Los apaños
amorosos en la Francia profunda, el mundo de los transportistas y unas gotas de
polar...
Título original: Gas-Oil
Año: 1955
Duración: 92 min.
País: Francia
Dirección: Gilles Grangier
Guion : Michel Audiard. Novela:
Georges Bayle
Reparto: Jean Gabin; Jeanne Moreau; Gaby Basset; Simone Berthier; Charles
Bouillaud; Marcel Bozzuffi;
Robert Dalban; Albert Dinan; Gilbert Edard.
Música:Henri Crolla
Fotografía: Pierre Montazel
(B&W).
A
veces te saltan a la vista títulos que te parecen prometedores por algo muy
concreto, ya sea el director, los actores, un guionista, un cinematografista o
porque la película está bien titulada o ambientada. En este faso fue la presencia
de una pareja absolutamente inusual: Jean Gabin y Jeanne Moreau, algo así,
salvando las distancias, como la formada por Spencer Tracy y Katharine Herpburn.
Por otro lado, la presencia en el guion del padre del cineasta Jacques Audiard,
Michel Audiard me pareció un gran aliciente. A posteriori me he enterado de que
la idea de la película partió de Jean Gabin, quien le propuso a Audiard
escribir el guion, una iniciativa que el icono francés del cine tuvo, cuatro años
después, al proponerle a este mismo director, Gilles Grangier, el rodaje de Arquímedes,
el vagabundo, también con guion de Michel Audiard, con la que consiguió el
Oso de Oro al mejor actor en el Festival de Berlín.
Primer
requisito para disfrutar de esta película: ser admirador del cine francés. Segundo:
no ponerle reparos edadistas a la relación entre Gabin, de 51, y Moureau, de 27,
y tercero: no ser excesivamente crítico con la verosimilitud de los
delincuentes que añaden a la película esas gotas de polar que los conductores
de camiones, bien avenidos todos ellos, acaban arruinando con determinación y
aun a riesgo de ser heridos por los mafiosillos de medio pelo, aunque el desenlace
a mí me ha recordado al de una película juvenil basada en la novela de Erich
Kästnmer, prohibida por los nazis: Emilio y los detectives, de Peter
Tewksbury, una versión británica que vi, entusiasmado, a mis once años. Luego
explico por qué.
La
película tiene un fuerte contenido costumbrista que se centra en las venturas y
desventuras de un grupo de transportistas, uno de los cuales acaba de adquirir
un camión nuevo con el que aspirar a consolidar una empresa de transportes. Si
será nuevo e imponente el camión que hasta aparece en los títulos de crédito,
la marca y la empresa que lo cedió para rodar la película. El protagonista
recala, tras uno de los viajes, en casa de la maestra de un pueblo cercano,
donde esta vive y trabaja y con quien mantiene una relación bastante moderna,
porque son pareja sin dejar por ello de vivir cada uno donde su trabajo se lo
exige. La relación es absolutamente «marital», por la forma como se tratan el
uno al otro: la confianza de dos personas que han unido sus destinos y vuelan
por encima de las pequeñas cominerías de los defectos. De hecho, ella parece incluso
orgullosa de tener una vida como la suya, tan alejada de la ultraprovinciana y
anticuada de sus convecinas. La madrugada en que él ha de irse para cumplir con
un transporte, acaba atropellando un cuerpo que estaba tendido en el suelo y
que no puede evitar. De forma paralela ya habíamos visto antes la ejecución de
un robo que se salda con la dispersión de la banda, aunque el portador del botín
desaparece con los 50 millones de francos, razón por la cual se ven en la necesidad
de investigar para descubrir su paradero y el dinero. Ese es, precisamente, a
quien el camionero ha atropellado y en quien no tardarán en poner sus ojos los
de la banda para sonsacarle donde está el botín del atraco.
El
cruce del polar con el costumbrismo está bastante bien resuelto, porque,
además, se produce con un gremio, el de camioneros, que, en aquellos años y en
zonas del interior, funcionaba casi como un sindicato, porque todos estaban al
tanto de lo de los otros y respondían a cualquier necesidad ajena, de forma
auténticamente gremial. Si añadimos que suelen ser corpulentos «angelitos»,
estamos ante un enfrentamiento en toda regla que promete emociones. Llegarán al
final, pero llegan.
En
el ínterin, tratado como un sospechoso a quien le confiscan el camión y le
impiden trabajar, hasta que se resuelva su grado de participación en la muerte
del cuerpo atropellado, la maestra se ve obligada, por el mal ejemplo de amoralidad
que ha dado a los padres de los hijos,
¡y aun a estos mismos!, a quienes educa;
se ve obligada, digo, a tener que dejar el puesto a una sustituta, lo cual
significa que la pareja ha de organizar el traslado de los enseres de ella a la
casa de él, algo que el protagonista lleva pidiéndole mucho tiempo, si bien el «codiciado
bien» no quiere perder su propia carrera profesional para convertirse en «ama
de casa y campeona de las labores domésticas» al servicio del patriarca. La
especialidad de Michel Audiard eran los diálogos, y a fe que se nota su buena
mano en la relación cómica que se establece entre dos personas tan distintas y
que, a pesar de los pesares, se aman profundamente.
Todo
en la película está perfectamente ambientado en pueblos de la Francia del
macizo central, cerca de Clermont Ferrand. Las frías casas, las relaciones
cordiales entre los amigos que son vecinos, el mobiliario pobretón, el
vestuario «de batalla» ―¡y menudo contraste el regalo de un déshabillé
sensualísimo, un precioso «conjunto de noche satinado», que él le hace por su
aniversario!― y la comida «de mercado». La única sofisticación, aparte de la
prenda nocturna, es la aparición de una femme fatale que se hace pasar
por la viuda del asesinado, quien le reclama, sin la ayuda económica del
marido, que le diga dónde está el maletín que el custodiaba y que desapareció
tras el accidente en que él, Jean, el protagonista, lo mató. Echada con cajas
destempladas, no están nada mal, después, las escenas en el pobre hotel de la
localidad en el que se aloja la banda mientras merodea alrededor del
protagonista para sonsacarle el paradero del maletín.
Estoy
convencido de que serán poquísimos los espectadores que consiga que vean esta obra discreta, pero muy
significativa, de un cine muy parecido al nuestro y al italiano en aquellos
años cincuenta, con una potente descripción de la realidad y una aparición,
casi anecdótica, pero seria, de la criminalidad organizada. En la película de
Emilio y los detectives, al personaje le roban en el tren cuando va a Londres a
visitar a sus tíos. Una banda de jóvenes con bicicleta que acaban enterándose
de lo que le ha pasado, se compinchan para perseguir al sospechoso y tenderle
una trampa y atraparlo. Pues bien, algo parecido sucede cuando, tras haber
amenazado de muerte a Jean, se confabulan para córtale todas las carreteras con
sus camiones y atraparlos en un punto en el que lanzarse sobre ellos, porque ya
ha quedado claro de lo que son capaces criminalmente. Hay un apunte sociológico
que merece ser tenido en cuenta, porque es algo que, en este tipo de películas
casi nunca suele hacerse: avisar a la
policía, algo que hace la protagonista. Pensemos, no obstante, que los recelos
del protagonista contra la policía están más que justificados, tras haber sido
acusado infundadamente y haberle arruinado algunos negocios por no disponer de
su herramienta de trabajo, el flamante camión que, al principio, adquiere incluso
categoría de «personaje».
Es,
en definitiva, una de esas películas que solemos tildar de «simpáticas», y que
gustará a quienes cumplan los requisitos que especifiqué ut supra.

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