Título original: R.M.N.
Año: 2022
Duración: 128 min.
País: Rumanía
Dirección: Cristian Mungiu
Guion: Cristian Mungiu
Reparto: Marin Grigore;
Judith State; Macrina Bârlădeanu; Orsolya Moldován; Rácz Endre;
József Bíró; Ovidiu Crisan; Zoltán
Deák; Cerasela Iosifescu; Andrei Finti; Bacs Miklos; Alin Panc; Victor Benderra;
Amitha Jayasinghe; Gihan Edirisinghe; Nuwan Karunarathna;
Kovacs Levente Jr.; Varga
Csilla; Orban Attila.
Fotografía: Tudor Vladimir
Panduru.
Título original: Shashvi shashvi maq'vali
Año: 2023
Duración: 110 min.
País: Georgia
Dirección: Elene Naveriani
Guion: Nikoloz Mdivani,
Elene Naveriani. Novela: Tamta Melashvili
Reparto: Eka Chavleishvili;
Temiko Chichinadze
Fotografía: Agnesh Pakozdi.
Un estudio de
carácter y un diagnóstico del multiculturalismo europeo.
El séptimo
arte acaso sea el más propicio para el afán viajero, antropológico y
sociológico, porque te permite acceder a geografías, culturas y conflictos que,
pareciendo lejanos, son, sin embargo, universales. Yo siempre he partido de la
traducción del axioma futbolístico de Vujadin Boskov, el entrenador serbio del
Real Madrid: «fútbol es fútbol», aplicado al cine: «cine es cine», para
sentarme ante cualquier propuesta de cualquier sitio sobre cualquier asunto y
con cualesquiera intérpretes. A la que se queda la sala de cine o la sala de
estar a oscuras y se ilumina el ojo
cosmológico, me convierto en un viajero que no pierde comba de cuanto ve no
solo con los ojos muy abiertos, sino también con la más abierta mentalidad y, a
ser posible, con ausencia total de cualquier prejuicio: ni asisto prevenido ni
doy nada por descontado; sencillamente me dejo llevar y disfruto, aunque la
propuesta no acabe siendo de mi gusto, ¡pero habrá sido tanto lo que se me haya
dado a conocer!
En dos países
ribereños del Mar Negro, en el lado europeo y en el lado asiático, dos
películas muy distintas: una de Turquía y la otra de Georgia. Se trata de dos
filmografías cuyos estrenos, si llegan, desaparecen muy pronto de las
carteleras. En su momento, 4 meses, 3 semanas, 2 días, también de
Mungiu, llegué a verla en el cine, una impresionante película sobre el aborto
en la Rumanía de Ceaucescu que nada tenía que ver, por supuesto con la
usamericana Amores con un extraño, de Robert Mulligan, de idéntico tema,
y menos aún con otra, valentísima, de Jafar Panahi: El círculo, vista
también en cine, curiosamente. Por la parte georgiana, solo gracias a Filmin he
podido ver una película netamente
georgiana como Scary mother, de Ana Urushadzee y otra que lo es
propiamente «de bandera» —que se dice de ciertos buques—, Tatami, de la
pareja iranoisraelí Zar Amir-Ebrahimi, Guy Nattiv. Entrar, pues, en esos mundos
apartados de los circuitos de distribución habituales permite acceder a
historias que necesitamos ver, como ciudadanos del mundo que somos, y a los que
ninguna filmografía les es ajena.
R.M.N.,
que tanto vale «resonancia magnética nuclear»,
le practican una craneal al padre del protagonista, como una críptica
RuMaNia sin vocales, como queriendo dar a entender que, sin las vocales, no hay
manera de hablar ni de comunicarnos, es una película ambiciosa, con varias
líneas narrativas, que nos habla de nuestro presente más inmediato y dibuja un
retrato de nuestros mundos rurales europeos nada halagüeño, dada la difícil
convivencia de la multiculturalidad, pero no solo con extranjeros, sino con
minorías de los propios países europeos, que pueden convivir en zonas de fronteras fluidas, como
es el caso de la localidad elegida por el director, dado que en el pueblo
conviven, desde siempre, húngaros, rumanos y gitanos, estos últimos
despreciados por los dos primeros.
