lunes, 19 de octubre de 2026

«La bola negra», de Javier Calvo y Javier Ambrosi, o Lorca, de poeta universal a poeta gay.

Una visión deshilvanada, y de parte, de un poeta de todos, con una cuidada producción y algún «momentazo» e interpretaciones magníficos.

 

Título original: La bola negra

Año: 2026

Duración:158 min.

País:  España

Dirección:  Javier Calvo, Javier Ambrossi

Guion: Javier Calvo, Javier Ambrossi, Alberto Conejero. Teatro: Alberto Conejero. Obra: Federico García Lorca

Reparto: Guitarricadelafuente; Miguel Bernardeau; Carlos González; Milo Quifes; Penélope Cruz; Glenn Close; Lola Dueñas; Antonio de la Torre; Alberto Cortés; Albert Pla; Hugo Welzel; Antonio Dechent; Yenesi; Julio Torres; Lorenzo Zurzolo; Nuria Mencía; Natalia de Molina; Mona Martínez; Daniel Ibañez; Mateo Medina; Javier Butler; Francesco Migliori; Gio Torino; Manuel Gareno; Teo Lucadamo; Mohamed Ben .Aissa; David Pérez Camacho; Mico Quares; Joaquín Ruíz; Valentín Martínez; Joaquín Núñez; Judeline

Música: Raül Refree

Fotografía: Gris Jordana.

 

          Cinematográficamente, es justo destacar, sobre todo, la magnífica producción, que no ha escatimado en gastos para recrear, con sumo acierto, acaso excesivamente teatral, una época convulsa de nuestra Historia. Basada en una obra de teatro de Alberto Conejero, La piedra oscura, que fabula muy libremente los supuestos amores entre Rafael Rodríguez Rapún y Lorca, siendo el ingeniero y futbolista colaborador del granadino en la aventura teatral de La Barraca, la película acude a la inspiración de lo que pudo haber sido la obra que planeaba escribir Lorca y de la que se conserva solo un diálogo entre el protagonista by su hermana, una lista de personajes, entre ellos la nieve, y dos títulos: La bola negra, luego borrado y La piedra oscura (drama *epéntico). El adjetivo, propio del círculo de Lorca, Aleixandre y otros, se refería a los que crean, pero no procrean... La producción, decía, es digna de los mayores elogios, porque han conseguido que, sea cual sea, la escena, haya una riqueza de medios que favorecen la puesta en escena, que siempre da el tono casi de gran producción. Solo hay que comparar la última que vi sobre ese periodo, La cena, de Manuel Gómnez Pereira, con una puesta en escena de cartón piedra, tipo estudio de La promesa..., para darnos cuenta de que en esta esa puesta en escena acompaña poderosamente la acción dramática y la carga de verosimilitud, con las excepciones de rigor. El comienzo, magnífico, ilustra lo que digo sobre los medios empleados y la selección de exteriores y diseño de interiores, sobre todo cuando la acción de la obra trunca se desarrolla en el Casino provinciano en el que aspira a ser admitido el hijo de un socio: Carlos, trasunto de Federico García Lorca, con unas libertades creativas que se apartan demasiado del personaje histórico como para aceptarlo tal cual, sin apreciar en él una visión totalmente anacrónica. Pero ya llegaremos a los laberintos sin salida.

