jueves, 27 de agosto de 2026

«La isla roja», de Robin Campillo, sobre el ocaso del colonialismo francés.

 

Un acercamiento magnífico a una isla olvidada, Madagascar, en su transición del colonialismo francés a la problemática esperanza de la libertad.

 

Título original: L'île rouge

Año: 2023

Duración: 117 min.

País: Francia

Dirección: Robin Campillo

Guion: Robin Campillo, Gilles Marchand, Jean-Luc Raharimanana

Reparto: Charlie Vauselle: Nadia Tereszkiewicz; Quim Gutiérrez; Sophie Guillemin ; François-Dominique  Blin; Luna Carpiaux; David Serero; Hugues Delamarliere; Pham Cathy; Piberne Mathis; Rakotoarimalala Amely; Cosar-Accaoui Sacha; Ralaivita Mitia.

Música: Arnaud Rebotini

Fotografía : Jeanne Lapoirie.

 

          Mi interés por esa película francesa de profundo aire colonial me viene dado por haber compartido con el director el hecho de haber vivido en una colonia militar. Así pues, nada de lo que se nos describe en la película me es ajeno, aunque la diferencia es obvia: la base francesa está en Madasgacar; la de mi infancia en España. Campillo vivió en Madagascar, en la base 181 Ivato, justo donde ahora se ubica el principal aeropuerto de Madagascar, y allí vivió los últimos años de la presencia militar francesa en la isla, 13 años después de que la isla hubiera conseguida la independencia, bajo el mandato de Philippe Tsiranana. En 1972 hubo un levantamiento popular contra su Régimen y contra la presencia francesa en la isla y subió al poder el general Gabriel Ramanantsoa, quien había luchado con los franceses en la Segunda Guerra Mundial y en Indochina, y fue él quien decretó la salida de los militares franceses.     

La película está narrada desde los ojos y la sensibilidad muy peculiares de un niño Thomas, el menor de una familia militar, curioso hasta decir basta y lector fervoroso de las aventuras de un personaje infantil que consiguió enorme fama en la francofonía: Fantômette, una heroína que, convenientemente disfrazada, lucha contra el mal. Campillo ha recordado el disfraz de la heroína que le cosió su madre y que él se ponía para salir por la noche, a escondidas de sus padres, imitando a la heroína. A ningún espectador le pasa por alto el momento en que, como parte del traje, la madre le die que se ponga unas mallas suyas y el jovencísimo personaje recibe las miradas reprobatorias de sus hermanos mayores: algo así como «¿no te atreverás a travestirte con ropas de mujer y perder tu virilidad, ¿no?» La película alterna fragmentos de las hazañas de Fantômette y la vida familiar en el enclave colonial: un pequeño pueblo francés «en pequeño», en el que no faltaba la iglesia, los mercados, la piscina, las fiestas sociales y todo lo que podría definir la vida de cualquier comunidad francesa en la propia Francia.

          La vida de excepción que llevan los militares allí destacados va a sernos descrita con todo lujo de detalles, y ello sin escamotear el profundo machismo de la mayoría de los personajes, el racismo confeso de casi todos ellos, que ven con horror que uno de los militares recién llegados, que trabaja como camarero en el Club de Oficiales,  después de que su mujer se hubiera vuelto a Francia porque no se aclimataba a la vida de la isla, se empareje con una nativa, lo cual acaba, desconcertantemente, en un ritual de exorcismo que practica el cura sobre el joven, lo cual es, de por sí, harto significativo.

