viernes, 11 de septiembre de 2015

Entre Mean Streets y Reservoir Dogs, con un toquecillo Torrente: “Two Hands”, de Gregor Jordan


                    

Two Hands: Un tonto con suerte en un thriller de ambiente casposo o el excelente humor negro australiano.

Título original:  Two Hands
Año: 1999
Duración: 92 min.
País:  Australia
Director: Gregor Jordan
Guión: Gregor Jordan
Música: Cezary Skubiszewski
Fotografía: Malcolm McCulloch
Reparto: Heath Ledger, Bryan Brown, Rose Byrne, Susie Porter, Steven Vidler, David Field, Salvatore Coco

            Aunque pasó sin pena ni gloria en 2001, cuando fue estrenada en España, he tenido la suerte de rescatar esta excelente película en mi particular videoteca de segunda mano, donde supongo que aún me aguardan no pocos tesoros. Según y cómo, el cine australiano casi podría considerarse exótico, a juzgar por cómo llegan sus producciones por cuentagotas a nuestras pantallas, si llegan. La fama del actor, Heath Ledger, sin duda, junto con la reconocida de Bryan Brown gracias a una película de supuesta serie B, F/X Efectos mortales (1986) cuya dignidad ya quisiera muchas de la serie A, me empujó a comprarla, junto con la lectura del resumen argumental. Y no me ha decepcionado lo más mínimo. Que la visión real te confirme la visión imaginaria, la intuición, siempre alegra a cualquiera, y a un crítico más. A partir de un comienzo que es homenaje al Harvey Keitel de Mean Streets (1973), Two Hands se convierte en una película trepidante y divertidísima a partir de una anécdota simple. Un boxeador y portero de sala porno aspira a trabajar para el mafioso local. Cuando éste le da el primer trabajo, entregar 10.000 dólares, el joven pardillo acaba perdiéndolos, es decir, se los acaban robando, y, a partir de entonces, se inicia la “caza del hombre” por parte de los mafiosos y la búsqueda de una solución, en forma de un atraco rocambolesco que se acabará convirtiendo en una de las mejores bazas de la película, por parte del delincuente inexperto. Si a eso le añadimos una súbita e inocente historia de amor del protagonista, un jovencísimo Ledger que representa a la perfección el papel de pardillo honesto, incapaz de matar una mosca, excepto que lo haga con los puños, dada su dedicación al boxeo en sus ratos libres, y un toque de ficción escatológica a través de la actuación del espíritu del hermano de Ledger, asesinado por el mafioso para el que trabaja, se nos presenta una historia con un guion perfectamente ajustado que nos lleva de una situación a otra encadenando historias periféricas a través de casualidades muy bien escogidas que resuelven impecablemente la compleja trama argumental. Nada queda al azar en la historia. Ninguna trama resulta ajena al conflicto central, y los diferentes episodios se van sucediendo milimétricamente para acercarnos a un final no por esperado menos satisfactorio y desternillante.
         Si hay algo en la película que la haga especialmente recomendable es el sentido del humor no solo en las situaciones, sin que lleguen al gag,   aunque alguno hay, y excelente, como el autodesnucamiento accidental del atracador, en el golpe en el que Ledger colabora para recuperar los 10.000 dólares para devolvérselos al mafioso, por ejemplo, sino, sobre todo, en la descripción de ambientes y personajes. El mundo del hampa de baja estofa y el de los desarraigados, unido al de los subempleados y los vecinos de barrios marginales permite una galería de personajes que completa a la perfección un “mundo singular”. Capítulo aparte merece la línea argumental de la banda mafiosa, con un jefe y unos esbirros que parecen inspirados en los Dalton del cómic Lucky Luke. Ahí, manteniendo un perfecto equilibrio entre la crueldad y el disparate absurdo, la película gana muchísimos enteros y reconforta al espectador.

         A mí me ha parecido una obra dignísima y divertidísima, que merecería una revisión urgente o una primera visión, como ha sido mi caso. La publicidad la relacionaba con Pulp Fiction o Kill Bill, pero el aire sainetero que adquiere a veces el retrato de las situaciones y los personajes  la acerca más a la comedia que a los modelos referenciados. Incluso cabría alguna lejana relación con el primer Torrente de Segura… El rato agradable está servido y, en la cinefilia, nada es más sabroso que aquello de lo que ni te puedes imaginar a qué sabe. No quiero dejar de llamar la atención sobre un inicio que recuerda el magnífico de Isla mínima, que se resuelve en una presentación de tipo moral con aire chespiriano a través del fantasma redivivo del hermano del protagonista.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

"Inside Out" o la psicología (elemental) animada


                        


Del revés o la banalización entretenida de la psicología, nivel básico…


Título original: Inside Out 
Año: 2015
Duración: 94 min.
País:  Estados Unidos
Director: Pete Docter, Ronaldo Del Carmen
Guión: Michael Arndt (Historia: Pete Docter)
Música: Michael Giacchino
Fotografía: Animation
Reparto: Animation

