jueves, 19 de febrero de 2026

«El último homicidio», de Ralph Nelson, un «thriller» canónico.

 

El determinismo delictivo, la venganza y la imposible redención.

 

Título original: Once a Thief

Año: 1965

Duración: 107 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Ralph Nelson

Guion: Zekial Marko

Reparto: Alain Delon; Ann-Margret; Van Heflin; Jack Palance; John Davis Chandler; Jeff Corey; Steve Mitchell; Tammy Locke; Tony Musante; Zekial Marko; Russell Lee; Yuki Shimoda.

Música: Lalo Schifrin

Fotografía: Robert Burks (B&W).

 

          Lo que es el deterioro de la memoria... Solo cuando aparece en escena un secundario tan ad hoc como John Davis Chandler, recuerdo que ya había visto la película. Ese deterioro, según cómo se mire, tiene su lado bueno, su bendición, porque se pueden visionar de nuevo películas ya vistas, no como si fuera «la primera vez», sino con la experiencia acumulada tras aquella vez primera, lo cual redunda en un mayor disfrute o aborrecimiento de la película, porque no siempre las obras perviven a través del tiempo con la misma capacidad de impresionar al espectador. Si algunos libros en segunda lectura «se nos caen de las manos», algunas películas «se nos caen de los ojos». Con El último homicidio, un título muy apartado de la intención del original, Once a thief, que insiste en que una vez que se ha sido algo, es difícil no recaer, no ocurre, esto es, se ve con singular interés y se sigue con auténtica emoción, aunque intuyamos, desde el reencuentro de los hermanos y la subtrama que entonces se genera, que el asunto no va a tener un final precisamente «feliz», algo que de lo que se nos avisa, algo crípticamente, en el título.

          La presencia de Alain Delon en un thriller usamericano, junto a Ann Margret y la colaboración muy especial de actores clásicos del género como Van Heflin o el siempre impactante Jack Palance, constituyen un atractivo de primer orden, y ninguno de ellos decepciona, antes al contrario, se ganan la admiración del espectador con interpretaciones solidísimas, aunque, en algunos momentos, algo sobreactuadas, pero la intensidad de los acontecimientos lo permite. A esa nómina cabe añadir un debut importante, el de Tony Musante, otro secundario de lujo, con papeles en los que casi siempre había un cierto desajuste psicológico, como en El incidente, de Larry Peerce.

          A quienes escrutamos los títulos de crédito en busca de «conocidos», no nos sorprende que el cinematografista de esta película sea Robert Burks, un habitual de Alfred Hitchcock, ni que el autor de la banda sonora sea un músico tan destacado como Lalo Schifrin, pero sí que nos llama poderosamente la atención, a mí al menos, que aparezca muy destacado el ayudante de dirección, porque se trata nada más ni nada menos que de Erich von Stroheim, una leyenda del cine... hasta que uno ve el «Jr.» que sigue al nombre y comprueba que se trata del hijo del gran director, quien se desempeñó en el cine como editor de sonido, principalmente, aunque aquí consta como ayudante de dirección.

          La trama es tan simple como suele suceder en el cine negro, en el que los retratos de los protagonistas y sus circunstancias vitales le van añadiendo capas de espesor que acaban convirtiendo las películas, a veces, en tratados sobre la naturaleza humana. La obra se filma a partir de la novela de Zekial Marko, quien escribió el guion y quien, además, tiene un destacado papel, aunque breve, lo que nos habla claramente de lo implicados que estaban en el proyecto todos y cada uno de sus componentes, de lo que sale beneficiado el espectador. Pocas veces había vito una actuación tan meritoria de Van Heflin como la de este policía vengativo que guarda como un recordatorio la bala que le alojó en el vientre un atracador a quien la Justicia absolvió porque, al llevar la cara tapada, no se le pudo identificar sin lugar a dudas, y nadie ignora el aforismo jurídico in dubia pro reo. Los tres, Heflin, Delon y Palance, aunque usamericanos,  son originarios de Trieste, lo que sitúa la acción en un ámbito, el italiano, que, sin conexión ninguna con la mafia, sí que explica inclinaciones profundas como la sed de venganza del policía, quien vive literalmente obsesionado con «cazar» a quien salió de rositas tras haberle disparado y herido tan gravemente. El agresor, Eddie Pedak, sin embargo, casado y con una hija preciosa, Tammy Locke ―que había aparecido un año antes en Una luz en el hampa de Samuel Fuller―, pretende emprender una nueva vida, para lo que ha comprado una barca que quiere dedicar a la pesca profesional. En cuanto se produce un atraco con resultado de muerte en una tienda, para el que se ha empleado un coche como el del protagonista, el inspector, Mike Vido, se lanza irreflexivamente a la detención de Eddie, lo que provocará que este pierda su empleo y se vea sin recursos para hacer frente al pago de mil dólares que debe para tener la propiedad de la barca. Medido todo con esa caligrafía excelente de los usamericanos para el cine negro, irrumpe en su casa su hermano, Walter Pedak, con dos compinches de una catadura reveladora. ¿A cuento de qué aparece? Para proponerle un golpe de un millón de dólares, tras el que se retirará definitivamente de la carrera delictiva. La resistencia de Eddie parece férrea, porque ha escogido el camino del trabajo y las responsabilidades familiares. ¿Qué ocurre, entonces, para que el hermano pequeño cambie de opinión? El hecho singular de que le nieguen el subsidio de paro, después de haber cotizado, porque, a todos los efectos administrativos, no le echaron del puesto de trabajo, sino que él lo dejó voluntariamente, a pesar de haber estado detenido por Vido. La escena del rechazo administrativo se suma a la del ahorcamiento de un amigo de la cárcel, a quien acusan, acaso tan falsamente como a él, de haber propiciado una muerte en su apartamento. Ese es el papel interpretado por el novelista y guionista.

          Pues ya tenemos la banda organizada para dar un golpe, el siempre supuesto «golpe perfecto», en la fábrica donde Eddie trabajaba, porque, en una fecha determinada, guardarían en su caja fuerte ese millón de dólares. El atraco podría haber sido el motivo principal de la película, porque su desarrollo se ajusta a la perfección a las películas de ese subgénero en el que destacan, entre otras muchas, Atraco perfecto, de Stanley Kubrick, y está rodado con la precisión con que lo hace Jules Dassin en Rififí. Que todo pinta que no va a salir bien lo intuimos cuando el malvado Sargatanas, John Davis Chandler, caracterizado como inquietante albino, acaba a sangre fría con el especialista en explosivos de la banda, justo antes de abandonar el recinto donde han perpetrado el atraco.

          Es obvio que no conviene ir un paso más allá en las mejores secuencias de la película, pero conviene prestar atención a la inversión argumental que se produce entre el perseguidor, Vido, y el perseguido Eddie, porque la película entra en ese momento en lo más profundo del terreno moral, y resultan sorprendentes las reacciones de los personajes.

          A mí me parece que se trata de una película que irá ganando en estimación con el paso del tiempo, y es posible que depare a su director, Ralph Nelson, laureles como los que consiguió con aquel éxito espectacular en su momento que fue Soldado azul, en la que inmortalizó a Candice Bergen.

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