domingo, 13 de septiembre de 2026

«La angustia de vivir» y «Enséñame a querer», de George Seaton, ilustre desconocido.

Título original: The Country Girl

Año: 1954

Duración: 104 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: George Seaton

Guion: George Seaton. Obra: Clifford Odets

Reparto: Bing Crosby; Grace Kelly; William Holden; Anthony Ross; Gene Reynolds; Jacqueline Fontaine ;

Eddie Ryder ; Robert Kent; John W. Reynolds.

Música: Victor Young

Fotografía:  John F. Warren (B&W).

 








Título original:  The Teacher's Pet

Año: 1958

Duración: 120 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George Seaton

Guion: Fay Kanin, Michael Kanin

Reparto: Clark Gable; Doris Day; Gig Young; Mamie Van Doren; Nick Adams; Peter Baldwin; Marion Ross ; Charles Lane ; Jack Albertson; Florenz Ames; Harry Antrim; Vivian Nathan.

Música: Roy Webb

Fotografía: Haskell B. Boggs (B&W).

 

Un melodrama clásico sobre la culpa  y una comedia singular sobre el periodismo, realizados por quien, clasificado como «artesano», nos ofrece dos peliculones de 24 quilates.

 

          Recomendada la segunda por nuestro cinéfilo de referencia, Paco Marín, y habiéndonos quedado con tan buen sabor de boca, quisimos, enseguida, meternos en la extraña combinación actoral que suponía ver a Gene Kelly, Bing Crosby y William Holden, gracias a la cual Gene Kelly recibió el único Oscar de su muy exitosa carrera, sobre todo a las órdenes de Alfred Hitchcock. Se trata de dos películas genéricamente opuestas: una comedia teóricamente sofisticada y un drama, acaso melodrama, que se articula sobre una tragedia de las que popularmente calificamos «de aúpa», esto es, la muerte de un hijo pequeño.

          El drama está basado en una obra de teatro de un autor muy reconocido en Usamérica, Clifford Odets, autor del guion de Chantaje en Broadway, de Alexander Mackendrick, por ejemplo, una auténtica joya del cine social con revestimiento de thriller psicológico. La historia arranca con la necesidad de un director de teatro de encontrar un actor y cantante que saque adelante una obra para la que no han encontrado el candidato idóneo. Surge el nombre del protagonista, Frank Elgin, una «vieja gloria» con fama de alcohólico y poco fiable. El director, sin embargo, hace de él su gran apuesta, y como tras haber hecho la prueba y haber medio convencido al productor, el actor desaparece, el director, William Holden, va a buscarlo a su casa, donde se encuentra con una Gene Kelly prematuramente envejecida que mantiene un estupendo combate verbal con quien, a pesar de todo, no deja de practicar cierta charity, e incluso compasión, con la vieja estrella, quien no dará un paso sin la aprobación de su mujer. Están pasándolo mal, económicamente, y sobreviven gracias a los anuncios de radio que graba el marido. La historia, obviamente, desentrañará lo que le ha ocurrido al matrimonio para caer en tanta desgracia, y no tardaremos en saber que en los dulces momentos del mayor éxito de Elgin, un descuido del padre provoca un accidente de tránsito en el que muere el hijo adorado de ambos. La madre ahoga canónicamente las penas en el alcohol, y cuando ella sale de la adicción, es el padre quien sigue su camino para acabar de destruir su carrera musical. Los espectadores conocen de sobra a Bing Crosby y lo asocian con musicales y películas más o menos familiares o con cierta blandenguería, pero aquí se van a llevar un sorpresón absoluto, porque encarna al cantante con tanta convicción que, a mi modesto entender, está muy por encima de sus compañeros de reparto, Grace Kelly y William Holden, a pesar del único Oscar a la elegantísima actriz a quien tanto mimó estilísticamente Hitchcock. De todos modos,  el guionista nos regala un flashback de los buenos tiempos del matrimonio, justo antes del fatal accidente, y Grace Kelly luce en él su belleza con un estilismo en el vestuario que nos recuerda esas glamurosas apariciones en las películas de Sir Alfred.