            En estos tiempos casi banalmente psicologizados, con los libros de autoayuda (denominación oximorónica, por cierto)  encabezando las listas de best-sellers de no ficción, no podía tardar en llegar una traslación fílmica desde la perspectiva de la animación. Del revés es un intento de objetivar ciertos impulsos, convirtiéndolos en personajes de una personalidad plana, para intentar hacer reír al auditorio con algunos chistes elementales y también excesivamente previsibles. Se diría, si fuera narrativa literaria, que se trata de un cuento alargado, de una situación en principio bastante ingeniosa, pero que da poco de sí. La indefinición del público al que se dirige es otro de los lastres de la película. Al pase al que asistí, dominaban los veinte y treintañeros logsianos y no había un solo niño, pero mucho me temo que esa haya sido la tónica general. La factoría Pixar cuenta en su haber con grandes éxitos en el cine de animación, aunque debería decirse en el cine cine, sin adjetivos, porque  Up (2009) o Wall-E (2008) son, sin duda, obras maestras del cine.
         Con una mínima anécdota argumental, el traslado de residencia de un matrimonio con hija única, Riley, y lo que para esta va a suponer un cambio tan radical en su vida, en el momento de transición de la niñez a la pubertad, la película trata de reflejar esa crisis que sufre la protagonista. El viejo recurso medieval de la alegoría funciona a pleno rendimiento para personificar las emociones y arrancar de los espectadores algunas risas justificadas, porque la construcción de ciertos gags es excelente. Contribuye a hacer cercanos al espectador los personajes el dibujo de los mismos como ordinary people, sin embellecimientos ni correcciones políticas innecesarias. Que Alegría, en el bando de las emociones, sea la que lleve el peso de la responsabilidad en el panel de mandos cerebral desde donde se le envían a la protagonista las reacciones pertinentes, es una treta excelente para destacar el magnífico protagonismo de Tristeza, quizás la más efectiva, narrativamente, de las emociones, con ese hermoso azul apagado del “blue” inglés. Porque a cada emoción le corresponde un color, salvo a Alegría que se nos presenta color carne (blanca, claro).
         Como casi la mayor parte de la película transcurre en el interior de Riley, y desde esas reacciones básicas comprendemos los riesgos a los que se expone, hay un momento, particularmente largo, en el que la metáfora del tren que no se puede dejar escapar para no hundirse en la melancolía, se vuelve una suerte de tour de force narrativo en que Alegría y Tristeza se alían para evitar esa “caída” irremediable de Riley en la depresión. Que ambas emociones se alíen en vez de luchar una contra otra es, para mí, lo más “profundo” de la película, si bien la concepción algo chata de cada una de ellas y el exceso de escenas “de persecución” le reste algo de enjundia a un planteamiento en principio atractivo.
         La película, con todo, se ve con gusto y, salvo alguna prolijidad, incluso puede considerarse divertida. La puesta en escena de los marcos vitales de Riley es determinante para explicar el proceso interior de sus emociones, y ahí sí que en Pixar han sabido crear una ambientación sobresaliente. La ley de los contrastes entre lo perdido y lo que aún no se sabe que se posee funciona con tanta precisión como las respuestas emocionales desde el puesto de mando. Un entretenimiento sin más, ¡que no es poco!

                                   

miércoles, 2 de septiembre de 2015

“Amy”, un documental sobre el desgarro existencial de una singular artista.


                                


Amy: La trágica existencia de una jovencísima “dama” del soul y el jazz.


Título original: Amy
Año: 2015
Duración: 128 min.
País: Reino Unido
Director: Asif Kapadia
Guión: Asif Kapadia
Música: Antonio Pinto
Reparto: Documentary, Amy Winehouse, Mitchell Winehouse, Blake Fielder, Salaam Remi, Nick Shymanksy, Yasiin Bey, Mos Def, Tony Bennett, Mark Ronson, Janis Winehouse