La película
arranca, sin embargo, con la violenta despedida del matadero alemán donde
trabaja de un rumano visto allí como un «gitano», quien, harto de ser
considerado un ciudadano de segunda, decide volver a su pueblo y retomar su
vida, no se sabe si momentánea o permanentemente, en él, para «cuidar» de un
hijo suyo con dificultades de habla y apegadísimo a la madre, con quien duerme,
para apaciguar sus miedos. Como vive separado de su mujer, reanuda su relación
con su antigua novia, quien ahora trabaja en una panificadora que, por no
encontrar mano de obra disponible en la zona, se ve obligada a aceptar
emigrantes, en este caso de Sri Lanka, lo que acaba provocando un estallido de
racismo que condicionará la vida del pueblo, cuyos habitantes, reunidos en una
tensa asamblea protagonizarán una tumultuosa sesión en la que se manifiesta en
toda su crudeza la raíz poderosa del odio al otro, al diferente, al extranjero,
excepto que, como sucede, sean científicos franceses que han sido destinados
por la UE a llevar un control de la población de osos en esos terrenos
propicios para ellos de los Cárpatos.
La posición
populista del representante del catolicismo, quien da razón a los vecinos
frente a los trabajadores, forma parte de esos dos bandos en conflicto: la
panificadora, que tiene todos los papeles en regla de esos trabajadores y los
vecinos temerosos de ser invadidos y perder poco a poco su tranquilidad y su
identidad, la muy mezclada de antiguos pobladores de Dacia, siempre propensa a
ser invadida, como prueba la presencia masiva de húngaros en el pueblo, lo que
incluso lleva a que un asistente a la asamblea le pida al alcalde que hable en
rumano…
La habilidad
de Mungiu para no desatender esos vectores narrativos estriba en que la
presencia del protagonista sirve para tejer un continuo en el que podemos pasar
sin violencia narrativa ninguna de su historia de amor con la administradora de
la panificadora y violonchelista a las quejas racistas de los amigos del pueblo
o al conflicto de la enfermedad del padre cuya atención le supone un quebradero
de cabeza, lo mismo que intentar «revertir» la muelle educación de su hijo para
«fortalecerlo» frente a una realidad que puede llevárselo por delante, como el
acoso escolar da a entender que puede pasar.
El protagonista, Matthias, aparece, sin embargo, casi como un
testigo objetivo de lo que ocurre, excepto en el intento de reeducar a su hijo,
y, de hecho, en ningún momento se le ve tomar partido activo, y sí priorizar su
relación con la antigua novia, Csilla, quien, ante la deriva de los
acontecimientos, acaba tomando la decisión de aceptar un trabajo en Alemania.
Me parece significativo que la vuelta de Matthias suponga u enfrentamiento con
una realidad cambiante, como que su antigua novia se haya hecho vegetariana,
por ejemplo, y, aunque lo admite de nuevo en la intimidad de su lecho, marca
una distancia con él que, metafóricamente, se manifiesta en la pieza de música
que ejecuta en el violonchelo, el Tema de Yumeji, de Shigeru Umebayashi,
perteneciente a la famosa película de Wong Kar-Wai, Deseando amar, una
historia de amor imposible, como la suya propia.
La acuciante
realidad del miedo a la invasión de emigrantes con otras culturas, costumbre y
religiones forma parte de una reflexión sobre los límites del crecimiento y la
posible «desnaturalización» del continente que Mungiu afronta con serena
objetividad. De hecho, la secuencia con cámara fija de la asamblea donde se
discute la expulsión de los srilanqueses dura casi veinte minutos y, con la
nueva composición del Parlamento europeo, no estamos lejos de que se reproduzca
institucionalmente casi en los mismos términos del pueblo de la película.
Técnicamente,
la película es bastante sombría, con un color apagado que se mezcla con la
nieve sin que llame la atención contraste alguno: un tono plomizo lo acoge todo
con cierta frialdad, aunque la belleza de los paisajes y los planos generales,
amplísimos, nos permiten percatarnos del encuadre de la población en la
naturaleza que la rodea. Y en ese sentido, creo yo, ha de entenderse el
«mágico» final que deja un poderoso interrogante en el entendimiento de
cualquier espectador. Como en los antiguos cine fórums de la época de la
dictadura, no hay espectador que no se pregunte qué querrá haber dicho con esa
imagen última el director. A riesgo de equivocarme creo que quiere señalar la
absurda vanidad de declararnos los propietarios de unas tierras en las que ha
habido, hay y habrá vida ajena a nosotros, la especie humana.
