lunes, 18 de enero de 2021

«Un beso para Birdie», de George Sidney, un sorprendente musical de primera.

 


Una parodia del fenómeno de las fans adolescentes y la nueva cultura musical de masas de los 60: usamericana hasta la médula y más allá…

 

Título original: Bye Bye Birdie

Año: 1963

Duración: 112 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George Sidney

Guion: Irving Brecher, George Sidney (Libro: Michael Stewart)

Música: (Canciones: Charles Strouse, Lee Adams) Johnny Green

Coreografía: Onna White

Fotografía: Joseph F. Biroc

Reparto: Janet Leigh, Ann-Margret, Dick Van Dyke, Bobby Rydell, Maureen Stapleton, Jesse Pearson, Mary LaRoche, Paul Lynde, Ed Sullivan.

 

         Después de la crisis de los misiles del 62, este musical, con muy buen criterio, no deja pasar la oportunidad de incluir en la trama de la obra, alterando profundamente el original que triunfó en Broadway y en Londres, desde 1958, todo lo relativo a la relación con la “amenaza soviética”, y lo hace a través de un discurso *caricaturizador que sigue de cerca excelentes películas como To be or not to be, de Lubitsch, aunque suene a sacrilegio esta referencia en relación con un musical tan alegre y aparentemente liviano como este. El guion de la película es excelente, y los cambios, que derivan el núcleo de la trama de Janet Leigh, aquí de morenaza porque el papel corresponde a una Rosie que es una Rosa hispana, a la jovencísima Ann Margret, quien aparece en su primer papel protagonista, después de dos breves apariciones en sus dos primeras películas, permite desplazar con mayor motivo la historia hacia el terreno de la sátira del reclutamiento de Elvis Presley y aquel “último beso” que dio el actor a una “afortunada” de los Women's Army Corps. En este caso, la parodia de Elvis peca casi de estrambótica, pero el montaje de la campaña del “último beso” a una fan en directo, en el programa de Ed Sulivan, quien participa en la película para realzar el realismo de la situación, y en un pequeño pueblo, nos trae a la memoria muchas películas usamericanas en las que el choque entre lo tradicional y lo “moderno” es casi un tópico. Y parece que algunas otras hayan bebido de esta, porque en la magnífica aparición del rockero a lomos de su moto para presentarse en el Ayuntamiento de la pequeña población y dejar desmayadas a todas las fans que lo reciben, parece haber bebido el dentista de La tienda de los horrores, de Frank Oz, que interpretó magistralmente Steve Martin. Con todo, el protagonismo casi absoluto recae en un Dick van Dyke al que catapultó a la fama su presencia en el musical y quien debutó en el cine en la presente película, muy poco antes de alcanzar el estrellato con Mary Poppins, de Robert Stevenson,  pero Van Dyke ya llevaba mucho tiempo en el show business , como parte de un dúo cómico inspirado en Keaton y en Stan Laurel, y había parecido en algunos programas de TV. Aquí sencillamente lo borda y parece ya un actor consumado, a juzgar por la desenvoltura y la eficacia cómica, una vis que no le abandonó nunca, con que actúa a lo largo de la película. Su papel, el de un hijo dominado por la madre que no se atreve a dar el paso de casarse para no herir los sentimientos de su madre, y que está deseando dejar la música -es compositor para satisfacer los sueños de su madre sobre él- para dedicarse la química, en la que es un auténtico genio.

         Toda la película está llena de personajes secundarios eficacísimos, como la propia madre del protagonista, estrafalaria y chantajista como ella sola, y los padres de la protagonista, encabezados por un clásico secundario de series como Embrujada y Los Monsters, Paul Lynde, un rostro rescatado de mi infancia televisiva, porque uno pertenece, ¡ay!, a la primera generación que creció con la televisión como parte del ocio familiar. Un fabricante de piensos que está dispuesto a que su hija participe en esa charada de las fans siempre y cuando pueda hacer publicidad ¡en el Show de Ed Sullivan, nada menos!, de su firma comercial.

         A todo esto aún no he dicho ni una palabra de los brillantísimos números musicales que nos revelan a la joven Ann Margret como una excelente bailarina, lo mismo que Dick van Dyke y Janet Leigh en un número romántico en que ella se desdobla en un espíritu alegre con quien baila su novio para afearle que se muestre tan huraña y esquiva con él. En general, los números cumplen su cometido con una brillantez muy propia de los grandes éxitos musicales, y es por ello por lo que me pregunto cómo es posible que me haya pasado desapercibida esta joyita paródica de un género, el musical, al que soy adicto. Hemos de reseñar, forzosamente, el espléndido trabajo de coreografía a cargo de Onna White, quien se luce, sobre todo, en el número del club de jóvenes donde destaca poderosamente Ann Margret. El uso del Panavisión permite un ancho de imagen que se ajusta perfectamente a las exigencias corales de muchos números, y también para planos muy nutridos en la casa de los padres de la joven protagonista. Ello permite una transición de la escena dialogada al número musical sin mayores complicaciones ni búsqueda de espacios alternativos.

         La película juega con una ingenuidad básica, salpicada, cada dos por tres, por ciertas cargas de profundidad que no acercan la obra a otros musicales «comprometidos», como Dinero caído del cielo, de Herbert Ross, por ejemplo, pero que suponen brochazos de humor ácido nada desdeñables.

         En conjunto, la película tiene un ritmo excelente, tanto en la alternancia de los números y la trama como en el desarrollo progresivo de esta última, y la caricatura del fenómeno de las fans, que aún tardaría sus buenos diez años en llegar a España, está hecha con tanto cariño como maldad. Quien quiera disfrutar de un musical y unas actuaciones estupendas, ya sabe, tiene una cita con un elenco encabezado por Dick van Dyke y Ann Margret…

        

 

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