La crisis de
conciencia de la ejecutora de desahucios o la crisis de los valores
humanísticos.
Título original: Kontinental
'25
Año: 2025
Duración: 109 min.
País: Rumanía
Dirección: Radu Jude
Guion: Radu Jude
Reparto: Eszter Tompa: Gabriel
Spahiu; Adonis Tanta; Serban Pavlu; Mardare Oana: Ilinca Manolache; Annamária Biluska; Adrian Sitaru; Marius
Damian.
Música: Matei Teodorescu
Fotografía: Marius Panduru.
Después de la
casi apocalíptica No esperes demasiado del fin del mundo, criticada en
este Ojo, con la confesión incluida de mi rechazo y mi admiración por
una historia tan caótica y, al tiempo, tan crítica de nuestro presente,
amenazado por totalitarismos de todo pelaje, el ganador del Oso de Berlín con Un polvo
desafortunado o porno loco, que guarda no pocas semejanzas con la anterior,
ha dirigido dos películas en 2025: esta que crítico y un Drácula en el
que, al parecer, usa la IA como estrategia de desarrollo de la historia.
Frente a No
esperes..., Kontinental’ 25, adopta un formalismo tradicional que
pretende adaptarse a la denuncia de una situación inmobiliaria que determina,
de variadas maneras, las vidas de muchas personas, con o sin techo. El título
es imitación deliberada de una extraordinaria película de Roberto Rossellini, Europa’51,
acaso no tan demoledora moralmente como Alemania, año cero. Las dos
protagonistas de ambas películas son mujeres con una fuerte crisis moral: la de
Rossellini por el suicidio de un hijo que ha sido desatendido por los padres,
cuya intensa vida social no les permite darle lo que toda criatura desea y
merece: la atención de los padres; la de Radu, una alguacil encargada de
dirigir los desahucios de quienes ocupan casas, dada su pobreza absoluta, por
el suicidio de un hombre mayor que se ahorca del radiador del semisótano donde
malvive en un edificio que ha de ser desalojado para poder derribarlo y
construir un hotel, el Kontinental, para una pequeña ciudad en permanente
expansión. Como se nos dice en la película, Cluj, adonde llegó la protagonista
a vivir, buscando la tranquilidad, era una ciudad que no pasaba de los cien mil
habitantes, pero en 2025 la población total, contando también que es ciudad
universitaria, se acerca a los cuatrocientos mil, es decir, sufre una presión
de demanda inmobiliaria muy fuerte.
El comienzo de la película sigue los pasos
pedigüeños del ocupante de los bajos a través de la ciudad, un inicio rodado
con la técnica de la cámara oculta que desvela los comportamientos de rechazo
que provoca la presencia del mendigo en una ciudad próspera. El suicidio
posterior va a condicionar de tal manera a la protagonista que no se sentirá
con ánimos para ir de vacaciones con su marido y sus hijos, por lo que queda
sola en la ciudad. A partir de ese momento, se sucederán diversos encuentros,
todos ellos muy discursivos, menos con la madre, que se corta abruptamente,
cuando a madre decide echarla. Se encuentra con una amiga, con un exalumno de
sus clases de Derecho y con un curo ortodoxo. La visita a la madre se complica
porque la familia de la protagonista es de origen húngaro, una minoría en Cluj,
Transilvania, un conflicto que casi podría considerarse recurrente en el cine
de Radu, pero que también aparece, y de manera muy violenta, en una película
que merece una atención crítica y un reconocimiento mucho mayor que el que tuvo
en su tiempo: R.M.M., de Cristian Mungiu, cuyo localización no anda lejos de
Cluj. El cruce de reproches entre madre e hijo es de carácter político: ella se
considera húngara y es admiradora de Orban, y reprocha a su hija que se haya
convertido en una “rumana”, dicho con ese desprecio con que aquí en España se
hablaba de los carteristas rumanos cuando hicieron su aparición delictiva en
nuestro país.
Ya desde el comienzo
de la película advertimos que la mujer está atravesando una crisis que la lleva
a querer quedarse sola, mientras el marido se lleva a los hijos de vacaciones.
En parte se debe al suicidio del ocupa, del que no le cabe a ella ninguna
responsabilidad, aunque le pesa en la conciencia como una piedra de veinte toneladas;
pero, al margen de ese suceso, es su propia vida la que está sometida a
reflexión, por una insatisfacción cuyo origen nos es en parte desconocida.
Quizás por ello, cuando se encuentra con el exalumno, ahora convertido en
repartidor, y ante el insomnio pertinaz que la acecha, lo llama al teléfono que
él le dio, por si algún día le apetecía tomar alguna cerveza con él, ocasión
que se presenta pintiparada. Quedan delante de un cine en cuya entrada hay
colgado un cartel de El Bruto, de Luis Buñuel, sin que, salvo por el encuentro
sexual salvaje, medio borrachos ambos, tienen lugar en un parque en el que,
irónicamente, mientras ellos retozan en la hierba deseantes y deseados, aparece
en primer término un letrero luminoso que reza: «soy rumano», tras el que la pareja
accidental consuma su aventura, una reivindicación que parece terciar,
indirectamente, en el conflicto húngaro-rumano que le plantea la madre. Las
secuencias del vagabundeo de los extraños amantes tiene como fondo la propia
ciudad y sus monumentos, lo que añade inmensas dosis de soledad existencial a
los personajes, llevados al encuentro por el azar de la soledad, la frustración
y cierto nihilismo, como el que exhibe el joven, quien recuerda, para ella,
algunas breves historias zen no exentas de cierto dramatismo. En ese encuentro
en el bar, en la pared del fondo, hay un cartel publicitario de la película de
Rossellini: Europe’51. Y si en esta hay una suerte de misticismo
cristiano que se apodera de la protagonista; en ese encuentro, la religión
cristiana ha sido sustituida, signo de los tiempos, por el budismo zen, con sus
historias a medio camino de la lógica, el absurdo y el misterio. Del mismo modo
que en la película aparece, reiteradamente, una escenografía de dinosaurios
articulados que se mueven y emiten rugidos, en un parque en el que se recuerda
que esa zona de Transilvania estuvo habitada por ellos en el cretácico tardío.
Junto a ellos aparece el sintecho y junto a ellos sufre sus remordimientos la
protagonista, es decir, se mezcla la atracción turística con sentimientos muy
profundos, un choque que marca la deriva de nuestra civilización. El desenlace,
muy «a lo Ozu», viene a ser una culminación brillante de tantos y tantos
diálogos como nos muestran el viaje al fondo de la noche de la protagonista, un
desenlace mudo pero archielocuente. Radu Jude es un director que lleva la transgresión
en el ADN, y acaso por esa razón, si llega a mi pequeña pantalla, me asome a su
Drácula con interés, por muy disparatado que, según he leído, parece que
sea.

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