Blackbird,
Blackberry no es tan ambiciosa como R.M.N., y bien podría considerarse como
un estudio psicológico de una mujer tan peculiar que forzosamente ha de chocar
con su entorno a la hora de defender una individualidad extrema que sufre, en
la mitad del camino de la vida, una alteración tan profunda como el
conocimiento del «amor», por usar una palabra que debería ser sustituida por la
propia narración de la película, y de las relaciones sexuales, esas sí que
menos sujeta a interpretaciones. Lo importante, ya digo, es la exploración
psicológica en una mujer castrada emocionalmente desde que el padre la hace
responsable indirecta del fallecimiento de la madre, tras el parto. Mujer de la
casa que ha tenido que cuidar de su padre y de sus dos hermanos, Etero es una
mujer casi obesa, de peculiar belleza cubista, que regenta una humilde
droguería en un pequeño pueblo de Georgia. Tiene amigas, sí, pero más pueden
considerarse enemigas, a juzgar por el desprecio y la superioridad con que la
tratan, aunque ella se basta y sobre para mantenerlas a raya. Con ninguna tiene
una especial intimidad, aunque sí hay una que parece más cercana. Un buen día,
un repartidor de mercancía, cede a la levísima insinuación de la mujer y tienen
un encuentro sexual que supone, para la protagonista, la pérdida de la
virginidad a los 48 años. La naturalidad con que vive su despertar sexual en
compañía se extiende a la frialdad escéptica con que afronta, él no la engaña,
con un hombre casado, pero, ahora, en proceso de enamoramiento de ella.
Hablamos, pues, de un amor maduro, sereno, pero intenso, y siempre pendiente de
cualquier factor inesperado que altere ese dulce equilibrio en que vive la
protagonista. Digamos que se cuentan con los dedos de una mano las veces que
los labios de ella intentan acercarse a la sonrisa o brilla un destello especial
en sus ojos, aunque esto último ocurre más veces. Es sorprendente la firmeza de
Etero en sus convicciones y en sus planes y si a algo le es fiel es a su
independencia: no quiere depender ni económica ni emocionalmente de nadie, por
eso corta en seco el plan del repartidor de seguir viéndola de vez en cuando al
volver del trabajo muy bien pagado de camionero en Turquía.
Aunque la
plataforma Filmin anuncia la película como heredera del mundo de Kaurismäki, la
película está lejos de ese referente. Puede llamar a engaño la saturación del
color y la humildad vacía de la tienda, o algunos planos fijos en los que los
personajes abarrotan el plano, pero la película tiene otro ritmo y algunos
exteriores muy conseguidos, sobre todo la escena campestre de los amantes, en
una composición que recuerda mucho un composición pictórica, por el escorzo
casi cubista de los personajes.
La difícil
vida social de la protagonista nos habla también de las vidas escasamente
atractivas de sus amistades, y de cómo estar casada e incluso tener hijos no
supone ningún plus de felicidad, y menos aún frente a la rabiosa independencia
de la protagonista, por más que sus vecinas la traten con cierta absurda
conmiseración.
La película,
en el fondo, es una crónica del despertar del amor en una edad no usual y en un
cuerpo en absoluto «normativo», pero no hay ningún falso romanticismo de por
medio, sino unos sentimientos perfectamente acorazados para evitar los
imprevistos que siempre acaban presentándose, como la huida laboral el amante,
por ejemplo.
El final es
muy curioso y admite diversas interpretaciones. Cada cual, en función de su
propia experiencia de la vida y del amor lo entenderá de una u otra manera, y
todas, curiosamente, serán correctas.
Buenos días. En una película hablas de final mágico y en el otro de final muy curioso. A veces un simple minuto brillante o una línea de diálogo justifica ver una película o leer un libro. Me ha gustado todo lo que has escrito sobre ambas películas. El cine, entendido como pantalla grande, tiene algo especial ajeno pero en comunión con las historias que cuenta.
ResponderEliminar