            Desde que la poderosa y singular voz negra de la británica Amy Winehouse comenzó a dominar la escena musical, todos los aficionados vimos en ella la nueva reina del soul y del jazz, a pesar de su edad. Si a ello se unía las magníficas canciones escritas por ella, basadas en sus propias experiencias, todo parecía indicar que estábamos ante una de las carreras más prometedoras, si partíamos de un presente tan maduro como el del álbum Back to Black. Pronto, sin embargo, las noticias musicales dejarían paso a las noticias en el capítulo de “sucesos” por el desastroso giro que la vida de la cantante dio al conocer a quien se convertiría en su marido, Blake Fielder. El documental Amy narra esa historia tan repetida a lo largo de la historia del arte: el ascenso y la caída de una estrella, ese viaje que lleva a una adolescente británica con relativamente escasa formación académica y profesional desde unos inicios prometedores hasta acabar convirtiéndose en un auténtico juguete roto a merced de la prensa sensacionalista, debido a una complejidad de factores que el documental intenta plasmar con objetividad y rigor. Y lo consigue. Nadie ignora la técnica eficaz del biopic documental basado en las entrevistas a las personas que conocieron a la estrella. La diferencia, en este caso, es que hablamos de una artista del siglo XXI, de una persona de la que hay filmaciones desde que era pequeña. Con todo ese material, el director Asif Kapadia ha construido una narración, un relato biográfico sobre Amy Winehouse en el que parece que la propia biografiada esté intepretándose a sí misma, a juzgar por la habilidad con que Kapadia ha sabido utilizar sus fuentes documentales. El presente informativo de todos los medios de comunicación es impúdico, de ahí que incluso de los peores trances vividos por la cantante dispongamos de imágenes que se ajustan a la perfección a ese relato creado por el director. Sorprende tanto esa narración que el espectador puede legítimamente preguntarse por la excéntrica hipótesis de que  pudiéramos estar ante un pseudodocumental, dada la estructura de película de ficción (basada en “hechos reales”) que tiene Amy, puesto que la narración va progresando en el proceso de deterioro de la cantante hasta llegar al apogeo de su hundimiento, del que parece salir ilusoriamente justo antes de caer definitivamente.
Amy  es la historia de un proceso de autodestrucción que parece ajustarse a una pautas muy conocidas, porque cuando se alcanza el estrellato a una edad tan temprana se ha de disponer de unos sólidos apoyos que nos permitan sortear los infinitos escollos de esa ingrata travesía, sean propios o ajenos, pero no fue el caso. Hija “sin padre” durante la infancia y la adolescencia, hasta que éste reaparece para ocupar un lugar de privilegio que más parece una usurpación, Amy Winehouse no persigue con demasiado ahínco el sueño de la gloria, sino que parece venírsele encima sin tener la más mínima preparación para soportar una presión a la que su de por sí marcada inestabilidad psicológica no puede hacer frente. Hablamos de una adolescente que ha tenido problemas de bulimia y depresión y que se convierte en terreno fértil para que su novio, Blake, la introduzca en el mundo de la droga, del que, lamentablemente, ya no podrá salir. Recordemos que su canción más popular, Rehab, es casi un himno de resistencia a la asistencia psicológica. Con todo, las imágenes del documental dejan claro, por la primera prueba que hace Amy para intentar ser contratada, que tanto o más mérito que ella tienen, en su carrera, quienes descubrieron en ella un potencial tan impresionante apenas oyeron unos acordes mal rasgados y una voz llena de desafinación y escasa de matices… En aquella inicial adolescente recluida en su pequeño mundo y dueña de cuatro acordes mal ejecutados en el mástil de la guitarra, ¿quién que no fuera un genio de la caza de talentos hubiera visto lo que luego llegó a ser? Y esa parte, la de la “construcción” de la artista a partir de su anodina y vitalista adolescencia es, sin duda, la parte más emotiva e interesante del documental, porque vemos en pantalla algo así como lo que ofrecía aquel programa de televisión que transformaba a anónimas candidatas, a través del vestuario, el maquillaje y el peinado, para sacar, se supone, lo “mejor” de ellas, en “otras” personas. Gran parte de la personalidad de Amy Winehouse va ligada a esa transformación, pero su inseguridad congénita también se manifestará en la continua búsqueda de una “sí misma” que acaso nunca llegó a conocer, pues no tardó en despeñarse por el abismo de la evasión a través de las drogas. Lo que está claro es que no tuvo una vida feliz, y que recorrió todos los caminos que no la llevaban hacia ella.
         Es imposible que no nos vengan a la memoria, salvando cuantas distancias sea necesario, casos famosos como los de Janis Joplin, Jim Morrison o Kurt Cobain, entre tantos como podrían citarse, pero en el caso de esta pareja Winehouse-Blake, enseguida la memoria me trajo a primer plano del recuerdo una vieja película de Alex Cox, Sid y Nancy (1986) sobre el líder del grupo punk Sex Pistols, Sid Vicious. Todas las degradaciones que tienen su origen en la drogadicción se parecen demasiado, pero, en el caso de Amy, ello ocurre justamente cuando su carrera sigue una trayectoria ascendente radicalmente opuesta a su descenso a los infiernos. Pronto se reviste, a ojos del gran público, de la aureola de artista “maldita” y transgresora que contribuye a incrementar el interés morboso de los media, lo que crea un círculo vicioso del que solo pudo huir, dadas sus nulas fuerzas para romperlo. En ese aspecto, Amy recuerda mucho otro documental que hemos criticado en estas páginas sobre el excepcional músico que fue Antonio Vega, Antonio Vega. Tu voz entre otras mil. (2014).
         Poco antes de estrenarse el documental leí que la reacción del padre había sido la de intentar prohibirlo por dar de su hija una imagen que traicionaba y desprestigiaba lo que había sido su vida. Visto el documental, no me extraña la reacción del padre, porque es él mismo quien sale más que mal parado, al presentárnoslo como una nefasta influencia en la vida de su hija, de quien solo parece apreciar su capacidad de generar beneficios, a pesar de sus esfuerzos por contribuir a su rehabilitación. Pero quien ha de llevarse todas las execraciones posibles por el trágico destino de la artista es su propio marido, Blake Fielder. Imposible le es al espectador determinar, después de haber visto la película, que poderoso hechizo consiguió que una artista tan sensible, perfeccionista y extraordinaria como Winehouse, acabara seducida y abducida por un ser tan mediocre, tan vulgar, como el tal Blake Fielder.

         Aunque la película no es propiamente un musical, porque no se busca una presentación artística y efectista de sus numerosas canciones, en él se hallan algunas interpretaciones que tocan profundamente la más sensible de las fibras de los espectadores, quienes comprenden, mientras escuchan en fervoroso silencio, el milagro de la voz de una malograda artista a la que se seguirá escuchando durante mucho tiempo.

sábado, 29 de agosto de 2015

La emoción genuina o el poder catártico del arte: “Los paraguas de Cherburgo” de Jacques Demy.


                       


Los paraguas de Cherburgo: ¡El summum y sursum corda!

