Una historia atractiva lastrada por un exceso de silencios narrativos.
Título original: Los Tigres
Año: 2025
Duración: 109 min.
País: España
Dirección: Alberto Rodríguez
Guion: Rafael Cobos, Alberto
Rodríguez
Reparto: Antonio de la Torre;
Bárbara Lennie; Joaquín Núñez; Silvia Acosta; Skone; César Vicente; Ricardo
Rocca; Úrsula Díaz Manzano; Carlos Bernardino.
Música: Julio de la Rosa
Fotografía: Pau Esteve Birba.
Lo primero que
choca en la película es una realidad tan contundente como inexplicable y que,
por supuesto, el guion no aclara en ningún momento: que un buzo experimentado,
un maestro del oficio, que ha trabajado en el extranjero y que tiene, por lo
tanto, un sólido crédito profesional, esté poco menos que en la ruina y que ni
siquiera pueda pasar la pensión de alimentos para los hijos a la que,
supuestamente, le habrá condenado una sentencia de divorcio. Empezamos a ver la
película, pues, y nos chocamos con una opacidad sobre el personaje que nada
tiene que envidiarle a la del (des)gobierno del actual presidente
plurinacional. Bueno, se dice el espectador, comenzar in medias res es
una técnica narrativa como cualquier otra, pero nuestro buzo padece un
desasosiego mayúsculo que bien puede estar relacionado, creo yo, con la mala
condición física que puede llevarlo incluso a tener que dejar la profesión,
dado el serio peligro de sumergirse y no poder volver a subir; pero ese
desasosiego tiene que ver, además, con algo de su pasado, y no da la impresión
de que el fracaso matrimonial ―¡del que no se nos cuenta lo más mínimo!― o la
rivalidad con la hermana, con quien convive —aunque tampoco se recree mucho la
historia en las formas de esa convivencia y en los roces inevitables de la
fraternidad—, sean la única explicación de ese estado que lo arrastra por la
película como un ser al borde del doble colapso, el físico y el moral.
La película
tiene un excelente arranque, y el uso de la camioneta pickup, al estilo
de la tan vista en las películas, la Ford F-150, y las vistas panorámicas por
donde circula para llegar a la barcaza donde trabajan ambos hermanos, nos sitúa
enseguida en ese tipo de cintas, muy habituales en el cine usamericano, en las que el espectador penetra en una
profesión poco conocida y va a entrar en contacto con una realidad de la que va
a conocer los pormenores, los códigos internos, la esencia y, sobre todo, como
es el caso en esta, los peligros. A su manera, podríamos comparar la profesión
de buzo con la de trabajador en una plataforma petrolífera en alta mar o con la
de los clásicos mineros o los artificieros de la policía: en las tres existe un
muy serio riesgo de perder la vida, y eso es lo que va a convertirse en el
motivo dinámico de la narración, sobre todo cuando el examen médico aconseja
«retirarse», antes de exponerse a lo peor e irremediable. Esa enfermedad
«obliga» a la hermana a posponer su «huida» en un trabajo en el norte, en un
centro oceanográfico, para asegurarse de que su hermano, con quien mantiene una
nítida rivalidad desde que, de pequeños, el padre, también buceador, retó a
ambos a coger el reloj del fondo del mar, cerca de la costa, y el hermano
venció, no de muy buenas maneras; mientras el hermano, decía, no se atreva a lo
que no puede, ni debe.
Las imágenes
del desempeño profesional, reparando los cascos de grandes naves de transporte,
son lo mejor de la película, porque la pequeñez de los buzos junto a las
auténticas ciudades flotantes que son esos inmensos barcos de transporte
consigue un efecto espacial muy parecido, ya es casualidad, al de los
astronautas que salen de la nave para reparar algo del exterior y nos permite
contemplar el planeta azul con una sensación de vértigo y temor que se
reproduce en las inmersiones del protagonista. Hay algo de danza acuática a
cámara lenta en esos paseos por el vientre inmenso del animal mecánico donde,
puro azar u onírica tentación, el protagonista descubre lo que parece un alijo
de drogas y la posibilidad de pellizcarlo o robarlo todo para, como se dice
coloquialmente, «salir de pobre» y poderse «retirar».
Desde ese
momento, la película se convierte en lo más parecido a un thriller, porque se
supone que si hay algo peligroso en esta vida, ello es robarle a un ladrón
experimentado y peligroso. La operación saqueo, en consecuencia, se convierte
en el motivo dinámico alrededor del cual gira la vida de los personajes,
quienes se percatan de que hacerse con la droga es infinitamente más fácil, a
pesar de los riesgos que corren bajo el agua, dadas las pésimas condiciones del
protagonista, que mercadear con ella, porque, dada su ignorancia de esos
circuitos, están expuestos a lo peor, a las bandas organizadas que no van a
permitir la «competencia desleal», por así decir. En ese momento es cuando se
dan cuenta de que tan o más peligrosa que la vida submarina es la vida
terrenal.
Insisto, la
factura técnica de la película es exquisita, las interpretaciones, muy buenas,
incluso la de Bárbara Lennie que está maravillosamente contenida. Con todo, y a
pesar de que Antonio de la Torre es un auténtico monstruo de la interpretación,
quien les birla el protagonismo a ambos es Joaquín Nuñez, que compone un patrón
de la embarcación especializada en obras de buceo tan real como la vida misma,
en su doble faz de colega coñón y patrón desalmado, dominador de dos registros
tan antagónicos como en su trabajo, complementarios. La replica que les da a
los protagonistas, ya digo, sube muchos enteros la película.
A pesar del
elemento de intriga que aparece en la historia, y de las apariciones
recurrentes de la madre de sus hijos, con quien mantiene una tensión que hace
daño emocional, película discurre un
poco sin auténtica chicha narrativa que llevarse a la boca, porque la tormenta
que parece gestarse a partir de la relación de los hermanos nunca acaba de
estallar, lo que produce un anticlímax que desinfla mucho a los espectadores.
Me parece una oportunidad perdida para redondear una película que hubiera
podido estar a la altura de Isla Mínima, pero se necesitaba más historia
bien guionizada. Bueno, a ver si esta me anima a tropezarme con Grupo 7,
porque quiero disfrutar del trabajo de Joaquín Núñez, a quien, al parecer, le
dieron el Goya al actor revelación por ella. A quienes, como le pasaba a
Cervantes, leemos hasta los papeles que encontramos por la calle, es decir,
vemos las películas, de rebote, por terceros o por algún queo..., ninguna
película —aunque hay excepciones clamorosas, y todos tenemos nuestra lista...—
nos deja completamente insatisfechos.

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