Adaptación de la primera novela de George Bernanos, una obra maestra entre Bresson y Dreyer.
Título original : Sous le Soleil de Satan
Año: 1987
Duración: 93 min.
País: Francia
Dirección : Maurice
Pialat
Guion : Sylvie Danton, Maurice Pialat. Novela: Georges Bernanos
Reparto: Gérard Depardieu; Sandrine Bonnaire ; Maurice Pialat; Yann
Dedet; Brigitte Legendre ; Jean-Claude Bourlat ; Corinne
Bourdon ; Alain Artur ; Jean-Christophe Bouvet ; Philippe
Pallut ; Marcel Anselin ; Yvette Lavogez ; Pierre
D'Hoffelize ; Thierry Der'ven ; Marie-Antoinette Lorge ; Frédéric
Auburtin.
Música; Henri Dutilleux
Fotografía: Willy Kurant.
¡Ya
era hora! Todo un señor peliculón al que podríamos considerar algo así como la
meta inalcanzable hacia la que aspiraba Los domingos, de Alauda Ruiz de
Azúa, del mismo modo que esta de Pialat aspiraba a igualarse con Diario de
un cura rural, de Bresson y Ordet
(«La palabra»), de Dreyer. De la influencia de la primera se escapa Pialat a
través del color y de la truculencia narrativa que se corresponde literalmente
con la primera novela de Georges Bernanos; a la segunda, sin embargo, le rinde
un hermoso homenaje sin énfasis retórico ninguno, lo que redondea la
atormentada psicología de un protagonista, Donissan, que, aspirante a la gracia
y la santidad, acaba convencido del poder de Satanás sobre todo y, muy
especialmente, sobre sí mismo. Si tenemos en cuenta la actual decadencia y
degradación física sufrida por Gerard Depardieu, ¿cómo convencer a los futuros espectadores
de que en esta película ofrece un recital interpretativo de auténtico virtuoso,
como los ha ofrecido en Novecento, de Bertolucci, y tantas otras?
El
escándalo no es otro que la conquista de la Palma de Oro en Cannes y el abucheo
del público asistente al saberse el palmarés. Estamos en 1987 y un drama
religioso profundo, sobre la fe, el mal, la tentación, el demonio y las dudas
de un alma que se siente inciertamente llamada a la santidad no parece lo más
«premiable» en una edición en la que se quedó sin su Palma Wim Wenders, que
presento una película tan memorable y redonda como El cielo sobre Berlín.
Al jurado le impresionó mas Satán que esos hermosos
Ángeles de Magritte sobre la Puerta de
Brandemburgo, aunque Wenders se llevó el premio a la mejor dirección. Y, en el
fondo, tampoco andaban muy lejos, teológicamene, una de otra película, ambas
excepcionales.
La
historia nos sitúa en la Francia rural del norte, en una parroquia en la que un
joven sacerdote ejerce su ministerio bajo la supervisión de otro mayor que él,
quien ha de prestarle su ayuda para evitar todo tipo de tentaciones propias de
quienes se dejan llevar por una vivencia intensa de la vocación y aspiran a
humillarse, a través del castigo corporal, el ayuno y la penitencia extremos,
de modo que sea la voz de Dios la que escuche, no las asechanzas del maligno.
Pronto nos damos cuenta de que el tutor, Menou-Segrais, una interpretación
contenida y emotiva del propio director, Maurice Pialat, ha advertido algunas
señales singulares que el joven y atormentado Donissan, el protagonista, vive
incluso físicamente. A él le consume el trato con los feligreses y sus pecados,
y no puede evitar que se genere acerca de su persona una suerte de poder
místico capaz de torcer incluso los designios de la naturaleza. Los diálogos,
muy literarios, pero de denso contenido teológico y humano, nos introducen
plenamente en la angustia que se apodera del joven Donissan y no tardaremos,
hacia el final el primer tercio de la película, en asistir a un tramo narrativo
excepcional: Donissan ha sido obligado a desplazarse a pie trece quilómetros
para asistir a otro sacerdote que necesita ayuda. Como no tarda en anochecer y
ante la posibilidad de perderse, se deja acompañar por un caminante, un
tratante de caballos, que ha llegado sigilosamente hasta él y que lleva la
misma dirección. En la más absoluta penumbra, en la que apenas puede
distinguirse el rostro del acompañante, quien le sugiere hacer un alto porque
lo ve muy fatigado, Donissan no tarda en reconocer la maligna condición de
quien, doblegándolo, y besándolo en la boca como una suerte de ungimiento
satánico que lo ata a su obediencia, lo abandona no sin dejarle un regalo
envenenado: ser capaz de ver la vida de las almas de su feligreses.
Paralelamente
a los tormentos de la fe vivida de Donissan, con tan profundas aspiraciones
hacia la revelación de la verdad última de la santidad, se nos ofrecen las
vivencias de una protagonista que tiene dos amantes: un heredero empobrecido y
un Diputado de la Asamblea. El primero no la trata como ella pretende, esto es,
como una mujer, y desdeña su revelación de estar embarazada. Posteriormente, en
una escena hacia la que se deja llevar por el simple contacto con una escopeta
que halla en las habitaciones de su amante, acaba disparando contra él, aunque
no parece que tenga conciencia plena de saber lo que está haciendo. El diálogo
posterior con el Diputado, que no se deja chantajear por la joven, nos revela
la inestabilidad emocional y mental de un a joven que quiere, a toda costa,
huir de la casa de sus padres.
El
encuentro con Donissan y la aplicación del don que, antes de abandonarle le
dejó el Maligno: ver los verdaderos actos de sus interlocutores a través de sus
palabras, nos lleva a una de las escenas cumbre de la película: el suicidio de
Mouchette —¡y recordemos que Bresson dirigió la adaptación de otra novela de
Bernanos cuyo personaje central se llama igual: Mouchette; pero el novelista se
apresuró a deshacer el equívoco de que la Mouchette de esta película tuviera
algo que ver con la protagonista a la que le puso el mismo nombre, diez años
después de haber escrito Bajo el sol de Satán!, aunque a mí no me parece
tan claro que no tengan nada que ver...— y una brutal elipsis que nos lleva a
la irrupción mediante una patada en la puerta del cuarto de baño donde yace
quien se ha cortado la carótida con la navaja de afeitar...
Sí,
estamos ante una película dramática, y los hechos de la vida de Donissan, en un
ambiente de fe espesa y rural, complica su presencia junto a unos fieles que
siguen viendo en él un instrumento e Dios, mientras él está convencido de que
se ha convertido en el mejor siervo de Satán. Como le desmiente su tutor,
Menou-Segrais: Hoy la vida interior es la palestra de los instintos y la
moralidad la higiene de los sentidos. La tentación no es más que un apetito
carnal. La gente solo busca lo útil y lo agradable, palabras con las que espera atenuar el impacto que sus
actos, y los de sus feligreses, ejercen sobre él. Pero el destino de esa pobre
alma sedienta de eternidad y perfección forma parte de un desenlace rodado con
una exquisitez formal que sitúa la película a años luz el cine intrascendente,
como Sirat, que se nos quiere hacer pasar por una revelación intelectual
sobre la condición humana: siéntense los espectadores ante este drama íntimo y
enseguida se percatarán de las diferencias. Los domingos, ya citada, ha
revelado que los dramas de la fe, la religiosidad y la presencia de Cristo, por
la parte católica, siguen siendo un asunto de interés para muchos espectadores.
De hecho, incluso este lo es, y mucho, para quien, como yo, milita en el escepticismo radical.

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