miércoles, 21 de octubre de 2026

«El teniente seductor», de Ernst Lubitsch, a ritmo de opereta galante.

Lubitsch o cómo extraer una película perfecta de una bobería absoluta.

 

Título original: The Smiling Lieutenant

Año: 1931

Duración: 88 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ernst Lubitsch

Guion: Ernest Vajda, Samson Raphaelson. Obra: Hans Müller

Reparto: Maurice Chevalier; Claudette Colbert; Miriam Hopkins; Charles Ruggles; George Barbier; Hugh O'Connell; Granville Bates; Harry C. Bradley.

Música: Adolph Deutsch

Fotografía: George J. Folsey (B&W).

 

    Una película de Lubitsch es siempre, para cualquier espectador, un más que interesante y pícaro acontecimiento cinematográfico, porque, siendo él quien es, podemos esperar, como mínimo, algún destello de su genialidad, o muchos... Da igual que el protagonista sea un actor tan bobalicón como Maurice Chevalier, quien llevó por el mundo entero el bastón y el canotier con gran éxito, por cierto, pero con quien no empatizo en absoluto, aunque le reconozco la profesionalidad necesaria para seguir las peripecias de este teniente seductor sin descolgarme de ellas por hastío o cansancio.

          La historia ha de encuadrarse en una serie de películas como El desfile del amor, que están hechas a imagen y semejanza de las grandes operetas, y, de hecho, La viuda alegre, la más famosa opereta de Lehar, fue la última colaboración del trío Lubitsch-Chevalier-MacDonald. En esta película los personajes femeninos están encarnados, sin embargo, por Claude Colbert, espléndida en su papel de amante apasionada, y por Miriam Hopkins, quien trabajó también con Lubitsch en Un ladrón en la alcoba y Una mujer para dos, magnífica en su papel de hija del rey de Flausenthurm, un nombrecito que dará excelente juego cómico en la película, con esa «h» intercalada...

          En la atmósfera galante del mundo finisecular de las operetas, un teniente le arrebata a un amigo la posibilidad de una conquista erótica, ¡nada menos que la directora musical y violinista de una orquesta solo de señoritas!, mediante un ardid descriptivo que deja turulato al amigo, porque Niki —que suena anacrónicamente al posterior Gigi, el amoroso...— lo convence de que es clavada a su mujer cuando esta era joven. El inicio del cortejo nos deja un diálogo delicioso que da el tono verbal del famoso «toque» visual: —Así que tocas el piano. Algún día haremos un dueto. —Me encanta la música de cámara, porque Niki aparece en una escena saludando a los soldados besucones del parque que se levantan para cuadrarse y saludar, y una escena después, el amigo aparece llevando el violín y escoltando a los ya cogidos del brazo, que mantienen el diálogo anterior. Tras progresar rápidamente el romance entre ambos, se añade a la historia la segunda línea narrativa que se cruzará con la inicial, porque el rey de Flausenthurm viaja a Austria con su hija para rendir visita de cortesía a su primo, el rey de Austria. Ambos enamorados se miran, sonríen y, fatalmente, guiñan el ojo justo cuando la carroza de los visitantes intercepta ese diálogo gestual amoroso y la hija del rey recibe el guiño y la sonrisa con total indignación, pues le llega como una humillación. Ello, eso sí, tras haber sufrido, el monarca de Flausenthurm, el agravio de que su primo no vaya a recibirlo porque ha de inaugurar una feria de ganado...

          Llamado a palacio para dar explicaciones, Niki, que ve en peligro incluso su propia vida, como se encarga de remarcar cómicamente el rey de Flausenthurm, acaba seduciendo al rey y a la propia hija, de modo que la hija exige que se convierta en su cicerone para la visita a la ciudad imperial. A partir de ese momento, el hombre ha de dividirse entre sus labores como guía turístico y su pasión por la directora de orquesta. Como cualquier espectador poco avisado puede imaginar, los enredos del seductor y sus falsas palabras de compromiso acabarán haciendo creer a la joven heredera que ese teniente es el amor de su vida y que quiere casarse con él «a toda costa». Esa «costa» es el enredo que irá haciéndose cada vez más tupido hasta que, finalmente, suenan las campanas de boda en todo el reino de Flausenthurm. Como a ese reino llega también la tournée de la orquesta de señoritas y se produce el encuentro feliz entre la antigua amante y quien, alma en pena, no la ha olvidado, el guion da un giro sorprendente y desplaza el interés de la trama a una «modernización» de la figura de la heredera, quien, anticuada como ella sola, es incapaz de atraer a su «perezoso» marido. En ese momento advertimos que en la película se han mezclado dos tiempos históricos con tan absoluta naturalidad que prácticamente pasa desapercibida tan superposición: mientras al comienzo podemos pensar que estamos a principios de siglo; el desarrollo postnupcial nos acerca a los felices veinte del periodo de entreguerras, cuando la música de jazz se apodera de Europa. La música, la lencería y una subversión de los roles femeninos y masculinos van a convertir, de golpe, una película de opereta en una película «moderna», y los espectadores que hayan tomado la decisión de verla, me lo validarán. En esas secuencias brilla con luz propia Miriam Hopkins, porque Lubitsch siempre supo rodearse de fantásticas actrices. No es menos cierto que buena parte de los gags cómicos de la película tienen al rey de Flausenthurm, Adolfo XV, interpretado por George Barbier, como vehículo principal, pero no es el único, desde luego.

          Famosos son los encadenamientos visuales que provocan esos gags, como el que señalé antes del violín llevado por uno u otro oficial en la misma secuencia, y de ese estilo está llena la película, porque si algo tienen las películas de Lubitsch es un ejemplar sentido de la narración. Todo se encadena ágilmente para seguir el desarrollo de la acción sin dejar ningún cabo suelto, pero es bien sabido que Lubitsch supo acompañarse siempre de excelentes guionistas, como el de la presente, Ernest Vajda, o como el que, después, algunos consideraron su heredero en la comedia: Billy Wilder.

          Descuenten, por favor, los casi horrorosos números musicales que salpican la historia y que no aportan nada, al margen de un humor de vodevil muy discreto, pero era el peaje que se había de pagar para contar con la participación de quien se hizo célebre como cantante, Maurice Chevalier, ante que como actor. Y ahí, en todo caso, sí cabe reseñar que Claude Colbert salva el expediente con muy buena nota, es decir, buenas notas... Lo que sí me deja pendiente eta película es un programa doble de Lubitsch con dos de sus grandes éxitos: Una hora contigo y La viuda alegre, aunque tentado estoy de añadir la versión muda de esta última que dirigió Erich von Stroheim, por quien, los espectadores de este Ojo bien lo saben, siento una admiración sin límites.

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