sábado, 3 de octubre de 2026

«Una mujer y tres hombres», de Ettore Scola, o la obra del Tiempo.

 

Una ambiciosa crónica de la Italia de posguerra hasta los años 70.

Título original: C'eravamo tanto amati

Año: 1974

Duración: 124 min.

País: Italia

Dirección: Ettore Scola

Guion: Agenore Incrocci, Furio Scarpelli, Ettore Scola

Reparto: Nino Manfredi; Vittorio Gassman; Stefania Sandrelli; Stefano Satta Flores; Giovanna Ralli; Aldo Fabrizi; Mike Bongiorno; Federico Fellini; Marcello Mastroianni; Vittorio De Sica; Nello Meniconi; Guidarino Guidi; Isa Barzizza.

Música: Armando Trovajoli

Fotografía: Claudio Cirillo.

 

          Ettore Scola tiene una película La familia que me impactó de tal manera que no he querido volver a verla, tal fue la emoción devastadora que me produjo. En cierto sentido Una mujer y tres hombres viene a ser un «ensayo» hecho trece años antes, y ese tiempo se nota en la afinación con que Scola trata el paso del Tiempo sobre los seres humanos. La historia de tres personajes que, de una u otra manera se relacionan con una misma mujer, interpretada por Stefania Sandrelli, y que fueron compañeros partisanos durante la invasión nazi de Italia, constituye una crónica de la propia sociedad italiana. La película se inicia, propiamente, donde acaba, y el salto del trampolín de uno de los personajes, el interpretado por Vittorio Gassman, queda interrumpido para evocar en un larguísimo flashback la historia de los destinos de los cuatro personajes. Un camillero enamorado, Antonio (Nino Manfredi), se enamora de una joven, Luciana (Stefania Sandrelli), pero cuando conoce al amigo de Antonio, Gianni (Vittorio Gassman), se enamora inmediatamente de él, y acaba dejando a Antonio. Por su parte, Nicola Palumbo (Stefano Satta Flores), es un profesor que, enfrentado a sus superiores por unas opiniones sobre El ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica, es expulsado y, sin trabajo, decide irse a Roma para buscarse la vida como crítico cinematográfico. Los cuatro frecuentan un figón de comidas baratas, con un ambiente de pobreza que recuerda mucho las películas españolas de los años cincuenta. En ese mismo figón, treinta años después, volverán a encontrarse, tras haber vivido vidas no solo muy distintas, sino que los han distanciado, al menos de Gianni, porque los otros tres siguen manteniendo, en su noble pobreza, una perdurable amistad.

          El guion es una obra de orfebrería, ciertamente, algo que desde siempre ha caracterizado el cine italiano, en el que no es infrecuente que intervengan hasta cinco o siete guionistas, algunos de ellos, también directores. Contar las vidas de los cuatro personajes, y mezclar los destinos de los cuatro en determinados momentos de sus vidas requiere una planificación que la película cumple escrupulosamente, si bien los tramos de vida de cada uno de ellos no siempre tienen el mismo interés. Se trata de un a historia de amores cruzados en la que destaca, por su crudeza la desolada historia de Gianni y Luciana, porque, de la noche a la mañana, el trepa encarnado por el abogado Gianni ve la oportunidad de «ascender» socialmente a través de un braguetazo épico con la hija de un promotor inmobiliario de quien se convierte en su mano derecha. Ese promotor, que parece salido de una película del Fellini, es uno de los grandes actores italianos de siempre: Aldo Fabrizi, cuyo desarrollo corporal es paralelo al de Gerard Depardieu, de tal manera que acaba convirtiéndose en un polo de atracción para el espectador, que no da crédito a semejante humanidad. La hija es absolutamente estúpida e ignorante, un papel en el que destaca Giovanna Ralli, quien ganó con sus interpretación un Nastro d’argento, otorgado por el Sindicato de  periodistas de cine, y ello porque la evolución del personaje es tan sorprendente como curiosa: el marido, culto como su amigo cinéfilo, la va guiando hacia lecturas con gran densidad intelectual, de tal manera que, andando el tiempo., sus intereses intelectuales están muy por encima de los intereses puramente mercantiles de su esposo, con quien no se entiende.

          Desde el comienzo de la primera historia, cuando el camillero y la aspirante a actriz se encuentran, aparecen recursos imaginativos que se sucederán a lo largo de la película. Uno de ellos es la detención del tiempo para que los personajes puedan expresarse con total libertad, emancipados de las circunstancias concretas en las que están inmersos en ese momento, que son siempre un condicionante mayúsculo y, a veces, insuperable. Así, es deliciosa la conversación que tienen Antonio y Luciana después de que él asista a su primera representación teatral y, al salir del teatro, en la calle, los cuerpos de ambos se detienen en foto fija en una pose antinatural mientras hablan con absoluta libertad para expresar sus sentimientos. Vuelve a ocurrir en el restaurante barato, un figón especialmente entrañable, sobre todo para quienes hemos frecuentado algunos de ese tipo en la juventud, por supuesto, y Luciana y Gianni se fotofijan para descubrir el poderoso vínculo de atracción mutua que los une.

          Para los cinéfilos, sin embargo, los momentos más emotivos de la película son aquellos en que la acción de la historia coincide con el rodaje en la Fontana di Trevi de la mítica escena de Anita Eckberg y su sensual reclamo: «¡Marcello, come here...!», con la aparición estelar del propio Fellini y de Marcello Mastroianni, con el gag estupendo del admirador de Fellini que lo saluda así: «He visto todas sus películas, señor Rossellini...». La participación del crítico de cine, Palumbo, en un concurso , ¡con la impagable presencia del presentador de TV Mike Bongiorno, interpretándose a sí mismo, el famosísimo, en Italia, Re del Quiz, y, para un espectador de nuestros días, un auténtico personaje salido de La gran belleza, de Sorrentino. La de Nicola Palumbo, el crítico de cine que está a punto de ganar una modesta fortuna, hasta que se empeña, testarudo él, en que la verdad es solo la que él dice que es la verdad, ignorando la literalidad de la pregunta, aunque el propio De Sica, en una intervención televisiva acaba dándole, ya a destiempo, la razón. Llega, esa reparación, de forma tan privada que el desdichado personaje ha perdido totalmente a su familia y a su hijo, en aras de una hipermodestísima carrera de crítico cinematográfico, aunque su lealtad a Antonio y a Luciana, con quien Nicola también tuvo una fugaz aventura, tras ser abandonada por Gianni, forma parte de su vida cotidiana, a la que los tres viven absolutamente resignados, sabedores de que la Historia, como se dice vulgarmente, «les ha pasado por encima». Lo que ignoran, claro es que el supuesto triunfador, el abogado Gianni es, acaso, el mayor perdedor de los cuatro. La diatriba del director contra la ambición de riqueza y contra ciertas falsas ilusiones nos acaban dando una película tan triste que me parece, ya lo dije, el preludio de esa gran obra devastadora, e imprescindible, que es La familia.

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