domingo, 26 de julio de 2026

«Enviado especial», de Alfred Hitchcock, la intriga acreditada al servicio de un fin político.

 

Una obra tildada de «menor» y que exige urgente recalificación...

 

Título original: Foreign Correspondent

Año: 1940

Duración: 115 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Alfred Hitchcock

Guion: Robert Benchley, Charles Bennett, Joan Harrison, James Hilton

Reparto: Joel McCrea; Laraine Day; Herbert Marshall; George Sanders; Albert Basserman; Robert Benchley; Edmund Gwenn; Eduardo Ciannelli; Martin Kosleck; Harry Davenport; Barbara Pepper; Charles Halton; Eddie Conrad; Charles Wagenheim; Ian Wolfe.

Música: Alfred Newman

Fotografía: Rudolph Maté (B&W).

 

          Mi Conjunta nunca dudaría a la hora de escoger a su director favorito, porque está enamorada de las películas de Alfred Hitchcock desde siempre, y cualquier ocasión le parece buena para ver de nuevo alguno de sus títulos, algo que solemos hacer a menudo, con la sorpresa magnífica de descubrir siempre algo que antes nos había pasado desapercibido, porque, como es bien sabido, el amigo Alfred no da puntada sin hilo. El único freno a su devoción son las películas mudas del maestro, que estoy seguro que disfrutaría como yo lo he hecho, pero...

          Tras el éxito de Rebeca, su primera película en la etapa usamericana, Hitchcock rodó Enviado especial a partir de las experiencias personales de un corresponsal usamericano  durante la Guerra Civil Española. Se trata de un guion que pasó por muchas manos antes de encontrar la versión definitiva, y el director nunca estuvo demasiado satisfecho de una obra que, sin embargo, tiene más virtudes que defectos y resulta, en conjunto, altamente atractiva para cualquier espectador, pero, sobre todo, para los amantes del cine de intriga del gran maestro del suspense. Sí, es cierto que hay extremos del guion que cuesta Dios y ayuda aceptarlos sin arquear la ceja y decir que mucho gatazo es el que nos quieren dar por la liebre de lo real que huye despavorida, pero incluso de esos momentos de debilidad argumental sabe Hitchcock arrancar destellos de imaginación visual que acaban arrastrando al espectador a la taquicardia de las persecuciones, las encrucijadas, la inminencia de la muerte y otras experiencias propias e inconfundibles en sus películas.

          Afortunadamente, y aunque la intriga se revista de política de altos vuelos ante el inminente estallido de lo que se convertiría, después, en la Segunda Guerra Mundial, el director inglés ha sabido abordar la trama desde un innegable sentido del humor que se manifiesta de mil maneras en la película, comenzando por la presentación del protagonista, quien calienta su silla en la redacción del diario donde lo emplean sin otra cosa que hacer que alambicados recortables. Cuando espera la notificación de despido, el dueño del diario se asegura de que no tiene ni idea de la situación que se está gestando en Europa, de modo que pueda convertirse en un reportero que siga el husmo de las noticias para enviar crónicas «auténticamente» periodísticas, esto es, las de un reportero que tira del hilo de los hechos con los que entre en relación y  que le parezcan relevante, y no las de un doctor en Historia que analice académicamente las implicaciones teóricas y prácticas de cuanto ocurre, a la luz de los profundos conocimientos históricos.

Se trata, pues, de un personaje ingenuo y arrojado, capaz de «perseguir» la noticia, en vez de esperar a encontrarse con los hechos consumados. Joel McCrea no tiene el aura de los dos principales actores de Hitchcock: James Stweart y Cary Grant, pero aguanta bien el tipo, secundado por una espléndida Larraine Day y, sobre todo, por un exquisito George Sanders, además de la presencia siempre estimulante del cojo más elegante del séptimo Arte, Herbert Marshall. El aire de guapo bobo del Medio Oeste usamericano va a convertirse, en el caso del corresponsal, un John Jons, que casi suena al Juanón palurdo de nuestro teatro clásico o de los tebeos de los 60, en un sofisticado  y casi  impronunciable Huntley Haverstock que, por puro azar, como es ley escrita en las películas de Hitchcock, va a verse envuelto en el corazón de una intriga que le pasa desapercibida a todo el mundo menos al reportero inglés de extraño nombre, Scott ffolliott, interpretado muy genuinamente por George Sanders, quien explica la letra minúscula de su apellido lleno de consonantes dobles porque así lo quisieron los descendientes de un antepasado ejecutado, imaginamos que en la Torre de Londres. De hecho, hay en ese enfrentamiento entre reporteros una inequívoca maldad propia de Hitchcock, porque el inglés usa al usamericano para tratar de seguir la pista de la complicidad del padre de la protagonista en una red de agentes internacionales al servicio de Alemania para que los esfuerzos pacifistas no impidan la guerra presta ya a ser declarada a través de los hechos: la invasión de Polonia, preludiada, como nadie ignora, por el infamante acuerdo internacional de devolución de los Sudetes a Alemania, lo que pronto se convirtió en una anexión de facto de toda Checoeslovaquia.

En ese contexto, ya propenso a las intrigas, se desarrolla la acción de espionaje de las fuerzas del mal que buscan conocer el secreto que guarda celosamente el presidente del partido por la paz y que podría impedir el estallido de esa guerra. A tal fin, el viejo político, que lleva en su taxi al corresponsal a un banquete en su honor, es secuestrado y llevado a Ámsterdam, adonde viaja el corresponsal para certificar, con no pocas concesiones a la verosimilitud por parte de los espectadores, que, en efecto, ha sido secuestrado, mientras que, al volver a Inglaterra coincidirá su presencia con la del asesinato del político, y la hermosa huida cinematográfica del autor bajo un mar de paraguas abiertos, una escena realmente antológica.

No menos ingeniosas son las escenas del hotel donde el protagonista, al que se le presentan dos «liquidadores» en su habitación,  ha de burlar la vigilancia y organizar una escena muy al estilo de la subasta en Con la muerte en los talones para poder escapar con la chica, quien descubre que se ha enamorado de el apuesto reportero, hacia quien sintió el flechazo apenas entraron en contacto, y esa veta romántica de la película, también muy propia del cine del maestro, servirá, con un malentendido de por medio, para preparar un final propiamente espectacular, dado que el avión en el que el espía alemán huye a Usamérica, un Clipper, será abatido por la artillería de un buque alemán, lo que provocará que se estrelle contra el océano y la película se convierta, de repente, en una atractivísima película de catástrofes, rodada con unos efectos especiales y una verosimilitud absolutamente increíbles para su época. La verdad es que esas secuencias forman parte de lo mejorcito de la historia de los efectos especiales. El verdadero final,  que tiene un punto de cine de legítima propaganda a favor de la intervención usamericana en el conflicto europeo, fue rehecho para darle ese tono de llamamiento urgente a la intervención. Aunque la copia que hemos visto en Filmin  no tiene la calidad de las obras remasterizadas, no es menos cierto que la fotografía de un maestro como Rudolph Maté —dotado director él mismo, y autor de Con las horas contadas, un clásico del cine negro—le proporciona una entidad que sitúa esta película mucho más arriba en la clasificación de las obras de sir Alfred de lo que muchos críticos establecen. Yo voto por ese ascenso, por supuesto...

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