Un acercamiento magnífico a una isla olvidada, Madagascar, en su transición del colonialismo francés a la problemática esperanza de la libertad.
Título original: L'île rouge
Año: 2023
Duración: 117 min.
País: Francia
Dirección: Robin Campillo
Guion: Robin Campillo,
Gilles Marchand, Jean-Luc Raharimanana
Reparto: Charlie Vauselle:
Nadia Tereszkiewicz; Quim Gutiérrez; Sophie Guillemin ;
François-Dominique Blin; Luna Carpiaux; David Serero; Hugues Delamarliere;
Pham Cathy; Piberne Mathis; Rakotoarimalala Amely; Cosar-Accaoui Sacha; Ralaivita
Mitia.
Música: Arnaud Rebotini
Fotografía : Jeanne
Lapoirie.
Mi interés por
esa película francesa de profundo aire colonial me viene dado por haber
compartido con el director el hecho de haber vivido en una colonia militar. Así
pues, nada de lo que se nos describe en la película me es ajeno, aunque la
diferencia es obvia: la base francesa está en Madasgacar; la de mi infancia en
España. Campillo vivió en Madagascar, en la base 181 Ivato, justo donde ahora
se ubica el principal aeropuerto de Madagascar, y allí vivió los últimos años
de la presencia militar francesa en la isla, 13 años después de que la isla
hubiera conseguida la independencia, bajo el mandato de Philippe Tsiranana. En
1972 hubo un levantamiento popular contra su Régimen y contra la presencia
francesa en la isla y subió al poder el general Gabriel Ramanantsoa, quien
había luchado con los franceses en la Segunda Guerra Mundial y en Indochina, y
fue él quien decretó la salida de los militares franceses.
La película está narrada desde los ojos y la sensibilidad muy
peculiares de un niño Thomas, el menor de una familia militar, curioso hasta
decir basta y lector fervoroso de las aventuras de un personaje infantil que
consiguió enorme fama en la francofonía: Fantômette, una heroína que,
convenientemente disfrazada, lucha contra el mal. Campillo ha recordado el
disfraz de la heroína que le cosió su madre y que él se ponía para salir por la
noche, a escondidas de sus padres, imitando a la heroína. A ningún espectador
le pasa por alto el momento en que, como parte del traje, la madre le die que
se ponga unas mallas suyas y el jovencísimo personaje recibe las miradas
reprobatorias de sus hermanos mayores: algo así como «¿no te atreverás a travestirte
con ropas de mujer y perder tu virilidad, ¿no?» La película alterna fragmentos
de las hazañas de Fantômette y la vida familiar en el enclave colonial:
un pequeño pueblo francés «en pequeño», en el que no faltaba la iglesia, los
mercados, la piscina, las fiestas sociales y todo lo que podría definir la vida
de cualquier comunidad francesa en la propia Francia.
La vida de
excepción que llevan los militares allí destacados va a sernos descrita con
todo lujo de detalles, y ello sin escamotear el profundo machismo de la mayoría
de los personajes, el racismo confeso de casi todos ellos, que ven con horror
que uno de los militares recién llegados, que trabaja como camarero en el Club
de Oficiales, después de que su mujer se
hubiera vuelto a Francia porque no se aclimataba a la vida de la isla, se
empareje con una nativa, lo cual acaba, desconcertantemente, en un ritual de
exorcismo que practica el cura sobre el joven, lo cual es, de por sí, harto
significativo.
