viernes, 15 de mayo de 2026

«El caso de Lucy Harbin», de William Castle, «Ad Maiorem Joan Crawford Gloriam»...

 

En la estela de Psicosis, una notable película de terror psicológico con guion del autor de la novela que adaptó Hitchcock:  Robert Bloch.

 

Título original: Strait-Jacket

Año: 1964

Duración: 89 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: William Castle

Guion: Robert Bloch

Reparto: Joan Crawford; Diane Baker; Leif Erickson; Howard St. John; John Anthony Hayes; Rochelle Hudson; George Kennedy: Edith Atwater; Mitchell Cox.

Música: Van Alexander

Fotografía: Arthur E. Arling (B&W).

 

          La historia del cine está llena de películas a las que cierto anonimato popular no les sienta nada mal, porque, una vez descubiertas, al cabo del tiempo, nos percatamos del valor intrínseco que tienen, desligadas del contexto en que nacieron. Se trata, por lo general, de esos directores a los que hemos etiquetado como «artesanos», pero que, en algunos casos, bien merecen la consideración de creadores, de «autores», si nos atenemos a la magnificencia de algunos de sus trabajos. De William Castle ya critiqué en este Ojo su película Undertow, un claro ejemplo de cine negro, de 1949, que pasó seguramente desapercibido por el aluvión de obras clásicas de ese género que había en aquellos años. Vista hoy, se aprecian sus virtudes y la capacidad del realizador para dejar una impronta personal en el género. Algo parecido ocurre con la titulada, en origen, Strait-Jacket, es decir, Camisa de fuerza, pero que me encuentro titulada como El caso de Lucy Harbin, un título muy de la época, ciertamente, y que tiene una larga tradición en el cine. El guion de la película fue escrito por Robert Bloch, el autor de la novela Psicosis, que Hitchcock llevó al cine con un éxito que sorprendió a tirios y troyanos, y que tuvo no pocas imitaciones. En este caso, dado que el autor de la historia, de aquella y de esta,  es el mismo, bien podemos hablar de que la película puede competir en pie de igualdad con la de Hitchcock, aunque está claro, desde el principio, el abismo que hay en la realización de una y otra.

          William Castle aprovechó no solo la posibilidad de competir con una historia del mismo creador de Psicosis, sino el hecho de poder contar en el reparto con una megaestrella como Joan Crawford, que venía de haber alcanzado un éxito arrollador con su tétrico papel en ¿Qué fue de Baby Jane?, de Robert Aldrich, quien sacó adelante el proyecto no sin tener que lidiar con tres manos izquierdas con las dos divas que trabajaron en la película y que competían como las hienas por un despojo: Bette Davis y la propia Joan Crawford (Hay, por cierto, una serie televisiva magnifica sobre el rodaje de aquella película: Feud (Bette and Joan), de Ryan Murphy) . Supongo que no debió hacerle mucha gracia a la Crawford insistir en un papel tremebundo, terrorífico, que amenazaba con encasillarla al final de su larguísima carrera artística, pero la sed de celebridad pudo más en ella que haber de recurrir al tremendismo de su actuación para ajustarse al papel de una asesina que decapita al marido y a su amante en presencia de su hija pequeña. Al margen de su presencia, bien puede considerarse que la película cae de lleno dentro de las pertenecientes a la Serie B, y nos llama la atención, curiosamente, la presencia de quien, años después, sería un peso pesado en no pocas grandes producciones internacionales: George Kennedy, quien antes de la presente había aparecido en un papel muy agradecido en Los valientes andan solos, de David Miller.

          La historia  tiene un inicio con narración en off,  y en él vemos cómo una mujer que parece llevar una vida libertina, a juzgar por el modo como se nos la presenta, vuelve a su casa, deseosa de encontrarse con su marido. Desde una ventana observa que él está durmiendo con otra mujer y, ni corta ni perezosa, coge un hacha que estaba clavada en un poyo, entra en la casa y a través de la sombra en la pared vemos cómo decapita al marido y a la amante, ante la mirada aterrada de su hija pequeña, que se ha levantado y contempla la brutal ejecución.

          Una elipsis de veinte años nos lleva al presente en el que la mujer, tras estar encerrada en un manicomio todos esos años, es dada de alta y va a vivir con su hija y su hermano, quien se hizo cargo, junto con su mujer, de la hija, ahora una hermosa joven, novia de un rico propietario de la zona y con inclinaciones artísticas que plasma en una obra escultórica. A pesar de todo lo sucedido, la hija no parece temer el reencuentro, sino desearlo, aunque la madre llega con todos los recelos del mundo respecto de la acogida que pueda tener por parte de su hija. Todo se resuelve, finalmente, en un abrazo en el que ambas se funden no tanto para recuperar el tiempo perdido, sino para reconocerse, respectivamente, como madre e hija, un vínculo capaz de superar lo sucedido y la distancia durante tantos años.

