Título original: Os Verdes
Anos
Año: 1963
Duración: 90 min.
País: Portugal
Dirección: Paulo Rocha
Guion: Nuno Bragança, Paulo
Rocha
Reparto: Rui Gomes; Isabel
Ruth; Ruy Furtado; Paulo Renato; Óscar Acúrcio; Ruy Castelar; Alberto Ghira; Cândida
Lacerda; Carlos José Teixeira; Rosa María Vázquez.
Música: Carlos Paredes
Fotografía: Luc Mirot
(B&W)
Título original: Mudar de vida
Año: 1966
Duración: 94 min.
País: Portugal
Dirección: Paulo Rocha
Guion: António Reis, Paulo
Rocha
Reparto: Geraldo Del Rey;
Isabel Ruth; Maria Barroso; João Guedes; Constança Navarro; Mário Santos; Nunes
Vidal; Antônio Coelho; Soares Couto; Antonio Pinho;.
Música: Carlos Paredes
Fotografía: Manuel Carlos da
Silva, Elso Roque.
Una ópera prima magistral y el blanco y negro de unos paisajes de ensueño para una vida infernal.
Entramos, mi Conjunta y yo,
en Mudar de vida como quien entra a la aventura en un espacio cercano
pero tan desconocido como misterioso, y en el que quedó nuestra atención
prisionera desde los primeros planos, no solo por el blanco y negro tamizado y
al mismo tiempo luminoso, sino por el escenario donde se desarrolla una acción
dramática que acongoja, en la Playa de Furadouro, al sur de Oporto, entre esta
y Aveiro. Si le añadimos el retrato exquisito del protagonista, un
excombatiente, lisiado de la columna, de la guerra de Angola que vuelve a su
lugar de origen para descubrir que el amor de su vida se ha casado con su
hermano y tienen dos hijos, más la única
y durísima actividad económica de la zona, la pesca de arrastre en la playa,
con los métodos más rudimentarios, bueyes de tiro incluidos, que imaginarse
puedan, acabamos, aunque acongojados y estremecidos, dándonos cuenta de que
estamos ante una obra de arte, derivada del neorrealismo italiano, pero con una
fuerte ascendencia del cine japonés, como hacía tiempo que no descubríamos en
una película.
Fue tan fuerte y de tal naturaleza el
impacto de esa historia que escarba en un conflicto sentimental primitivo y en
un mundo laboral que se aborda con técnicas de documental, a tenor de las
secuencias de los bailes tradicionales, del
trabajo de los extras no profesionales y del espacio degradado donde viven y al
que el mar le va comiendo terreno, que me vi impelido a buscar otras películas
del autor. Por suerte, tienen en Filmin su ópera prima, Los verdes años,
título, a su vez, de una canción que se canta en la película y que encaja en la
historia de un modo absoluto.
Los verdes años es una historia
elemental rodada con un artificio exquisito, porque el romance entre un
aprendiz de zapatero que llega a Lisboa procedente de un pequeño pueblo, y la
joven criada de una casa burguesa en la que el amo engaña a su mujer con una
prima que vive con ellos, se desarrolla ante nuestros ojos con la elegancia
italiana de las películas de Antonioni y, más cerca, con conflictos de clase y
sexuales que recuerdan la magistral Nueve cartas a Berta, de Martín
Patino. Aunque se trata de dos tipos de juventud muy distinta, la obrera
portuguesa y la burguesa estudiantil española, hay conflictos, como el de la
represión sexual, por ejemplo, que se afrontan como un condicionamiento
absoluto de la conducta de los personajes. Incluso hay una cierta relación con
Inglaterra, como tierra liberal de contraste con las dictaduras ibéricas que
permite la comparación.
