la película y lo que puede indisponer a no pocos, del bando puritano, contra la película: su dedicación profesional es la de camarógrafo de las películas porno que rueda su padre en casa y luego cuelga en internet, tráfico audiovisual de donde sacan los ingresos que les permite vivir como una familia digamos «normal», dado que el hijo continúa con sus estudios, aunque a veces interfiera su profesión en ellos.

          Lo llamativo es la absoluta profesionalidad del muchacho, muy joven, aún en la Secundaria, y la absoluta frialdad con que rueda en directo las «hazañas» porno de un padre totalmente entregado a su profesión, para la que siempre anda buscando nov edades estimulantes que permitan aumentar los ingresos. He de reconocer que la elección del actor, Andrew Howard, ha sido todo un acierto, porque es de tal propiedad la identificación entre actor y personaje que lo primero que he hecho, antes de comenzar a escribir esta reseña crítica, ha sido buscar si se trataba de un conocido o desconocido actor dedicado al porno. El resultado ha sido negativo, lo cual acrecienta aún más el valor de su representación, como el del resto del elenco, en el que sobresalen los dos jóvenes, protagonistas de una accidentada historia de amor, y las actrices que ruedan con el padre, con tal solvencia que parecen profesionales del porno de larga carrera.

          Puede parecer algo rebuscado que el hijo sea el camarógrafo del negocio del padre, pero se ha de tener presente que la madre era la compañera de rodaje del padre, hasta que fallece, momento en que ha de «abrirse» a otras colegas, lo que nos indica que la crianza del hijo se ha desarrollado en un ambiente en el que no se le ha excluido por razón de parentesco, lo cual explica la gélida naturalidad con que el joven busca planos en el cruce de los cuerpos para aumentar el efecto supuestamente seductor entre los públicos adictos a la práctica sexual de la contemplación del porno. Es un contraste digno de mención, porque estamos ante una visión del proceso «industrial» de una práctica erótica que poco o nada tiene de capacidad seductora. Más adelante, en el desarrollo de la historia, incluso habrá momentos de una crudeza muy desagradable que parece cumplir la función de desmitificar dicha industria y las atrevidísimas novedades que no excluyen ni siquiera la zoofilia, por ejemplo.

          La atracción entre los jóvenes bien puede decirse que es inmediata, pero la falta de experiencia emocional de él va a complicar no poco su relación, que pasará por momentos dramáticos e incluso de ruptura. La paradoja máxima de la película es cómo un profesional de la industria del porno como el joven Alec es capaz de ser tan torpe en su relación auténtica con su compañera Nina, quien, de repente, se le aparece como un enigma que no sabe cómo resolver, de ahí la «impericia» que solo sabe recurrir al fingimiento del oficio de los padres y a sus prácticas, totalmente alejadas del «misterio» romántico de la sexualidad determinada por el amor, no por la representación. El mismo, a su vez, también acaba convertido en otro enigma para su compañera de trabajo, porque Alec se rodea de un secretismo que Nina no puede entender.  

          Todo comienza a complicarse cuando, tras haber sido recogido en la escuela por el padre y una de las actrices, un compañero con quien se había peleado, razón por la cual es llamado al orden por la dirección de la escuela y sufre una amenaza de expulsión, descubre en internet los videos porno del padre. La noticia, obviamente, no tarde en llegar a Nina, a  quien le falta tiempo para penetrar en esa vida opaca de Alec y descubrir una realidad que encara desde un feminismo que somete a prueba en su trato con las actrices para reforzarlo e intentar «comprender» la delicada situación de Alec, quien, desde que se relaciona con Nina, ha comenzado a replantearse su vida y su dedicación profesional en la entidad familiar, intentando emanciparse del egoísmo paterno que lo retiene en la profesión con las adulaciones de rigor, como la de persuadirlo de que es el mejor camarógrafo que ha tenido nunca, y con el que se ahorra un sueldo, todo sea dicho de paso.

          El protagonista, Caolán O'Gorman, una mezcla extraña entre James Dean y Josh O’Connor, lleva casi todo el peso del relato, y se ha de reconocer que la gradación de sus miradas y sus silencios consigue atraerse la benevolencia de los espectadores, así como una sonrisa que no prodiga, lo que consigue que nos llame mucho más la atención cuando la vemos. Su compañera, Safiya Benaddi, representa una espontaneidad apropiada a su edad y su experiencia, y esa normalidad es la que le «aconseja» ponerle límites a su relación sexual con Alec, algo que se extiende incluso a la posterioridad del conocimiento de a qué se dedican padre e hijo.

          El drama de Alec consiste en haber contemplado la sexualidad a través del visor de la cámara de grabación, privándose de una experiencia directa, imposible con las actrices que usa su padre.  De hecho, cuando ambos jóvenes deciden encamarse, un extraño movimiento fina antes de hacerlo dispara el botón de grabación de la cámara fotográfica, que recoge unos momentos de privacidad jamás destinados a ser grabados, y la reacción del joven es la del descreimiento de que los torpes movimientos de ambos representen fidedignamente lo que en realidad el sintió al «vivirlos». La tensión entre el sexo visto y el sexo real forma parte del «misterio» que nos empuja a gozar de él como una de las máximas experiencias humanas que podemos tener. George Steiner no era nada partidario de la franqueza sexual, porque entendía que se desproveía a esa relación de la dimensión «sagrada» que para él tenía: de sexo no se habla; de sexo se disfruta, porque, al decir de Steiner,  conviene no romper los velos del misterio.

          Aunque la película pueda parecer muy transgresora, estamos hablando, en el fondo, de una historia de amor en la que la fragilidad del personaje masculino contrasta con la alienante dimensión de la profesión que ejerce de modo tan natural que solo tras la irrupción del verdadero amor en su vida es capaz de ponerla en tela de juicio y dar pasos firmes en el sentido de liberarse.

          Lo cierto es que, en calidad de ópera prima, la directora ha realizado una película de factura sencilla y mucho calado, todo ello gracias a la naturalidad con que ha hecho progresar una situación aparentemente chocante hacia el retrato psicológico de un joven en periodo de formación y cuya solidez familiar salta por los aires al contacto con la vida real, antítesis de la filmada, en cuyas dinámicas explotadoras vivía.

         

 

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