Parte de la película está rodada en
escenarios naturales de la isla, y de ahí el título de La isla roja, una
forma tradicional de referirse a la isla, al menos desde comienzos del siglo
XX. El apelativo se refiere al color rojo que la laterita, con alto contenido
de óxido de hierro, presta a los suelos,
sobre todo en la parte norte y noroeste de la isla. De mano del protagonista
infantil, Thomas, y de su amistad con una niña malgache cuyo padre trabaja como
cocinero también en el Club de Oficiales, al que, obviamente, no tienen acceso
los suboficiales, la película pasa por una variada gama de situaciones que nos
permiten conocer la vida de la colonia militar en aquella isla, incluido un sugestivo
bosquecillo de bambúes, al que se denomina «árbol del amor», donde se reúnen
las parejas para festejar; lugar, que como muchos otros, se nos ofrece desde la
mirada subrepticia del personaje, un auténtico «voyeur» a quien su madre echa
de debajo de la mesa de los mayores porque no es sitio para un niño, y ya cabe imaginar el paisaje que se ofrecía a
su vista.
No lo había dicho, pero la historia cuenta
la historia de un grupo de suboficiales y sus familias, lo que permite marcar
ciertas «diferencias de clase» muy propias de las jerarquías militares, algo
que conozco de primerísima mano. De ahí, sin duda, el hechizo que le provoca a
Thomas la grava que está esparcida ante la entrada a ese Club de Oficiales,
menuda, blanca, casi preciosa, en comparación con las tierras rojas que él
patea, o recorre en bicicleta, en sus aventuras, solo y con Suzanne. Permítanme
una breve digresión: los rasgos orientales de Suzanne y de otros indígenas
malgaches se debe a que, a pesar de estar a solo 400 kilómetros de África, la isla recibió la colonización de pueblos de
origen indonesio, y, de hecho, la lengua malgache se relaciona con la
indonesia, no con las lenguas africanas, aunque, étnicamente, los malgaches son
la herencia de la presencia de los bantúes y de esos exploradores indonesios.
Puede parecer algo sin sustancia, la historia,
como si no hubiera un relato que unificara todas las escenas, al margen de la
mirada infantil de quien tiene, además, su propio espacio, una caja de madera
en el jardín, donde suele leer las historias de Fantômette y que solo
comparte con Suzanne; espacio desde el que observa, entre las tablas, lo que
ocurre en el «mundo ajeno o exterior» al ámbito férreamente defendido de su privacidad.
Pero sí que hay micronarraciones que incluso nos sitúan ante la crisis que
sufre el matrimonio, porque el padre, una excelente interpretación de Quim
Gutiérrez, muy cómodo en las producciones francesas, representa un machismo
primitivo y altanero que choca con la sensibilidad de su mujer. El episodio de
los cocodrilos y la barrabasada del hijo mayor de llevar uno a la piscina para
asustar a los bañistas, con la consiguiente bronca que recibe del comandante de
la base es un ejemplo de ello. Más importante sería la microhistoria del recién
llegado que, tras la huida de su mujer a Francia, se enamora de una supuesta
prostituta nativa, una práctica, la de las visitas a esos burdeles, que se
acepta en la comunidad como algo que no altera para nada la vida familiar de la
colonia, acaso porque formen parte del tradicional «desahogo del guerrero» o
algo así. Es muy destacable, también, la feliz actuación de David Serero, probablemente de origen familiar sefardí, a quien su mujer, en la película, le adjudica origen español.
La película, muy descriptiva, con una
ambientación magnifica y una fotografía preciosista y espectacular, se esmera
en el retrato de ciertas costumbres, siempre contempladas desde la mirada del
protagonista, lo que añade una encrucijada de ignorancias y entendimientos que
se suspenden en el ánimo del niño como un acertijo y en los ojos de los espectadores
como una realidad propia de unos años, los primeros 70, que más parecen los
finales de los 50 que, propiamente una época posterior al mayo del 68. En
cualquier caso, estamos ante una película que solo por el hecho de abordar una
realidad como la de la descolonización de Madagascar es en sí ya muy digna de
interés, a título informativo. La película tiene un final, en ese sentido, que
acaso peca de un buenismo fácilmente comprensible en aquella situación, pero
incompatible con el resultado de una larga independencia: ser uno de los países
más pobres del mundo.

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