          La presencia de la madre, una mujer prematuramente envejecida y vestida de muy discreta manera, incita a la hija a querer cambiarla y aproximarla, en el vestuario, el peinado y el maquillaje, a la madre que ella tiene en el recuerdo. Y por aquí entramos en un proceso que, sin la deriva erótica del  de Vértigo, guarda una profunda similitud con la obra maestra de Hitchcock. Y chocante es, además, un detalle literalmente «excéntrico» que no podía pasar desapercibido al público usamericano de entonces: la presencia de un Fiat 500, el equivalente a nuestro famoso SEAT 600, usado por la hija para desplazarse y en el que lleva, orgullosa, a su madre para «transformarla». La madre, al verse con una apariencia que la rejuvenece esos veinte años transcurridos se asusta, pero la hija se muestra exultante, porque le insiste en querer recuperarla lo más ajustada a la imagen que tiene de ella desde que los asesinatos las separaron.

          Con esa nueva apariencia, la hija decide, finalmente, presentarla a su novio, y aún tardará algo más en acceder a presentársela a los padres de él, porque hay un abismo social entre los jóvenes y, por supuesto, entre las familias, y esta será una línea narrativa sumamente importante en el desarrollo de la historia. La presentación resulta poco menos que traumática, porque la madre, al ver la apostura del novio de su hija, se convierte en la mujer seductora que fue e invita al joven a beber y a bailar, lo que hace con un descaro absoluto delante de su hija, y ello hasta el punto de insinuarse abiertamente al joven, quien, prudentemente, vuelve al sofá desde donde su hija contempla la escena espantada, como preguntándose si esa transformación en la que tanto había insistido no había acabado creando un monstruo similar al que acabó con la vida de su padre y de la amante de este.

          Con antelación, porque al ser una película de terror psicológico los detalles son importantes, y en la acción se les da un papel relevante, la madre es expuesta, primero en el estudio de la hija, al contacto con instrumentos cortantes que traen a la memoria de ambas, madre e hija, el recuerdo del pasado. La presencia constante de esas «armas blancas» tendrán su continuación en el descubrimiento del hacha con la que el mozo del rancho corta madera y decapita a un gallo que será cocinado en la casa. El aura terrorífica que envuelve esa decapitación, absolutamente icónica, y un recordatorio de su vida anterior, perturba a la madre de tal manera que, desde entonces, tenemos todos los fatal sensación de que los elementos de la realidad, accidentalmente, se han conjurado para atormentarla y quién sabe si incitarla a reiniciar la carrera homicida que la llevó a la cárcel y a la camisa de fuerza del título original.

          La realización, en el riguroso blanco y negro que la película exige, va a poner el énfasis en los primeros planos de la incomodidad de la madre, y en la lucha interna que ella soporta, aunque no está claro qué o quién puede ser el destinatario de esa rabia acumulado en los años de prisión legal; pero de que vamos a contemplar alguna ejecución no nos libra nadie...

A ello contribuye la complicación de la historia cuando se presenta en la casa el psiquiatra que la ha atendido para ver cómo sigue su recuperación. La excusa es un viaje de vacaciones para pescar, pero, en el fondo, acude tras una llamada de auxilio del hermano porque advierte un cierto deterioro en su hermana, a quien trata con solícito cariño. El psiquiatra llega a la convicción de que necesita volver al centro de reclusión para que no se convierta en un peligro para sí misma y para los demás. Y, ¡zas!,  se produce el asesinato del doctor, aunque no por decapitación, como esperábamos. Sorprendentemente, la hija, que no quiere volver a perder a su madre, se convierte en su encubridora y, además de liberarse del cadáver, esconde el coche del doctor en un cobertizo. De ahí lo saca el mozo de la casa para reconocerlo como suyo, porque está convencido de que ni el doctor ni nadie va a reclamar su propiedad. El desafío del mozo a las dos mujeres, y especialmente a la hija, que fue quien escondió el coche, nos va preparando, con la música adecuada para estas escenas, para la siguiente muerte accidental...

          Está claro, para todo el mundo, que, desde que la madre cambió el vestuario, el peinado y el maquillaje, amén de engalanarse con joyas guardadas por la hija, la historia se complica, pero lo que no imaginábamos, cuando, hacia el último tercio de la película se produce la entrevista entre la madre y los padres el novio, era que la diferencia social entre los jóvenes imposibilitaba totalmente que ambos contrayeran matrimonio, y así se lo dicen los padres del figurado «novio», quienes se oponen tajantemente a que su hijo se case con la hija de alguien... Esa escena «entre padres» es una de las más logradas de la película, porque vemos en ella el contraste entre la realidad idealizada de los jóvenes y los intereses que gobiernan las decisiones de unos padres que marcan esa distancia social entre ellos como argumento definitivo para impedir tal matrimonio.

          A partir de esta revelación última, entro en el benéfico reino del silencio y dejo a los futuros espectadores de esta película solos ante el peligro...

          Estoy convencido de que convendrán conmigo en que mantenerla clasificada como producto de serie B es injusto totalmente. Cuanto más se extienda su visionado, más papeletas tendrá para que sea aceptada como una obra «mayor», por su realización, por la fantástica actuación de la Crawford y por su espectacular final.

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