Cuando aún en la aventura de los pioneros de la aviación cabía la gesta.
Título original: The Spirit of St. Louis
Año: 1957
Duración: 138 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Billy Wilder
Guion: Billy Wilder, Wendell Mayes, Charles Lederer. Novela: Charles A.
Lindbergh
Reparto: James Stewart; Murray Hamilton; Patricia Smith; Bartlett
Robinson; Marc Connelly; Arthur Space; Charles Watts; Robert Cornthwaite; Sheila
Bond; Harlan Warde.
Música: Franz Waxman
Fotografía: Robert Burks, J.
Peverell Marley.
Hijo
y hermano de pilotos, y habiendo visto volar en mi niñez los T6 y los Junkers
en la base aérea de San Javier, parecía destinado para ver esta película de un
pionero de la aviación que consiguió una hazaña incomparable: ser el primero en
atravesar el océano Atlántico para volar sin escalas de Nueva York a París. Con
todo, ¡qué poco he oído hablar siempre de esta película de Billy Wilder! Desde
que soy aficionado al cine, ¡va ya para los 70 años!, ni siquiera la había oído
nombrar, y mucho menos me ha sido dado leer alguna crítica elogiosa. Da la
impresión de que haya una conjura critica universal para decretar que se trata
de una obra que «afea», por decirlo así una trayectoria tan fundamental en la
historia del cine como la del director de origen alemán y perfecta aclimatación
en Usamérica, de cuya sociedad acabó siendo un privilegiado intérprete.
Charles
Lindbergh es sobradamente conocido, pero no solo por haber realizado esa hazaña
inmortal, sino también por haber coqueteado con los antiideales hitlerianos y
haber sido defensor de la eugenesia. Si habrá sido perdurable su fama, que
incluso Philip Roth, en una de sus última novelas, La conjura contra América,
convierte a Lindbergh, distópicamente, en el ganador de las elecciones a la
presidencia de Usamérica en 1940, lo que lleva al país a una entente
cordiale con los nazis y al fomento de un desaforado antisemitismo. El
intérprete de esta película, omnipresente en toda ella, James Stewart, luchó
como aviador en la Segunda Guerra Mundial, y desde que se supo que pensaban
adaptar al cine la autobiografía de aquella hazaña, que escribió Lindbergh en
1953, luchó por quedarse con ese papel, aunque doblaba en edad al personaje.
Pero Hollywood tiene esas cosas: a nadie molesta esa diferencia de edad, dada
la maestría con la que Stewart representa al perseguidor de un sueño tan
hermoso como peligroso. RWcordemos, a modo anecdótico que en Con la muerte
en los talones, la madre de Cary Grant es una actriz más joven que él...
Confieso
que no creí que el tema diera para las dos horas y veinte largas que tiene la
película, pero, ¡ay, amigos!, ahí entra la magia y el talento de Wilder para,
aprovechando la expectativa de un viaje que te mantiene en vilo, por las
especiales circunstancias del agotamiento del personaje, irnos ofreciendo los flashbacks
que nos cuentan los caminos que siguió un amor a la aviación como el de
Lindbergh. En esos tramos que anteceden al gran momento Wilder ha dispuesto de
una producción que le ha permitido levantar una superproducción con un color
exquisito y unos planos panorámicos que se corresponden con todo el espacio que
necesitan los rudimentarios aeroplanos para levantarse a duras penas y
mantenerse cuanto es necesario para completar las secuencias. Desde el
encuentro con el vendedor de tirantes en el tren, cuando Lindbergh inicia su
aventura para buscar financiación para su proyecto, los golpes humorísticos,
propios de la «marca» Wilder se irán sucediendo, e incluso dentro de la austera
cabina del Spirit of St. Louis, con la mosca invasora, habrá ocasiones para el
humor y el atisbo de la tragedia en que pudo haber acabado el intento, porque,
en el fondo, no se luchaba contra los elementos, aun volando con un avión tan
precario como ese construido ex profeso para la ocasión, sino contra la
resistencia de un cuerpo que ha de aguantar casi tres días sin dormir y
orientándose muy rudimentariamente para asegurar la ruta y no perderse en la
inmensidad del océano.
