miércoles, 7 de octubre de 2026

«Las criaturas», de Agnès Varda, o la imaginación desbordada.

 

La narración como experimento y los protagonistas como cobayas.

 

Título original: Les créatures

Año: 1966

Duración: 90 min.

País:  Francia

Dirección: Agnès Varda

Guion: Agnès Varda

Reparto: Catherine Deneuve; Michel Piccoli; Eva Dahlbeck; Marie-France Mignal ; Britta Pettersson; Ursula Kubler ; Jeanne Allard ; Joëlle Gozzi ; Bernard La Jarrige ; Lucien Bodard ; Pierre Danny; Louis Falavigna ; Roger Dax; Nino Castelnuovo; Jacques Charrier;/ Nicole Courcel.

Música: Pierre Barbaud

Fotografía: Willy Kurant, William Lubtchansky, Jean Orjollet.

 

          Atreverse es el imperativo artístico por excelencia. Agnès Varda no tiene nada de timorata, y ha sido capaz de desafiar a la industria, a los críticos y al público. Tales órdagos suelen pagarse caros. Con todo, Las criaturas es una película que no se ve igual hoy que cuando se estrenó. El paso del tiempo, y cuanto hemos ido viendo en las pantallas, le ha favorecido. Admiro a los artistas que son capaces de no autoencasillarse en fórmulas de éxito y que lo arriesgan todo, ingresos y reputación, en aras de un proyecto que responde a una punzante necesidad personal. Imagino que no debieron ser muy halagüeñas las primeras recepciones críticas que debió tener Varda cuando mostró la película a sus íntimos, porque la historia es un desafío total a las narraciones ortodoxas, y se adentro en las entrañas del proceso creativo para trasladarnos una historia llena de imaginación y de detalles de puesta en escena que revelan el gusto de la autora por crear un espacio homogéneo en el que los personajes actúan. En este caso es la predilección por el dibujo escaqueado del tablero de ajedrez que se repite en diversos objetos a lo largo de la historia, anunciando el gran desafío final, la lucha entre el bien y el mal que representan un ingeniero misántropo y un escritor de cienciaficción.

          La historia arranca con un vehículo descapotable en marcha que circula a gran velocidad. La protagonista, Catherine Deneuve, le pide a su marido, Michel Piccoli, que desacelere, que le da miedo; él reclama su derecho a apretar el acelerador, porque la velocidad lo embriaga. Enseguida se oyen los frenos y el choque del coche contra un árbol. Posteriormente, como la acción se desarrolla en la isla de Noirmoutier, encontramos al protagonista subido a un mirador en el que pasa la noche tras inundar la marea alta el llamado Paso del Gois, solo transitable durante la marea baja. Mas adelante, la historia nos muestra a Piccoli, sí, sí, es el nombre el personaje, con una impresionante cicatriz en la frente y yendo a comprar víveres a la tienda cercana a la mansión que habita con su mujer, quien ha quedado sorda, tras el accidente, y no hace  ningún tipo de vida social. El escritor suele quedarse a escribir por las noches, y no tardamos en plantearnos cuáles serán los límites de la realidad y hasta dónde llegará la ficción de sus escritos, sobre todo cuando nos enteramos de que uno de sus cuentos futuristas tiene que ver con el control a distancia de las individuos. Tras una pelea con unos vendedores de mantelerías, cortinas y otras confecciones, estos se convierten en una amenaza para él y su paz, porque pretenden acceder al interior de la casa donde vive con su esposa. La defiende y, al día siguiente, aparece un gato muerto junto a varias piezas de sus atacantes. Lleva el gato al hotel cercano y la dueña, que tiene una relación adúltera con un médico, lo recibe como una promesa, hasta que, enterada de la existencia de su mujer, debe abandonar toda idea de interesado cortejo. Invitado a ver una película en la televisión del hotel, mientras los clientes cenan, tiene lugar un misterioso suceso: la pantalla se tiñe de rojo y la mujer se le insinúa sexualmente a uno de los vendedores que atacaran a Piccoli, y ello ante los ojos de su amante y del escritor que, con decisión, se interpone entre la mujer y el vendedor. Al parecer una pieza de hierro de extraña forma ha sido el vehículo que ha posibilitado esa escena en la que los personajes no parecían obedecer a su voluntad sino al capricho de otra ajena que los dominara.

          No tarda en irrumpir en escena el ingeniero que vive en una torre a la que ha llegado material procedente de París. El escritor sospecha de que en ella, la torre, se cuece algo que podría explicar esos fenómenos de intervención a distancia que tanto tienen que ver con el cuento que él está escribiendo y se pone de acuerdo con los vendedores para acceder a la torre cuando el ingeniero no está en ella. Regresa a tiempo para encontrarse con los tres hombres. El escritor y él dialogan sobre lo que aparece ante el escritor como un mecanismo diabólico que puede condicionar la vida de las personas a capricho del ingeniero, como le demuestra cuando obliga a uno de los vendedores a saltar por la ventana, hasta que Piccoli lo detiene. Desaparecidos los vendedores, se establece, entonces, lo que podríamos llamar el núcleo de la trama: el ingeniero invita al escritor a jugar una partida de ajedrez con los personajes que se han ido individualizando en la vida de la reducida comunidad y ahí veremos cómo se distorsiona, mediante la irrupción del cromatismo, la conducta de los personajes, hasta el punto de no ser ellos quienes actúan sino la negación de su propio ser. Todas las imágenes del ajedrez humano, de su actuación en el tablero y de la pantalla donde ambos jugadores ven los efectos de sus jugadas, son magníficas, así como esos detalles del motivo ajedrecístico en telas, manteles, vestidos, bañadores y casi cualquier textil que enfoca la cámara. Las historias subvertidas de los habitantes van desde el estudiado robo de la caja fuerte de Correos hasta la insólita unión de la hija del hotel con el electricista con quien tiene una tórrida relación en la caseta de baño, pasando por el rijoso intento de violación de la hija de la tendera por parte del impedido dueño del hotel, momento en el que el escritor destroza la instalación industrial de ingeniero y pelea con él hasta que, a resultas de la lucha, este cae desde lo alto de la torre y se estrella con el pavimento.

          La película está llena de motivos icónicos cuya significado corresponde al espectador establecer. Y uno de los más turbadores es el del cangrejo mostrado verticalmente, casi como una máscara macabra, y el fotograma del hijo de Piccoli y su mujer, que parece confundirse con aquella. Una turbación que no nos abandona a lo largo de la película, porque siempre estamos como ante una percepción distorsionada de la realidad que borra continuamente los límites entre las diferentes historias, de tal manera que no sabemos si todo ocurre exclusivamente en la mente del escritor o todo es tan verdad que el escritor lucha por aprehenderlo todo para nutrir su relato. La puesta en escena de la isla es soberbia, y los paseos del protagonista por ella, así como ese momento mágico en que se pierde el camino del paso del Gois con la crecida de la marea, mientras la camioneta se aleja como si circulara sobre las aguas...

          Puede haber momentos puntuales de la narración en los que la historia flojee algo, pero, en términos generales, estamos ante una felicísima historia que nos compromete, porque cae de nuestro lado el juicio final sobre lo que ocurre: recordemos, por ejemplo, que la dueña del hotel le lee la noticia de prensa sobre el suicidio del ingeniero, nota incluida sobre lo insoportable que le resulta la vida...

          ¡Ánimo, los valientes, tendrán una hermosa recompensa!  

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