Júlio es un joven de pueblo que se
coloca de aprendí de zapatero en Lisboa, mientras vive con su tío, un ceramista
soltero, que ejerce una autoridad sobre el joven que este no está dispuesto a
aceptar, razón por la cual incluso a la violencia física llegan. Trabaja en un
taller semisótano, de tan bajo techo que obliga al dueño y a los aprendices a agachar la cabeza para
entrar, antes de sentarse para trabajar, situado enfrente del edificio donde,
por azar, tropieza con una jovencísima Isabel Ruth, Ilda, vivaracha y
espabilada, quien se siente atraída por el joven, con quien comenzará a salir
los domingos, el día que libra. Puede hablarse, creo, de un «proceso de amores»
castísimo en que ambos recorren los montes sin edificar a las afueras de
Lisboa, aun en proceso de expansión, y desde donde contemplan la ciudad como un
monstruo que fagocita ambiciones y poquedades propias de quienes viven en el
más humilde de los estratos sociales. La cortedad y timidez del chico suponen
un serio impedimento para el progreso de esa relación, y, constantemente,
sueñan con la posible emigración a otros sitios más favorables, algo que,
curiosamente, comparte con Mudar de vida, cuyos protagonistas, también
Isabel Ruth y el brasileño Geraldo del Rey, no piensan en otra cosa, atendiendo
a la vida sin esperanzas laborales que les toca vivir. Curiosamente, en ambas
películas Ruth interpreta una mujer fuerte, e incluso, en Mudar de vida, algo
salvaje, dispuesta a usar a violencia para defenderse del hombre que la
amenaza.
El tío de Júlio, Alfonso, que es el
narrador de la aventura urbana de su sobrino, actúa, también, como cicerone de
la pareja, y les muestra unas vistas de Lisboa a las que difícilmente tienen
acceso los turistas, aunque, como quien no quiere la cosa, deja ir que, desde
ese mirador ha habido quienes se han lanzado al vacío, una suerte de comentario
lúgubre que acaba teniendo sentido en función del desarrollo de la trama.
La cámara sigue a los personajes en
sus medineos constantes por la ciudad y por los alrededores, casi siempre desde
lejos, con planos que los enmarcan contra el horizonte urbano que crece y ahoga
sus deseos de progreso social. Entran en el retrato, por supuesto, costumbres
como la del baile deprimente al que asisten la pareja con unos amigos, lo más
parecido a los bailes de pueblo, y en la que se interpreta la canción Verdes
años, cuya letra tanto tiene que ver con la historia: Era o amor / Que chegava e partia /
Estarmos os dois / Era um calor, que arrefecia /Sem antes nem depois. La música de la película es del mismo autor,
Carlos Paredes, cuyas piezas para guitarra, tanto en esta como en Mudar de
vida crean una unión tan estrecha entre imagen y sonido que es muy difícil
evocar las imágenes sin oír al mismo tiempo esas melodías que se te meten muy
adentro, con un «pellizco» sentimental conmovedor.
Hay una indudable complejidad en el silencio de ambos jóvenes, quienes se enfrentan, casi sin armas vitales ni intelectuales, a un presente que los tiene dominados, sin recursos y presas de ambiciones de difícil cumplimiento, porque su presente les pesa como una sentencia. La aparición de un inglés que defiende al joven en el enfrentamiento con su tío en un bar, con quien, sin entenderse, porque el inglés no sabe portugués y Júlio no sabe inglés, camina de noche por las empinadas cuestas de Lisboa, acaba en su bautismo sexual con una prostituta, si bien no queda claro de qué modo ello afecta a su relación con Ilda, a pesar de los desenlaces, que me está vedado relatar, y cuyo simbolismo último queda sujeto a juicio de cada espectador.
Mudar de vida es un drama sin paliativos, encuadrado en lo que bien podríamos considerar un contexto social durísimo, a juzgar por la manera de sobrevivir, que no ganarse la vida, que tienen los pescadores de la playa de Furadouro, quienes viven en unas construcciones precarias, de madetra, que dejan expuestos a sus habitantes, niños, adultos y ancianos, a todas las inclemencias. Hablamos, pues, de la pobreza y de la dignidad con que se enfrentan a ella quienes intentan luchar con arena frente a la acometida del mar y, con unas barcazas parecidas a los cayucos de nuestros días, tender las redes que arrastran después los bueyes para conseguir el «pescado nuestro de cada día». La película dedica muchas secuencias a esas heroicas y anónimas luchas por la supervivencia, y de verdad que logran representarnos fielmente lo que ha significado la explotación laboral, durísima e inhumana, como siempre lo ha sido, a lo largo de la Historia, en cualquier continente. Estamos hablando de la Portugal del 66, sin embargo, aunque las imágenes nos retrotraen a principios del siglo XX, si no antes. Junto a ellas, ha de señalarse, también, la grabación encantadoramente antropológica de un par de celebraciones con bailes populares en los que participan los habitantes de la zona y que tante verdad comunican a la fiesta y a la película: la vida sencilla desde el folclor popular que expresa esa vida y es capaz, aun en medio de la miseria, de levantar una brizna de esperanza.