          La trama gira en torno al estreno de una obra que se ha de ensayar en poco tiempo, apenas una semana, lo que exige un compromiso del actor que, por unas u otras razones, pero sobre todo por el trauma no superado de la muerte del hijo, va a tener unos vaivenes que nos llevaran del optimismo a la desesperación, pero lo interesante, para los aficionados al teatro, es la atención que el guion presta a los pormenores de los ensayos, la representación y los números musicales, que tienen una gran calidad. De hecho, la prueba a que se somete Elgin, al comienzo de la película, nos depara un número extraordinario. Lo mismo sucede en el salón de fiestas donde la cantante del local canta a dúo una canción con un cliente al que solo al final del número fantástico acaba reconociendo, si bien le impide que lo haga público.

          A pesar de que el drama es contundente, y tiene un giro que sorprende mucho, porque da un vuelco de 180º a la historia, el desarrollo de la trama puede parecerles a algunos espectadores que peca de antiguo, porque el planteamiento teatral de la película es inequívoco, pero el nivel de los diálogos acaba rápidamente con esa sensación que legítimamente puede tenerse. Recordemos que Odets escribió los diálogos de Encadenados, de Hitchcock, aval más que suficiente para valorar los de esta película cuyo final, muy de época, es consecuente ante una derivación de la trama que, francamente, no deja de sorprender, pero bien está lo que bien acaba, después de haber sufrido tanto.

          Enséñame a querer es una comedia tradicional, esto es, hecha con esos mimbres que tantas joyas, desde ese difícil género, le ha dado el cine usamericano al mundo. El trío protagonista nos choca por la parte de Clark Gable, que a tres años vista de su defunción —muerte que le sobrevino tres días después de haber rodado The Misfits («Vidas rebeldes»), una joya dirigida por John Huston con tres perdedores natos: Gable, Marilyn Monroe y  Montgomery Clift—, aún se atreve a hacer papeles de galán, si bien se ha de reconocer que incorpora no poca autocrítica de sí mismo en ese rol, con un excelente conjunto de muecas, miradas, sonrisas y gesticulación corporal. La conjunción con Doris Day, si bien chirría desde el comienzo, va ganando cuerpo de verosimilitud a medida que la película, más allá de esos enredos sentimentales, se centra en el tema de fondo de la trama: la lucha entre el periodismo de origen universitario y el periodismo forjado a pie de calle y basado en la experiencia. Si a la pareja protagonista añadimos la figura del tercero en discordia, el compañero de facultad de Erica (Doris Day), el cuasi perfecto profesor de psicología Hugo Pine, una fabulosa interpretación de Gig Young que llena con éxito la subtrama de la película: la extraña amistad/rivalidad de ambos pretendientes, lo que da pie a entender la película también como una buddy movie con algunas secuencias francamente notables, casi antológicas, como la que ambos comparten en la cocina de frente a la cámara mientras Pine se prepara una receta exótica para luchar contra la resaca que se ha pescado en la salida nocturna con el dúo protagonista, otra secuencia fantástica.

          Ella es hija de un Premio Pulitzer que dirigía un diario en el que predominaba la opinión sobre la información, y en el que se acentuaba la función formativa de la prensa. Él es el redactor jefe de un diario con publicidad, al servicio de cierto amarillismo, pero en el que tienen cabida todas las noticias. El propietario le dice a su Redactor Jefe, James Gannon, que ha de cubrir una información muy particular: la labor de una profesora de periodismo en la Universidad, con quien quiere establecer relaciones para colaborar en el diario. Gannon se presenta en la clase de la profesora como si fuera un alumno y acaba, como era de esperar, porque es el motor de la película, teniendo un encontronazo con la profesora. Como no es alumno, es expulsado, pero, picado y admirado por la belleza (aunque propiamente se trate de un atracción sexual inequívoca) de la profesora, decide matricularse con un nombre falso para asistir a las clases. Convertido, con un par de redacciones,  poco menos que en un insólito alumno modelo, la trama seguirá el juego de dobles identidades que se mantiene hasta donde es justo y necesario, esto es, hasta que, frente a la «alta misión formativa del periodismo» acaba imponiéndose el periodismo que sigue la noticia en la calle hasta sus últimas causas. Digamos que la tensión emocional/sexual se entreteje con la rivalidad de concepciones acerca del periodismo de un modo tan eficaz como positivo para el fin cómico que persigue, porque los malentendidos y las imposturas siempre dan un juego estupendo para deleite de los espectadores. Hecha salvedad, ya digo, de la brecha de edad entre Gable y Day, la película va ganando fuerza y profundidad a medida que avanza y bien puede considerarse una comedia excelente, digna de figurar entre las grandes del género.

         

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