La importancia
de hacer bien el último mutis: un tratado sobre el arte de bien morir.
Título original: Le dernier
souffle
Año: 2024
Duración: 100 min.
País: Francia
Dirección: Costa-Gavras
Guion: Costa-Gavras. Libro:
Régis Debray, Claude Grange
Reparto: Denis Podalydès; Kad
Merad; Marilyne Canto; Charlotte Rampling; Ángela Molina; Karin Viard; Hiam
Abbass; Agathe Bonitzer; Jade Phan-Gia; Namory Bakayoko; Maria McClurg; Virginie
Sibalo. Música: Armand Amar
Fotografía: Nathalie Durand.
Ahora,
los desamparados hijos del hedonismo y la sociedad del bienestar, nos
enfrentamos a la decadencia y la muerte sin las herramientas intelectuales con
las que nuestros antepasados, además de la doctrina estoica, se enfrentaban, y
entre ellas la magnífica de la Preparación y aparejo para bien morir, de
Erasmo de Rotterdam, sobre cuya tradición al español, hecha por Bernardo Pérez
de Chinchón, elaboró mi amigo Joaquim Parellada una magnífica tesis doctoral. La
Consolación de la Filosofia, del más antiguo Severino Boecio, que tanto
influyó en la elegía de Jorge Manrique a la muerte de su padre, es, aunque
menos directa, otra fuente para ayudarnos a enfrentarnos al momento
trascendental de nuestras vidas, aquel que decidirá finalmente, quiénes hemos
sido, porque la muerte lo tiene todo de broche que honra o deshonra una vida.
Petrarca defendía que un bel morir tutta una vita onora, y Nietzsche que
se había de morir «a tiempo»: Morir a tiempo: eso es lo que Zaratustra
enseña. En verdad, quien no vive nunca a tiempo, ¿cómo va a morir a tiempo?
[…] Todos dan importancia al morir: pero la muerte no es todavía una fiesta.
Los hombres no han aprendido aún cómo se celebran las fiestas más bellas. Yo os
muestro la muerte consumadora, que es para los vivos un aguijón y una promesa.
El consumador muere su muerte victoriosamente, rodeado de personas que esperan
y prometen. Nosotros, sin embargo, miramos aún con cierta aprensión ese
declive por el que nos deslizamos hacia las cenizas o el osario.
Basándose
en un libro del intelectual revolucionario Régis Debray y el doctor Claude
Grange, una relación que se reproduce fielmente en la narración de la película
entre el filósofo Fabrice Toussaint y el
encargado de la sección de cuidados paliativos, Augustin Masset, con quien el
primero entra en contacto tras habérsele descubierto una sombra sospechosa, en
realidad un tumor latente, en una resonancia magnética, dicha relación va a
servir de hilo conductor de una historia construida a la manera de episodios. La
vida de ambos protagonistas no deja de ser un pretexto narrativo para poder
ofrecer a los espectadores una realidad que va adquiriendo una notoriedad
pública que nunca había tenido hasta hace poco: ayudar a bien morir. Para el
sistema sanitario es una obligación imperiosa que exige un personal altamente
cualificado y eficaz, porque va a estar al servicio de las personas que
afrontan sus ultimísimos momentos de vida, acaso los más delicados de todos,
porque se trata de afrontar aquello para lo que nada te prepara, excepto que se
tenga un marcado sentido estoico o ciertas lecturas bien asimiladas.
La
película no es, obviamente, una defensa de la eutanasia, ya aprobada por ley,
tanto en Francia como en España, sino la reivindicación de la decisiva contribución
desde el sistema sanitario de todas aquellas medidas que favorezcan el tránsito
de la vida a la muerte de aquellos para quienes la muerte es, en el fondo, la
peor agresión jamás vivida; de quienes se resisten, a pesar de sus enfermedades
terminales, a abandonar esta vida y separarse de sus seres queridos. La
narración aborda también, por supuesto, el trato con las personas allegadas a
los enfermos, porque forman parte indisoluble de esa situación, y a veces el
tratamiento ha de ser en ellas más intenso que en los pacientes, porque estos se
enfrentan a pecho descubierto a lo fatal, mientras que no pocos familiares se
empeñan en creer que, con el tratamiento adecuado, pueden liberarlos de su
destino.
Dije
que tenía un carácter episódico, y no podía ser de otro modo, porque la
película, a modo de resumen con intención didáctica, va repasando algunos casos
en los que la intervención del filósofo junto al médico busca documentarse para
escribir un libro que refuerce las ideas sobre la muerte anteriormente expresadas
en otro libro, cuando aún la sombra fatal de un tumor en una exploración médica
no se había materializado. La aprensión y el interés intelectual y humano con
que el filósofo asiste a las postrimerías de los pacientes del doctor tiñe la
historia de un suave humor que nos permite un cierto distanciamiento de los
dramas que se viven, y a los que se enfrenta el doctor con una cachaza empática
digna de total admiración.
El
carácter episódico permite la irrupción en la película de breves actuaciones de
grandes intérpretes como Charlotte Rampling, Ángela Molina, Karin Viard e Hiam
Abbass, que se suman al magnífico tour de force de la pareja protagonista: Denis
Podalydès y Kad Merad, quienes desempeñan su cometido con un poder de
convicción absoluto, como si, en realidad, asistiéramos a la grabación de un
documental, género con el que la película, a pesar de ser ficción, tiene mucho
que ver. Los episodios tienen la virtud de hacer muy variado el desarrollo de
la historia, pero el hándicap de que tan breves apariciones lastran algo las
interpretaciones, es lo que ocurre con la de Ángela Molina, una matriarca
gitana que llega al hospital con la caravana en la que vive y todo el clan
gitano; o la brevísima aparición de una Charlotte Rampling de quien tememos
que, de un momento a otro, le fallen las piernas y acabe estampándose contra el
suelo. Algo más de metraje tiene Hiam Abbass, personaje muy destacado en la
serie Succession, de Jesse
Armstrong, quien cumple a las mil maravillas con un cometido nada fácil. El «buenismo»
que edulcora la película con ciertas actuaciones, como la de los motoristas que
homenajean a uno de los suyos dando vueltas alrededor de la fuente central del jardín
de hospital contrasta, positivamente, con el dramatismo punzante de la desesperación
de una joven que no acepta de ninguna de las maneras que la hayan llevado a un
hospital de «cuidados paliativos», expresión en la que ella lee la muerte
inminente: un dificilísimo papel interpretado con absoluta convicción por Agathe
Bonitzer. Esa convicción tiene que ver, por supuesto, con la capacidad para
impresionarnos con una muerte que sentimos tan real como si fuera cierta, ¡y en
plena juventud!, cuando la persona está embriagada de planes, de futuros…
Aunque
se trate de una película sobre el morir, ¡cuánta vida, y vida hermosa, se
respira en ella! No hay, en las actitudes de los protagonistas, ninguna
concesión a la sentimentalidad edulcorada del patetismo, sino una aceptación de
la muerte como el último momento de la vida, una forma inexplorada de ella y,
hasta la desconexión final, siempre vida plena.
Epicuro,
fundador del Jardín, la escuela filosófica opuesta a la Academia de Platón y al
Liceo de Aristóteles, es el más indicado para poner las palabras finales: La
muerte no nos importa nada, porque lo disuelto no tiene sentidos y lo
insensible no tiene nada que ver con nosotros. O, dicho en términos de inscripción
funeraria: Non fui, fui, non sum, non curo: «No fui; fui; no soy; no me
importa».

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