El padre
desaparecido como un extraño demente que nos devuelve, al cabo de los años, el inexistente
vínculo paternofilial.
Título original: Great
Absence
Año: 2023
Duración: 133 min.
País: Japón
Dirección: Kei Chikaura
Guion: Kei Chikaura, Keita
Kumano
Reparto: Mirai Moriyama: Tatsuya
Fuji; Yoko Maki; Hideko Hara: Daisuke Tsukahara: Masaki Miura; Misuzu Kanno.
Música: Koji Itoyama
Fotografía: Yutaka Yamasaki.
Tras un primer
largometraje, Complicity, con una historia muy parecida, en su arranque,
a la de Una quinta portuguesa, de Avelina Prat, me acerco a este drama
familiar con una historia bastante socorrida en los últimos tiempos: el padre,
en este caso, que padece Alzheimer o demencia senil, no se especifica, pero que,
por su conducta violenta, ha de ser ingresado en una residencia geriátrica. Su
hijo, con quien ha estado treinta años sin tener relación, se convierte en el
referente legal del padre y sobre sus espaldas cae la responsabilidad de
atenderlo, en la medida de sus posibilidades. Se trata de un actor, casado, que
está ensayando una obra con una fuerte inversión emocional por su parte, una
obra de estética vanguardista que lidia con problemas humanos eternos, sin
embargo, y en ese sentido es donde conecta con la situación familiar que se le
presenta y a la que atiende con la distancia, la frialdad, la desgana y también
la curiosidad de quien se reencuentra con su padre después de haberlos
abandonado, a él y a su madre.
No tarda en
presentarse ante él el hijo de la segunda mujer, con la que no se casó, quien
le plantea una realidad muy distinta de la que él recibe a través de la versión
de su padre. La incógnita fundamental es dónde está la mujer que ha convivido
con él toda su vida desde que se separó de la madre del protagonista. Se
entrevé una historia de amor muy intensa, sí, pero, con la aparición del hijo
de ella, sabemos que hay «otra historia» muy distinta de la que él ha podido averiguar
a través de las revelaciones inconexas de su padre y de los numerosos escritos
que se le presentan diseminados por toda la casa. El padre es un investigador
ya retirado que es invitado a dirigir un discurso en la ceremonia fúnebre por quien
fue su maestra, directora y guía de su vida de investigador. El discurso supone
una loa a los viejos tiempos que van desapareciendo demasiado deprisa, como el
laboratorio donde él trabajó tantos años, que será derruido en breve, acaso
para construir algún hotel, como sucedía en Kontinental’25, de Radu
Jude.
La película de
Chikaura se inscribe en una tradición muy propia del cine japonés: el de la
lentitud propia de la observación de la vida cotidiana. De hecho, cuando su
mujer se reúne con él, la labor del hijo es tratar de descifrar la vida de su
padre y, dado el amor apasionado que manifiesta por escrito por su mujer,
Naomi, cuyo nombre repite incesantemente, la primera misión es averiguar dónde
está la mujer que acabó abandonando a su padre. Cuando el hijo de ella se le
presenta, le dice que está en un hospital y que el actor debería hacerse cargo
de los gastos del hospital donde la atendieron. La primera reacción del actor
es la de quien intuye vagamente que ese hijo, acaso con tan poca relación con
su madre como la nula de él con el suyo, solo pretende estafarlo, hacerle un
chantaje. Como la información se nos da con cuentagotas y hay, además, una
alternancia de tiempos narrativos para mostrarnos cómo era la vida de Naomi con
el investigador, cuando ya este padecía la demencia senil, nuestra reacción como
espectadores es de cautela ante ese intento de sacarle los cuartos al hijo, a
quien el otro hijo le recomienda que venda la cassa para hacer frente a los
gastos no solo de Naomi, sino también de su hermana, que la sustituyó cuando
Naomi, enferma, fue, en efeto, hospitalizada.
De más está
decir que la vida conyugal del padre y Naomi reproduce los esquemas machistas
de la sociedad tradicional, con una mujer sumisa a su marido, a quien atiende,
solícita, con una abnegación a cuenta, acaso, de los días felices vividos con
él, pero ya, lamentablemente, desaparecidos. Hay un evidente maltrato y un
egoísmo de manual, por parte del marido, y cuesta creer que las raíces de la
tradición sean tan fuertes como para que una mujer se sacrifique de ese modo.
La película oscila entre los textos de la obra que representa el hijo y las
páginas del diario que su padre escribió dedicado a su mujer a Naomi, un tesoro
del amor que el actor le lee a su mujer, especialmente en una secuencia en la
que el actor esta sentado en unas rocas de la playa y tiene delante una
carretera cuyo pavimento se adentra en el agua, junto a una hilera interminable
de postes de la luz, una carretera sumergida, acaso por la mares alta. Se trata
de uno de los innumerables encuadres que otorgan a la película un estatus de
obra artística que mezcla escenografía y contenidos narrativos admirablemente,
como cuando la cámara, en leve contrapicado, recorta el torso del protagonista
contra la densa copa de un cerezo en flor, no por tópica menos impactante.
El
protagonista comparte con los espectadores la misma situación: nos presentan a
un viejo profesor, Yohji Toyama —una impecable actuación de Tatsuya Fuji, a
quien creo que no había vuelto a ver desde aquel deslumbramiento que fue El
imperio de los sentidos, de Nagisa
Ôshima— que es tan extraño para el protagonista como para nosotros. Y mientras
que su hijo actúa con una discreción, respeto y cautela que lo honran, acercándose
a la figura de su padre con un tacto no exento de piedad filial, para nosotros,
que seguimos todos y cada uno de sus pasos, acaso sea más difícil refrenar las
tradicionales ansias de saberlo todo y cuanto antes mejor... Son dos mundos
antagónicos, el oriental y el nuestro. Allí prestan atención al «cómo»,
nosotros galopamos hacia «el porqué». Las enfermedades, sin embargo, nunca son
razones, sino accidentes que puntúan nuestras biografías, y creo que el hijo lo
entiende perfectamente. Ahora bien, en cuanto llega a su conocimiento el lado
maltratador del padre, el hijo asumirá la terrible misión de convertirse en el
intermediario para tratar de redimir al padre, quien está más allá de cualquier
noción de obligación moral. Y así, de descubrimiento en descubrimiento,
transcurre la película, llena de tanta emoción como distancia y compasión por
un progenitor ausente a quien el hijo intenta descifrar desde una doble
distancia: la de quien no ha convivido con él, salvo unos pocos años de
infancia, y la del adulto que asume una responsabilidad que, en justicia, no le
toca, pero el imperativo legal tiene un poder enorme.
Son muchas,
las películas que, como la magnífica El padre, de Florian Zeller,
exploran los últimos años dementes de las personas, y cada una de ellas
presenta su propia singularidad. Aquí, el extrañamiento del protagonista, quien
afronta la responsabilidad de hacerse cargo del padre sin propiamente conocerlo
ni estar al tanto de una historia cuyos claroscuros irán desvelándose
paulatinamente en el desarrollo narrativo.

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