martes, 6 de octubre de 2026

«Backrooms», de Kane Parsons, o la terrorífica atracción del espacio vacío.

El bien y el mal transmutados en espacios laberínticos y comunicados a través del espejo.

 

Título original: Backrooms

Año: 2026

Duración: 100 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Kane Parsons

Guion: William Bromell, Kane Parsons. Historia: Kane Parsons

Reparto: Chiwetel Ejiofor; Renate Reinsve; Finn Bennett; Lukita Maxwell; Mark Duplass; Krista Kosonen;

Avan Jogia; Philip Granger; Patrick Baynham; Robert Bobroczkyi; Ember Ambrose; Katharine Isabelle;

Peter New; Sarah Hayward; Natalie Moon; Calix Fraser; Sawyer Fraser.

Música: Edo Van Breemen, Kane Parsons

Fotografía: Jeremy Cox.

 

          Tenía muchas ganas de ver esta película que se publicitaba como el último no va más en el género del terror, y lo primero que se me ocurre es que solo tangencialmente podemos encuadrarla en ese género, porque el temor y el suspense no son exclusivos del género. El hecho de que haya una psiquiatra o psicóloga por medio y un paciente destemplado emocionalmente ya nos predisponen a una inmersión en el mundo del desquiciamiento, aunque no sepamos por dónde podrá venir la alteración, aunque la situación del hombre, que ha sido expulsado de su propia casa y, como se ve en algunos planos, duerme en la casa de muebles de la que es el propietario, dista mucho de acercarlo a la serenidad, aunque trabaja con la psiquiatra el modo de superar el trauma, porque también hay una frustración evidente en el hecho de haber estudiado para ser arquitecto y haberse de ver «limitado» a la tarea de vendedor de mueble. Con  dos ayudantes, graba un vídeo disfrazado de pirata para invitar a través de los anuncios emitidos en la televisión local a comprar en su local. Todo parece discurrir dentro de lo previsto en esas condiciones hasta que un día, por puro azar, porque le parece que hay algún desperfecto en la pared, se acerca y la pared cede, de modo que la atraviesa sin dificultad, para encontrarse con un espacio justo al lado de su tienda de muebles, totalmente amarillo, con una iluminación muy variada y con unas dimensiones que resultan inconcebibles, teniendo en cuenta las propias de su negocio. Desde Alicia en el país de las maravillas sabemos que los espejos permiten pasar a otra dimensión, exactamente como ocurre aquí. La primera exploración del hombre, absolutamente atemorizado y en una tensión propia de quien se espera el acecho de alguien o «algo» lo lleva por pasillos interminables, espacios con diferentes enseres, y comunicaciones constantes entre unos espacios y otros, como si fuera un laberinto que reprodujera las galaxias y se ensanchara permanentemente a medida que se van cubriendo salas, pasillos, etc.

          La creación de estos espacios es uno de los aspectos más imaginativos de la película y, en cierto modo, se adivina en ese diseño una relación con la condición de arquitecto del vendedor de muebles. Caminar paso a paso por ellos, ignorando su dimensión y si la distribución responde a un plano definido y reconocible genera una sensación de angustia en el personaje que no tarda en trasladarse al espectador, como el uso de la cámara subjetiva se encargará de hacer. Poco a poco, a medida que se descubren nuevos espacios, se descubren nuevas «decoraciones» con objetos indiferentes a la posibilidad de un relato que dé explicación de su presencia allí, ¡y mucho menos de cómo han llegado hasta esas amplias estancias vacías! Lo común es, sin  embargo, la sensación de ruina, de despojo, de abandono y de fracaso, curiosamente nada ajeno al estado mental del protagonista, lo que nos lleva a pensar si ese descubrimiento es una proyección mental suya o una realidad paralela a la suya de cada día. Cuando se lo intenta explicar a la psiquiatra, una interpretación de Renate Reinsve muy distinta de sus dos grandes éxitos: La peor persona del mundo y Valor sentimental, ambas de Joachim Trier, se ve absolutamente imposibilitado de vencer la resistencia de la profesional, dado el relato alucinatorio que le cuenta el paciente, quien incluso le enseña el dibujo de un plano de la planta que ha recorrido para convencerla de la existencia de ese espacio contiguo al de su tienda. La psicoanalista, obviamente, no ve en esa hoja sino el dibujo de un desequilibrado, acaso de un paranoico. Ofendido, el protagonista se despide de ella con el ánimo de volver con «pruebas», para que no se dude de su equilibrio mental. Muy curiosamente, la visita del protagonista a sus empleados, para que le acompañen en esa aventura probatoria, nos lleva a un barrio con calles y casas que tienen todo el aire de una maqueta, como si se tratara de los pisos y calles piloto de una urbanización que se enseña a los futuros compradores para que se hagan una idea nítida de cómo y dónde vivirán. Algo así como la otra cara de los espacios vacíos que se hallan adosados a su tienda, cuya extensión tiene las trazas de abarcar todo un barrio, si no una ciudad subterránea, construida de forma paralela a la real en la que habitan.

