jueves, 8 de octubre de 2026

«La captura», de John Sturges, una Buena película de aprendizaje.

Historia, dirección y reparto de primerA para una excelente película de serie B.

 

 

Título original:  The Capture

Año: 1950

Duración: 91 min.

País: Estados Unidos

Dirección: John Sturges

Guion: Niven Busch. Novela: Niven Busch

Reparto: Lew Ayres; Teresa Wright; Victor Jory; Jacqueline White; Jimmy Hunt; Barry Kelley; Duncan Renaldo; William Bakewell; ; Milton Parsons; Frank Matts.

Música: Daniele Amfitheatrof

Fotografía: Edward Cronjager.

 

          Una década antes de la culminación de su carrera con Los siete magníficos, John Sturges buscaba su estilo en películas como la presente, pura arqueología de un director, posteriormente aclamado por obras como Conspiración de silencio o El último tren de Gun Hill. De esta me gustaría destacar el guion y la novela en que se basa, ambos pertenecientes al novelista y guionista Niven Busch, de quien se llevó al cine Duelo al sol o la excelente Las furias, de Anthony Mann. El propio Busch fue el guionista de El cartero siempre llama dos veces, de Tay Garnett. En el momento del rodaje, incidentalmente, era el marido de Teresa Wright, la protagonista, con quien estuvo casado diez años.

          Estructurada, como no era infrecuente en aquellos años, a partir de un flashback y narrada con una voz en off, la del protagonista, que acaso da demasiadas explicaciones..., la película nos cuenta la historia de un usamericano que trabaja como encargado de un campo petrolífero en México y a quien le llega la noticia de que han robado las nóminas para pagar a sus obreros. Con la intuición en mente de quién puede haber sido, él mismo se encarga de perseguirlo hasta que da con él y, porque el supuesto forajido se niega a levantar los dos brazos, le dispara para reducirlo, pero con tan mala fortuna que acaba matándolo. La negación sostenida y constante, por parte del malherido, de que él no ha robado esa nómina mete en la mente del ingeniero la duda de haberse equivocado y haber cometido un asesinato, en vez de una captura. Desde ese mismo momento, el personaje toma la decisión de investigar por su cuenta qué sucedió y, sintiéndose culpable, compaña al féretro en el viaje en tren a la ciudad donde lo recogerá su esposa para darle sepultura.

          Estamos, como se advierte, en una película en la que se mezclan géneros, porque la atmósfera de western em la que se inserta la trama, pronto cede paso al cine negro en el que se investiga para encontrar al verdadero ladrón de las nóminas. Por otro lado, no tardaremos en, a través de una clásica historia de redención, llegar a la insólita historia de amor entre la viuda y el asesino del marido, quien, previamente, ha conectado a la perfección con el hijo del matrimonio, en cuyo rancho se emplea él, prácticamente a cambio de hospedaje y comida. La historia va alternando el flashback con las dos historias que se narran: la de la relación entre la viuda y el asesino accidental del marido, y la búsqueda que este emprende de los verdaderos ladrones de la nómina, lo que nos lleva a unas secuencias de cine negro perfectamente incardinadas en la trama general. La tercera es ele presente, donde desemboca una de ellas, porque quien es ahora la mujer del fugitivo se reúne con él para culminar la historia del modo que los espectadores verán por sí mismos. Solo diré que el fugitivo tiene un brazo herido y no puede siquiera levantarlo...

          Acaso pueda haber momentos muertos en la película, no lo niego, pero Sturges tiene un pulso narrativo que mantiene el suspense y el interés de la historia desde el principio hasta el final, sin que la localización en México interfiera folclóricamente salvo en el banquete de boda de los protagonistas. A pesar del plantel técnico e interpretativo, no se sacude uno la idea de que estamos en presencia de una película de serie B a la que se le ha sacado un partido excelente. Si a Lew Ayres lo recordamos especialmente por Belinda, de Jean Negulesco, a la dulce y bellísima Teresa Wright, la recordamos por su  Oscar gracias a La señora Miniver, de William Wyler, y como inolvidable sobrina de Joseph Cotten en La sombra de una duda, de Hitchcock, entre otras muchas. El duelo interpretativo de Ayres y ella en esta película tiene momentos magníficos, y son capaces de darle verosimilitud a una relación que puede parecernos incomprensible, pero que tiene una explicación absolutamente lógica, una vez que conocemos la verdadera historia del matrimonio que formaban ella y su asesinado marido. Es interesante, sin embargo, cómo el perfecto entendimiento entre el niño y el forastero despierta, de forma callada, la tolerancia de la mujer.

          Hay algo de la mejor esencia del western en esta película, la del protagonista solitario y errante que acaba echando raíces gracias al amor. El modo como consigue Sturges que esa historia repetida nos parezca original e incluso única se debe en gran parte al sólido trabajo de ambos actores, y a su dirección, por supuesto, que huye de la suntuosidad para centrarse en unos espacios neutros, pero cargados de significado: construir el futuro con las propias manos.

          La parte dedicada a la investigación, que lleva al protagonista a diversos escenarios, la hemeroteca incluida, se le aparece como un laberinto en el que va a perderse, pero, afortunadamente, no tarda en atar cabos para dar con el culpable, quien resultará muerto tras sus pesquisas, por lo que será acusado de asesinato y comenzará la persecución que lo llevará a una cabaña perdida donde vive un sacerdote, que es a quien se confiesa, para lo que le cuenta toda su historia. Esa es la parte de la redención, que se alcanza, sin embargo, antes de ser perseguido por la Justicia. La destrucción moral del personaje que supuso el asesinato del marido de su mujer es, en realidad, el tema fundamental de la película, algo que solo se resolverá en el desenlace, pero eso, como dije antes, solo ha de verlo el espectador con sus propios ojos.

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