miércoles, 30 de septiembre de 2026

«No hay tiempo para amar», de Mitchell Leisen, un discípulo de Lubitsch con voz propia.

 

Aquellas viejas y deliciosas comedias subidas a sus locos y lúcidos guiones...

 

Título original: No Time for Love

Año: 1943

Duración: 83 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Mitchell Leisen

Guion: Claude Binyon, Warren Duff. Historia: Robert Lees

Reparto: Claudette Colbert ; Fred MacMurray; Ilka Chase; Richard Haydn; Paul McGrath; June Havoc; Marjorie Gateson; Woody Strode.

Música: Victor Young

Fotografía: Charles Lang (B&W).

 

          Cuando se cuenta en el equipo con gigantes el Séptimo Arte como, Charles Lang, cinematografista de Adiós a las armas, de Frank Borzage, El fantasma y la señora Muir, de Joseph L. Mankiewicz o Con faldas y a lo loco, de Billy Wilder,  y como Victor Young en la partitura, es raro que la película acabe siendo un truño, a pesar de que se haya de contemporizar con muchos elementos que caen, como en este caso, del lado de la screwball comedy, cuando no directamente del absurdo, porque se ha de reconocer mucho mérito a la imaginación del señor Robert Lees, y no menos a la de dos guionistas clásicos como Claude Binyon —magnífico director él mismo de una comedia olvidada y divertidísima: Dreamboat, criticada en este Ojo— y Warren Duff, que logran que nos parezca de lo más natural una historia como la que dirigió un maestro de la comedia de altos vuelos como el director favorito de Javier Marías, Mitchell Leisen.  Robert Lees, aunque aparezca como mero referente para el origen de la historia, fue él mismo guionista de los cómicos Abbot y Costello en seis de sus películas y escribió también el guion de una de las primeras películas de otro dúo cómico: Lewis y Martin: Locos del aire, de Norman Taurog. Represaliado en la época Macarthy, hubo de escribir bajo pseudónimo, J. E. Selby, para la industria inglesa y tuvo un dramático final cuando un descerebrado irrumpió en su casa, lo asesinó y le decapitó.

          Mitchell Leisen necesita poca presentación: Una chica afortunada, La muerte de vacaciones y Medianoche, las tres criticadas en este Ojo, bastan para percatarse de que el arquitecto metido en labores, inicialmente, de director artístico, tendría un ojo cultivado para bordar la puesta en escena sin que le pasara por alto detalle ninguno cuando pasara a desempeñar labores de dirección tras haber sido ayudante del mago e la comedia, Ernst Lubitsch, y de otros. Las comedias sofisticadas, con personajes disparatados de la jet set económica e intelectual de Nueva York, suelen dar un juego cómico muy notable, y de eso ha vivido Woody Allen durante muchos años, y algunos otros han encontrado en ese ecosistema su fuente de inspiración, como Noah Baumbach, aunque el origen social de los personas de estos dos últimos no se movieran ya en la élite económica, sino en la fértil clase media usamericana. En esta película, llena de malentendidos, el choque «cultural» y social entre una mimada fotógrafa de prensa y un obrero musculoso que trabaja en la excavación de un túnel bajo el río Hudson va a provocar un sinfín de situaciones, a cual más disparatada, y muchas de ellas lo suficientemente divertidas como para darle a esta película la importancia que, aparentemente, no tiene en su filmografía. A mí, particularmente, me ha gustado más que Medianoche, tan reputada por incontestables razones. Y por sobre estas dos, sigo prefiriendo La muerte de vacaciones, por supuesto. No niego que la presencia de Fred MacMurray que no siempre ha sido santo de mi devoción, acaso lastre un poco el inmenso potencial de la película, pero acaba cumpliendo satisfactoriamente.

          La historia parece un pretexto para que lleguemos a ese enfrentamiento sociocultural entre el fornido muchachote del subsuelo y la culta fotógrafa vanguardista cuyo puesto en el periódico se debe a que es la prometida del propietario. Ahora bien, el modo como se desarrolla esa historia tiene un timing casi perfecto y, como se requiere en estos casos, unos secundarios de lujo que complementan a los protagonistas, como es el caso de la hermana de la fotógrafa, Ilka Chase y Richard Haydn, un autoinvitado constante en casa de las amistades, particularmente de la fotógrafa, Katherine, a quien asiste, sobre todo, en uno de los momentos más logrados de la película, desde e punto de vista estético: cuando han de meterse en un inmenso lodazal para recuperar la cámara de fotos de su amiga, gracias a la cual va a demostrar que el invento del fornido Jim Ryan, que resulta ser un ingeniero camuflado de obrero para entender mejor la problemática de la excavación subterránea y subfluvial, gracias a lo cual perfecciona un método para impedir, precisamente, las avalanchas de lodo que impiden progresar en la excavación.

