jueves, 8 de junio de 2023

«Sátántangó», de Béla Tarr o la degradación social e individual.

 

Entre el mesianismo, el milenarismo y el atavismo: la médula de la humanidad primitiva.

 

Título original: Sátántangó

Año: 1994

Duración: 450 min.

País: Hungría

Dirección: Béla Tarr

Guion: Béla Tarr, László Krasznahorkai. Novela: László Krasznahorkai

Música: Mihály Víg

Fotografía: Gábor Medvigy (B&W)

Reparto:  Mihály Víg; Putyi Horváth; Peter Berling; Erika Bók; Miklós B. Székely; László Fe Lugossy; Éva Almássy Albert; János Derzsi; Irén Szajki; Alfréd Járai.

 

         Por un error de vista imperdonable, comencé a ver la estremecedora trilogía de Béla Tarr por la última entrega de la misma, de modo que, al volver a la primera hallé pronto remedio al considerar que, tras haber descubierto el final que tanto me intrigaba, porque lo ignoraba todo de la trama y quería a toda costa saber en qué paraba tan extraña trama, estaba asistiendo a un flashback que me iba a permitir comprenderlo todo. Y así ha sido. No lo recomiendo, no obstante, pero para mí ha sido toda una experiencia, porque la extrañeza de lo que ocurre al inicio de la tercera entrega es capaz de romperle los esquemas al más ducho en sesudas interpretaciones de cineclub de los 60 del pasado siglo…, ¡y anda que no había linces en ellos!

         Alrededor de una plataforma en la que descansa una niña muerta, una suerte de apuesto y mesiánico agitador social  les promete a los vecinos de una remota aldea húngara que confíen en él y le den sus dineros para adquirir una granja en la que todos trabajarán formando una cooperativa, si bien, tras el funeral, todos han de dispersarse y esperar noticias de él para evitar ser descubiertos y sometidos por unas extrañas fuerzas de las que se ignora sin son gubernamentales o rebeldes, porque estamos en esos momentos en que se pasa, en Hungría, del régimen soviético a lo que se supone que será un régimen democrático. Con este planteamiento, y un final metafórico que dejó a este espectador a más de dos velas, volví al inicio de la trama para irme enterando poco a poco de los entresijo de una trama que no se leja mucho de lo que se resume en el inicio de la tercera entrega.

         En los cuarteles de la policía, dos marginados sociales reciben el encargo de vigilar e informar sobre los miembros de una antigua cooperativa que ha cerrado sus puertas, sin que los trabajadores que en ella había tengan muy claro cuál ha de ser su futuro. Todos ellos disponen del dinero de un año de trabajo, pero no saben ni qué hacer, ni a dónde ir ni en qué van a encontrar trabajo. Irimias, un «piquito de oro» es el encargado de persuadir a esos trabajadores de que él, con los ahorros de todos, va a comprar una granja que explotarán en régimen de copropietarios. Cuando vuelve, después de que se haya extendido el rumor falso de que había muerto, los hombres y mujeres de esa aldea, brutalizados, alcohólicos, emputecidos, adúlteros, sumamente desconfiados unos, bobamente entregados a la causa de Irimias otros, reaccionan de modo muy diferente.

         Las tres entregas de la película comparten la estética, los planos fijos y los planos secuencias infinitos, un tempo que va más allá de la lentitud y un amor por los detalles y la morosidad en el movimiento de la cámara que puede hacerle perder la paciencia al más cachazudo trasegador de obras como, por poner un ejemplo de realización hasta cierto punto parecido, Ludwig. Réquiem por un rey virgen, de Hans-Jürgen Syberberg, una rareza a la que la película de Tarr eclipsa y sitúa en su minúsculo lugar, si la comparamos con la grandiosidad majestuosa de la degradación social y humana que filma Tarr con una puesta en escena que, bajo la lluvia y el viento inclementes, y en caminos embarrados o calles llenas de basura y residuos que chocan contra quienes caminan por ellas infatigablemente como poderosas fuerzas espectrales del mal, y con actores y actrices que parecen devastados por las peores pulsiones: la avaricia, el resentimiento, el temor, la impotencia de la lujuria, la necesidad del alcohol, el engañó, el adulterio, la estafa, la ira sin objeto y el miedo irracional a perderlo todo e incluso a perder la vida, de tan escaso valor en ese contexto degradado.

