La precocidad
sexual como una limitación del desarrollo personal en el seno de una familia
rota.
Título original: À Nos
Amours
Año: 1983
Duración: 95 min.
País: Francia
Dirección: Maurice Pialat
Guion :Maurice Pialat,
Arlette Langmann
Reparto: Sandrine
Bonnaire ; Dominique Besnehard; Maurice Pialat; Cyril Collard; Evelyne
Ker; Anne-Sophie Maillé ; Christophe Odent; Jacques Fieschi; Valérie
Schlumberger; Tsilka Theodorou; Pierre Novion ; Anne-Marie Nivelle.
Música : Henry Purcell
Fotografía: Jacques
Loiseleux.
Por más que
los desnortados «vendedores» de Filmin quieran presentarla como «un clásico» e
incluso como una «obra maestra», no hay más que pensar en Eric Rohmer para
darnos cuenta de que, a pesar de la interesante interpretación de la debutante
Sandrine Bonnaire, en el papel de una jovencísima Suzanne seductora y perdida,
entre sus amistades, sus amantes, su familia y la negación del amor con quien
está impedida de llegar «a mayores», A nuestros amores es una película cuya
fama no va más allá de la espontánea y muy profesional interpretación de
Sandrine, ampliada por la polémica de una menor de edad que va pasando de un
amante a otro hasta que decide sentar cabeza y casarse, para... Bueno, eso
mejor lo ven Vds., queridos espectadores, si les atrae ver la desenvoltura de
la actriz y el exceso de ambigüedad en las relaciones del padre y la hija y del
hermano y la hermana, una sombra de incesto que sobrevuela la historia sin
declararse explícitamente, aunque las reacciones del hermano mayor, que queda
al cargo de una madre desequilibrada, tras el abandono del cabeza de familia,
violentas y despechadas no parecen tener otra explicación. De hecho, cuando el
hermano le reprocha que venga de follar, ella contesta airadamente que con
todos menos con él, lo que acredita, al menos, la verosimilitud de la
hipótesis.
La obra
arranca con el ensayo y la representación de una obra teatral de Alfred de
Musset, No se juega con el amor, en la que Bonnaire representa a la
enamorada de Perdican, quien, por darle celos a Camille, usa a una joven
ingenua que acaba muriendo. UN amor fallido, pues, es el prólogo de los amores
de Suzanne, aunque más propiamente debe hablarse de los desahogos sexuales,
porque enamorada solo lo está de un chico que, ante las evasivas de ella, acaba
saliendo con una de sus amigas, por más que él siga enamorado de ella. Lo que
en el teatro es fingimiento, en la película es verdad. Y al espectador le
extraña la enorme libertad de la que dispone Suzanne, a quien ni su padre ni su
madre exigen el cumplimiento de una vida ordenada por ciertos actos como el de
seguir la vida académica, por ejemplo. Nada saben de sus andanzas, pero nada hacen
por enterarse, y ambos se comportan frente a ella de manera muy diferente: el
padre buscando su complicidad; la madre, agrediéndola, desde el histerismo propio
de quien ha sido malherida por una separación que no figuraba en su horizonte
inmediato. Si a ello añadimos la responsabilidad de cuidarla que asume el
hermano mayor, quien se coloca al frente del taller de peletería del que vive
la familia, y la violencia con que lo hace, tendremos lo más parecido a una
película italiana del famoso neorrealismo, aunque estamos en los años 80 del
pasado siglo.
Es cierto que
la libertad sexual en Francia para admitir relaciones de adultos con menores está
muy arraigada y que ha habido casos notorios de juicios como el de la joven
Vanessa Springora, la protagonista de El consentimiento, de Vanessa
Filho, sobre la relación del escritor Gabriel Matzneff con una menor de edad,
si bien con el consentimiento de esta, de su madre y del círculo íntimo de
amistades que no ve nada extraño ni censurable en esa relación. Es más, en el
programa de Bernard Pivot, el autor se pavonea de haberse acostado con menores,
sin que ello ni siquiera suscite un atisbo de censura por parte del famoso
entrevistador, aunque una de las contertulias acusa al escritor y dice que es
un depravado que debería estar en la cárcel.
Los títulos de
crédito, con la protagonista de espaldas en la proa de un barco hasta que se da
la vuelta y quedamos prendados de su graciosa juventud exuberante, parece ya
una declaración de intenciones: ¿qué puede oponerse a la necesidad carnal de
una joven que parece haber nacido para la seducción? Dicho de otro modo, ¿qué
espectador no es invitado a pensar que si él fuera el objeto de esa seducción la
aceptaría de mil amores? Y, tras la breve representación teatral veraniega, y tras
el desencuentro con el joven que la ha seguido hasta el campamento de verano
donde ella hace y deshace a su antojo, es decir, entrando y saliendo como pedro
por su casa, lo que vamos a ver es un desfile de seducciones en el marco de una
supuesta vida cotidiana en la que, a diferencia de sus amistades, Suzanne
desatiende sus responsabilidades académicas y no vive sino para sus aventuras,
aunque el desengaño amoroso sigue siendo un hilo sutil que recorre la trama y
que va apareciendo de vez en cuando para recordarle que otra vida es posible,
pero, ¡ay!, no deseable.
El grueso de
la historia, sin embargo, tiene más que ver con la penosa relación familiar de
la joven, a quien el padre nunca le ha prestado excesiva atención y cuya madre
ha intentado siempre «domarla», para que lleve una vida alejada de la intensamente
sexual que intuye que lleva a sus espaldas, y de ahí las luchas a cara de perras
entre una y otra sobre lo propio de la adolescencia: los vestidos que se ponen,
y si parecen de furcia o no; el desorden y la limpieza de su cuarto; la
atención a sus responsabilidades académicas, etc. No hablamos en ningún momento
de amor ni de afecto ni de ese cariño mínimo que dicen que engendra el roce,
porque entre ellas solo hay choque, el mismo que, cuando el padre desaparece,
se escenificará con su hermano mayor. Dentro de ese contexto, el padre, cuya
tolerancia raya en el desdén, tiene un par de conversaciones con su hija que
rayan a gran altura, porque representan algo así como el reconocimiento mutuo
de la adultez de cada cual, de ahí que le anticipe que les abandonará, porque
ya no aguanta más la presión de vivir con su mujer.
La realización
no pretende ningún exceso de virtuosismo, sino el seguimiento transparente de
la escasa acción que hay en la historia, más próxima a las escenas teatrales
que propiamente a una narración que nos lleve de algún sitio a otro. Sí que hay
una inequívoca sutileza en algunos encuadres que pasan desapercibidos a los
circunstantes de la escena, pero son reveladores para los espectadores, como el
tonteo de la protagonista con un de sus amantes en la fiesta en que se celebra
su boda reciente, por ejemplo. Ello permite enjuiciar mejor la palmaria desorientación
existencial de la protagonista, capaz de derramar lágrimas despechadas por un
primer amor y dejarse seducir por un amante poco menos que ante los ojos de su
propio y flamante marido.
Vista por vez
primera, la obra es floja y con escaso interés. Algunos de quienes la vieron en
su día y les pareció una joya, expresan hoy su desengaño. Es normal. Hay
películas de actualidad sobre las que cae el paso del tiempo de forma
inmisericorde. Esta es una de ellas.

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