miércoles, 28 de octubre de 2026

«El héroe solitario», de Billy Wilder, o su película más atípica.

 

Cuando aún en la aventura de los pioneros de la aviación cabía la gesta.

 

Título original: The Spirit of St. Louis

Año: 1957

Duración: 138 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Billy Wilder

Guion: Billy Wilder, Wendell Mayes, Charles Lederer. Novela: Charles A. Lindbergh

Reparto: James Stewart; Murray Hamilton; Patricia Smith; Bartlett Robinson; Marc Connelly; Arthur Space; Charles Watts; Robert Cornthwaite; Sheila Bond; Harlan Warde.

Música: Franz Waxman

Fotografía: Robert Burks, J. Peverell Marley.

 

          Hijo y hermano de pilotos, y habiendo visto volar en mi niñez los T6 y los Junkers en la base aérea de San Javier, parecía destinado para ver esta película de un pionero de la aviación que consiguió una hazaña incomparable: ser el primero en atravesar el océano Atlántico para volar sin escalas de Nueva York a París. Con todo, ¡qué poco he oído hablar siempre de esta película de Billy Wilder! Desde que soy aficionado al cine, ¡va ya para los 70 años!, ni siquiera la había oído nombrar, y mucho menos me ha sido dado leer alguna crítica elogiosa. Da la impresión de que haya una conjura critica universal para decretar que se trata de una obra que «afea», por decirlo así una trayectoria tan fundamental en la historia del cine como la del director de origen alemán y perfecta aclimatación en Usamérica, de cuya sociedad acabó siendo un privilegiado intérprete.

          Charles Lindbergh es sobradamente conocido, pero no solo por haber realizado esa hazaña inmortal, sino también por haber coqueteado con los antiideales hitlerianos y haber sido defensor de la eugenesia. Si habrá sido perdurable su fama, que incluso Philip Roth, en una de sus última novelas, La conjura contra América, convierte a Lindbergh, distópicamente, en el ganador de las elecciones a la presidencia de Usamérica en 1940, lo que lleva al país a una entente cordiale con los nazis y al fomento de un desaforado antisemitismo. El intérprete de esta película, omnipresente en toda ella, James Stewart, luchó como aviador en la Segunda Guerra Mundial, y desde que se supo que pensaban adaptar al cine la autobiografía de aquella hazaña, que escribió Lindbergh en 1953, luchó por quedarse con ese papel, aunque doblaba en edad al personaje. Pero Hollywood tiene esas cosas: a nadie molesta esa diferencia de edad, dada la maestría con la que Stewart representa al perseguidor de un sueño tan hermoso como peligroso. RWcordemos, a modo anecdótico que en Con la muerte en los talones, la madre de Cary Grant es una actriz más joven que él...

          Confieso que no creí que el tema diera para las dos horas y veinte largas que tiene la película, pero, ¡ay, amigos!, ahí entra la magia y el talento de Wilder para, aprovechando la expectativa de un viaje que te mantiene en vilo, por las especiales circunstancias del agotamiento del personaje, irnos ofreciendo los flashbacks que nos cuentan los caminos que siguió un amor a la aviación como el de Lindbergh. En esos tramos que anteceden al gran momento Wilder ha dispuesto de una producción que le ha permitido levantar una superproducción con un color exquisito y unos planos panorámicos que se corresponden con todo el espacio que necesitan los rudimentarios aeroplanos para levantarse a duras penas y mantenerse cuanto es necesario para completar las secuencias. Desde el encuentro con el vendedor de tirantes en el tren, cuando Lindbergh inicia su aventura para buscar financiación para su proyecto, los golpes humorísticos, propios de la «marca» Wilder se irán sucediendo, e incluso dentro de la austera cabina del Spirit of St. Louis, con la mosca invasora, habrá ocasiones para el humor y el atisbo de la tragedia en que pudo haber acabado el intento, porque, en el fondo, no se luchaba contra los elementos, aun volando con un avión tan precario como ese construido ex profeso para la ocasión, sino contra la resistencia de un cuerpo que ha de aguantar casi tres días sin dormir y orientándose muy rudimentariamente para asegurar la ruta y no perderse en la inmensidad del océano.

