jueves, 27 de agosto de 2026

«A nuestros amores», de Maurice Pialat, la caducidad de la transgresión.

La precocidad sexual como una limitación del desarrollo personal en el seno de una familia rota.

 

 

Título original: À Nos Amours

Año: 1983

Duración: 95 min.

País:  Francia

Dirección: Maurice Pialat

Guion :Maurice Pialat, Arlette Langmann

Reparto: Sandrine Bonnaire ; Dominique Besnehard; Maurice Pialat; Cyril Collard; Evelyne Ker; Anne-Sophie Maillé ; Christophe Odent; Jacques Fieschi; Valérie Schlumberger; Tsilka Theodorou; Pierre Novion ; Anne-Marie Nivelle.

Música : Henry Purcell

Fotografía: Jacques Loiseleux.

 

          Por más que los desnortados «vendedores» de Filmin quieran presentarla como «un clásico» e incluso como una «obra maestra», no hay más que pensar en Eric Rohmer para darnos cuenta de que, a pesar de la interesante interpretación de la debutante Sandrine Bonnaire, en el papel de una jovencísima Suzanne seductora y perdida, entre sus amistades, sus amantes, su familia y la negación del amor con quien está impedida de llegar «a mayores», A nuestros amores es una película cuya fama no va más allá de la espontánea y muy profesional interpretación de Sandrine, ampliada por la polémica de una menor de edad que va pasando de un amante a otro hasta que decide sentar cabeza y casarse, para... Bueno, eso mejor lo ven Vds., queridos espectadores, si les atrae ver la desenvoltura de la actriz y el exceso de ambigüedad en las relaciones del padre y la hija y del hermano y la hermana, una sombra de incesto que sobrevuela la historia sin declararse explícitamente, aunque las reacciones del hermano mayor, que queda al cargo de una madre desequilibrada, tras el abandono del cabeza de familia, violentas y despechadas no parecen tener otra explicación. De hecho, cuando el hermano le reprocha que venga de follar, ella contesta airadamente que con todos menos con él, lo que acredita, al menos, la verosimilitud de la hipótesis.

          La obra arranca con el ensayo y la representación de una obra teatral de Alfred de Musset, No se juega con el amor, en la que Bonnaire representa a la enamorada de Perdican, quien, por darle celos a Camille, usa a una joven ingenua que acaba muriendo. UN amor fallido, pues, es el prólogo de los amores de Suzanne, aunque más propiamente debe hablarse de los desahogos sexuales, porque enamorada solo lo está de un chico que, ante las evasivas de ella, acaba saliendo con una de sus amigas, por más que él siga enamorado de ella. Lo que en el teatro es fingimiento, en la película es verdad. Y al espectador le extraña la enorme libertad de la que dispone Suzanne, a quien ni su padre ni su madre exigen el cumplimiento de una vida ordenada por ciertos actos como el de seguir la vida académica, por ejemplo. Nada saben de sus andanzas, pero nada hacen por enterarse, y ambos se comportan frente a ella de manera muy diferente: el padre buscando su complicidad; la madre, agrediéndola, desde el histerismo propio de quien ha sido malherida por una separación que no figuraba en su horizonte inmediato. Si a ello añadimos la responsabilidad de cuidarla que asume el hermano mayor, quien se coloca al frente del taller de peletería del que vive la familia, y la violencia con que lo hace, tendremos lo más parecido a una película italiana del famoso neorrealismo, aunque estamos en los años 80 del pasado siglo.

          Es cierto que la libertad sexual en Francia para admitir relaciones de adultos con menores está muy arraigada y que ha habido casos notorios de juicios como el de la joven Vanessa Springora, la protagonista de El consentimiento, de Vanessa Filho, sobre la relación del escritor Gabriel Matzneff con una menor de edad, si bien con el consentimiento de esta, de su madre y del círculo íntimo de amistades que no ve nada extraño ni censurable en esa relación. Es más, en el programa de Bernard Pivot, el autor se pavonea de haberse acostado con menores, sin que ello ni siquiera suscite un atisbo de censura por parte del famoso entrevistador, aunque una de las contertulias acusa al escritor y dice que es un depravado que debería estar en la cárcel.

          Los títulos de crédito, con la protagonista de espaldas en la proa de un barco hasta que se da la vuelta y quedamos prendados de su graciosa juventud exuberante, parece ya una declaración de intenciones: ¿qué puede oponerse a la necesidad carnal de una joven que parece haber nacido para la seducción? Dicho de otro modo, ¿qué espectador no es invitado a pensar que si él fuera el objeto de esa seducción la aceptaría de mil amores? Y, tras la breve representación teatral veraniega, y tras el desencuentro con el joven que la ha seguido hasta el campamento de verano donde ella hace y deshace a su antojo, es decir, entrando y saliendo como pedro por su casa, lo que vamos a ver es un desfile de seducciones en el marco de una supuesta vida cotidiana en la que, a diferencia de sus amistades, Suzanne desatiende sus responsabilidades académicas y no vive sino para sus aventuras, aunque el desengaño amoroso sigue siendo un hilo sutil que recorre la trama y que va apareciendo de vez en cuando para recordarle que otra vida es posible, pero, ¡ay!, no deseable.

          El grueso de la historia, sin embargo, tiene más que ver con la penosa relación familiar de la joven, a quien el padre nunca le ha prestado excesiva atención y cuya madre ha intentado siempre «domarla», para que lleve una vida alejada de la intensamente sexual que intuye que lleva a sus espaldas, y de ahí las luchas a cara de perras entre una y otra sobre lo propio de la adolescencia: los vestidos que se ponen, y si parecen de furcia o no; el desorden y la limpieza de su cuarto; la atención a sus responsabilidades académicas, etc. No hablamos en ningún momento de amor ni de afecto ni de ese cariño mínimo que dicen que engendra el roce, porque entre ellas solo hay choque, el mismo que, cuando el padre desaparece, se escenificará con su hermano mayor. Dentro de ese contexto, el padre, cuya tolerancia raya en el desdén, tiene un par de conversaciones con su hija que rayan a gran altura, porque representan algo así como el reconocimiento mutuo de la adultez de cada cual, de ahí que le anticipe que les abandonará, porque ya no aguanta más la presión de vivir con su mujer.

          La realización no pretende ningún exceso de virtuosismo, sino el seguimiento transparente de la escasa acción que hay en la historia, más próxima a las escenas teatrales que propiamente a una narración que nos lleve de algún sitio a otro. Sí que hay una inequívoca sutileza en algunos encuadres que pasan desapercibidos a los circunstantes de la escena, pero son reveladores para los espectadores, como el tonteo de la protagonista con un de sus amantes en la fiesta en que se celebra su boda reciente, por ejemplo. Ello permite enjuiciar mejor la palmaria desorientación existencial de la protagonista, capaz de derramar lágrimas despechadas por un primer amor y dejarse seducir por un amante poco menos que ante los ojos de su propio y flamante marido.

          Vista por vez primera, la obra es floja y con escaso interés. Algunos de quienes la vieron en su día y les pareció una joya, expresan hoy su desengaño. Es normal. Hay películas de actualidad sobre las que cae el paso del tiempo de forma inmisericorde. Esta es una de ellas.

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