          Es obvio que no puedo desentrañar nada de lo que les acontecerá a los tres expedicionarios, pero puedo garantizar que el director utiliza habituales recursos del cine de suspense para generar un desasosiego solo comparable a los reconocimientos de esas «trastiendas» inmensas y sobrecogedoras, porque no es una película apta ni para os agorafóbicos ni ara los claustrofóbicos; para los primeros, porque la creciente dimensión de los espacios vacíos, sin casi asideros visuales, con pasillos que desembocan en espacios aún mayores, etc., los acongojará; para los segundos, porque la distorsión de esos espacios, que incluso se retuercen sobre sí mismos de modo especular puede atormentarlos hasta la necesidad de salir de la sala, lo que ocurre con las equinas de algunas habitaciones cuyas paredes convergen en un ángulo donde es imposible que un cuerpo halle acomodo. Por supuesto que nada diré de lo que les ocurre a los ayudantes y al protagonista, pero sí descubriremos que hay una realidad paralela en la que algunas personas vigilan a través de monitores la presencia de seres humanos en esos espacios aparentemente inexplorados, al menos en todas sus dimensiones. Tampoco diré nada de los extraños vínculos espaciales entre la realidad «normal» y sus extrañas relaciones con los espacios misteriosos que, a pesar de su exultante color amarillo, nos van a recordar las oscuridades de las fosas marinas donde habitan peces tan ciegos como inconcebibles. Que la psicoanalista, ante la ausencia de noticias de su paciente, decida investigar qué le ha ocurrido y acabe entrando en la tienda de muebles, por donde se mueve con absoluta prevención hasta que descubre la puerta —esas líneas de portería en un muro que ahora usa Filmin como puerta de entrada a la plataforma, haciendo un guiño de complicidad a la película— y, para su espanto, comprueba que puede atravesarla como si estuviera formada de niebla-

          Que hay mucho en esta película de otras que la han precedido es obvio, desde Kubrick hasta Vicnenzo Natali, pasando por Lars von Trier hay ecos constantes que desembocan todos ellos en los mundos fantásticos de David Lynch, muy especialmente de Tween Peaks y de Cabeza borradora, como no puede ser de otro modo en un director tan jovencísimo como Kane Parsons, quien nos lleva de la mano por ese mundo fantástico suyo de los espacios tan diáfanos como amenazadores que va complicándose a medida que extrañas apariencias de vida se dignan habitarlo como parte de una nueva realidad cuyo conocimiento depara sorpresas absolutamente paranormales, pero que toman su energía de nuestra vida humana real.

          La poética del espacio que nos ofrece el director, permítanme insistir en  ello, es un acierto absoluto, y pocos espectadores habrá que no estén deseando, mientras contemplan la película, no salir de él y seguir explorándolo hasta sus desconocidos limites: ejerce una atracción magnética que sorprende, dado el minimalismo de su construcción; pero si una persona en silencio atrae más que otra parlan china; un espacio diáfano atrae más que uno recargado. Piénsese que esos espacios actúan como contraespacio de la abigarrada tienda repleta de mobiliario hasta el último rincón. Esa dialéctica, lleno/vacío, acaba seduciendo a los espectadores, quienes seguirán, con tanto temor como intrepidez, los pasos de los protagonistas por ese laberinto amarillo.  

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