domingo, 1 de marzo de 2026

«Los tigres», de Alberto Rodríguez o las elipsis.

Una historia atractiva lastrada por un exceso de silencios narrativos.

 

Título original: Los Tigres

Año: 2025

Duración: 109 min.

País: España

Dirección: Alberto Rodríguez

Guion: Rafael Cobos, Alberto Rodríguez

Reparto: Antonio de la Torre; Bárbara Lennie; Joaquín Núñez; Silvia Acosta; Skone; César Vicente; Ricardo Rocca; Úrsula Díaz Manzano; Carlos Bernardino.

Música: Julio de la Rosa

Fotografía: Pau Esteve Birba.

 

          Lo primero que choca en la película es una realidad tan contundente como inexplicable y que, por supuesto, el guion no aclara en ningún momento: que un buzo experimentado, un maestro del oficio, que ha trabajado en el extranjero y que tiene, por lo tanto, un sólido crédito profesional, esté poco menos que en la ruina y que ni siquiera pueda pasar la pensión de alimentos para los hijos a la que, supuestamente, le habrá condenado una sentencia de divorcio. Empezamos a ver la película, pues, y nos chocamos con una opacidad sobre el personaje que nada tiene que envidiarle a la del (des)gobierno del actual presidente plurinacional. Bueno, se dice el espectador, comenzar in medias res es una técnica narrativa como cualquier otra, pero nuestro buzo padece un desasosiego mayúsculo que bien puede estar relacionado, creo yo, con la mala condición física que puede llevarlo incluso a tener que dejar la profesión, dado el serio peligro de sumergirse y no poder volver a subir; pero ese desasosiego tiene que ver, además, con algo de su pasado, y no da la impresión de que el fracaso matrimonial ―¡del que no se nos cuenta lo más mínimo!― o la rivalidad con la hermana, con quien convive —aunque tampoco se recree mucho la historia en las formas de esa convivencia y en los roces inevitables de la fraternidad—, sean la única explicación de ese estado que lo arrastra por la película como un ser al borde del doble colapso, el físico y el moral.

          La película tiene un excelente arranque, y el uso de la camioneta pickup, al estilo de la tan vista en las películas, la Ford F-150, y las vistas panorámicas por donde circula para llegar a la barcaza donde trabajan ambos hermanos, nos sitúa enseguida en ese tipo de cintas, muy habituales en el cine usamericano,  en las que el espectador penetra en una profesión poco conocida y va a entrar en contacto con una realidad de la que va a conocer los pormenores, los códigos internos, la esencia y, sobre todo, como es el caso en esta, los peligros. A su manera, podríamos comparar la profesión de buzo con la de trabajador en una plataforma petrolífera en alta mar o con la de los clásicos mineros o los artificieros de la policía: en las tres existe un muy serio riesgo de perder la vida, y eso es lo que va a convertirse en el motivo dinámico de la narración, sobre todo cuando el examen médico aconseja «retirarse», antes de exponerse a lo peor e irremediable. Esa enfermedad «obliga» a la hermana a posponer su «huida» en un trabajo en el norte, en un centro oceanográfico, para asegurarse de que su hermano, con quien mantiene una nítida rivalidad desde que, de pequeños, el padre, también buceador, retó a ambos a coger el reloj del fondo del mar, cerca de la costa, y el hermano venció, no de muy buenas maneras; mientras el hermano, decía, no se atreva a lo que no puede, ni debe.

          Las imágenes del desempeño profesional, reparando los cascos de grandes naves de transporte, son lo mejor de la película, porque la pequeñez de los buzos junto a las auténticas ciudades flotantes que son esos inmensos barcos de transporte consigue un efecto espacial muy parecido, ya es casualidad, al de los astronautas que salen de la nave para reparar algo del exterior y nos permite contemplar el planeta azul con una sensación de vértigo y temor que se reproduce en las inmersiones del protagonista. Hay algo de danza acuática a cámara lenta en esos paseos por el vientre inmenso del animal mecánico donde, puro azar u onírica tentación, el protagonista descubre lo que parece un alijo de drogas y la posibilidad de pellizcarlo o robarlo todo para, como se dice coloquialmente, «salir de pobre» y poderse «retirar».

          Desde ese momento, la película se convierte en lo más parecido a un thriller, porque se supone que si hay algo peligroso en esta vida, ello es robarle a un ladrón experimentado y peligroso. La operación saqueo, en consecuencia, se convierte en el motivo dinámico alrededor del cual gira la vida de los personajes, quienes se percatan de que hacerse con la droga es infinitamente más fácil, a pesar de los riesgos que corren bajo el agua, dadas las pésimas condiciones del protagonista, que mercadear con ella, porque, dada su ignorancia de esos circuitos, están expuestos a lo peor, a las bandas organizadas que no van a permitir la «competencia desleal», por así decir. En ese momento es cuando se dan cuenta de que tan o más peligrosa que la vida submarina es la vida terrenal.

          Insisto, la factura técnica de la película es exquisita, las interpretaciones, muy buenas, incluso la de Bárbara Lennie que está maravillosamente contenida. Con todo, y a pesar de que Antonio de la Torre es un auténtico monstruo de la interpretación, quien les birla el protagonismo a ambos es Joaquín Nuñez, que compone un patrón de la embarcación especializada en obras de buceo tan real como la vida misma, en su doble faz de colega coñón y patrón desalmado, dominador de dos registros tan antagónicos como en su trabajo, complementarios. La replica que les da a los protagonistas, ya digo, sube muchos enteros la película.

          A pesar del elemento de intriga que aparece en la historia, y de las apariciones recurrentes de la madre de sus hijos, con quien mantiene una tensión que hace daño emocional,  película discurre un poco sin auténtica chicha narrativa que llevarse a la boca, porque la tormenta que parece gestarse a partir de la relación de los hermanos nunca acaba de estallar, lo que produce un anticlímax que desinfla mucho a los espectadores. Me parece una oportunidad perdida para redondear una película que hubiera podido estar a la altura de Isla Mínima, pero se necesitaba más historia bien guionizada. Bueno, a ver si esta me anima a tropezarme con Grupo 7, porque quiero disfrutar del trabajo de Joaquín Núñez, a quien, al parecer, le dieron el Goya al actor revelación por ella. A quienes, como le pasaba a Cervantes, leemos hasta los papeles que encontramos por la calle, es decir, vemos las películas, de rebote, por terceros o por algún queo..., ninguna película —aunque hay excepciones clamorosas, y todos tenemos nuestra lista...— nos deja completamente insatisfechos.

 

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