Título original: Les parapluies de Cherbourg
Año: 1964
Duración: 88 min.
País: Francia
Director: Jacques Demy
Guión: Jacques Demy
Música: Michel Legrand
Fotografía: Jean Rabier
Reparto: Catherine Deneuve, Anne Vernon, Nino Castelnuovo, Ellen Farner, Jean Champion, Marc Michel, Mireille Perrey


            Definitivamente, estoy rodeado de falsos amigos. ¡Cómo ninguno de ellos, conociendo mi cinefilia y sabiendo de mi pasión por los musicales, sobre todo los americanos, por la ópera, por toda clase de música, jamás insistió en que “tenía que ver” esta película, jamás me sentó ante el televisor para verla? Ser un cinéfilo ignorante tiene estas cosas: permite descubrimientos y éxtasis imposibles de alcanzar si lo son por recomendación académica o por empeño amistoso de quienes están convencidos de conocer nuestros gustos mejor que nosotros, lo que a veces suele suceder…En el fondo, como en la mayoría de los errores y malentendidos, he de estarles agradecido. Me hubiera fascinado igual, la viera cuando la viera, pero ahora me llega en lo más parecido a mi sazón critica, cuando he desterrado todos los prejuicios y me atengo a lo visto, no a lo previsto. Ya veo que no me va a ser fácil transmitir el entusiasmo, el desbordamiento y el fervor con que he visto esta película de Jacques Demy, un director de la nouvelle vague excesivamente particular, aunque americanófilo cien por cien, fílmica mente hablando y rodando, como se aprecia en el inicio de Lola (1961), una película magnífica, de la que toma una de los personajes, Roland Cassar, para incorporarlo al potente melodrama que es Los paraguas de Cherburgo o en los impecables números musicales de Las señoritas de Rochefort (1967), inspirados en el estilo coreográfico de Bob Fosse. ¡Bendito momento en el que se me ocurrió mandar al estuche, ¡hasta el minuto 29 llegó el crédito que le otorgué, no se me acuse de veleta!, la insufrible y pretendidamente parisina Crepúsculo rojo (2003), de Edgardo Cozarinsky, una película para la que el calificativo de plúmbea casi resulta un elogio…
Anoche, sin embargo, desde los títulos de crédito, un plano cenital  que retrocede hasta el muelle desde un fotograma impresionista del puerto de Cherburgo supe que estaba ante una película excepcional, de las que se ruedan pocas, muy pocas, y aún no me he recuperado de la emoción como para articular un juicio crítico que se respete a sí mismo y no caiga en lo único que ahora mismo me veo capaz de escribir: una catarata de elogios superlativos. El desfile de paraguas multicolores y de habitantes de la ciudad lluviosa atravesando el plano fijo, crean una coreografía y una atmósfera que enseguida veremos confirmada en la más sorprendente y lograda película musical que haya visto en muchísimos años. Y no ha de extrañarnos esta afición al musical en el cine francés. Hija directa de estos Paraguas… sería el logradísimo film de Resnais, On connâit la chanson (197) o la reciente 8 mujeres (2002) de François Ozon, de quien hace poco critiqué favorablemente Una nueva amiga (2014).
Heredera de Wagner y del flujo sonoro ininterrumpido hacia  el que él aspiraba que derivara la ópera; hija, así mismo, de los más contundentes melodramas de Douglas Sirk y del inabarcable cine musical americano, Jacques Demy “inventó”, con Michel Legrand, en Los paraguas de Cherburgo, el musical total, una película en la que la canciones de la banda sonora son la esencia del guion, la historia misma representada ante nuestros ojos, salvo los breves interludios mudos en que se cambia de acto, de mes o de estación, puesto que, más allá de lo que podrían considerarse las “arias” estrellas, los diálogos cantados son el fundamento de la película y aquellas forman parte de ese continuo sonoro que es la película. Los aficionados a la ópera se orientarán enseguida si recuerdo que el intento de Demy podría entenderse como una modernización del recitativo que Cimarosa llevaría a la perfección en El casamiento secreto (1792) y del que poco antes, en 1787, Mozart había dado una dimensión musical extraordinaria en su Don Giovanni.
Demy solía hacer un juego de palabras afortunado al decir que no se trataba solo de una película cantada, sino también en-cantada… Y no le faltaba razón, porque el autor ha escogido, mediante la puesta en escena a través de un cromatismo de colores simples y muy mezclados, una dimensión de “cuento” que volverá a aparecer en su filmografía, concretamente en Piel de asno (1970), otro musical con el que el presente tiene notables similitudes. La historia , con unos personajes sacados de la vida corriente, lleva al extremo una relación amorosa que fracasa por la distancia, los malentendidos y la situación social de los protagonistas: una madre soltera alejada del padre de la criatura, que está en la guerra de Argelia. Dada la precaria situación económica de la madre, propietaria de una tienda de paraguas en Cherburgo, amenazada de embargo (tienda que da título a la película pero que nunca existió en la realidad, hasta muchos años después, cuando se abrió quizás por presiones de quienes la buscaban en vano), la aparición de un rico comerciante en piedras preciosas que