Máxima
condensación narrativa en un mínimo espacio, con un reparto de lujo y el eco subterráneo de
El tercer hombre, de Reed.
Título original: Union
Station
Año: 1950
Duración: 80 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Rudolph Maté
Guion: Sydney Boehm. Novela:
Thomas Walsh
Reparto: William Holden; Nancy Olson; Barry Fitzgerald; Lyle
Bettger; Jan Sterling; Allene Roberts; Herbert Heyes; Fred Graff; James Seay; Parley
Baer; Ralph Sanford; Richard Karlan; Bigelow Sayre; Charles Dayton; Jean Ruth.
Música: Heinz Roemheld
Fotografía:Daniel L. Fapp
(B&W).
Indispensable
cinematografista de algunos de los mejores títulos de la historia del cine,
baste decir que lo fue de varias películas de Dreyer, entre ellas la muy avanzada
a su tiempo, Vampyr, y Mikaël («Deseo del corazón»), una obra de
arte total, Rudolph Maté se tomó su tiempo antes de acceder a la dirección,
campo en el que probó sobradamente su maestría, sustentada en unos
conocimientos fotográficos que imprimieron siempre en sus películas un
innegable sello de calidad. Esta que ahora traigo a mi Ojo es un ejemplo
excepcional de narrativa de género que consigue electrizar al espectador con
una trama policiaca impecable, interpretada, además, por muy de serie B en la
que puede ser encasillada, por actores de tanto dimensión como William Holden,
Barry Fitzgerald, Nancy Olson o un malvado tan impecable como Lyle Bettger, en
su segunda aparición en pantalla, que lo catapultó a la fama como un villano
logradísimo. A mí, sin embargo, me ha ocurrido con él que he tenido un misjudgement
clamoroso, porque dado su enorme parecido con el fantástico tenor Dietrich Fischer-Dieskau,
tenía la sensación de que se trataba de un error y que en cualquier momento se
arrancaría con algún lied de Schubert... Malentendidos aparte, puede
creerme el lector de este Ojo que estamos ante una película modélica en su
género, no solo por la brillante fotografía en blanco y negro, sino por la
concisión de la historia, que no pierde ni un momento, más allá de lo necesario
para completar el retrato de los protagonistas, en tramas paralelas que
distraigan de un caso de secuestro que se inicia en un espacio totémico de la
ciudad de Los Ángeles: la estación ferroviaria Union Station, una joya
arquitectónica cuyos espacios explora el director para conseguir algunas tomas
excepcionales de algunas miradas subrepticias, amén de lo que será un magnífico
desenlace en los túneles subterráneos de la estación, desde donde accede el
secuestrador a la estación para recoger el dinero antes de deshacerse de la
secuestrada, la hija ciega de un empresario dispuesto a pagar cien mil dólares
para rescatar a su hija, aunque se avenga a colaborar con la policía, quien
sospecha que es muy probable que los secuestradores ya se hayan deshecho de
ella para poder completar más cómodamente la operación de hacerse con el
dinero. La estación se convierte, en esta película, en una protagonista esencial de la trama, y lo cierto es que rodar el chantaje en sus espacios atestados sin que el espectador pierda en ningún momento la concentración en lo sustancial de lo que pasa, es muy encomiable.
La
película comienza con unos modos hitchcockianos impecables, porque una empleada
del empresario, interpretada por Nancy Olson ―muy distinto del que había hecho
en Sunset Boulevard, de Wilder y del que haría en El muchacho de
Oklahoma, de Michael Curtiz― se percata de que dos individuos de sospechosa
catadura suben junto al tren y se sientan separados. Advierte que uno de ellos
lleva una pistola bajo la chaqueta y corre al revisor a comunicarle su
descubrimiento. Este lo único que le dice es que cuando llegue a destino hable
con el jefe de la policía de la Union Station, y aquí aparece un Wiliam Powell
muy seguro de sí mismo, quien duda de la versión de la joven hasta que descubre
que los sospechosos guardan una maleta en la consigna y envían la llave por correo
a un destinatario desconocido. Hecha la revisión de la maleta, descubren que
allí no hay pistola, pero la empleada del empresario identifica una prenda de
ropa de la hija. A partir de ese momento se inicia un dispositivo policial para
tratar de seguir a los sospechosos, ponerse en contacto con el extorsionado e
impedir el pago del rescate y liberar a la secuestrada.
La
policía de la estación ha de ponerse en contacto con un comisario que resulta ser
el archifordiano Barry Fitzgerald, a quien se le brinda una escena con alcohol
incluido, acaso en honor a su fama fordiana, a juzgar por la complicidad con
que Holden rueda la escena. De todos modos, el peso del operativo lo lleva el
eficiente y dedicado en cuerpo y alma a su profesión, Teniente William Calhoun,
entre cuyas fobias declaradas está que le llamen Willie, que dará pie, más
adelante, a una excelente escena íntima entre la empleada, Joyce Willecombe y
él, tras haber superado con nota el recibimiento casamentero de la madre en la
casa de ambas.
No
hay, propiamente, plano que no se centre en la trama, de ahí que haya largas
secuencias como la del seguimiento del sospechoso en el tren elevado que
recuerdan bastante la celebérrima de French Connection, de Friedkin, en
el metro. Que esas escenas tan de cine negro acaben cambiando de género para
rodar una estampida que acaba con el delincuente es algo así como una marca de
genio del autor. No había dicho aún que a esta película me trajo la revisión de
un clásico del cine de aventuras de Maté: Horizontes azules, que narra con
excelente pulso y una fotografía en color que deja anonadado, gracias, por
supuesto, a la belleza de los paisajes naturales en los que se rodó, la exploración del territorio de Luisiana, comprado
por los Estados Unidos y que los exploradores, Lewis y Clark, extienden, con no
pocas penalidades, hasta el Pacífico, lo que viene a inaugurar, veladamente, la
sanguinaria conquista del oeste. No será esa, la única muerte violenta de la
película, porque la ausencia de escrúpulos del jefe de la banda, quien se está
vengando «a lo grande» de haber pasado siete años en prisión, acusado de robar
ochenta y cinco dólares, propiciará otras, rodadas con absoluta verosimilitud y
eficacia, hasta llegar al final en el que, remedando la huida por las cloacas
de Harry Lime, el secuestrador se interna en los túneles subterráneos que
recorren el espacio de la estación y por donde están colgados los cables de
alta tensión, una amenaza poderosa para que la ciega no haga ningún movimiento
de huida, so pena de electrocutarse accidentalmente. He de reconocer que, a pesar
del parecido, deliberado o mera coincidencia, con el tercer hombre, la
secuencia de esa persecución está rodada con una maestría que despeja cualquier
duda que se pudiera tener sobre la maestría de Maté, que consigue unos enfoques
auténticamente prodigiosos, si bien el espacio colabora lo suyo para
permitírselo. Me confieso fiel admirador de las películas que nos enseñan
espacios que, habitualmente, son preservados de miradas ajenas y nunca entran
en los circuitos de visitas turísticas, como ya vi, en su momento, en 711
Ocean Drive, de Joseph M. Newman, otro de esos artesanos del cine negro que
merecen un reconocimiento crítico y popular.


No hay comentarios:
Publicar un comentario