         La anécdota es mínima. Los planos y las interpretaciones máximos. El tiempo no es el tiempo de la realidad, sino una dimensión tan extraña como apocalíptica en la que el protagonismo no siempre pertenece a los humanos: el plano secuencia inicial de la salida de las vacas, de tanto potencial metafórico, como el de los borregos de Buñuel, es el preludio de muchos otros que nos van a instalar en lo más parecido a una dimensión mítica que mantiene pocos pero poderosos vínculos con lo que habitualmente conocemos como «realismo». De algún modo, el exceso de realismo tradicional conduce a un situación que roza el esperpento, como el Wözzek de Berg, del que creo que Tarr toma la poderosa escena del baile de los malditos en la mugrienta cantina del pueblo, al amor de cuya salamandra se reúnen algunos de los personajes que bailan frenéticamente.

         Hay un narrador, el profesor, que vive solo en su casa, muy limitado físicamente, enfermo y de quien se nos narra la inacabable travesía bajo la lluvia para reponer el alcohol de la garrafa que parece mantenerlo en vida. Es uno más de la docena de almas en pena en cuyo camino se va a cruzar Irimias,  medio camino entre un predicador iluminado, un poeta inspirado y un Luzbel perverso que juega con los destinos de  quienes ha de vigilar y controlar, por más que a nadie pueda importarle qué sea de los destinos de gente tan devastada por la vida.

         La muerte de la niña, un personaje clave en la historia, porque es ella, engañada por su propio hermano, que le ha robado los dineros que había plantado para que el árbol del dinero los regara con los frutos multiplicados de las monedas, es uno de los momentos más turbadores de la película. Al principio parece que el profesor, con quien se tropieza, y lo hace dos veces, porque cuando cambia la narración es frecuente volver a ver escenas ya vistas y hacerlo, ahora, desde la perspectiva del personaje en que se centra la acción; parece que el profesor, decía, va a perseguir libidinosamente a la niña, que se interna en la oscuridad de la noche lluviosa; pero no, la niña, engañada por su hermano y marginada por su madre, una prostituta, vuelva su frustración en el gato, con quien tiene un relación diabólica que ni la más espeluznante película de terror ha sido nunca capaz de rodar. El blanco y negro de toda la película, con una calidad lumínica que deslumbra a los más devotos de ese parco cromatismo, se apodera, entonces, de unos rostros, el de la niña y el del gato, que, en desigual combate, escenifican, la índole terrible y misteriosa del mal puro, sin adjetivos atenuantes ni agravantes. La muerte del gato, pavorosa, es un preludio de la muerte de la propia niña, quien ingiere matarratas después de andar arriba y abajo con el cadáver del gato muerto, y haber sido rechazada por su hermano, quien le confiesa que, en efecto, le ha robado el dinero que ella ingenuamente había «sembrado» con él. La tristeza infinita de un ser abandonado a su adversa suerte contrasta con la capacidad de maniobra retórica y persuasiva del bello Luzbel para hacerse con los dineros de los pobre seres atormentados por la muerte de quien ellos asocian con la pureza, y para lavar el pecado de su desatención, nada mejor que confiar en Irimias y entregarle sus ahorros con el noble fin de adquirir la granja.

         La película no gira en torno a los personajes ni sus actos, sino en torno a  cómo son todos ellos vistos por la cámara, en el interior o en el exterior, en las casas desvencijada o en los caminos embarrados. En cualquier espacio, sin embargo, los planos secuencias, de hasta más de diez minutos, mantienen la cámara fija en acciones irrelevantes, desde el punto de visto dramático, como puede ser recorrer un camino interminable, viajar en una carreta bajo una lluvia inclemente o buscar aposento en una casa vacía, inhóspita.

         La degradación esperpéntica de los personajes nos habla de la miseria humana y de las pulsiones primitivas de seres apegados casi brutalmente a sus duros trabajos, ahora perdidos. Hablamos de seres in horizontes ni expectativas, seres que confían ciegamente en el embaucador Irimias y que, aun sacando arrestos de su desconfianza para enfrentarse a él, acaban sometiéndose a la voz de la dulzura inteligente de la razón que apela a l honestidad y a la coherencia a través del ejemplo de desprendimiento y sacrificio en su bien.