la ayuda y, a cambio, le pide la mano de la hija y está dispuesto a hacerse cargo del hijo que ha de venir aunque no sea suyo, resuelve y complica la situación, porque enseguida advertimos que ninguno de los protagonistas de la arrebatada historia romántica de la primera parte, La partida, conseguirá olvidar aquellas encendidas promesas de amor eterno, como la que sirve de lucimiento al compositor para crear una de las más hermosas canciones de amor de una banda sonora cinematográfica, Te esperaré, aunque la película, a pesar de haber competido en dos ediciones de los Oscars, no consiguió ninguno. La segunda parte, La Ausencia, se centra en las dudas y el enfriamiento sentimental de la protagonista, quien se acerca rápidamente al momento del parto y cede a la visión interesada de la madre y accede al casamiento con el rico pretendiente, sinceramente enamorado de ella, eso sí. El retorno, sin embargo, con un protagonista que vuelve con una leve cojera en una pierna y que se encuentra con la desaparición de su prometida y el cierre de la tienda de paraguas, adquiere unos tonos depresivos que contrastan con el colorido vitalista de las dos partes anteriores, y ello hasta que, uniéndose a la cuidadora de su tía, Madeleine, que fallece apenas él regresa, consigue rehacer su vida. La escena final, el reencuentro fortuito de los antiguos amantes, es una de las escenas más tristes que imaginarse puedan, rodada, además, en el escenario del sueño profesional que el protagonista ha conseguido hace realidad, una estación de servicio propia, de un blanco inmaculado, en una noche de intensa nevada. De nuevo la puesta en escena se adueña de la pantalla y sella un trabajo de Bernard Evein que ha de quedar, definitivamente en la historia del cine como una de sus cimas. Visualmente, pues, hay una feroz competencia con la música de Michel Legrand, un autor tan unido a esta película como El concierto de Aranjuez a Joaquín Rodrigo, por ejemplo, como si el compositor valenciano no tuviera otras piezas de inmenso valor musical. Y de esa lucha sale ganador el espectador, porque se suma todo y el efecto es el de atraerlo al encantamiento, en el que se sumerge mientras dura la proyección y del que, aun habiendo dejado sus buenas lágrimas en el camino, preferiría no salir…Y si a todo eso añadimos las interpretaciones, con una Catherine Deneuve jovencísima y dueña de unos registros románticos espectaculares, con un Nino Castelnuevo que literalmente es capaz de enamorar y acongojar en igual medida, más el añadido de la magnífica y coqueta madre, Anne Vernon y el delicado pretendiente rico, Marc Michel, protagonista de Lola, cuya personaje retoma Demy para trasladarlo a su cuento real como la vida misma de este Cherburgo mágico, casi superreal, entonces el placer del espectador alcanza unos niveles de placer que, si se dan en un apasionado del musical como género, le harán rozar el éxtasis. Si tuviera que hacer un paralelismo con otro musical que me impactó, en su momento, por superar cualquier expectativa que me hubiera hecho, tendría que referirme a esa maravilla que es Pennies from Heaven (1981), de Herbert Ross, heredero, como esta película de Demy, de las maravillas con las que el musical americano ha forjado uno de los grandes géneros del séptimo arte. ¡Cómo no recordar en esas calles adoquinadas de Cherburgo aquella otra sobre la que Gene Kelly interpreta uno de los números cumbre del género! O cómo no ver en la profusión de marineros un homenaje a Un día en Nueva York (1949) de Donen y Kelly…, por no hablar de la utilización del jazz como dinamizador extraordinario de un buen número de secuencias, especialmente las del taller donde trabaja el protagonista, Guy. Si los juegos cromáticos de Kaurismäki me cautivaron en su momento como una singularidad nunca vista, imagínese el impacto que me ha producido contemplar tan atrevido recurso desnaturalizador al servicio de un “cuento” sobre personajes ordinarios protagonizando un melodrama romántico que de ningún modo pierde la fuerza de impacto sobre las emociones del espectador, a pesar de la hiperatrevida originalidad de su planteamiento musical y escenográfico. En la medida en que hablamos de una película cantada, y no por sus intérpretes, lamentablemente, porque la difícil partitura exigía el concurso de cantantes profesionales que supieran ofrecer en sus voces el amplio registro de emociones que nos ofrece la historia, me parece de todo punto necesario recuperar la identidad de esos cantantes cuyos nombres  habrían tenido que compartir, por estricta justicia artística, la estelaridad en los títulos de crédito justo al lado de la de los actores. He de decir que me ha costado identificar ese 70% de la interpretación que es la voz de cada uno de los cantantes a los que los actores hacen el mejor playback que haya visto nunca (casi como los de Escala en HI-Fi…). Helos aquí: Danielle Licari es la voz de Deneuve; José Quentin Bartel, de origen cubano, la voz de Nino Castelnuevo;Christiane Legrand, hermana del compositor Michel Legrand, es la voz de Anne Vernon, y, finalmente, Georges Blaness, de origen argelino, es la voz de Marc Michel.  