          En realidad se cuentan tres historias: la de un personaje real, Rafael Rodríguez Rapún,  si bien la ficción sobre su vida y su relación con Lorca es de tal naturaleza que bien podemos decir que es un mero pretexto para que los directores «se monten su película...», al servicio de su reconocido activismo gay, un proyecto legítimo, pero que choca con una realidad que nos habla de la heterosexualidad se un personaje seducido por Lorca y sobre cuya posible bisexualidad las fuentes no son ni claras ni mucho menos indiscutibles. Por ponernos en contexto, ni siquiera fue fusilado, y mucho menos por un joven que se descubre sexualmente a sí mismo en su trato con un prisionero. Se trata de que la realidad no te estropee una bella historia, y esta lo es, y, además, muy bien interpretada por ambos actores principales: Guitarricadelafuente, Sebastián, y  Miguel Bernardeau, Rafael. Es cierto que, al menos para mí, sobran tantas alegres escenas playeras de los cuerpos militares, pero cada cual tiene su imaginario y no se trata de que en el paseo de Carlos, el personaje de La bola negra teatral ―segunda historia que se cuenta y, acaso, la más controvertida, pero en la que hallamos unos niveles cinematográficos bastante interesantes― supuestamente por Granada, se encuentre con tantos marineros apuestos, todos ellos sacados de la Querelle de Fassbinder, y, para los menos aficionados al cine, del excelente anuncio publicitario de la colonia Le Mâle, de Jean Paul Gaultier, inspirado, eso sí, en el protagonista de Querelle, sino de que esas referencias desvirtúan, a mi entender, el meollo de la historia, dramática en los tres niveles en que se articula. En el curso de la historia de Sebastián y Rafael tiene lugar uno de esos «momentazos» almodovarianos que, en este caso, se resuelve con singular maestría por la feliz interpretación de Penélope Cruz, en un papel que me devuelve, imagino por qué, su mejor papel, el imborrable de Jamón jamón, de Bigas Luna. Como cupletista picante entrada en años, que ha de lidiar en plazas de mala muerte, con un público tan excitado como insensible, la escena se desarrolla con una continuidad narrativa que casi la convierte en un corto dentro de la película, porque se establece un relación con el trompetista, deseoso de ir a vivir a la gran capital, que tiene comienzo, desarrollo y abrupto final. Perfectamente caracterizada, Cruz encaja perfectamente en el papel de la cupletista superada por las circunstancias y hecha a la deriva de tiempos que se avecinan tan oscuros como lo es su presente.

          En  efecto, faltaba un nivel:  el de los tiempos actuales, en el que el nieto de Sebastián, que, ficticiamente, guarda el original de La bola negra, de Lorca, lega a su muerte la obra al nieto, Alberto, por dos razones: la primera, porque es homosexual; la segunda, porque había escrito alguna obra de teatro, aunque ahora se dedica a investigar sobre la homosexualidad en culturas mediterráneas, como se nos presenta al personaje, cuyos pasos seguiremos para completar la historia del abuelo. Cabe decir que un personaje completamente lateral, en este desarrollo argumental, la madre del nieto, Teresa, rechazada por su padre, e interpretada por Lola Dueñas, es uno de los mayores disfrutes de la película. La comida en la que madre e hijo, que viven no solo distanciados, sino radicalmente enemistados, se reúnen, porque Alberto ha recibido la notificación que lo convierte en heredero, es una suerte de realismo social tremendista, próximo a lo mejor del primer Torrente, el brazo tonto de la ley, de Santiago Segura, que tiene una excelente continuación en la esfena en que la visita en la casa que la madre se está construyendo.

          Los niveles de relación de las tres historias acaso sea lo más flojo de una narración que, muy a menudo, parece guiarse más por la ley cinematográfica de su admirado Almodóvar, los «momentazos», que por la narración tradicional que obligaría a un montaje ―que, como tal, no parece existir en una película que tantísimo lo necesitaba...― que supiera guiar a los espectadores por la complejidad de las tres tramas. Pongamos por ejemplo esta historia de la actualidad que juega con el tópico del «manuscrito hallado», un clásico de la literatura, por ejemplo, y es inevitable citar el libro de Potocki, El manuscrito encontrado en Zaragoza o La familia de Pascual Duarte, de Cela, pero en las entrañas de esa historia aparece la figura de una hispanista usamericana, felizmente interpretada por Glenn Close, porque da el papel, aunque aparece en el contexto de un acto literario que celebra una obra titulada Federico, el poeta gay. La dedicación de la hispanista se subraya con las gruesas tintas del homenaje a un hermano que sufrió su condición homosexual. Y ahí, pues qué quieren que les diga, a un lector poco propenso a las etiquetas y nada inclinado a los sectarismos de ningún tipo, que un poeta universal como Federico Grcía Lorca quede jibarizado en ese Federico, poeta gay, me parece una afrenta, un intento de secuestro excluyente que forma parte del cine de propaganda, pero nunca del gran cine capaz de iluminar la existencia humana en sus muchas y muy variadas circunstancias e inclinaciones. Hay películas que seleccionan a sus espectadores, está claro, y el antecedente de Querelle es evidente; del mismo modo que otras películas hacen lo mismo, como las de superhéroes, las apocalípticas o las religiosas, pero suelen dejar un poso de contrahechura que las lastra. He recordado El manuscrito de Dante, de  Julian Schnabel, que versa, también, sobre un hallazgo editorial que acaba entretejiéndose con una red de maleficios y venganzas, contada en dos tiempos: el propio de Dante y un presente en el que un escritor sin demasiado éxito se apodera, con técnicas mafiosas, de ese manuscrito.

