En la estela de Psicosis, una notable película de terror psicológico con guion del autor de la novela que adaptó Hitchcock: Robert Bloch.
Título original: Strait-Jacket
Año: 1964
Duración: 89 min.
País: Estados Unidos
Dirección: William Castle
Guion: Robert Bloch
Reparto: Joan Crawford; Diane Baker; Leif Erickson; Howard St. John; John
Anthony Hayes; Rochelle Hudson; George Kennedy: Edith Atwater; Mitchell Cox.
Música: Van Alexander
Fotografía: Arthur E. Arling
(B&W).
La historia
del cine está llena de películas a las que cierto anonimato popular no les
sienta nada mal, porque, una vez descubiertas, al cabo del tiempo, nos
percatamos del valor intrínseco que tienen, desligadas del contexto en que
nacieron. Se trata, por lo general, de esos directores a los que hemos
etiquetado como «artesanos», pero que, en algunos casos, bien merecen la consideración
de creadores, de «autores», si nos atenemos a la magnificencia de algunos de
sus trabajos. De William Castle ya critiqué en este Ojo su película Undertow,
un claro ejemplo de cine negro, de 1949, que pasó seguramente desapercibido por
el aluvión de obras clásicas de ese género que había en aquellos años. Vista
hoy, se aprecian sus virtudes y la capacidad del realizador para dejar una
impronta personal en el género. Algo parecido ocurre con la titulada, en
origen, Strait-Jacket, es decir, Camisa de fuerza, pero que me
encuentro titulada como El caso de Lucy Harbin, un título muy de la
época, ciertamente, y que tiene una larga tradición en el cine. El guion de la película
fue escrito por Robert Bloch, el autor de la novela Psicosis, que
Hitchcock llevó al cine con un éxito que sorprendió a tirios y troyanos, y que
tuvo no pocas imitaciones. En este caso, dado que el autor de la historia, de
aquella y de esta, es el mismo, bien
podemos hablar de que la película puede competir en pie de igualdad con la de
Hitchcock, aunque está claro, desde el principio, el abismo que hay en la realización
de una y otra.
William Castle
aprovechó no solo la posibilidad de competir con una historia del mismo creador
de Psicosis, sino el hecho de poder contar en el reparto con una megaestrella
como Joan Crawford, que venía de haber alcanzado un éxito arrollador con su
tétrico papel en ¿Qué fue de Baby Jane?, de Robert Aldrich, quien sacó
adelante el proyecto no sin tener que lidiar con tres manos izquierdas con las
dos divas que trabajaron en la película y que competían como las hienas por un
despojo: Bette Davis y la propia Joan Crawford (Hay, por cierto, una serie televisiva
magnifica sobre el rodaje de aquella película: Feud (Bette and Joan), de
Ryan Murphy) . Supongo que no debió hacerle mucha gracia a la Crawford insistir
en un papel tremebundo, terrorífico, que amenazaba con encasillarla al final de
su larguísima carrera artística, pero la sed de celebridad pudo más en ella que
haber de recurrir al tremendismo de su actuación para ajustarse al papel de una
asesina que decapita al marido y a su amante en presencia de su hija pequeña.
Al margen de su presencia, bien puede considerarse que la película cae de lleno
dentro de las pertenecientes a la Serie B, y nos llama la atención,
curiosamente, la presencia de quien, años después, sería un peso pesado en no
pocas grandes producciones internacionales: George Kennedy, quien antes de la
presente había aparecido en un papel muy agradecido en Los valientes andan
solos, de David Miller.
La
historia tiene un inicio con narración en
off, y en él vemos cómo una mujer
que parece llevar una vida libertina, a juzgar por el modo como se nos la
presenta, vuelve a su casa, deseosa de encontrarse con su marido. Desde una
ventana observa que él está durmiendo con otra mujer y, ni corta ni perezosa,
coge un hacha que estaba clavada en un poyo, entra en la casa y a través de la
sombra en la pared vemos cómo decapita al marido y a la amante, ante la mirada
aterrada de su hija pequeña, que se ha levantado y contempla la brutal ejecución.
Una elipsis de
veinte años nos lleva al presente en el que la mujer, tras estar encerrada en
un manicomio todos esos años, es dada de alta y va a vivir con su hija y su
hermano, quien se hizo cargo, junto con su mujer, de la hija, ahora una hermosa
joven, novia de un rico propietario de la zona y con inclinaciones artísticas
que plasma en una obra escultórica. A pesar de todo lo sucedido, la hija no
parece temer el reencuentro, sino desearlo, aunque la madre llega con todos los
recelos del mundo respecto de la acogida que pueda tener por parte de su hija.
Todo se resuelve, finalmente, en un abrazo en el que ambas se funden no tanto
para recuperar el tiempo perdido, sino para reconocerse, respectivamente, como
madre e hija, un vínculo capaz de superar lo sucedido y la distancia durante
tantos años.