Hecha la correspondiente investigación sobre Michel Legrand, llego a la conclusión de que estaba destinado a que esta película suya con Demy me apasionara, porque él fue el creador de la canción que ganó un Oscar por la película de Norman Jewison, The Thomas Crown affair (1968), The windmills of your mind, cantada por Noel Harrison, disco que compré y que requeteoí a mis necios 15 años hasta aprendérmela de memoria; algo que repetí con la sorprendente interpretación de Lee Marvin de Wand’rin’ Star en La leyenda de la ciudad sin nombre (1969) de Joshua Logan; y, finalmente, fue Legrand, también, quien escribió la banda sonora de una película de Robert Mulligan que me gustó lo suyo: Verano del 42. Así, pues, estaba escrito en el pentagrama que desde las primeras notas a ritmo de jazz, hasta las últimas en crescendo orquestal de triste lirismo, esta película me entraría por los oídos para alojarse en los más cálidos terrenos del corazón, junto con las inolvidables imágenes a las que tan estrechamente asociadas vive.

lunes, 24 de agosto de 2015

Mike Leigh: "Todo o nada": La vida es así: just working class drama…


                       

La distopía proletaria vista por Mike Leigh: Todo o nada, un puñetazo y una brizna de esperanza.


Título original: All or Nothing
Año: 2002
Duración: 128 min.
País: Reino Unido
Director: Mike Leigh
Guión: Mike Leigh
Música: Andrew Dickson
Fotografía: Dick Pope
Reparto: Timothy Spall, Lesley Manville, Alison Garland, James Corden, Ruth Sheen, Marion Bailey, Paul Jeeson, Sam Kelly, Sally Hawkins

        
              Cuando un director, como en este caso Mike Leigh, se plantea como objetivo realizar una descripción veraz y ajustada de un drama humano tan severo y denso como al que asistimos en Todo o nada, de poco o nada le sirve al crítico el habitual comentario sobre las bondades técnicas de la película: encuadres, iluminación, montaje, etc. La realidad todopoderosa que se le impone desde la historia de cuantos personajes aparecen en pantalla, todos ellos con motivos para no levantar cabeza y, de paso, ser capaces de acongojar, literalmente, al espectador que contempla, doliente, la transcripción fílmica de un guión que recibimos como un golpe bajo debajo del límite permitido de la cintura, traslada a un segundo plano las virtudes técnicas de la película, que son muchas. Sí que el crítico puede, y debe, elogiar la irreprochable puesta en escena de unos espacios sórdidos, interiores y exteriores, la actuación de todos y cada uno de los intérpretes, comenzando por un excepcional Timothy Spall, a quien hace poco le vimos bordando el personaje de Turner (2014), y siguiendo uno por uno, Lesley Manville, también excelente en la aún reciente película de Leig Another year (2010) y acabando en los hijos de la pareja, James Corden, quien interpreta un obeso malcriado, y, sobre todo, Alison Garland, la hija del matrimonio, obesa como su hermano y trabajadora en el servicio de limpieza de una residencia de ancianos, quien expresa con suma sensibilidad y poderosa eficacia actoral la vida mínima de un ser anodino, sin historia, sin relieve, un ser que sobrevive en los márgenes de la realidad sin rebelarse, sin expresarse, una autentica sombra humana. Acongoja, en efecto, como decía antes, plantarse ante la pantalla como un espectador de tantas miserias. Y no se trata solo de la familia protagonista, sino también de los vecinos que comparten sus vidas con ella: una pareja alcoholizada, incapaz de afrontar ni los actos más simples de la vida cotidiana, en la que Marion Bailey, la encantadora segunda esposa de Turner, hace un papel que nada tiene que envidiar al de Lee Remick en Días de vino y rosas (1962)  o una madre soltera cuya hija repite el mismo esquema tras unirse con un maltratador y quedarse embarazada. Supongo que hablar del Dickens del siglo XXI, y con mayor razón tras haber visto su retrato de las prácticas abortistas en la Inglaterra de los años 50 en la más que notable El secreto de Vera Drake (2004) puede parecer un anacronismo, pero algo hay de ello en Todo o nada, liberada, eso sí, del esquema folletinesco típico de las novelas dikensianas. Así pues, aviso a los espectadores que vayan precavidos, porque las imágenes que van a ver herirán irremediablemente su sensibilidad y acabarán sufriendo, tomen buena nota de ello. Se trata, sin embargo, de un realismo alejado formalmente del neorrealismo italiano e incluso de la herencia del Free cinema, pero tan contundente, sin embargo, como muchas de aquellas obras, como Alemania, año cero (1948), de Rossellini, por ejemplo, una de las películas más tristes que haya visto jamás. Es cierto que en medio de toda esa vulgaridad y deriva hay breves destellos de humor que van de la mano la excelente actriz Ruth Sheen, fija en todas las películas de Leigh, y uno de los pocos personajes “positivos” de Todo o nada, capaz de cumplir a rajatabla el refrán famoso: A mal tiempo… La relación con su hija, quien repite al pie de la letra la historia de la madre soltera, tiene una evolución en la película que corre pareja a la de la familia principal, la cual, tras el accidente vascular de su hijo, toca fondo en la crisis que afecta a todos y cada uno de sus personajes, si bien la del matrimonio resulta, por lo común de la misma, pan nuestro de cada día. La incomunicación, el maltrato de palabra, el drama último y definitivo de no sentirse amado después de 20 años de unión, por ejemplo, no son privativos de clase social alguna, pero cuando eso ocurre en el seno de una pareja de la clase trabajadora cuyo cabeza de familia no es precisamente un sujeto “emprendedor”, y cuya compañera está al borde del ataque de nervios por el exceso de responsabilidad, lo que la lleva a los maltratos mencionados, se agudiza mucho más, sin duda.

