viernes, 18 de septiembre de 2026

«La desaparición de Josef Mengele», de Kirill Serebrennikov, o la impunidad incomprensible.

 

La imposible huida del monstruo científico: una crónica contundente de la perseveración en la insania.

 

Título original: Das Verschwinden des Josef Mengeleaka

Año: 2025

Duración: 135 min.

País: Alemania

Dirección: Kirill Serebrennikov

Guion: Olivier Guez

Reparto: August Diehl; Maximilian Meyer-Bretschneider; Dana Herfurth; Burghart Klaußner; Friederike Becht; Anton Lytvynov; Heinz K. Krattiger; Carlos Kaspar; Alina Lytvynova; Tetiana Lytvynova; David Ruland; Rodrigo Costa Pereyra; Diana Stepanova; Santino Lucci; Ramiro Lucci; Sergey Podymin; Henry Alexander.

Fotografía: Vladislav Opelyants.

 

No es Serebrennikov un director desconocido, porque ya he visto de él La mujer de Chaikovski y Limónov, la balada de Édichka, dos películas tan diferentes entre sí como lo es esta de las dos que acabo de mencionar. El contraste con Limónov... es llamativo y hasta sorprendente, porque, después de la orgía anarcofascista del poeta delirante, pope del ultranacionalismo ruso,  esta biografía de los últimos años del llamado «Ángel de la muerte», el médico y científico alemán, genetista, que hizo verdaderas salvajadas, supuestamente en aras de la investigación médica, con los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, es un prodigio de clasicidad narrativa, con una puesta en escena fantástica, un blanco y negro canónico y unas interpretaciones destacadísimas, tanto la de Mengele, a cargo de August Diehl, como de su hijo Rolf, un inspirado Maximilian Meyer-Bretschneider, quien va a visitarlo, a requerimiento del padre, poco antes de su muerte, en una playa de Brasil. Recordemos que Serebrennikov es un director exiliado de Rusia, donde fue perseguido y algunas de sus obras han sido prohibidas.

La película se abre con la exposición de los restos óseos de Mengele, identificados casi diez años después de su muerte, y no tardamos en recorrer, con tiempo suficiente para ello, las etapas que lo llevaron desde su huida del campo de concentración, al acabar la Segunda Guerra Mundial, hasta esa muerte por derrame cerebral mientras nadaba en el mar. Cuesta trabajo entender que Mengele no fuera detectado, desde buen comienzo, por las autoridades ganadoras de la contienda, que celebraron los juicios de Núremberg, en los que ni se le menciona. De hecho, incluso con su propio nombre, Mengele viajó a Europa y visitó a su familia, antes de temer ser descubierto y emigrar a Argentina, para, después, pasar a Paraguay y acabar, finalmente, siempre sintiendo el miedo de ser descubierto, en Brasil. Se trata de un periplo fugitivo en el que siempre contó con la ayuda financiera de su familia y su propia iniciativa empresarial, lo que lo llevó a comprar una granja que administraban dos húngaros de quienes no se fiaba que no lo denunciaran, si las cada vez más persistentes noticias sobre su figura como oficial médico nazi, llegaran a sus oídos, si bien ante ellos Mengele se identificaba con otro nombre.

La película muestra, lógicamente, la vida de un prófugo, un ser autoacorralado por el miedo, hosco, desconfiado y archiconvencido de ser una auténtica víctima sobre quien caen todos los dicterios del mundo sin que sus compañeros de profesión y de experimentos reciban idéntica condena. A lo largo de la película vamos a conocer a un nazi integral en nada distinto de todos los otros nostálgicos que construyeron una red de apoyo que permitía a los exiliados «ilustres» una alto grado de inmunidad y una rigurosa clandestinidad. De hecho, el Mosad le siguió los pasos, pero no tuvo el éxito que sí consiguió con el secuestro de Eichmann y su trasado a Israel, donde fue juzgado y condenado a muerte. A poco que se lea sobre Mengele, las fuentes nos revelan una personalidad fría e insensible que se mostraba amable, risueño, y que silbaba a menudo mientras cometía todo tipo de atrocidades con prisioneros a los que, literalmente, no consideraba miembros de la especie humana, porque su especialidad era el estudio de la teratología y sus múltiples deformaciones. Aunque la película es en banco y negro, solo hay un tramo en que se usa el color, y se trata del que recoge sus atroces experimentos médicos en el campo de concentración, algo así como la pretensión de mostrar en toda su crudeza la degeneración de un ideario, el nazi, en el que la superioridad de la raza aria debía ser fundamentada científicamente. En la película, sin embargo, la paranoia del fugitivo va in crescendo y casi resulta un consuelo para los espectadores verlo asfixiarse en su propio temor animal a ser atrapado y correr, acaso, la misma suerte que Eichmann. El contraste con su hijo Rolf, un joven de su tiempo a quien le resulta imposible concebir que su progenitor haya sido capaz de hacer lo que se ha probado que hizo, funciona muy bien dramáticamente, aunque este es incapaz de conseguir que su padre reconozca todo el mal causado, amparando todas sus acciones bajo el paraguas de los estudios médicos. Por más que el hijo le acorrala, Mengele se erige en satánico debelador de lo que representa el hijo y los tiempos modernos frente a su criminal ideal nazi. En eso la película nos deja bien claro que hay ideales capaces de alienar a sus devotos más allá de las contrastadas aberraciones de todo tipo que se hayan cometido en nombre de ellos. Y la patética figura del Mengele acorralado, insisto, por su pánico a ser apresado y juzgado es un cáncer que lo corroe hasta su desaparición. Los espectadores pueden estar tranquilos: vivió una agonía hasta el mismísimo día de su muerte, aunque no renunciara a su ideario maléfico, y eso lo interpreta a la perfección un actor que, propiamente, lleva el peso de toda la película.

Por momentos, sobre todo cuando vuelve al hogar y asiste a una reunión familiar con su padre, nos parece estar viendo una continuación de La cinta blanca de Haneke, porque esa es la atmósfera que se recrea y el ambiente que se respira. La selección de invitados es una verdadera muestra de lo peor de la ideología nazi, pero se capta también la sólida infiltración en el cuerpo social de dicha ideología, de ahí que los «negacionistas» —y el padre de la candidata a la presidencia en Francia, marine Le Pen lo era, aunque su hija se apartara de él y, a su manera, refundara el partido— no se hayan extinguido y, dado el ascenso de AfD en Alemania, incluso puedan llegar a convertirse en mayoría política  por los errores wokistas de una izquierda totalmente desorientada respeto de los fenómenos sociales más recientes: la constante infiltración del islamismo en Europa y el aluvión de inmigrantes y refugiados sin control.

Si concluí el visionado de Limónov... sin ánimos de ponerme a redactar la crítica de semejante torbellino iconoclasta, a pesar del excelente retrato del neofascismo que significaba la película, esta película me ha empujado enseguida al teclado para dejar constancia de cómo fue posible que un sádico criminal de guerra, archivo vivo de las mayores abominaciones, pudiera malvivir, perseguida por la sospecha de ser delatado, tantos años, tan cerca. La puesta en escena de los lugares donde ha de refugiarse el criminal, con la degradación última de la choza que habita en Brasil, es una baza que nos permite pautar las fases de esa huida sin retorno a la normalidad que desapareció por completo cuando huyo a Argentina.

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