Los
tiempos heroicos de la aviación ocupan tanto metraje como el vuelo trasatlántico
me parecen lo más interesante de la película, porque, a juzgar por ellos, la
aviación estuvo en un tris de convertirse en lo que aparece en uno de los
momentos mágicos de la cinta: en una atracción de feria, del mismo modo que la
compra de uno de esos cacharros a cambio de una Harley Davidson, ¡de las de
1917!, esto es, más parecido a un
velomotor que a lo que hoy entendemos por las motazas que popularizaron Los
Ángeles del Infierno, de Roger Corman. El valor que se había de tener para
confiar en que esas cuatro tablas con hélices le mantuvieran a uno en las
alturas solo es comparable al de los artificieros y al de los toreros, desde
luego. En todos esos recuerdos que pasan por la mente del osado aviador no se
ha escatimado en medios para introducirnos en la biografía de un joven que
sintió la pasión de volar y quiso pasar a la historia de una invención con la
que siempre, al menos desde DaVinci había soñado el hombre.
La
película sortea la vida posterior de Lindbergh y se queda en los limites
perfectamente marcados de su éxito apoteósico en Paris y el incomparable recibimiento
en Nueva York, parodiado por los Hermanos Marx, mutatis mutandis, en Una
noche en la ópera, de Sam Wood. De hecho, centrarlo todo en el viaje y en
los preparativos me parece un acierto, porque el realizador es capaz de
convencerte de que va a acabar estrellándose en el océano o de que el hielo que
cubre el aparato acabará pesando excesivamente y le impedirá seguir volando.
El
larguirucho, y aquí teñido de rubio, James Stewart, piloto él mismo, da el
papel perfectamente y es capaz no solo de representar fidedignamente lo que
debió ser el tormento de aguantar despierto en tan reducido espacio durante
tantas horas, sino también un fino y seco sentido del humor que comprobamos a
lo largo de su trayectoria indómita, porque, como muchos otros pioneros de la
aviación, ser piloto no era ni siquiera una profesión que, a los padres sobre
todo, les pareciera digna de entregarse a ella, en lugar de una buena carrea
universitaria. Esa querencia por el aire es determinante en la vida de tantos
que, como los que intentaron antes la magna travesía, murieron en el empeño.
Recordemos que los auténticos héroes de la Primera Guerra Mundial eran los
llamados «ases del aire», que anotan en el fuselaje de sus cazas en el numero
de sus víctimas en aquellos espectaculares duelos aéreos en los que sobresalió
el germánico «Barón Rojo», motivo de inspiración, por cierto, para Snoopy, de
Charles M. Schulz, quien lo representa
subido en el tejado de su caseta, caracterizado con la larga bufanda y el gorro
y las gafas de piloto, y para el grupo de música de la movida madrileña Barón Rojo.
No
voy a defender que El héroe solitario está entre las mejores películas
de Billy Wilder, por supuesto, pero a mí me ha parecido una obra muy completa
y, en ciertos momentos, admirable. Es completamente suya y no tiene nada ni de
encargo ni de compromiso, aunque él reconociera un fallo que sí se aprecia en
la película: el retrato del personajes es muy plano, Wilder no consigue
penetrar en aquella armadura psicológica para hurgar en sus contradicciones,
porque, al parecer, el aviador se le mostro inaccesible, impenetrable. Por otro
lado, el contrato estipulaba que en la película no podía entrar el secuestro y
asesinato de su hijo de veintidós meses,
por ejemplo, y de ahí los flashbacks sobre el largo periodo de formación del piloto
antes de afrontar su desafío. Por más que Wilder reniegue, en parte, de la
película, yo creo que sus muchos seguidores pueden pasar un rato estupendo si
deciden verla. Yo les animo, desde luego. Al fin y al cabo, el modelo de
Lindbergh bien pueden ser todos esos visionarios que parecen haber nacido con
un solo objetivo vital y, contra viento y marea, deciden llevarlo a cabo,
pongamos Colón, por ejemplo, o Marco Polo o Teresa de Jesús, tanto monta...,
como si no tuvieran más vida que su visión. ¡Larga vida a los retadores de lo
imposible!

No hay comentarios:
Publicar un comentario