         El cine británico tiene una dimensión social que el propio Leigh encarna a la perfección, y, aunque muy distinta de la visión más esquematizadora de Ken Loach (¡aquella insufrible Pan y libertad (1995)!, tan celebrada, sin embargo, entre la progresía adinerada…), rara es la película suya en la que esa realidad retratada no sobrecoge el ánimo del espectador por la crudeza del vacío existencial que se retrata. En Todo o nada, sin embargo, y con un pretexto argumental tan tradicional como el peligro de muerte a que se expone un miembro de la unidad familiar (el tema, sin ir más lejos de La prueba, la última novela –ilegible, por cierto, de Doña Emilia Pardo Bazán–.) la familia tiene una oportunidad, acaso la última, de rehacer su vida, de darle otra luz a su existencia: la de la comunicación, la cordialidad, la higiene, el deseo… Un final feliz que Leigh les debe a los espectadores, porque si, además, la película hubiera “acabado mal”, lo que bien pudiera haber ocurrido, porque es ley de vida, es muy probable que esta crítica en vez de encorajar al espectador para que vea tan dura película, como le propongo, lo hubiera disuadido.

sábado, 22 de agosto de 2015

Una obra desconocida de Raoul Walsh: Un thriller de serie AAA.


                          

Sin conciencia: La obra enmascarada de Raoul Walsh: Un thriller impactante.

Título original: The Enforcer (Murder, Inc. En Inglaterra)
Año: 1951
Duración: 87 min.
País: Estados Unidos
Director: Bretaigne Windust, (Raoul Walsh)
Guión: Martin Rackin
Música: David Buttolph
Fotografía: Robert Burks (B&W)
Reparto: Humphrey Bogart, Zero Mostel, Ted de Corsia, Everett Sloane, Roy Roberts, Michael Tolan, King Donovan, Bob Steele, Adelaide Klein, Don Beddoe, Tito Vuolo, John Kellogg, Jack Lambert


         No me puedo quejar de mi cinemateca de segunda mano, donde sigo hallando películas que me deparan tan agradables sorpresas como esta Sin conciencia que, aun siendo adjudicada a quien aparece en los títulos de crédito como su director, Bretaigne Windust, un reputado director teatral de Broadway, fue casi toda ella dirigida por Raoul Walsh, quien, sin embargo, jamás reclamó aparecer en los títulos de crédito ni siquiera como co-director, quizás para no “torpedear” la incipiente carrea, entonces, como director cinematográfica de Windust. A quien tuvo que substituir por enfermedad de éste. El caso es que quienes guarden imágenes en su memoria de Los violentos años 20 (1939) no dudarán a la hora de reconocer el depurado estilo de Raoul Walsh en esta película que alcanza cotas de obra magistral en algunas escenas. La fotografía en blanco y negro se debe al mismo fotógrafo que trabajó con Hitchcock en Vértigo (1958), y si a eso le añadimos el reparto increíble que tiene esta película, con tres actorazos descomunales, Bogart, Zero Mostel y Everet Sloanne, muy pocos podrán dudar ya de que, aunque rodada con espíritu de película B, en la que predominan los interiores, el resultado es de serie A+ o, como califican los evaluadores económicos, AAA. Si el comienza, de marcado origen expresionista –y piénsese que a Walsh casi puede considerársele unos de los pioneros del cine, pues empezó a trabajar como ayudante de dirección de Griffith– ya deja al espectador ante la sospecha de que bien puede habérselas con una obra que va más allá de la modestia con que se presenta, no tarda, a poco que comienza el encadenamiento de flashbacks para explicar la historia, en convertirse en convicción. Basada en el caso real de una industria dedicada al asesinato llevado a cabo por asesinos sin ninguna relación con la víctima (y de ahí el Murder Inc. con que se estrenó en Londres; en Norteamérica se escogió The enforcer), la muerte de un testigo de cargo fuerza al fiscal que lleva el caso a un intenso ejercicio de memoria para llegar a descubrir alguna prueba contundente que sustituya al testigo de cargo que estaba dispuesto a declarar cuando la enemistad con su jefe suponía su muerte inmediata. La película fue producida por Bogart, y es él quien lleva, desde su punto de vista narrativo, la investigación que permite descubrir una nueva testigo de cargo que acabe con el infame “empresario”. El ritmo trepidante de los recuerdos, porque apenas dispone de unas horas para lograr la evidencia que permita una condena, nos depara una descripción llena de vigor y excelentes interpretaciones, entre las que destacan las de Zero Mostel y la del pérfido empresario, protagonizado por Sloanne. Se ha dicho de  la película que adoptaba el aire de un documental, por el hecho de basarse en un caso real y por adoptar de manera exclusiva el punto de vista del fiscal, de la ley, pero el desarrollo de los diferentes personajes que integran la banda del empresario asesino permite ir más allá de tal esquematismo. Hay suficientes momentos dramatizados como para poder rechazar la influencia documental en la película. La técnica de los flashbacks encadenados, por otro lado, es un recurso narrativo de primer orden, llevado a cabo con un ritmo excelente y manteniendo en todo momento la claridad de la trama, algo que, a veces, suele desdibujarse en algunas películas de cine negro. Por más que el espectador pueda sentirse descolocado en algunos momentos, no tarda en hacerse con las riendas del argumento, que progresa con constantes revelaciones hasta un final que permite el triunfo de la ley ante un enemigo inicuo y despiadado. A veces me temo que la sorpresa que me llevo ante ciertas películas pueda inducirme a ser más benévolo que si las hubiera visto en la pantalla grande, pero no creo que eso suceda con esta obra “escondida” de Raoul Walsh.

martes, 28 de julio de 2015

“Mad Men” con Doris Day y Rock Hudson: “Pijama para dos”.