La
resignación de la mujer aún enamorada de su antiguo novio, quien se ha casado con el hermano de su
hombre, porque este no daba señales de vida, es una fuente de dolor para el
amante «traicionado, que va a hacer sufrir al espectador durante casi todo el
metraje, hasta que conoce a la joven ladrona del cepillo de una iglesia, Isabel
Ruth, con quien acaba intimando e intercambiando confidencias relativas siempre
a la necesidad de buscarse la vida fuera de la playa, y más cuando el patrón
que explotaba esa fuente de ingresos decide abandonarlo y deja a los
trabajadores solos ante la mismita nada laboral. Resulta doloroso ver cómo el
protagonista, después de constatar que sus padecimientos de columna no le dejan
trabajar en el durísimo mundo de la pesca decide hacer una prueba laboral en la que le ponen problemas geométricos con
piezas, que tan abstrusos se le representan. Entonces nos damos cuentas del
valor de la educación, más allá de la mera «fuerza de trabajo» que son las
manos desnudas de quienes no se han instruido.
Parece mentira que la realidad, esas
construcciones en la playa en proceso de desaparición, se haya convertido en
una puesta en escena tan desoladoramente convincente, porque Paulo Rocha le
saca un partido fílmico extraordinario. Ha de reconocerse, con todo, que el
blanco y negro sin apenas contrastes, un color galena que impregna la pantalla
de una luminosidad que parece envolverlo todo en un halo de irrealidad,
consigue una atmósfera casi onírica a la que contribuye, por ejemplo, el mal de
corazón que sufre la antigua novia, la mujer de su hermano, y del cual morirá
en una secuencia de arrebatador lirismo casi místico. De ahí que el choque con
la nueva mujer en la vida del recién llegado sea un contraste radical, como si
naciera a una nueva vida, después de haber hecho las paces con la anterior.
Si Los verdes años es la
crónica de un amor imposible, Mudar de vida es el anhelo de un deseo
insatisfecho. En ambos casos, el director exhibe una sensibilidad mayúscula,
casi puede decirse que impropia de su juventud, y una empatía con los
personajes que permite observarlos al tiempo con amor y distancia, sin caer ya
en el sentimentalismo ya en el escepticismo. Ambas me parecen obras de
extraordinario valor y de visionado obligado, pero de Mudar de vida me
atrevo a decir que alcanza el laurel de obra maestra, y trataré de ver más
películas del autor para comprobar si llegó a superar el hechizo fílmico que
consiguió con tan peculiar historia de amor y de supervivencia.
Antes no pude leerte está entrada pero me quedé con muchas ganas y en un ratito q pude he vuelto...tiene una pinta estupenda esta "Mudar de vida" dramón a la portuguesa jaja es broma aunque seguro q lo es, me da la sensación por lo q comentas q en lo tocante a fotografía delicadamente difuminada es lo contrario a los contratastes contundentes del Sátántangó de Béla Tarr, pero este cine preciosista tiene algo muy especial a ver si doy con ella cuando tenga el ánimo bien alto porque me da la sensación q está es de las q sales arrastras cuando termina ...miiira q somos masokas ...me ha encantado la reseña y menos mal q me has soplado q encuentra repuesto a su antiguo amor porque si no...eso de ir a hacerme el harakiri al cine cada vez me apetece menos ... pero está además tiene el ingrediente de la zona donde supongo se rodó que la conozco, así q mil gracias de nuevo JUAN , otro beso y buen día !
ResponderEliminarPerdón por los acentos en estas ...el corrector del móvil hace lo q le da la gana y ya desisto : ( ...
ResponderEliminar