La imposible huida del monstruo científico: una crónica contundente de la perseveración en la insania.
Título original: Das
Verschwinden des Josef Mengeleaka
Año: 2025
Duración: 135 min.
País: Alemania
Dirección: Kirill
Serebrennikov
Guion: Olivier Guez
Reparto: August Diehl; Maximilian
Meyer-Bretschneider; Dana Herfurth; Burghart Klaußner; Friederike Becht; Anton
Lytvynov; Heinz K. Krattiger; Carlos Kaspar; Alina Lytvynova; Tetiana Lytvynova;
David Ruland; Rodrigo Costa Pereyra; Diana Stepanova; Santino Lucci; Ramiro
Lucci; Sergey Podymin; Henry Alexander.
Fotografía: Vladislav
Opelyants.
No es Serebrennikov un director desconocido,
porque ya he visto de él La mujer de Chaikovski y Limónov, la balada
de Édichka, dos películas tan diferentes entre sí como lo es esta de las
dos que acabo de mencionar. El contraste con Limónov... es llamativo y
hasta sorprendente, porque, después de la orgía anarcofascista del poeta
delirante, pope del ultranacionalismo ruso,
esta biografía de los últimos años del llamado «Ángel de la muerte», el
médico y científico alemán, genetista, que hizo verdaderas salvajadas, supuestamente
en aras de la investigación médica, con los prisioneros del campo de concentración
de Auschwitz-Birkenau, es un prodigio de clasicidad narrativa, con una puesta
en escena fantástica, un blanco y negro canónico y unas interpretaciones
destacadísimas, tanto la de Mengele, a cargo de August Diehl, como de su hijo
Rolf, un inspirado Maximilian Meyer-Bretschneider, quien va a visitarlo, a
requerimiento del padre, poco antes de su muerte, en una playa de Brasil. Recordemos
que Serebrennikov es un director exiliado de Rusia, donde fue perseguido y
algunas de sus obras han sido prohibidas.
La película se abre con la exposición de
los restos óseos de Mengele, identificados casi diez años después de su muerte,
y no tardamos en recorrer, con tiempo suficiente para ello, las etapas que lo
llevaron desde su huida del campo de concentración, al acabar la Segunda Guerra
Mundial, hasta esa muerte por derrame cerebral mientras nadaba en el mar.
Cuesta trabajo entender que Mengele no fuera detectado, desde buen comienzo,
por las autoridades ganadoras de la contienda, que celebraron los juicios de
Núremberg, en los que ni se le menciona. De hecho, incluso con su propio
nombre, Mengele viajó a Europa y visitó a su familia, antes de temer ser
descubierto y emigrar a Argentina, para, después, pasar a Paraguay y acabar,
finalmente, siempre sintiendo el miedo de ser descubierto, en Brasil. Se trata
de un periplo fugitivo en el que siempre contó con la ayuda financiera de su
familia y su propia iniciativa empresarial, lo que lo llevó a comprar una
granja que administraban dos húngaros de quienes no se fiaba que no lo
denunciaran, si las cada vez más persistentes noticias sobre su figura como
oficial médico nazi, llegaran a sus oídos, si bien ante ellos Mengele se
identificaba con otro nombre.
La película muestra, lógicamente, la vida
de un prófugo, un ser autoacorralado por el miedo, hosco, desconfiado y archiconvencido
de ser una auténtica víctima sobre quien caen todos los dicterios del mundo sin
que sus compañeros de profesión y de experimentos reciban idéntica condena. A
lo largo de la película vamos a conocer a un nazi integral en nada distinto de
todos los otros nostálgicos que construyeron una red de apoyo que permitía a
los exiliados «ilustres» una alto grado de inmunidad y una rigurosa
clandestinidad. De hecho, el Mosad le siguió los pasos, pero no tuvo el éxito
que sí consiguió con el secuestro de Eichmann y su trasado a Israel, donde fue
juzgado y condenado a muerte. A poco que se lea sobre Mengele, las fuentes nos
revelan una personalidad fría e insensible que se mostraba amable, risueño, y
que silbaba a menudo mientras cometía todo tipo de atrocidades con prisioneros
a los que, literalmente, no consideraba miembros de la especie humana, porque
su especialidad era el estudio de la teratología y sus múltiples deformaciones.
Aunque la película es en banco y negro, solo hay un tramo en que se usa el
color, y se trata del que recoge sus atroces experimentos médicos en el campo
de concentración, algo así como la pretensión de mostrar en toda su crudeza la
degeneración de un ideario, el nazi, en el que la superioridad de la raza aria
debía ser fundamentada científicamente. En la película, sin embargo, la
paranoia del fugitivo va in crescendo y casi resulta un consuelo para los espectadores
verlo asfixiarse en su propio temor animal a ser atrapado y correr, acaso, la
misma suerte que Eichmann. El contraste con su hijo Rolf, un joven de su tiempo
a quien le resulta imposible concebir que su progenitor haya sido capaz de
hacer lo que se ha probado que hizo, funciona muy bien dramáticamente, aunque
este es incapaz de conseguir que su padre reconozca todo el mal causado,
amparando todas sus acciones bajo el paraguas de los estudios médicos. Por más
que el hijo le acorrala, Mengele se erige en satánico debelador de lo que representa
el hijo y los tiempos modernos frente a su criminal ideal nazi. En eso la
película nos deja bien claro que hay ideales capaces de alienar a sus devotos
más allá de las contrastadas aberraciones de todo tipo que se hayan cometido en
nombre de ellos. Y la patética figura del Mengele acorralado, insisto, por su
pánico a ser apresado y juzgado es un cáncer que lo corroe hasta su
desaparición. Los espectadores pueden estar tranquilos: vivió una agonía hasta
el mismísimo día de su muerte, aunque no renunciara a su ideario maléfico, y
eso lo interpreta a la perfección un actor que, propiamente, lleva el peso de
toda la película.
Por momentos, sobre todo cuando vuelve al
hogar y asiste a una reunión familiar con su padre, nos parece estar viendo una
continuación de La cinta blanca de Haneke, porque esa es la atmósfera
que se recrea y el ambiente que se respira. La selección de invitados es una
verdadera muestra de lo peor de la ideología nazi, pero se capta también la
sólida infiltración en el cuerpo social de dicha ideología, de ahí que los «negacionistas»
—y el padre de la candidata a la presidencia en Francia, marine Le Pen lo era,
aunque su hija se apartara de él y, a su manera, refundara el partido— no se
hayan extinguido y, dado el ascenso de AfD en Alemania, incluso puedan llegar a
convertirse en mayoría política por los
errores wokistas de una izquierda totalmente desorientada respeto de los
fenómenos sociales más recientes: la constante infiltración del islamismo en
Europa y el aluvión de inmigrantes y refugiados sin control.
Si concluí el visionado de Limónov...
sin ánimos de ponerme a redactar la crítica de semejante torbellino iconoclasta,
a pesar del excelente retrato del neofascismo que significaba la película, esta
película me ha empujado enseguida al teclado para dejar constancia de cómo fue posible
que un sádico criminal de guerra, archivo vivo de las mayores abominaciones,
pudiera malvivir, perseguida por la sospecha de ser delatado, tantos años, tan
cerca. La puesta en escena de los lugares donde ha de refugiarse el criminal,
con la degradación última de la choza que habita en Brasil, es una baza que nos
permite pautar las fases de esa huida sin retorno a la normalidad que
desapareció por completo cuando huyo a Argentina.

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