sábado, 19 de septiembre de 2026

«Bajo el sol de Satán», de Maurice Pialat, o con él llego el escándalo...

 

Adaptación de la primera novela de George Bernanos, una obra maestra entre Bresson y Dreyer.

 

 

Título original : Sous le Soleil de Satan

Año: 1987

Duración: 93 min.

País:  Francia

Dirección : Maurice Pialat

Guion : Sylvie Danton, Maurice Pialat. Novela: Georges Bernanos

Reparto: Gérard Depardieu; Sandrine Bonnaire ; Maurice Pialat; Yann Dedet; Brigitte Legendre ; Jean-Claude Bourlat ; Corinne Bourdon ; Alain Artur ; Jean-Christophe Bouvet ; Philippe Pallut ; Marcel Anselin ; Yvette Lavogez ; Pierre D'Hoffelize ; Thierry Der'ven ; Marie-Antoinette Lorge ; Frédéric Auburtin.

Música; Henri Dutilleux

Fotografía: Willy Kurant.

 

 

          ¡Ya era hora! Todo un señor peliculón al que podríamos considerar algo así como la meta inalcanzable hacia la que aspiraba Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, del mismo modo que esta de Pialat aspiraba a igualarse con Diario de un cura rural, de Bresson  y Ordet («La palabra»), de Dreyer. De la influencia de la primera se escapa Pialat a través del color y de la truculencia narrativa que se corresponde literalmente con la primera novela de Georges Bernanos; a la segunda, sin embargo, le rinde un hermoso homenaje sin énfasis retórico ninguno, lo que redondea la atormentada psicología de un protagonista, Donissan, que, aspirante a la gracia y la santidad, acaba convencido del poder de Satanás sobre todo y, muy especialmente, sobre sí mismo. Si tenemos en cuenta la actual decadencia y degradación física sufrida por Gerard Depardieu, ¿cómo convencer a los futuros espectadores de que en esta película ofrece un recital interpretativo de auténtico virtuoso, como los ha ofrecido en Novecento, de Bertolucci, y tantas otras?

          El escándalo no es otro que la conquista de la Palma de Oro en Cannes y el abucheo del público asistente al saberse el palmarés. Estamos en 1987 y un drama religioso profundo, sobre la fe, el mal, la tentación, el demonio y las dudas de un alma que se siente inciertamente llamada a la santidad no parece lo más «premiable» en una edición en la que se quedó sin su Palma Wim Wenders, que presento una película tan memorable y redonda como El cielo sobre Berlín. Al jurado le impresionó mas Satán que esos hermosos

Ángeles de Magritte sobre la Puerta de Brandemburgo, aunque Wenders se llevó el premio a la mejor dirección. Y, en el fondo, tampoco andaban muy lejos, teológicamene, una de otra película, ambas excepcionales.

          La historia nos sitúa en la Francia rural del norte, en una parroquia en la que un joven sacerdote ejerce su ministerio bajo la supervisión de otro mayor que él, quien ha de prestarle su ayuda para evitar todo tipo de tentaciones propias de quienes se dejan llevar por una vivencia intensa de la vocación y aspiran a humillarse, a través del castigo corporal, el ayuno y la penitencia extremos, de modo que sea la voz de Dios la que escuche, no las asechanzas del maligno. Pronto nos damos cuenta de que el tutor, Menou-Segrais, una interpretación contenida y emotiva del propio director, Maurice Pialat, ha advertido algunas señales singulares que el joven y atormentado Donissan, el protagonista, vive incluso físicamente. A él le consume el trato con los feligreses y sus pecados, y no puede evitar que se genere acerca de su persona una suerte de poder místico capaz de torcer incluso los designios de la naturaleza. Los diálogos, muy literarios, pero de denso contenido teológico y humano, nos introducen plenamente en la angustia que se apodera del joven Donissan y no tardaremos, hacia el final el primer tercio de la película, en asistir a un tramo narrativo excepcional: Donissan ha sido obligado a desplazarse a pie trece quilómetros para asistir a otro sacerdote que necesita ayuda. Como no tarda en anochecer y ante la posibilidad de perderse, se deja acompañar por un caminante, un tratante de caballos, que ha llegado sigilosamente hasta él y que lleva la misma dirección. En la más absoluta penumbra, en la que apenas puede distinguirse el rostro del acompañante, quien le sugiere hacer un alto porque lo ve muy fatigado, Donissan no tarda en reconocer la maligna condición de quien, doblegándolo, y besándolo en la boca como una suerte de ungimiento satánico que lo ata a su obediencia, lo abandona no sin dejarle un regalo envenenado: ser capaz de ver la vida de las almas de su feligreses.

          Paralelamente a los tormentos de la fe vivida de Donissan, con tan profundas aspiraciones hacia la revelación de la verdad última de la santidad, se nos ofrecen las vivencias de una protagonista que tiene dos amantes: un heredero empobrecido y un Diputado de la Asamblea. El primero no la trata como ella pretende, esto es, como una mujer, y desdeña su revelación de estar embarazada. Posteriormente, en una escena hacia la que se deja llevar por el simple contacto con una escopeta que halla en las habitaciones de su amante, acaba disparando contra él, aunque no parece que tenga conciencia plena de saber lo que está haciendo. El diálogo posterior con el Diputado, que no se deja chantajear por la joven, nos revela la inestabilidad emocional y mental de un a joven que quiere, a toda costa, huir de la casa de sus padres.

          El encuentro con Donissan y la aplicación del don que, antes de abandonarle le dejó el Maligno: ver los verdaderos actos de sus interlocutores a través de sus palabras, nos lleva a una de las escenas cumbre de la película: el suicidio de Mouchette —¡y recordemos que Bresson dirigió la adaptación de otra novela de Bernanos cuyo personaje central se llama igual: Mouchette; pero el novelista se apresuró a deshacer el equívoco de que la Mouchette de esta película tuviera algo que ver con la protagonista a la que le puso el mismo nombre, diez años después de haber escrito Bajo el sol de Satán!, aunque a mí no me parece tan claro que no tengan nada que ver...— y una brutal elipsis que nos lleva a la irrupción mediante una patada en la puerta del cuarto de baño donde yace quien se ha cortado la carótida con la navaja de afeitar...

          Sí, estamos ante una película dramática, y los hechos de la vida de Donissan, en un ambiente de fe espesa y rural, complica su presencia junto a unos fieles que siguen viendo en él un instrumento e Dios, mientras él está convencido de que se ha convertido en el mejor siervo de Satán. Como le desmiente su tutor, Menou-Segrais: Hoy la vida interior es la palestra de los instintos y la moralidad la higiene de los sentidos. La tentación no es más que un apetito carnal. La gente solo busca lo útil y lo agradable, palabras con  las que espera atenuar el impacto que sus actos, y los de sus feligreses, ejercen sobre él. Pero el destino de esa pobre alma sedienta de eternidad y perfección forma parte de un desenlace rodado con una exquisitez formal que sitúa la película a años luz el cine intrascendente, como Sirat, que se nos quiere hacer pasar por una revelación intelectual sobre la condición humana: siéntense los espectadores ante este drama íntimo y enseguida se percatarán de las diferencias. Los domingos, ya citada, ha revelado que los dramas de la fe, la religiosidad y la presencia de Cristo, por la parte católica, siguen siendo un asunto de interés para muchos espectadores. De hecho, incluso este lo es, y mucho, para quien, como yo,  milita en el escepticismo radical.

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