jueves, 17 de septiembre de 2026

«Un talento único», de Daniel Roher, un prometedor estreno en la ficción.

 

Entre el neo-noir y el estudio singular de los casos médicos extremos, más una aceptable comedia sentimental, una película que lo tiene todo para encandilar sin falsas aspiraciones trascendentales.

Título original: Tuner

Año: 2025

Duración: 109 min.

País: Canadá

Dirección: Daniel Roher

Guion: Robert Ramsey, Daniel Roher

Reparto: Leo Woodall; Havana Rose Liu; Dustin Hoffman; Lior Raz; Tovah Feldshuh; Jean Reno; Nissan Sakira; Gil Cohen; C.S. Lee.

Música: Marius De Vries, Will Bates

Fotografía: Lowell A. Meyer.

 

          ¡Bueno, una película cuyo autor no se viste de tiros largos ni nos promete revelarnos la esencia de la vida, la Historia o la «verdadera realidad» que nosotros, pobres espectadores cubiertos por el pelo de la dehesa, hemos ignorado hasta que tan grandes genios han llegado a la industria del cine para revelárnoslas! Un talento único es una muestra de lo que la calidad de un cine bien hecho puede hacer para atraer a los espectadores a las salas, o a las privadas de los domicilios, cuyas pantallas privadas nada tienen que envidiar a las de los viejos cines de Arte y Ensayo, como el antiguo Arkadín de Barcelona. La vimos, mi Conjunta y yo, tras darse la circunstancia de que su profesora de inglés les hubiera pasado el tráiler para un ejercicio y sin saber yo nada de ella, salvo la sinopsis argumental, y donde leo padecimiento orgánico singular, como la hiperacusia, se me dispara el interés exponencialmente.

          Que el hiperacúsico sea un afinador de pianos que trabaja para un patrón que va perdiendo el oído a medida que se va aficionando a la vida muelle añade dos elementos narrativos muy curiosos: el contraste entre la juventud que se abre paso en la profesión y el viejo que tuvo y retuvo, pero muy amortiguado, y la actuación estelar de Dustin Hoffman, quien necesita muy poco, la verdad, para apoderarse de la pantalla e imantar nuestras miradas. Que desaparezca tan pronto en la trama es un hándicap para la historia, pero como se decía en la época del destape, «si lo exige el guion...». Y lo exige, claro, porque la enfermedad del viejo afinador lo lleva a una clínica sin que él ni su mujer tengan «posibles» para pagar el tratamiento. Y en este preciso momento entra en escena el lado neo-noir de la trama, porque, al modo del motivo originario de la actividad de Walter White en la celebérrima Breaking Bad,  el camino del mal se va a cruzar accidentalmente en el camino profesional del personaje, porque su enfermedad congénita —se le declara de niño y corta en seco una prometedora carrera pianística— tiene una variante que descubre cuando ayuda a unos extraños agentes de seguridad, a abrir una caja fuerte en la misma casa donde él trata, en absoluto silencio de afinar un piano para una celebración al día siguiente. De esa coincidencia nace la relación entre los extraños mafiosos inmigrantes y el afinador, que no se «activa» hasta que ha de abonar los casi 40.000 dólares que debe su jefe al Seguro. Esa habilidad del joven va a depararnos, cinematográficamente, momentos estupendos, porque el montaje entre el sonido y la imagen para oír el imperceptible sonido que permite desbloquear cada caja es todo un descubrimiento.

          De forma paralela, el joven hiperacúsico entra en contacto con una ambiciosa pianista a la que le descubre que tiene oído absoluto, como Mozart, y que identifica todos los sonidos imaginables que se puedan arrancar de un piano. Está claro que lo más atractivo del joven no es el oído, por supuesto, y de ahí que no tarde en aparecer la chispa erótico-sentimental que los acerca hasta estrechar una relación que, dada la ambición de ella, tarda en definirse positivamente. Y aquí entra la actuación  espléndida de un joven actor, Leo Woodall, que me resultaba muy conocido pero al que no ubicaba en la película que lo habíamos visto: la IA me ha ayudado a «fijarlo», era el «sobrino» de Tom Hollander en la temporada que transcurre en Sicilia. Se trata de un actor que se ajusta al personaje del afinador con absoluta naturalidad, si bien la trama exagera dramáticamente los efectos de su enfermedad para alimentar una trama dramática que va progresando a medida que él se ve «atrapado» por la red mafiosa que le ha ayudado pero que al tiempo lo explota.

          Que el joven se quede con un reloj, producto del desvalijamiento de una de las cajas fuertes que abre, va a poner en contacto la trama sentimental y la trama delictiva, porque cuando la joven pianista tiene que actuar ante un encumbrado pianista que solo escoge a un candidato para enseñar y este descubre el reloj en su muñeca, se revela que ese reloj, lo mismo que el otro que aún no ha aparecido son los únicos recuerdos que tiene el consagrado pianista de su familia, desaparecida en un campo de concentración nazi. La amenaza de acudir a la policía, cuando el joven acaba confesando su responsabilidad en la desaparición del reloj de ella, impulsa la trama decididamente hacia el género del neo-noir en su vertiente más cruda, pero sin perder ni un ápice de verosimilitud, aunque los tres ladrones de cajas fuertes tengan un aire de personajes de comedia que compensan, hasta cierto punto, esa vertiente oscura de sus trapicheos, cuya dimensión se dispara cuando roban las claves de una cuentas protegidas para saquearlas. Ahí hay escenas que nada tienen que envidiar a Quentin Tarantino, desde luego, y están perfectamente resueltas por el director.

          Estamos, pues, ante una película en la que los contrastes fortalecen la trama y hacen que los espectadores la sigan no solo por los detalles de la relación entre el maestro y el discípulo, entre Hoffman y Woodall, una relación entrañable muy bien plasmada, porque Hoffman es, sin lugar a dudas, la figura paterna en la vida del joven hiperacúsico, y responde como mejor puede cuando las deudas están a punto de dejarlo morir en la calle, desatendido y empobrecido. El buen oído del viejo, amante del jazz y frecuentador de algunas de sus estrellas, además de haber tocado en su juventud con Herbie Hanckcock, quien hace un cameo en la película para asistir al entierro del «viejo amigo», todo lo cual aumenta no solo el grado de veracidad de la trama, sino el cuidado con que ha sido escrito el papel del gran actor que es Hoffman. En esa escena, por cierto, la irrupción del mafioso en el velatorio, con una amenaza inequívoca hacia las manos de la pianista con quien sale el afinador, mezcla ambas tramas y posibilita que sigamos con reduplicado interés los próximos pasos. El montaje paralelo del concierto de supuesta «consagración» de ella y el trabajo que se ve obligado a realizar él mediante la persuasión física previa, muy al estilo del bautizo de El Padrino, es uno de los momentos culminantes de la película. Pero seguro que los espectadores sabrán apreciar los muchos otros que hay en la película. Un cine de gran calidad y eficacia que no se anda por las ramas exquisitas de la (pretendida) «genialidad».

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