viernes, 20 de febrero de 2026

«El jardín de la alegría», de Alfred Hitchcock, una ópera prima sin más, pero con destellos.

 

Una primera obra que solo presagia en ínfima parte las joyas por venir: Hitchcock casi sin sí mismo.

 

Título original:  The Pleasure Garden

Año:  1925

Duración: 75 min.

País: Reino Unido

Dirección: Alfred Hitchcock

Guion: Eliot Stannard. Novela: Oliver Sandys

Reparto: Virginia Valli; Miles Mander; Carmelita Geraghty; John Stuart; Georg H. Schnell; Ferdinand Martini; Florence Helminger; Karl Falkenberg.

Fotografía: Gaetano di Ventimiglia (B&W).

 

          


                           Alfred Hitchcock fue escalando posiciones en la industria cinematográfica hasta que, por ley del escalafón y, sobre todo, de su competencia, le tocó asumir el papel de director, y ello en una película totalmente intrascendente para lo que luego sería una de las más grandes carreras de la historia del séptimo arte, pero que en su momento tuvo cierto éxito y contó con dos actrices usamericanas para los papeles principales. Nadie espere ver en ella algo así como el embrión de su futura carrera, algo que sí suele suceder en muchos autores. No en Hitchcock, que tiene un sentido, digamos industrial, del cine que lo lleva a la convicción de que ha de hacer cualquier trabajo por el que le paguen, al menos hasta que, en virtud de sus éxitos, pueda reivindicar cada vez mayor control en sus películas.

No es gran cosa lo que podemos considerar en esta película como propio de Hitchcock, pero sí hay suficientes motivos habituales en su trayectoria como para destacarlos y así incitar al «respetable» a ver la película. Desde la secuencia inicial: un plano fijo de una escalera de caracol por la que bajan las coristas a escena, pasando por un juego de enfoque /desenfoque con un espectador que cambia el monóculo por el binocular para fijarse mejor en una de las coristas, una rubia falsa que tiene un sarcástico diálogo con un rijoso admirador, hasta llegar a la escena en que esa corista acoge en su casa a una aspirante a artista a la que la han robado el dinero  y la carta de presentación que traía para el empresario de El jardín de la alegría, el teatro de varietés donde arranca la historia, una escena que incluye el desnudo de ambas jóvenes antes de compartir el único lecho de la estancia... desnudo sugerido, por supuesto, porque caen ellas fuera de foco y van cayendo sus prendas de ropa en el sillón, hasta que ambas aparecen con sus respectivos camisones de dormir y se acuestan. Se trata de uno de esos juegos «picantes» muy del gusto del maestro.

          La historia es simple y presenta un caso típico de arribismo social de un ser sin moralidad alguna, capaz de traicionar a cualquiera para conseguir su ambición de convertirse en estrella: a la amiga que la acoge cuando estaba, literalmente, «en la calle» y al novio que acude a verla para certificar que ella lo esperará, pues ha sido destinado a trabajar en el extranjero, en un lugar exótico, y tardará dos años en volver, pero lo hará con lo suficiente para garantizarle una vida cómoda, digna y feliz. Con todo, cuando llega a la pensión donde vive su enamorada con la amiga, es con esta con quien «tropieza», porque estaba él por los suelos, jugando con el perro de ella, Cuddles, con quien hace excelentes migas. Más adelante, el novio se presenta con un amigo, quien, tras mudarse la arribista a un alojamiento propio, cortejada por un príncipe que la mantiene, se le declara y consigue casarse con ella e ir de viaje de bodas a Italia, al lago Como. El romance promete una deriva romántica clásica, pero tardaremos un instante en darnos cuenta de que todo ha sido un engaño por el desengaño de ella cuando advierte comportamientos en su marido que le chocan tanto que la invitan a reconsiderar si no se habrá equivocado. La secuencia de la despedida del barco en el que él va a reunirse con el novio de la arribista es harto significativa de los temores de la joven: ella agita un pañuelo; él lee el diario en una hamaca; ella agita la mano y deja caer la cabeza sobre su pecho, pero justo en ese momento el adiós de su mano se funde ―en uno de esos «empalmes» de imágenes que forman parte de la mejor tradición del cine como arte visual y narrativo― con la de su amante nativa que saluda su llegada.

          El tramo exótico no es algo ajeno al cine de Hitchcock, quien en Ricos y extraños, una suerte de experimento antropológico, volverá a utilizarlo como agudo contraste con los protagonistas. Tiene algo del cine de aventuras que también veremos en Posada Jamaica y en Atormentada, ambientada en la entonces exótica Australia, aunque rodada en Inglaterra, si bien esta pertenece más al género del melodrama gótico, al estilo de Rebeca. En El jardín de la alegría ocupa la última parte de la película y tiene un interés añadido, porque hay escenas brillantes, como el falso rescate de la nativa, y ahí me callo, ciertas imágenes «fantasmales» muy logradas y una deriva de enloquecimiento del marido de la protagonista que genera un breve suspense muy propio ya, este sí, de quien sería, después, el máximo maestro reconocido de tal recurso.

          La película sigue dos líneas paralelas, correspondientes a las vías de las dos amigas, pero en el arribismo del personaje de Carmelita Geraghty poco placer parece encontrar Hitchcock, al margen de cómo se libera del asedio del príncipe sosteniendo en sus labios la boquilla con el cigarrillo e impidiendo el acoso oscular del pretendiente. La inmoralidad de quien se sabe deseada y usa sus armas para ascender socialmente no le interesa tanto al director como el drama de la enamorada burlada, Patsy, interpretada por la entonces rutilante actriz Virginia Valli, y, sobre todo, el retrato del gran villano que se casa con ella para asegurarse que una mujer le espera cuando regrese, interpretado por Miles Mander con una maldad exquisita. Miles Mander, un secundario habitual en obras de envergadura, dirigió también catorce películas y escribió varios guiones. Aunque el pretexto de las fiebres es el motivo dinámico que lleva a su mujer a descubrir la doble vida marital de Mander con la nativa, el retrato del colonialista explotador se impone al del marido adúltero. Hitchcock se luce muy especialmente en esa parte de la película, acaso porque es en la que lo vemos más cerca de acciones propias de ulteriores películas suyas.

          En términos generales, la película podría pasar por una más de las infinitas que se hacían en aquella época, pero, al margen de tener muy buena acogida, permitió que los productores siguieran confiando en quien no tardaría en conseguir un gran éxito: El enemigo de las rubias, con la que propiamente puede decirse que Hitchcock inicia «su» carrera gloriosa.

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