Parte de la película está rodada en escenarios naturales de la isla, y de ahí el título de La isla roja, una forma tradicional de referirse a la isla, al menos desde comienzos del siglo XX. El apelativo se refiere al color rojo que la laterita, con alto contenido de óxido de hierro,  presta a los suelos, sobre todo en la parte norte y noroeste de la isla. De mano del protagonista infantil, Thomas, y de su amistad con una niña malgache cuyo padre trabaja como cocinero también en el Club de Oficiales, al que, obviamente, no tienen acceso los suboficiales, la película pasa por una variada gama de situaciones que nos permiten conocer la vida de la colonia militar en aquella isla, incluido un sugestivo bosquecillo de bambúes, al que se denomina «árbol del amor», donde se reúnen las parejas para festejar; lugar, que como muchos otros, se nos ofrece desde la mirada subrepticia del personaje, un auténtico «voyeur» a quien su madre echa de debajo de la mesa de los mayores porque no es sitio para un niño, y  ya cabe imaginar el paisaje que se ofrecía a su vista.

No lo había dicho, pero la historia cuenta la historia de un grupo de suboficiales y sus familias, lo que permite marcar ciertas «diferencias de clase» muy propias de las jerarquías militares, algo que conozco de primerísima mano. De ahí, sin duda, el hechizo que le provoca a Thomas la grava que está esparcida ante la entrada a ese Club de Oficiales, menuda, blanca, casi preciosa, en comparación con las tierras rojas que él patea, o recorre en bicicleta, en sus aventuras, solo y con Suzanne. Permítanme una breve digresión: los rasgos orientales de Suzanne y de otros indígenas malgaches se debe a que, a pesar de estar a solo 400 kilómetros de África,  la isla recibió la colonización de pueblos de origen indonesio, y, de hecho, la lengua malgache se relaciona con la indonesia, no con las lenguas africanas, aunque, étnicamente, los malgaches son la herencia de la presencia de los bantúes y de esos exploradores indonesios.

Puede parecer algo sin sustancia, la historia, como si no hubiera un relato que unificara todas las escenas, al margen de la mirada infantil de quien tiene, además, su propio espacio, una caja de madera en el jardín, donde suele leer las historias de Fantômette y que solo comparte con Suzanne; espacio desde el que observa, entre las tablas, lo que ocurre en el «mundo ajeno o exterior» al ámbito férreamente defendido de su privacidad. Pero sí que hay micronarraciones que incluso nos sitúan ante la crisis que sufre el matrimonio, porque el padre, una excelente interpretación de Quim Gutiérrez, muy cómodo en las producciones francesas, representa un machismo primitivo y altanero que choca con la sensibilidad de su mujer. El episodio de los cocodrilos y la barrabasada del hijo mayor de llevar uno a la piscina para asustar a los bañistas, con la consiguiente bronca que recibe del comandante de la base es un ejemplo de ello. Más importante sería la microhistoria del recién llegado que, tras la huida de su mujer a Francia, se enamora de una supuesta prostituta nativa, una práctica, la de las visitas a esos burdeles, que se acepta en la comunidad como algo que no altera para nada la vida familiar de la colonia, acaso porque formen parte del tradicional «desahogo del guerrero» o algo así. Es muy destacable, también, la feliz actuación de David Serero, probablemente de origen familiar sefardí, a quien su mujer, en la película, le adjudica origen español. Nadia Tereszkiewicz, llena de intensidad, completa a la perfección el trío interpretativo más destacado de la historia, todos ellos en un plano muy cercano al niño Thomas: Charlie Vauselle, de inolvidable mirada.

La película, muy descriptiva, con una ambientación magnifica y una fotografía preciosista y espectacular, se esmera en el retrato de ciertas costumbres, siempre contempladas desde la mirada del protagonista, lo que añade una encrucijada de ignorancias y entendimientos que se suspenden en el ánimo del niño como un acertijo y en los ojos de los espectadores como una realidad propia de unos años, los primeros 70, que más parecen los finales de los 50 que, propiamente una época posterior al mayo del 68. En cualquier caso, estamos ante una película que solo por el hecho de abordar una realidad como la de la descolonización de Madagascar es en sí ya muy digna de interés, a título informativo. La película tiene un final, en ese sentido, que acaso peca de un buenismo fácilmente comprensible en aquella situación, pero incompatible con el resultado de una larga independencia: ser uno de los países más pobres del mundo.

 

 

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