          Los tiempos heroicos de la aviación ocupan tanto metraje como el vuelo trasatlántico me parecen lo más interesante de la película, porque, a juzgar por ellos, la aviación estuvo en un tris de convertirse en lo que aparece en uno de los momentos mágicos de la cinta: en una atracción de feria, del mismo modo que la compra de uno de esos cacharros a cambio de una Harley Davidson, ¡de las de 1917!, esto es,  más parecido a un velomotor que a lo que hoy entendemos por las motazas que popularizaron Los Ángeles del Infierno, de Roger Corman. El valor que se había de tener para confiar en que esas cuatro tablas con hélices le mantuvieran a uno en las alturas solo es comparable al de los artificieros y al de los toreros, desde luego. En todos esos recuerdos que pasan por la mente del osado aviador no se ha escatimado en medios para introducirnos en la biografía de un joven que sintió la pasión de volar y quiso pasar a la historia de una invención con la que siempre, al menos desde DaVinci había soñado el hombre.

          La película sortea la vida posterior de Lindbergh y se queda en los limites perfectamente marcados de su éxito apoteósico en Paris y el incomparable recibimiento en Nueva York, parodiado por los Hermanos Marx, mutatis mutandis, en Una noche en la ópera, de Sam Wood. De hecho, centrarlo todo en el viaje y en los preparativos me parece un acierto, porque el realizador es capaz de convencerte de que va a acabar estrellándose en el océano o de que el hielo que cubre el aparato acabará pesando excesivamente y le impedirá seguir volando.

          El larguirucho, y aquí teñido de rubio, James Stewart, piloto él mismo, da el papel perfectamente y es capaz no solo de representar fidedignamente lo que debió ser el tormento de aguantar despierto en tan reducido espacio durante tantas horas, sino también un fino y seco sentido del humor que comprobamos a lo largo de su trayectoria indómita, porque, como muchos otros pioneros de la aviación, ser piloto no era ni siquiera una profesión que, a los padres sobre todo, les pareciera digna de entregarse a ella, en lugar de una buena carrea universitaria. Esa querencia por el aire es determinante en la vida de tantos que, como los que intentaron antes la magna travesía, murieron en el empeño. Recordemos que los auténticos héroes de la Primera Guerra Mundial eran los llamados «ases del aire», que anotan en el fuselaje de sus cazas en el numero de sus víctimas en aquellos espectaculares duelos aéreos en los que sobresalió el germánico «Barón Rojo», motivo de inspiración, por cierto, para Snoopy, de Charles M. Schulz,  quien lo representa subido en el tejado de su caseta, caracterizado con la larga bufanda y el gorro y las gafas de piloto, y para el grupo de música de la movida madrileña Barón Rojo.

          No voy a defender que El héroe solitario está entre las mejores películas de Billy Wilder, por supuesto, pero a mí me ha parecido una obra muy completa y, en ciertos momentos, admirable. Es completamente suya y no tiene nada ni de encargo ni de compromiso, aunque él reconociera un fallo que sí se aprecia en la película: el retrato del personajes es muy plano, Wilder no consigue penetrar en aquella armadura psicológica para hurgar en sus contradicciones, porque, al parecer, el aviador se le mostro inaccesible, impenetrable. Por otro lado, el contrato estipulaba que en la película no podía entrar el secuestro y asesinato de su  hijo de veintidós meses, por ejemplo, y de ahí los flashbacks sobre el largo periodo de formación del piloto antes de afrontar su desafío. Por más que Wilder reniegue, en parte, de la película, yo creo que sus muchos seguidores pueden pasar un rato estupendo si deciden verla. Yo les animo, desde luego. Al fin y al cabo, el modelo de Lindbergh bien pueden ser todos esos visionarios que parecen haber nacido con un solo objetivo vital y, contra viento y marea, deciden llevarlo a cabo, pongamos Colón, por ejemplo, o Marco Polo o Teresa de Jesús, tanto monta..., como si no tuvieran más vida que su visión. ¡Larga vida a los retadores de lo imposible!

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