La presencia
de la madre, una mujer prematuramente envejecida y vestida de muy discreta
manera, incita a la hija a querer cambiarla y aproximarla, en el vestuario, el
peinado y el maquillaje, a la madre que ella tiene en el recuerdo. Y por aquí
entramos en un proceso que, sin la deriva erótica del de Vértigo, guarda una profunda
similitud con la obra maestra de Hitchcock. Y chocante es, además, un detalle
literalmente «excéntrico» que no podía pasar desapercibido al público
usamericano de entonces: la presencia de un Fiat 500, el equivalente a nuestro
famoso SEAT 600, usado por la hija para desplazarse y en el que lleva,
orgullosa, a su madre para «transformarla». La madre, al verse con una
apariencia que la rejuvenece esos veinte años transcurridos se asusta, pero la
hija se muestra exultante, porque le insiste en querer recuperarla lo más
ajustada a la imagen que tiene de ella desde que los asesinatos las separaron.
Con esa nueva
apariencia, la hija decide, finalmente, presentarla a su novio, y aún tardará
algo más en acceder a presentársela a los padres de él, porque hay un abismo
social entre los jóvenes y, por supuesto, entre las familias, y esta será una línea
narrativa sumamente importante en el desarrollo de la historia. La presentación
resulta poco menos que traumática, porque la madre, al ver la apostura del
novio de su hija, se convierte en la mujer seductora que fue e invita al joven
a beber y a bailar, lo que hace con un descaro absoluto delante de su hija, y
ello hasta el punto de insinuarse abiertamente al joven, quien, prudentemente,
vuelve al sofá desde donde su hija contempla la escena espantada, como
preguntándose si esa transformación en la que tanto había insistido no había acabado
creando un monstruo similar al que acabó con la vida de su padre y de la amante
de este.
Con
antelación, porque al ser una película de terror psicológico los detalles son
importantes, y en la acción se les da un papel relevante, la madre es expuesta,
primero en el estudio de la hija, al contacto con instrumentos cortantes que
traen a la memoria de ambas, madre e hija, el recuerdo del pasado. La presencia
constante de esas «armas blancas» tendrán su continuación en el descubrimiento
del hacha con la que el mozo del rancho corta madera y decapita a un gallo que
será cocinado en la casa. El aura terrorífica que envuelve esa decapitación,
absolutamente icónica, y un recordatorio de su vida anterior, perturba a la
madre de tal manera que, desde entonces, tenemos todos los fatal sensación de
que los elementos de la realidad, accidentalmente, se han conjurado para
atormentarla y quién sabe si incitarla a reiniciar la carrera homicida que la
llevó a la cárcel y a la camisa de fuerza del título original.
La realización,
en el riguroso blanco y negro que la película exige, va a poner el énfasis en los
primeros planos de la incomodidad de la madre, y en la lucha interna que ella
soporta, aunque no está claro qué o quién puede ser el destinatario de esa
rabia acumulado en los años de prisión legal; pero de que vamos a contemplar
alguna ejecución no nos libra nadie...
A ello contribuye la complicación de la historia cuando se
presenta en la casa el psiquiatra que la ha atendido para ver cómo sigue su
recuperación. La excusa es un viaje de vacaciones para pescar, pero, en el
fondo, acude tras una llamada de auxilio del hermano porque advierte un cierto
deterioro en su hermana, a quien trata con solícito cariño. El psiquiatra llega
a la convicción de que necesita volver al centro de reclusión para que no se
convierta en un peligro para sí misma y para los demás. Y, ¡zas!, se produce el asesinato del doctor, aunque no
por decapitación, como esperábamos. Sorprendentemente, la hija, que no quiere
volver a perder a su madre, se convierte en su encubridora y, además de
liberarse del cadáver, esconde el coche del doctor en un cobertizo. De ahí lo
saca el mozo de la casa para reconocerlo como suyo, porque está convencido de que
ni el doctor ni nadie va a reclamar su propiedad. El desafío del mozo a las dos
mujeres, y especialmente a la hija, que fue quien escondió el coche, nos va
preparando, con la música adecuada para estas escenas, para la siguiente muerte
accidental...
Está claro,
para todo el mundo, que, desde que la madre cambió el vestuario, el peinado y
el maquillaje, amén de engalanarse con joyas guardadas por la hija, la historia
se complica, pero lo que no imaginábamos, cuando, hacia el último tercio de la
película se produce la entrevista entre la madre y los padres el novio, era que
la diferencia social entre los jóvenes imposibilitaba totalmente que ambos contrayeran
matrimonio, y así se lo dicen los padres del figurado «novio», quienes se
oponen tajantemente a que su hijo se case con la hija de alguien... Esa escena «entre
padres» es una de las más logradas de la película, porque vemos en ella el
contraste entre la realidad idealizada de los jóvenes y los intereses que
gobiernan las decisiones de unos padres que marcan esa distancia social entre
ellos como argumento definitivo para impedir tal matrimonio.
A partir de
esta revelación última, entro en el benéfico reino del silencio y dejo a los futuros
espectadores de esta película solos ante el peligro...
Estoy
convencido de que convendrán conmigo en que mantenerla clasificada como producto
de serie B es injusto totalmente. Cuanto más se extienda su visionado, más
papeletas tendrá para que sea aceptada como una obra «mayor», por su realización,
por la fantástica actuación de la Crawford y por su espectacular final.

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