lunes, 26 de octubre de 2026

«Vida de perros», de Mario Monicelli y Steno, el prodigio de la coralidad.

 

La vida arrastrada de los cómicos de la legua en una comedia melodramática y neorrealista excepcional. 

 

Título original: Vita da cani

Año: 1950

Duración: 108 min.

País:  Italia

Dirección: Steno, Mario Monicelli

Guion: Ruggero Maccari, Sergio Amidei, Fulvio Palmieri, Vittorio Nino Novarese, Aldo Fabrizi. Historia: Steno, Mario Monicelli

Reparto: Aldo Fabrizi; Gina Lollobrigida; Delia Scala; Marcello Mastroianni; Giovanni Barrella; Tamara Lees; Bruno Corelli; Enzo Maggio; Nyta Dover; Aldo Giuffrè; Pina Piovani; Michele Malaspina; Tino Scotti; Pasquale Misiano; Lidia Alfonsi; Eduardo Passarelli.

Música: Nino Rota

Fotografía: Mario Bava (B&W).

 

          1950. Podría ser un año como otro cualquiera, pero da la casualidad que inicia una década en la que se ruedan obras maestras del cine que van a llenar casi toda una década, si bien los años precedentes han visto la realización de otras que como El ladrón de bicicletas, de De Sica, La tierra tiembla, de Visconti o Alemania, año cero, de Rossellini, han situado el listón en lo más alto que quepa imaginar. Vida de perros tiene algo especial, porque va a explotar una vía cinematográfica en la que se mezclan, de forma descompensada pero con idéntica eficacia, la gran comedia popular , y el melodrama que no renuncia ni siquiera a la tragedia. De Monicelli hay crítica en este Ojo de un drama que congela la risa en los huesos: Los camaradas, con un Mastroianni para el que hasta los más grandes elogios tienen algo de ridículo, por incapaces para valorar tan magnifica interpretación. Valga recordar que aquí aparece casi, propiamente, como colaboración especial, aunque las secuencias que tiene con la bellísima actriz Tamara Lees, son de lo mejorcito de la película, especialmente por la iluminación, propia del cine negro, de la intimidad entre ambos, un adiós que va a determinar el rumbo de sus vidas, ¡tan distintos! Recuerdo que el director de fotografía es nada menos que Mario Bava, creador de un género del cine de terror, el Giallo, y en cuyo haber figuran algunos de los éxitos de ese género en la década siguiente, la de los 60: La máscara del demonio o Seis mujeres para el asesino. Para complementar la reunión de estrellas, ahí está la música a cargo de otro clásico del cine italiano: Nino Rota. Finalmente, y porque ha de ser mención aparte, hemos de distinguir la actuación de un actor, Aldo Fabrizi ―espectacular en Una mujer y tres hombres, de Ettore Scola, recientemente vista y criticada―, que no solo es el alma de la película, sino que, además, ha participado en el guion y ha escrito algunas canciones. Es, la suya, una actuación todopoderosa que, con algunas muletillas inolvidables, «todos somos italianos», representa lo más popular de una vida mantenida sobre la picaresca y el más profundo amor al teatro, propiamente al espectáculo, que pueda concebirse.

          Sí, los espectadores más perspicaces de este Ojo habrán detectado que, por las referencias, la película se asemeja mucho, argumentalmente, a Viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez, una película tan magistral como tristísima. Pero lo que en la de Fernán Gómez es miseria y compañía, aquí es miseria, compañía y una vitalidad, solo en parte cómica y propia de los espectáculos populares que llevaban el entretenimiento a lugarejos inencontrables en los mapas, con el público selecto que ello implica. A su manera, por poner un ejemplo reciente, imaginen el espectáculo de revista de La bola negra, de los javieres, con Carmen Maura, y tendrán una idea bastante cercana a la labor meritoria de esas compañías que malvivían en giras con las que a duras penas sobrevivían en los tiempos de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. El estrecho mundo de las pensiones de mala muerte, los viajes en tercera clase y las carencias de los escenarios ocupan un lugar preeminente en la película, si bien todo ello pasa por el inefable Martoni, el Capo cómico ―así se presenta a sí mismo― que, además de actor y cantante, dirige la compañía. Gran parte del peso de la película descansa sobre su figura, aunque destaque una jovencísima Gina Lollobrigida a quien, he de ser honesto, no reconocí como tal en ningún momento, y he tenido que volver a verla para descubrirla. De igual modo, Tamara Lees aparecía en la ficha de FilmAffinity sin fotografía, y me ha costado encontrarla, aun siendo una belleza fotogénica que impresiona tanto en los primeros compases de la película que cuesta creer que toda ella no haya de girar en torno a su peripecia vital, que no es otra que huir de la miseria, aunque para ello haya de «explotar» tantísima belleza con la que nació. Irá apareciendo en la historia, pero no tanto como nos hubiera gustado, aunque siempre con una elegancia y una presencia que no sé cómo en Hollywood no estuvieron prestos a hacerse con sus servicios y convertirla en una gran estrella, que hubiera podido competir con Ava Gardner, sin ir más lejos.

          La pequeña vida cotidiana de la compañía es, propiamente, el argumento de la historia que se cuenta, y aunque lo tiene todo de historia coral, hay suficientes mimbres individuales como para no desatender esas historias particulares que, a la postre, se suman para construir una narración llena de momentos yo diría que inolvidables, como la renuncia de Martoni a sus expectativas conyugales con la primera vedette, a quien ha construido prácticamente de la nada, porque es ella, y solo ella, el interés de una gran compañía que llevará a su artista al triunfo definitivo. La parte, por cierto, de la transformación de una pobre chica sin oficio ni beneficio en una vedette, es de las más logradas de la película, aunque compite con otras como el intento de marcharse sin pagar de una hospedería, algo que consiguen gracias a un truco de picaresca que, momentáneamente, les permite seguir sus viajes y sus actuaciones. Y así, secuencia tras secuencia, se construye una película que forma parte no solo de la historia del cine italiano sino de un género, la commedia all'italiana, que tendría, pocos años después, a un discípulo de Fabrizi, Alberto Sordi, como gran estrella popular del cine italiano y mundial.

          Dije que la historia no despreciaba el drama e incluso la tragedia, que aquí aparece de un modo que puede parecer anecdótico, pero que, si tenemos en cuenta el arranque de la película, no parece haber otro camino para la protagonista, Franca, pero eso es mejor que lo vean con sus propios ojos acongojados. Con anterioridad hemos visto una escena inconfundible en la comisaría, donde un padre con doble moral pretende impedir la unión de una bailarina de la compañía con un joven que, por su amor, lo ha dejado todo. En esa escena, Martoni, que, como un juez de paz, ha resuelto un «caso», acaba siendo detenido por los diferentes «pufos» que su compañía ha ido dejando como hitos de su aventura comediante. Lo dicho: una comedia coral con un dinamismo que parece desafiar cualquier ley del montaje, por el extraordinario que tiene esta película tan atractiva y fiel a una realidad a la que solo se vence desde el optimismo pesimista (tal cual...)  que irradia la figura extraordinaria del Capo Comico Martoni, un antológico Aldo Fabrizi, dueño y señor de una película que cualquier aficionado al cine no puede dejar de ver.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario