viernes, 15 de mayo de 2026

«El hijo», de Florian Zeller, o el mazazo emocional.

 

El trastorno mental en toda su crudeza: anatomía del dolor totalitario.

 

Título original: The Son

Año: 2022

Duración: 123 min.

País: Reino Unido

Dirección: Florian Zeller

Guion: Florian Zeller, Christopher Hampton. Obra: Florian Zeller

Reparto: Hugh Jackman; Zen McGrath; Vanessa Kirby; Laura Dern; Anthony Hopkins; William Hope; Akie Kotabe; Danielle Lewis; Nancy Baldwin; Reza Diako; Julia Westcott-Hutton; Rene Costa; Kenny-Lee Mbanefo; Patrice Bevans: Hugh Quarshie; Joakim Skarli; Isaura Barbé-Brown.

Música; Hans Zimmer

Fotografía: Ben Smithard.

 

          Ayer vimos, sobrecogidos en el sofá, nuestra segunda película en Prime Vídeo: El hijo, pero, como ocurre en otras plataformas, no tienen la delicadeza de ponernos los títulos de crédito y nos hemos levantado esta mañana ponderando las muchas virtudes de la película y el realismo doloroso, muy doloroso, de una situación que, conocida de cerca, reabre heridas y sufrimientos de tenebrosa profundidad, y preguntándonos quién sería el director o la directora de una obra tan sensible, tan directa, tan contundente, tan terrible... He tenido que irme a la página de Wikipedia de Hugh Jackman, el padre protagonista, para clicar después en el título dela película y descubrir que se trata del segundo largometraje de Florian Zeller, después de El padre, aclamada por el público y la crítica de forma unánime. Quizás algún día nos sorprenda con la tercera de la trilogía basada en sus obras de teatro, La madre, interpretada en la escena por Isabelle Huppert.

          La película cuenta con un reparto de campanillas para una obra  que solo por lo tremendo de su argumento y el impacto emocional que provoca en la audiencia acaso no haya tenido la repercusión que tuvo El padre, pero que igualmente la merece. Cuesta trabajo ver a «Lobezno» en un papel de esta naturaleza, pero secundado por Laura Dern, en el papel de la madre de ese hijo conflictivo, de la sensible y medida Vanessa Kirby, el propio hijo,  Zen McGrath, que borda su difícil papel de víctima de una incompatibilidad con la vida que lo devora y lo aplasta, sumiéndolo en un incomprensible dolor que lo destroza, o el «todoterreno» Anthony Hopkins, como el padre del padre con serios conflictos no resueltos que, a la postre, acaban interfiriendo en el modo como el protagonista afronta el trastorno de su hijo, para él inexplicable, porque la razón y, sobre todo, el deseo de vivir que nos anima, son incapaces de lidiar desde la lógica y el razonamiento contra un trastorno que solo puede abordarse desde la medicación y la terapia, y de ahí la repetición del modelo paterno a la hora de lidiar con semejante adversidad en su vida; con ese plantel actuando en la pantalla, digo, es imposible que no nos llegue a lo más profundo un conflicto auténticamente desgarrador, tratado en esta historia con el más fiel de los realismos. Casi me atrevería a decir que estamos ante una película hiperrealista, como esas pinturas que calcan de tal modo la realidad en todos sus detalles que nos hacen dudar, como los trampantojos, de nuestra propia percepción.

          Hay un planteamiento teatral, eso es obvio, y un dominio de los interiores que condice con la condición dramática original del texto, pero la actividad laboral del padre, la visita al abuelo de la criatura y ciertos recuerdos de tiempos mejores de la pareja primordial del conflicto permiten salir de ese espacio asfixiante que es el interior cuando de un trastorno mental profundo hablamos. La obra arranca con la presencia, en casa del padre, de su exmujer, que viene a comunicarle que el hijo de ambos, que llevan tiempo divorciados, ha dejado de ir a la escuela y que necesitaría que él, en calidad de padre, interviniera, porque ella sola no sabe cómo afrontar semejante problema, y menos aún sin descuidar la dedicación laboral. La presencia de la nueva mujer del protagonista, que se acerca a la puerta de la casa, donde su marido habla con su ex, a la que no invita a pasar al piso, nos da a entender que el divorcio no debió producirse en muy buenos términos, aunque no haya ningún signo de tensión o violencia en la entrevista de ambos, más allá de la extrañeza del exmarido de que el hijo de ambos lleve más de una semana faltando a clase sin que intervengan la madre o la escuela para reconducir la situación. Añadamos, porque juega cierto papel en la trama, que el padre tiene un nuevo hijo de su segundo matrimonio.

          Finalmente, todo parece resolverse con una decisión arriesgada para el padre: llevárselo a vivir con él y cambiarlo de escuela. Los proyectos, sobre el papel, no tienen fallos, pero la dedicación política del padre, al margen de la dedicación laboral, lo va a mantener alejado de la vida diaria del hogar, en el que su nueva mujer ha de lidiar con el adolescente que su marido el ha metido en casa de la noche a la mañana, es decir, un intruso que se ve obligada a aceptar en pro de la estabilidad de su matrimonio, aunque sus recelos son enormes, y están justificados.

          El descubrimiento accidental de un cuchillo bajo el colchón del joven y el descubrimiento de que lo usa para hacerse cortes en el brazo, porque es la única manera de lidiar con el dolor infinito que le produce al joven la ausencia de sentido que tiene su vida y su incompatibilidad con ella es el preludio de un nuevo descubrimiento que acaba de redondear el trastorno: también ha dejado de asistir a la escuela y, como hacia en casa de su madre, dedica los días a caminar hora tras hora hasta que llega la de volver a casa. El enfrentamiento con el padre llega a adquirir tintes violentos, porque este es incapaz de procesar los síntomas evidentes del trastorno mental que padece el joven y que, cuando se ve acorralado y sin apoyos, lo lleva a un intento de suicidio que es descubierto a tiempo. Y aquí la historia se centra en cómo los dos esposos ya divorciados han de afrontar, de común acuerdo, qué han de hacer con la criatura, si mantenerla en el hospital psiquiátrico bajo tratamiento, hasta que remitan los síntomas, para poder salir en condiciones de llevar una vida lo más «normal» posible o llevárselo con ellos y tratar de superar la situación mediante el amor incondicional al ser engendrado, desatendiendo los avisos de peligro que el psiquiatra intenta que vean con claridad, más allá del chantaje emocional que sufren a manos del joven, quien llora y suplica que lo saquen de una «cárcel» en la que lo maltratan y en la que está con «locos» que no son como él y con quienes él nada tiene que ver. Esa escena es de un realismo acongojador, porque cae sobre los padres una presión que humanamente los destroza y les pone entre la espada y la pared de la culpa más angustiosa. El psiquiatra les recuerda, no obstante, frente a la reclamación del hijo de que no pueden retenerlo legalmente, que sí que pueden, mediante una orden judicial que los releva de la patria potestad, un procedimiento habitual en este tipo de establecimientos psiquiátricos.

          No quisiera ir más allá en esta sinopsis argumental, porque me adentraría en la descripción de hechos que determinan el desenlace de la película, y conviene que los espectadores se «expongan» al sufrimiento que lleva implícito el visionado de esta película para captar fielmente el alcance de ciertos trastornos mentales que afectan a nuestros jóvenes, a nuestros adolescentes, en realidad, y que tan difíciles de combatir son. No sé si puede hablarse de una «epidemia», pero sí de que se trata de una realidad que nadie de cuantos pasamos de los setenta años conocimos en nuestra adolescencia, aunque quien más quien menos hubiera conocido algún caso muy aislado de trastorno e incluso de suicidio, como yo mismo viví a los quince años, pero uno y no más. Y no porque no hubiera situaciones difíciles que nos afectaran, pero el hecho de vivir en una sociedad tradicional y autoritaria en su organización política nos obligaba a adquirir una «dureza» psicológica de la que dependía, en última instancia, nuestra propia supervivencia moral.

          Estoy convencido de que esta es una película con la que cuantos padres hayan pasado por una experiencia similar van a reconocerse paso a paso, del mismo modo que les ocurrirá a los adolescentes que la vean, razón por la que no soy partidario de que lo hagan, porque en el tipo de trastorno que retrata la película hay una fuerte tendencia imitadora que bien podría llevar a los jóvenes espectadores, por pura identificación, a una mímesis absoluta de tales comportamientos nocivos, autodestructivos.

          El capítulo de los porqués queda muy difuso, y la insolvente explicación del trauma que el divorcio de los padres causó en el hijo no se sostiene como prueba de cargo. Y más factible es la explicación que pone el lado de la carga en la posible desatención hacia el hijo por parte de ambos progenitores, volcados en sus trabajos respectivos. Hay algo en estos trastornos que va más allá de las circunstancias, y que acaso tenga algún componente genético. Que hay seres para quienes la vida es más una carga que un gozoso campo de exploración es innegable. Los trastornos mentales nos han acompañado como especie desde los orígenes. Y no siempre han tenido mala fama, porque su condición ajena a la normalidad de los demás se ha revestido de cierta aura divina o sagrada. Antes de ser aclarada, recordemos que la epilepsia se consideraba una intervención divina en el cuerpo de quienes la padecían, era, pues, un signo de haber sido escogido, «señalado», por los dioses, como le sucedió a Julio César, por ejemplo.

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