                                                   
Pijama para dos: Una divertida visión naïf y avant la lettre de Mad Men


Título original: Lover Come Back
Año: 1961
Duración: 107 min.
País: Estados Unidos
Director: Delbert Mann
Guión: Stanley Shapiro & Paul Henning
Música: Frank DeVol
Fotografía: Arthur E. Arling
Reparto: Rock Hudson, Doris Day, Tony Randall, Edie Adams, Jack Oakie, Jack Kruschen, Ann B. Davis, Joe Flynn, Jack Albertson

         Me extraña que tras el éxito arrasador de la serie de televisión Mad Men no se haya revisado, ni en la tele ni en el cine, esta amable y divertida película de Delbert Mann, un director de quien recordamos con emoción su ópera prima, Marty (1955), con un Ernest Borgnine sobresaliente, que lo convirtió en el primer director en conseguir un Óscar en su debut. Pijama para dos ha de verse desde la actualidad de Mad Men, porque la película se nos presenta como una suerte de “estudio” documental sobre esos seres de excepción que habitan en el ecosistema neoyorquino de Madison Avenue y que se dedican al proceloso negocio de la publicidad. El espectador de Mad Men no pierde el ritmo de las comparaciones constantes entre la serie y esta screwball comedy que incluye, como en La fiera de mi niña (1938) incluso una divertida escena de travestismo nada menos que con el entonces rey de la masculinidad: Rock Hudson. Son muchas las virtudes de la película, aunque, en su conjunto, pueda dar la impresión aparente de que cierta ñoñería preside su guion, pero son muchas las cargas de profundidad que hay en una narración aparentemente inocente. Que el alcohol y la prostitución sean recursos habituales del  Draper Hudson para captar clientes, por ejemplo, acercan ambas visiones del tema. Que Doris Day sea una infatigable trabajadora que se rebela contra los métodos sucios de Hudson le da a la película una dimensión burlesca y un motivo recurrente que, como en otras comedias, nos adelanta parte de su desarrollo, porque la “rendición y captura de la fortaleza ética que ella representa” será el meollo del asunto. Los equívocos, así pues, constituirán el aderezo de ese asedio, y he de decir que, aunque tomados en parte de Pillow Talk (“Confidencias de medianoche”) (1955), quizás en este guion aparecen más depurados y con mayor desarrollo, como el relativo a la invención de una personalidad falsa por parte de Hudson, quizás la mejor parte de la historia. Que hay un toque de autoparodia en su interpretación, teniendo en cuenta sus vidas personales, opuestas radicalmente a sus personajes, salta a la vista enseguida, lo que le da a la película un notable aliciente, sobre todo porque ambos “bordan” sus personajes en las difíciles escenas que han de interpretar. Lo cierto es que la relación con Mad Men se va evaporando a medida que la trama deriva hacia la amenaza de que un tribunal ético del ramo publicitario al que están sujetas las empresas para disfrutar de su licencia suspenda en su ejercicio al protagonista, por prácticas contrarias a la ética de la profesión. Con todo, siempre hay oportunidad de practicar el entretenido juego de las comparaciones en lo relativo al vestuario –con ese dominio espectacular de la camisa blanca que Draper convirtió en emblema de la serie–, la decoración de los despachos, la relación con las secretarias, etc. Excepcional, como motivo narrativo, es, sin embargo, el excéntrico jefe de Hudson, el divertidísimo actor Tony Randall, quien consigue ofrecernos una creación divertidísima de un acomplejado hijo que ha heredado el imperio paterno y que, trastornado y sometido a control psiquiátrico, pretende ser de utilidad en la empresa a toda costa, lo que permitirá añadir nuevas vueltas de tuerca al desquiciado guion, para deleite de los espectadores. A su manera, Pijama para dos puede considerarse, por comicidad y puesta en escena, a la altura de Su juego favorito (1964), de Howard Hawks, una divertidísima e inolvidable comedia. La película recurre a un elemento de comicidad que rinde sus frutos sin ningún esfuerzo: una pareja de “viajantes” en Nueva York que se van cruzando sistemáticamente con Hudson, a quien tienen por un “modelo” de varón conquistador. Que sea un recurso muy empleado no le quita ni un ápice de su gracia. Del mismo modo que el descubrimiento de la galleta alcohólica que constituirá el producto de la campaña de publicidad que se ha lanzado sin que este existiera tiene una carga vitriólica más que considerable y da pie a deliciosas escenas, incluido el casamiento no consciente de los publicistas rivales.
         Se trata, en resumen, de un clásico que merece una revisión, no únicamente por su relación, por el tema, con Mad Men, sino porque su guion, medido al milímetro, consigue gags muy apreciables, entre los que no es el menor el de la conversación en el acuario. Así pues, en estos tiempos veraniegos, en los que no nos planteamos demasiadas exigencias, la revisión de Pijama para dos permite pasar casi dos horas en excelente compañía.