         Quienes hayan visto El caballo de Turín, epopeya de la vida siendo vivida en su adictiva inanidad última, entenderán el origen de tantos planos dominados por el viento, un elemento atmosférico que cruza bíblicamente por las películas de Tarr, y en Sátántangó ha de sumársele la lluvia, de la que no parecen quejarse los personajes, que la soportan estoicamente. La presencia de los caminos que son recorridos durante muchos minutos forma parte también del universo mítico de Tarr. Caminos, sin embargo, que no llevan a pate alguna, excepto al embaucador y a su ayudante, que lo lleva al cuartel general de la policía, en una de las mejores secuencias de la película, si exceptuamos el final de la campana que avisa , por boca de la locura, de la llegada de los turcos. Hay algunos elementos metafóricos que renuncio a destripar al espectador, porque irrumpen en la trama con un poder visual que son una maravillosa recompensa. Si el cine son imágenes en movimiento, Sátántangó es el cine por excelencia y sitúa al autor en la estela de autores que como Tarkovski, Dreyer o Bresson han revolucionado el lenguaje cinematográfico.

         El cine de Tarr es hipnótico, y en sus interminables planos secuencia y planos fijos ha de estar muy atento el espectador para no perderse ni una brizna del torrente de vida acezante, aun en el silencio y la inmovilidad, que se despliega ante sus ojos. Ningún gesto o movimiento de la vida cotidiana es despreciable, antes bien, cualquiera de ellos: miradas, enfrentamientos, palabras mordidas, gestos amenazadores, resignaciones profundas, súbitos estallidos, esperas pacientes, cualesquiera de ellos nos hablan de seres en la pendiente del sinsentido y el derrumbamiento, próximos a convertirse en marionetas con las que se divierte el Poder hasta sacudirles el porrazo fatal de los títeres de polichinela.

         A favor de Tarr juega, sobre todo, el desconocimiento en Occidente de los actores y actrices de su cine, lo que los asemeja a los aficionados con los que le gustaba rodar a Bresson. Sin embargo, ¡qué poder de transmisión dramática, el de todos esos rostros castigados por las penurias y la vida, inmortalizados en primeros planos escalofriantes! Cierto, no hay humor en este Sátántangó, y es lo único que el buen aficionado echa de menos como contraste de la tragedia que representan los personajes, pero sí hay una banda sonora que potencia hasta el lirismo la descripción contenida en los planos secuencia, sea en la carreta, sea en los caminos, sea en el baile. El acordeón se vuelve omnipresente como el grito articulado de las entrañas, y todo, entonces, parece que queda mejor explicado. Nunca es gratuita la música, y en esta película menos que en ninguna. Acabo de mentir. Claro que hay humor, y negrísimo, pero se concentr en el desenlace, del que he preferido no hablar. Los esforzados de la ruta fílmica han de llegar hasta el final, ¡por el que yo empecé  ver l trilogía!, pra descubrir ese humor de exuberante crueldad hermenética y expresiva. Para el resto de la cinta, sin embargo, vale la negación inicial. Y añado que tampoco parece haber piedad ni compasión, porque el objetivismo, podríamos decirlo así, de Tarr permite que la cámara registre, más que crear, propiamente hablando. Dada la inmovilidad de la cámra y la duración de los planos y las secuencias, se ha de estar muy atento para descifrar  la participación del director en lo que nos está narrando. De hecho, llama mucho la atención, para cambiar de secuencia el violento fundido a negro que parece expresar la ira de quien mira, no la conclusión de lo que aparentemente no tiene fin. Volver del fundido, si no me excedo hermenéuticamnte, parece indicar el deseo del director de darles a esos personjes degradados una nueva posibilidad, una esperanza, que acabarán defraudando, ya lo anticipo.

         Tarr sacia con creces la sed de ver de los espectadores, porque el cine tiene algo también de estatismo, de profundidad de campo, de perspectiva, de mínima acción como la de El tercer hombre, cuando la figura femenina emerge desde el punto de fuga de un camino y va creciendo hasta que pasa al lado de Cotten sin siquiera girarse hacia él, como si nunca hubiera existido. Y hemos de agradecerle el festín de lentitud que no depara para alejarnos del ritmo frenético, a su lado, como vivimos o como nos desvivimos.

        

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