martes, 15 de septiembre de 2026

«Carta a tres esposas», de Joseph L. Mankiewicz, o la mordacidad que desnuda.

 

Los malentendidos de la feria de vanidades de la institución matrimonial.

Título original:  A Letter to Three Wives

Año: 1949

Duración: 103 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Joseph L. Mankiewicz

Guion: Joseph L. Mankiewicz

Reparto: Kirk Douglas; Ann Sothern; Linda Darnell; Paul Douglas; Jeffrey Lynn ; Jeanne Crain; Florence Bates; Thelma Ritter; Connie Gilchrist; Celeste Holm.

Música: Alfred Newman

Fotografía: Arthur C. Miller (B&W).

 

          Los retratos sociales que escogen temas muy particulares suelen ser cursos abreviados de sociología con unos toques de psicología añadidos para sostener unas historias que sienten plaza de verosimilitud y convenzan a los espectadores de que se les está mostrando una realidad que puede afectar a cualquiera de ellos. Ese es el caso de Carta a tres esposas, del exquisito director Joseph L. Mankiewicz, autor de verdaderas joyas del séptimo arte, aunque en esta película digamos que se relajó hasta cierto punto. La trama tiene un punto de partido excelente, algo así como un espectacular macguffin hitchcockiano que aparece al comienzo de la narración y va a determinarla hasta el mismísimo instante del desenlace. El cine usamericano tiene un subgénero del drama familiar que es la vida en los suburbios, ese espacio casi mítico que conformó un modelo de vida que se convirtió en la aspiración máxima de millones de usamericanos y que se explota convenientemente en la serie Mad Men, por ejemplo, o en películas recientes como la infravalorada Suburbicon, que pertenece a otro género distinto del que nos ocupa.

          La película se abre con la visión casi idílica de un suburb usamericano en una ciudad media y con una calle mayor que tiene todo que envidiarle a las grandes arterias de ciudades como Nueva York, Chicago o Los Angeles. En ese pequeño y ordenado mundo, una voz en off nos lleva, a través de sus comentarios irónicos y malévolos, al conocimiento de sus amigas y los esposos de estas. Seguimos a una de ellas, quien padece una celotipia de manual a causa de la fijación que tiene el marido con una antigua compañera de colegio: Addie Ross, cuya aterciopelada voz, la de la actriz Celeste Holms, inolvidable en el papel de la fiel amiga de Margo Channing en Eva al desnudo, también de Mankiewicz, nos acompaña en los primeros compases descriptivos de la película, hasta que las tres esposas, antes de embarcarse en el ferry para participar en una salida escolar, reciben una carta de ella en la que les dice que abandona definitivamente la ciudad, pero para no olvidarse de ella ni de sus queridas amigas, se lleva como recuerdo al marido de una de las tres. Esa secuencia, con las tres mujeres alejándose en el ferry y mirando, las tres, hacia la cabina telefónica adonde su miedo las llevaría corriendo y perdiendo el resuello para saber dónde están sus maridos, nos da el tono de tragicomedia ridícula que mantendrá la película a lo largo de su metraje. En esa salida, las tres mujeres serán protagonistas de los respectivos flashbacks que nos vayan explicando la historia y las tiranteces existentes en cada una de las tres parejas, muy distintas entre sí. De hecho, la omnipresencia de Addie Ross en toda la película, sin que en ningún momento sepamos cómo es, excepto que sedujo a los tres maridos en su convivencia escolar, forma parte de ese macguffin hábilmente explotado a nivel narrativo por el guion.

          A mí, particularmente, me ha chirriado un poco, por la diferencia de edad, la pareja de Kirk Douglas y Ann Sothern, aunque solo se llevan siete años, pero la apariencia matriarcal del personaje femenino, escritora de radionovelas, contrasta poderosamente con un Kirk Douglas idealista que encarna a un profesor sin otra aspiración profesional i social que cumplir ejemplarmente con su noble tarea, lo que lo convierte en un hombre feliz y realizado, frente a las aspiraciones sociales de su esposa. La cena en la que invitan a la productora para quien trabaja la mujer, y que acaba con la rotura de un disco que, con una complicidad odiada por la esposa, le regala Addie Ross en su cumpleaños, es, probablemente, uno de los mejores tramos de la película, porque ahí sí que se denuncia la vanidad de la popularidad de ciertos productor comerciales que se quieren hacer pasar por «culturales», sin tener el más mínimo valor. El desafío entre ambos esposos, incapaces de comprender cada uno de ellos las aspiraciones del otro, hubiera merecido una historia más potente, porque había material para eso y para más. Complemento extraordinario de ese enfrentamiento es la relación entre Lora Mae, interpretado magistralmente por Linda Darnell, y su jefe, Paul Douglas, habitual en papeles de esposo cuyo corazón de oro ha de saberse extraer con mimos y delicadezas como la mejor estrategia para sortear su talante gruñón, faltón y desencantado. El y Darnell forman la más atractiva pareja de las tres, y el cortejo sentimental, secundado por una actriz de la categoría de Thelma Ritter, a quien se suma la magnífica Connie Gilchristi en el papel de la madre de Lora Mae, es todo un rosario de escenas fastuosas. Las imágenes temblequeantes en la casa de Lora Mae cuando pasan los trenes junto a ella son divertidas y permiten sacar un partido en términos de «caza del pretendiente» que se sumarán a otros muchos recursos de quien, como Lora Mae, solo tiene un objetivo con los hombres: casarse, justamente la línea roja de Porter Hollingway , quien ya había estado casado y no piensa volver a pasar por lo mismo. El modo como engatusa Lora Mae a Porter puede entrar en los anales de ese arte cinegético, tan popular en los años 40 y 50 en Usamérica, que fue la conquista del marido, y que dio pie a películas tan antológicas como Cómo casarse con millonario, de Jean Negulesco, donde Marilyn Monroe interpreta a una belleza miope inolvidable.

          La pareja formada por la bella actriz Jeanne Crain, mucho mejor aprovechada en Travesía peligrosa, de Joseph M. Newman, y Jeffrey Linn —actor que figuró con muchas posibilidades en la lista de aspirantes para interpretar el papel de Ashley en Lo que el viento se llevó, que finalmente se adjudicó a Leslie Howard—, que se han casado tras acabar la Segunda Guerra Mundial y han vuelto a la patria chica de él sin que a ella le haya dado tiempo a comprar algún vestido con el que «presentarse» en sociedad, lo que no le ocurre a su marido, a quien le sienta como un guante su esmoquin, son, acaso, la pareja de conflicto más endeble, aunque, en un momento dado, la capacidad de «absorber» martinis de ella puede indicarnos que nos hallemos ante un encubierto caso de alcoholismo que, afortunadamente, no llega a cuajar. Que una mujer necesite sentirse hermosa y «presentable» ante los demás, aunque sean amigos íntimos, no es difícil de entender, pero esa minucia para el marido puede convertirse en un desquiciado enfrentamiento que altere dramáticamente la unión conyugal. Es notoria, con todo la inseguridad de las tres amigas respeto de su capacidad para retener a sus propios hombres, y las tres vivirán angustiosamente cuál de ellos habrá sido la que haya huido del lugar con la diosa de su adolescencia, que tan bien conoce y trata a los tres hombres.

          Quizá no esté a la altura de Eva al desnudo, pero se trata de una película muy bien estructurada y con un progreso espectacular hacia un final que, por supuesto, aunque la película es un clásico y es posible que haya sido vista mas de una vez, incluso, queda reservado a la mirada de cada uno de sus espectadores.

         

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