viernes, 30 de octubre de 2026

«Gas Oil», de Gilles Grangier, el cine popular francés «comme il faut»…

 

Los apaños amorosos en la Francia profunda, el mundo de los transportistas y unas gotas de polar...

 

Título original: Gas-Oil

Año: 1955

Duración: 92 min.

País: Francia

Dirección: Gilles Grangier

Guion : Michel Audiard. Novela: Georges Bayle

Reparto: Jean Gabin; Jeanne Moreau; Gaby Basset; Simone Berthier; Charles Bouillaud; Marcel Bozzuffi;

Robert Dalban; Albert Dinan; Gilbert Edard.

Música:Henri Crolla

Fotografía: Pierre Montazel (B&W).

 

          A veces te saltan a la vista títulos que te parecen prometedores por algo muy concreto, ya sea el director, los actores, un guionista, un cinematografista o porque la película está bien titulada o ambientada. En este faso fue la presencia de una pareja absolutamente inusual: Jean Gabin y Jeanne Moreau, algo así, salvando las distancias, como la formada por Spencer Tracy y Katharine Herpburn. Por otro lado, la presencia en el guion del padre del cineasta Jacques Audiard, Michel Audiard me pareció un gran aliciente. A posteriori me he enterado de que la idea de la película partió de Jean Gabin, quien le propuso a Audiard escribir el guion, una iniciativa que el icono francés del cine tuvo, cuatro años después, al proponerle a este mismo director, Gilles Grangier, el rodaje de Arquímedes, el vagabundo, también con guion de Michel Audiard, con la que consiguió el Oso de Oro al mejor actor en el Festival de Berlín.

          Primer requisito para disfrutar de esta película: ser admirador del cine francés. Segundo: no ponerle reparos edadistas a la relación entre Gabin, de 51, y Moureau, de 27, y tercero: no ser excesivamente crítico con la verosimilitud de los delincuentes que añaden a la película esas gotas de polar que los conductores de camiones, bien avenidos todos ellos, acaban arruinando con determinación y aun a riesgo de ser heridos por los mafiosillos de medio pelo, aunque el desenlace a mí me ha recordado al de una película juvenil basada en la novela de Erich Kästnmer, prohibida por los nazis: Emilio y los detectives, de Peter Tewksbury, una versión británica que vi, entusiasmado, a mis once años. Luego explico por qué.

          La película tiene un fuerte contenido costumbrista que se centra en las venturas y desventuras de un grupo de transportistas, uno de los cuales acaba de adquirir un camión nuevo con el que aspirar a consolidar una empresa de transportes. Si será nuevo e imponente el camión que hasta aparece en los títulos de crédito, la marca y la empresa que lo cedió para rodar la película. El protagonista recala, tras uno de los viajes, en casa de la maestra de un pueblo cercano, donde esta vive y trabaja y con quien mantiene una relación bastante moderna, porque son pareja sin dejar por ello de vivir cada uno donde su trabajo se lo exige. La relación es absolutamente «marital», por la forma como se tratan el uno al otro: la confianza de dos personas que han unido sus destinos y vuelan por encima de las pequeñas cominerías de los defectos. De hecho, ella parece incluso orgullosa de tener una vida como la suya, tan alejada de la ultraprovinciana y anticuada de sus convecinas. La madrugada en que él ha de irse para cumplir con un transporte, acaba atropellando un cuerpo que estaba tendido en el suelo y que no puede evitar. De forma paralela ya habíamos visto antes la ejecución de un robo que se salda con la dispersión de la banda, aunque el portador del botín desaparece con los 50 millones de francos, razón por la cual se ven en la necesidad de investigar para descubrir su paradero y el dinero. Ese es, precisamente, a quien el camionero ha atropellado y en quien no tardarán en poner sus ojos los de la banda para sonsacarle donde está el botín del atraco.

          El cruce del polar con el costumbrismo está bastante bien resuelto, porque, además, se produce con un gremio, el de camioneros, que, en aquellos años y en zonas del interior, funcionaba casi como un sindicato, porque todos estaban al tanto de lo de los otros y respondían a cualquier necesidad ajena, de forma auténticamente gremial. Si añadimos que suelen ser corpulentos «angelitos», estamos ante un enfrentamiento en toda regla que promete emociones. Llegarán al final, pero llegan.

          En el ínterin, tratado como un sospechoso a quien le confiscan el camión y le impiden trabajar, hasta que se resuelva su grado de participación en la muerte del cuerpo atropellado, la maestra se ve obligada, por el mal ejemplo de amoralidad que ha dado a los padres  de los hijos, ¡y aun a estos mismos!,  a quienes educa; se ve obligada, digo, a tener que dejar el puesto a una sustituta, lo cual significa que la pareja ha de organizar el traslado de los enseres de ella a la casa de él, algo que el protagonista lleva pidiéndole mucho tiempo, si bien el «codiciado bien» no quiere perder su propia carrera profesional para convertirse en «ama de casa y campeona de las labores domésticas» al servicio del patriarca. La especialidad de Michel Audiard eran los diálogos, y a fe que se nota su buena mano en la relación cómica que se establece entre dos personas tan distintas y que, a pesar de los pesares, se aman profundamente.

          Todo en la película está perfectamente ambientado en pueblos de la Francia del macizo central, cerca de Clermont Ferrand. Las frías casas, las relaciones cordiales entre los amigos que son vecinos, el mobiliario pobretón, el vestuario «de batalla» ―¡y menudo contraste el regalo de un déshabillé sensualísimo, un precioso «conjunto de noche satinado», que él le hace por su aniversario!― y la comida «de mercado». La única sofisticación, aparte de la prenda nocturna, es la aparición de una femme fatale que se hace pasar por la viuda del asesinado, quien le reclama, sin la ayuda económica del marido, que le diga dónde está el maletín que el custodiaba y que desapareció tras el accidente en que él, Jean, el protagonista, lo mató. Echada con cajas destempladas, no están nada mal, después, las escenas en el pobre hotel de la localidad en el que se aloja la banda mientras merodea alrededor del protagonista para sonsacarle el paradero del maletín.

          Estoy convencido de que serán poquísimos los espectadores que consiga  que vean esta obra discreta, pero muy significativa, de un cine muy parecido al nuestro y al italiano en aquellos años cincuenta, con una potente descripción de la realidad y una aparición, casi anecdótica, pero seria, de la criminalidad organizada. En la película de Emilio y los detectives, al personaje le roban en el tren cuando va a Londres a visitar a sus tíos. Una banda de jóvenes con bicicleta que acaban enterándose de lo que le ha pasado, se compinchan para perseguir al sospechoso y tenderle una trampa y atraparlo. Pues bien, algo parecido sucede cuando, tras haber amenazado de muerte a Jean, se confabulan para córtale todas las carreteras con sus camiones y atraparlos en un punto en el que lanzarse sobre ellos, porque ya ha quedado claro de lo que son capaces criminalmente. Hay un apunte sociológico que merece ser tenido en cuenta, porque es algo que, en este tipo de películas casi  nunca suele hacerse: avisar a la policía, algo que hace la protagonista. Pensemos, no obstante, que los recelos del protagonista contra la policía están más que justificados, tras haber sido acusado infundadamente y haberle arruinado algunos negocios por no disponer de su herramienta de trabajo, el flamante camión que, al principio, adquiere incluso categoría de «personaje».

          Es, en definitiva, una de esas películas que solemos tildar de «simpáticas», y que gustará a quienes cumplan los requisitos que especifiqué ut supra.

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