Los malentendidos de la feria de vanidades de la institución matrimonial.
Título original: A Letter to
Three Wives
Año: 1949
Duración: 103 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Joseph L. Mankiewicz
Guion: Joseph L. Mankiewicz
Reparto: Kirk Douglas; Ann Sothern; Linda Darnell; Paul Douglas; Jeffrey
Lynn ; Jeanne Crain; Florence Bates; Thelma Ritter; Connie Gilchrist; Celeste
Holm.
Música: Alfred Newman
Fotografía: Arthur C. Miller
(B&W).
Los retratos
sociales que escogen temas muy particulares suelen ser cursos abreviados de
sociología con unos toques de psicología añadidos para sostener unas historias
que sienten plaza de verosimilitud y convenzan a los espectadores de que se les
está mostrando una realidad que puede afectar a cualquiera de ellos. Ese es el
caso de Carta a tres esposas, del exquisito director Joseph L.
Mankiewicz, autor de verdaderas joyas del séptimo arte, aunque en esta película
digamos que se relajó hasta cierto punto. La trama tiene un punto de partido
excelente, algo así como un espectacular macguffin hitchcockiano que aparece
al comienzo de la narración y va a determinarla hasta el mismísimo instante del
desenlace. El cine usamericano tiene un subgénero del drama familiar que es la
vida en los suburbios, ese espacio casi mítico que conformó un modelo de vida
que se convirtió en la aspiración máxima de millones de usamericanos y que se
explota convenientemente en la serie Mad Men, por ejemplo, o en películas recientes
como la infravalorada Suburbicon, que pertenece a otro género distinto
del que nos ocupa.
La película se
abre con la visión casi idílica de un suburb usamericano en una ciudad
media y con una calle mayor que tiene todo que envidiarle a las grandes
arterias de ciudades como Nueva York, Chicago o Los Angeles. En ese pequeño y
ordenado mundo, una voz en off nos lleva, a través de sus comentarios irónicos
y malévolos, al conocimiento de sus amigas y los esposos de estas. Seguimos a
una de ellas, quien padece una celotipia de manual a causa de la fijación que
tiene el marido con una antigua compañera de colegio: Addie Ross, cuya aterciopelada
voz, la de la actriz Celeste Holms, inolvidable en el papel de la fiel amiga de
Margo Channing en Eva al desnudo, también de Mankiewicz, nos acompaña en
los primeros compases descriptivos de la película, hasta que las tres esposas,
antes de embarcarse en el ferry para participar en una salida escolar, reciben
una carta de ella en la que les dice que abandona definitivamente la ciudad, pero
para no olvidarse de ella ni de sus queridas amigas, se lleva como recuerdo al
marido de una de las tres. Esa secuencia, con las tres mujeres alejándose en el
ferry y mirando, las tres, hacia la cabina telefónica adonde su miedo las
llevaría corriendo y perdiendo el resuello para saber dónde están sus maridos,
nos da el tono de tragicomedia ridícula que mantendrá la película a lo largo de
su metraje. En esa salida, las tres mujeres serán protagonistas de los
respectivos flashbacks que nos vayan explicando la historia y las tiranteces
existentes en cada una de las tres parejas, muy distintas entre sí. De hecho,
la omnipresencia de Addie Ross en toda la película, sin que en ningún momento
sepamos cómo es, excepto que sedujo a los tres maridos en su convivencia
escolar, forma parte de ese macguffin hábilmente explotado a nivel
narrativo por el guion.
A mí,
particularmente, me ha chirriado un poco, por la diferencia de edad, la pareja
de Kirk Douglas y Ann Sothern, aunque solo se llevan siete años, pero la
apariencia matriarcal del personaje femenino, escritora de radionovelas,
contrasta poderosamente con un Kirk Douglas idealista que encarna a un profesor
sin otra aspiración profesional i social que cumplir ejemplarmente con su noble
tarea, lo que lo convierte en un hombre feliz y realizado, frente a las
aspiraciones sociales de su esposa. La cena en la que invitan a la productora
para quien trabaja la mujer, y que acaba con la rotura de un disco que, con una
complicidad odiada por la esposa, le regala Addie Ross en su cumpleaños, es,
probablemente, uno de los mejores tramos de la película, porque ahí sí que se
denuncia la vanidad de la popularidad de ciertos productor comerciales que se
quieren hacer pasar por «culturales», sin tener el más mínimo valor. El desafío
entre ambos esposos, incapaces de comprender cada uno de ellos las aspiraciones
del otro, hubiera merecido una historia más potente, porque había material para
eso y para más. Complemento extraordinario de ese enfrentamiento es la relación
entre Lora Mae, interpretado magistralmente por Linda Darnell, y su jefe, Paul
Douglas, habitual en papeles de esposo cuyo corazón de oro ha de saberse
extraer con mimos y delicadezas como la mejor estrategia para sortear su
talante gruñón, faltón y desencantado. El y Darnell forman la más atractiva
pareja de las tres, y el cortejo sentimental, secundado por una actriz de la
categoría de Thelma Ritter, a quien se suma la magnífica Connie Gilchristi en
el papel de la madre de Lora Mae, es todo un rosario de escenas fastuosas. Las
imágenes temblequeantes en la casa de Lora Mae cuando pasan los trenes junto a
ella son divertidas y permiten sacar un partido en términos de «caza del
pretendiente» que se sumarán a otros muchos recursos de quien, como Lora Mae,
solo tiene un objetivo con los hombres: casarse, justamente la línea roja de
Porter Hollingway , quien ya había estado casado y no piensa volver a pasar por
lo mismo. El modo como engatusa Lora Mae a Porter puede entrar en los anales de
ese arte cinegético, tan popular en los años 40 y 50 en Usamérica, que fue la
conquista del marido, y que dio pie a películas tan antológicas como Cómo
casarse con millonario, de Jean Negulesco, donde Marilyn Monroe interpreta
a una belleza miope inolvidable.
La pareja
formada por la bella actriz Jeanne Crain, mucho mejor aprovechada en Travesía
peligrosa, de Joseph M. Newman, y Jeffrey Linn —actor que figuró con muchas
posibilidades en la lista de aspirantes para interpretar el papel de Ashley en Lo
que el viento se llevó, que finalmente se adjudicó a Leslie Howard—, que se
han casado tras acabar la Segunda Guerra Mundial y han vuelto a la patria chica
de él sin que a ella le haya dado tiempo a comprar algún vestido con el que «presentarse»
en sociedad, lo que no le ocurre a su marido, a quien le sienta como un guante
su esmoquin, son, acaso, la pareja de conflicto más endeble, aunque, en un
momento dado, la capacidad de «absorber» martinis de ella puede indicarnos que
nos hallemos ante un encubierto caso de alcoholismo que, afortunadamente, no
llega a cuajar. Que una mujer necesite sentirse hermosa y «presentable» ante los
demás, aunque sean amigos íntimos, no es difícil de entender, pero esa minucia
para el marido puede convertirse en un desquiciado enfrentamiento que altere
dramáticamente la unión conyugal. Es notoria, con todo la inseguridad de las
tres amigas respeto de su capacidad para retener a sus propios hombres, y las
tres vivirán angustiosamente cuál de ellos habrá sido la que haya huido del
lugar con la diosa de su adolescencia, que tan bien conoce y trata a los tres
hombres.
Quizá no esté
a la altura de Eva al desnudo, pero se trata de una película muy bien estructurada
y con un progreso espectacular hacia un final que, por supuesto, aunque la
película es un clásico y es posible que haya sido vista mas de una vez,
incluso, queda reservado a la mirada de cada uno de sus espectadores.

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