Una obra tildada de «menor» y que exige urgente recalificación...
Título original: Foreign
Correspondent
Año: 1940
Duración: 115 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Alfred Hitchcock
Guion: Robert Benchley, Charles Bennett, Joan Harrison, James Hilton
Reparto: Joel McCrea; Laraine Day; Herbert Marshall; George Sanders; Albert
Basserman; Robert Benchley; Edmund Gwenn; Eduardo Ciannelli; Martin Kosleck; Harry
Davenport; Barbara Pepper; Charles Halton; Eddie Conrad; Charles Wagenheim; Ian
Wolfe.
Música: Alfred Newman
Fotografía: Rudolph Maté
(B&W).
Mi
Conjunta nunca dudaría a la hora de escoger a su director favorito, porque está
enamorada de las películas de Alfred Hitchcock desde siempre, y cualquier
ocasión le parece buena para ver de nuevo alguno de sus títulos, algo que
solemos hacer a menudo, con la sorpresa magnífica de descubrir siempre algo que
antes nos había pasado desapercibido, porque, como es bien sabido, el amigo Alfred
no da puntada sin hilo. El único freno a su devoción son las películas mudas
del maestro, que estoy seguro que disfrutaría como yo lo he hecho, pero...
Tras
el éxito de Rebeca, su primera película en la etapa usamericana,
Hitchcock rodó Enviado especial a partir de las experiencias personales
de un corresponsal usamericano durante
la Guerra Civil Española. Se trata de un guion que pasó por muchas manos antes
de encontrar la versión definitiva, y el director nunca estuvo demasiado satisfecho
de una obra que, sin embargo, tiene más virtudes que defectos y resulta, en conjunto,
altamente atractiva para cualquier espectador, pero, sobre todo, para los
amantes del cine de intriga del gran maestro del suspense. Sí, es cierto que
hay extremos del guion que cuesta Dios y ayuda aceptarlos sin arquear la ceja y
decir que mucho gatazo es el que nos quieren dar por la liebre de lo real que
huye despavorida, pero incluso de esos momentos de debilidad argumental sabe
Hitchcock arrancar destellos de imaginación visual que acaban arrastrando al
espectador a la taquicardia de las persecuciones, las encrucijadas, la
inminencia de la muerte y otras experiencias propias e inconfundibles en sus
películas.
Afortunadamente,
y aunque la intriga se revista de política de altos vuelos ante el inminente
estallido de lo que se convertiría, después, en la Segunda Guerra Mundial, el
director inglés ha sabido abordar la trama desde un innegable sentido del humor
que se manifiesta de mil maneras en la película, comenzando por la presentación
del protagonista, quien calienta su silla en la redacción del diario donde lo
emplean sin otra cosa que hacer que alambicados recortables. Cuando espera la notificación
de despido, el dueño del diario se asegura de que no tiene ni idea de la
situación que se está gestando en Europa, de modo que pueda convertirse en un
reportero que siga el husmo de las noticias para enviar crónicas «auténticamente»
periodísticas, esto es, las de un reportero que tira del hilo de los hechos con
los que entre en relación y que le
parezcan relevante, y no las de un doctor en Historia que analice académicamente
las implicaciones teóricas y prácticas de cuanto ocurre, a la luz de los
profundos conocimientos históricos.
Se trata, pues, de un
personaje ingenuo y arrojado, capaz de «perseguir» la noticia, en vez de
esperar a encontrarse con los hechos consumados. Joel McCrea no tiene el aura
de los dos principales actores de Hitchcock: James Stweart y Cary Grant, pero
aguanta bien el tipo, secundado por una espléndida Larraine Day y, sobre todo,
por un exquisito George Sanders, además de la presencia siempre estimulante del
cojo más elegante del séptimo Arte, Herbert Marshall. El aire de guapo bobo del
Medio Oeste usamericano va a convertirse, en el caso del corresponsal, un John Jons,
que casi suena al Juanón palurdo de nuestro teatro clásico o de los tebeos de
los 60, en un sofisticado y casi impronunciable Huntley Haverstock que, por
puro azar, como es ley escrita en las películas de Hitchcock, va a verse
envuelto en el corazón de una intriga que le pasa desapercibida a todo el mundo
menos al reportero inglés de extraño nombre, Scott ffolliott, interpretado muy
genuinamente por George Sanders, quien explica la letra minúscula de su
apellido lleno de consonantes dobles porque así lo quisieron los descendientes
de un antepasado ejecutado, imaginamos que en la Torre de Londres. De hecho,
hay en ese enfrentamiento entre reporteros una inequívoca maldad propia de
Hitchcock, porque el inglés usa al usamericano para tratar de seguir la pista
de la complicidad del padre de la protagonista en una red de agentes
internacionales al servicio de Alemania para que los esfuerzos pacifistas no
impidan la guerra presta ya a ser declarada a través de los hechos: la invasión
de Polonia, preludiada, como nadie ignora, por el infamante acuerdo
internacional de devolución de los Sudetes a Alemania, lo que pronto se convirtió
en una anexión de facto de toda Checoeslovaquia.
En ese contexto, ya
propenso a las intrigas, se desarrolla la acción de espionaje de las fuerzas
del mal que buscan conocer el secreto que guarda celosamente el presidente del
partido por la paz y que podría impedir el estallido de esa guerra. A tal fin,
el viejo político, que lleva en su taxi al corresponsal a un banquete en su honor,
es secuestrado y llevado a Ámsterdam, adonde viaja el corresponsal para
certificar, con no pocas concesiones a la verosimilitud por parte de los
espectadores, que, en efecto, ha sido secuestrado, mientras que, al volver a
Inglaterra coincidirá su presencia con la del asesinato del político, y la
hermosa huida cinematográfica del autor bajo un mar de paraguas abiertos, una
escena realmente antológica.
No menos ingeniosas son
las escenas del hotel donde el protagonista, al que se le presentan dos «liquidadores»
en su habitación, ha de burlar la
vigilancia y organizar una escena muy al estilo de la subasta en Con la
muerte en los talones para poder escapar con la chica, quien descubre que
se ha enamorado de el apuesto reportero, hacia quien sintió el flechazo apenas
entraron en contacto, y esa veta romántica de la película, también muy propia
del cine del maestro, servirá, con un malentendido de por medio, para preparar
un final propiamente espectacular, dado que el avión en el que el espía alemán
huye a Usamérica, un Clipper, será abatido por la artillería de un buque
alemán, lo que provocará que se estrelle contra el océano y la película se
convierta, de repente, en una atractivísima película de catástrofes, rodada con
unos efectos especiales y una verosimilitud absolutamente increíbles para su
época. La verdad es que esas secuencias forman parte de lo mejorcito de la
historia de los efectos especiales. El verdadero final, que tiene un punto de cine de legítima
propaganda a favor de la intervención usamericana en el conflicto europeo, fue
rehecho para darle ese tono de llamamiento urgente a la intervención. Aunque la
copia que hemos visto en Filmin no tiene
la calidad de las obras remasterizadas, no es menos cierto que la fotografía de
un maestro como Rudolph Maté —dotado director él mismo, y autor de Con las horas
contadas, un clásico del cine negro—le proporciona una entidad que sitúa
esta película mucho más arriba en la clasificación de las obras de sir Alfred
de lo que muchos críticos establecen. Yo voto por ese ascenso, por supuesto...

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