          Dejando de lado la melodramática historia de Sebastián y Rafael, porque no estamos ante un drama histórico, sino ante un melodrama en el que se han distorsionado determinados aspectos para realzar una perspectiva de cine de propaganda, en este caso, gay, con toda la legitimidad del mundo,  y ya dije antes que la interpretación de Guitarricadelafuente es de lo mejorcito de la película, no quiero pasar por alto lo que hay de libérrimo en la invención de lo que pudo ser la obra planeada por Lorca, el drama de un joven provinciano homosexual que ve rechazada su candidatura a ser socio del Casino por su orientación sexual.  Como apenas queda sino ese diálogo entre la hermana a la que le gustaría lanzar la jabalina y el joven amante de la música que no puede reprimir sus instintos, aunque parezca ignorar la contradicción de querer integrarse en una institución tan carcunda como ese casino que, con más de teatral que de cinematográfico, aunque con una magnífica puesta en escena, nos describen las secuencias del «juicio», los autores han fabulado las andanzas de un joven Lorca, el Carlos de La piedra oscura original, para darnos su visión de la juventud del poeta, diríase que dominado exclusivamente por su pulsión sexual y por su afición a los cafetines donde, supuestamente, al contacto con el cante jondo y una vida marginal se va forjando una manera suya peculiar de «decir» que se plasmará en su obra más célebre: Romancero gitano. La secuencia de la siguiriya cantada por María Terremoto ―muy digna heredera de su abuelo, Terremoto de Jerez, a quien tanto he escuchado desde joven― es un caso típico, a mi entender, de «proyección», porque se nos representa al joven Carlos/Lorca desde unos parámetros que lo acercan más a nuestro presente que al que posiblemente fuera el suyo. Dicho de otro modo, ¿cómo casa aquel pianista sensible y formal que visitaba a menudo a Falla en su carmen del Albaicín, con el de esa escena, eso sí, llena de vida e intensa, pero, ¡ay!, tan probablemente falsa? Está claro que cada cual puede forjar la imagen del poeta que le dé la gana, pero si alguien tiene ya formada esa imagen, el choque con la de los autores es inevitable, y no queda uno siempre complacido, está claro.

          De un personaje, «la nieve», que incluyó Lorca en el elenco de personajes de su obra, sí que los realizadores han sacado unas imágenes que llevan la obra a un registro simbólico que parece propio de corrientes teatrales más antiguas, pero que aquí funciona perfectamente como cierre de la obra nunca escrita. A mí, particularmente, y más allá del ensueño de la gitanería desgarrada, me ha traído a la memoria el paseo y la muerte de Robert Walser en la nieve, en el transcurso de su paseo habitual, por las cercanías del sanatorio de Herisau, donde vivió los últimos veintitrés años de su vida; una muerte que él había profetizado, tal cual sucedió, en su novela Los hermanos Tanner. Cinematográficamente, el desarrollo del magno juicio en el Casino, una escenografía que recordaba las obras de Francisco Nieva, y la irrupción del paisaje nevado pueden considerarse como uno de los momentos mágicos de la película.

          No estamos ante una obra redonda, y quizás el exceso de ambición la lastre demasiado, porque hay un exceso narrativo y una falta de definición en el montaje que más parece que andemos de corto en corto que a través de un largo en el que se integren narrativamente las tres historias. Tiene la película, pues, esos desniveles propios de quienes han aspirado a mucho y han conseguido no poco, por más que, como ya he dicho, a mí las películas de tesis y propaganda, por dura que sea la realidad pasada que se quiera retratar, se me resisten.

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