          El tono hilarante de la historia nos ha permitido ver el nacimiento de la relación entre Ryan y Katherine a partir de las fotografías que ella hace de los obreros luchando en el subsuelo, gracias a las cuales Ryan es expulsado, si bien ello fue precedido por un accidente en el que estuvo a punto de ser aplastado, si Katherine no lo hubiera salvado. Ella, llena de mala conciencia y de un sostenido flujo de activas feromonas, contrata al supuesto «gañán» como ayudante durante los meses que ha sido suspendido de empleo y sueldo. El mote de Superman que le adjudican a Ryan, acaba impresionando tanto a su nueva empleadora que tiene un sueño maravilloso en el que la acción ocurre en una silla gigantesca anclada en el espacio —lo cual tiene que ver con que ella le ha reprochado que una de sus sillas tenía diez veces más carácter y talento que él, uno sobre la que él se sienta, después de compararse con ella ante el espejo, y acaba rodando por los suelos—, donde un rijoso malvado la asedia con imaginamos que libidinosos fines, huyendo de él cae al vacío y, en ese momento, emerge de entre las nubes la figura voladora de Superman con una capa que bien parece una sábana y se acerca a ella hasta recogerla por el talle con indudable suavidad y gentileza de maneras. Después, ascienden hasta donde está la silla —y toda esta escenografía tiene una belleza singular a la que no debió de ser ajena el trabajo de Leisen como Director Artístico— y Superman atrapa al malvado, quien le da un latigazo y, después, dispara contra él repetidamente, aunque las balas rebotan en su pecho de acero. Finalmente, coge al villano y lo lanza por encima de su cabeza al vacío. El traje estrambótico de superhéroe tiene una gran R bordada en el pecho, pero, y me van a perdonar que les chafe la sorpresa, Superman emite el famoso grito de Tarzán y se golpea el pecho como un orangután, porque este apodo ha sido usada por la fotógrafa para referirse a él con anterioridad. No sé si me harán caso y la verán, pero a buen seguro que si lo hacen, convendrán conmigo en que esta escena es soberbia, algo así como una síntesis de la cultura de masas en la que solo falta, para completar el imaginario usamericano, el coche.

          Junto a ese delirio de historieta, la escena realista de la excavación y la inundación de lodos subfluviales en el túnel donde trabajan los obreros es otro de los momentos cumbre de la película, al menos desde el punto de vista cinematográfico, porque contrasta, además, con la superficialidad de los personajes encumbrados que «juegan a burlarse» del obrerete sandio e ignorante que desconoce hasta lo elemental, papel en el que a Katherine la secunda espectacularmente el músico encarnado por Richard Haydn. El cambio de restaurante, por ejemplo, es otra secuencia de mucho mérito, sobre todo la culminación con el juego de las sillas, que acaba en una tángana escandalosa.

          Los juegos de malentendidos son el núcleo duro de las comedias románticas, y aquí no podía ser de otro modo, por supuesto, de ahí que el desenlace —silla incluida...— cierre la película con una brillantez que es más efectiva y real de lo que algunos han visto. Por otro lado, cabría decir algo de lo atrevido que era, en su momento, esa suerte de culto a la imagen del hombre desnudo —y las secuencias de celotipia con el Mr. Usamérica a quien ella quiere fotografiar (¡qué abismo entre el culturismo de entonces y el que vendría pocas décadas después!) dan pie para esas y otras consideraciones—, en el que Katherine se recrea no sin cierta malicia.

          Leisen se lo debió de pasar de miedo haciendo esta película, porque, más allá de que la Colbert y MacMurray sean un poco sosos, consigue extraer de ellos yd e la situación una comedia inteligente y llena de diálogos sobresalientes. ¡Allá ustedes, si no la ven!

         

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