martes, 11 de mayo de 2021

«No soy tu enemigo», de Robin Bissell, el cine redentor…

Un género consolidado: el cine de superación personal o redención… El eterno combate contra el racismo usamericano.

 

Título original:  The Best of Enemies

Año: 2019

Duración: 133 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Robin Bissell

Guion: Robin Bissell. Libro: Osha Gray Davidson

Música: Marcelo Zarvos

Fotografía: David Lanzenberg

Reparto: Taraji P. Henson, Sam Rockwell, Anne Heche, Wes Bentley, John Gallagher Jr., Bruce McGill, Jessica Miesel, Rhoda Griffis, Caitlin Mehner, Sope Aluko, Ned Vaughn, Babou Ceesay.

 

         Las vidas ejemplares, construidas a partir de un proceso de redención de lacras individuales como, en este caso, el racismo furibundo de un miembro del KKK que acaba viendo la luz sobre los oscurísimos prejuicios raciales que lo determinan han conseguido hacerse con un puesto en los múltiples géneros consolidados en la Historia del Cine. Que haya tantas dosis de previsibilidad en una historia es evidente que, cinematográficamente, la lastra de forma muy considerable, porque se trata de una historia que, por más real que sea, se construye, artísticamente, a partir de muchas otras películas que han consolidado el género y cuyo recuerdo nos asalta permanentemente mientras seguimos la historia que se nos ofrece. Enfocada, pues, desde el punto de vista documental, la película adquiere una densidad muy diferente de lo que una ficción pudiera ofrecernos. Es evidente que la presencia de artistas como Sam Rockwell, sobre todo, pero también de Anne Heche o la omnipresente Taraji P. Henson, muy convenientemente caracterizada, quien fue nominada al Oscar por su papel en El curioso caso de Benjamin Button, de David Fincher, colaboran lo suyo para conferirle a la historia esa capacidad de emoción, tensión narrativa y convicción personal que la hace tan atractiva.

         A partir de un incendio en una escuela a la que asisten solo alumnos negros, las autoridades educativas se plantean hacer una charrette -unas sesiones de estudio colaborativo para buscar una solución a un problema social concreto- entre las comunidades blanca y negra de un condado del sur, Durham, North Carolina, para explorar la posibilidad de la integración escolar de ambas comunidades.

         La película dibuja, desde el inicio, las personalidades de los dos contendientes: una mujer dedicada a la defensa de los derechos civiles de los negros ante las autoridades y el liderazgo en una organización racista del KKK de otro miembro de la misma comunidad. Desde esas dos diferentes perspectivas, se va construyendo un enfrentamiento que acabará chocando en la realización de la charrette, de la que ha de salir, por votación, la integración escolar en el condado o continuar con la separación entre blancos y negros.

         La verdad es que, desde el punto de vista social, llama mucho más la atención ese procedimiento social, la charrette, que propiamente un conflicto racial que se repite punto por punto, ciega violencia incluida, sin apartarse demasiado de otros planteamientos ya vistos. Destaca que ambas comunidades se avengan, primero, a celebrarla y, después, a aceptar el resultado que salga de ella. A lo largo de un par de semanas, se celebran reuniones en las que se van exponiendo puntos de vista sobre la situación, en este caso que, por el incendio de su escuela, los niños negros se quedan sin clases y pueden perder el curso escolar, y confraternizan incluso en la hora del almuerzo, sentándose mezclados, para «suavizar» el enfrentamiento radical entre ambas comunidades. Como es obvio, los líderes «reconocidos» de ambas comunidades, el activista racista y la defensora de los derechos civiles acaban sentándose juntos para el almuerzo, lo que en modo alguno significa que se dirijan la palabra. En las sesiones colectivas, por ejemplo, ambas comunidades se sientan agrupadas cada una en un lado de la sala.

         No revelaré a los espectadores cuándo empiezan a cambiar las cosas y al kukluskanero comienza a deshilachársele la venda fanática con que va ciego de odio por la vida, porque se trata de un momento de profunda emoción que conviene no arruinar. Pero sucede, eso está claro y nadie esperaría un desenlace diferente, porque todos estamos al cabo de la calle de lo que significa el cine de «redención» y nos sabemos sus claves de memoria. Ello no impide, sin embargo, que el proceso sea muy paulatino, primero, y que los intérpretes sean capaces de transmitirnos las emociones correspondientes.  Desde este punto de vista, está claro que la película está bien planificada y logra captar la atención de los espectadores, porque, en el fondo, los personajes positivos son como cualquier hijo de vecino, una de las premisas de este tipo de cine redentorista, podríamos decir.

         La acción transcurre en 1971, lo que convierte a la cinta en una película de época, lo que da pie a una puesta en escena en que se respeta la recreación de unos ambientes, un vestuario, unos vehículos, etc., de los que nos separa medio siglo, y en ese sentido la película es de una exquisita factura. No sea crea, sin embargo, que ese racismo es algo del pasado, porque aún sigue siendo algo muy vivo en la sociedad usamericana, como hemos podido ver recientemente, a pesar de los muchos avances que se han hecho en ese terreno.

         Para tratarse de la primera película de su director, conocido como productor de Los juegos del hambre, por ejemplo, digamos que ha acertado de lleno en el retrato de los «contendientes», así como en el de esa aberración supremacista blanca afiliada al KKK, tan certeramente descrita. Insisto, sin ser tan sumamente dura como otras películas sobre la segregación racial, la película nos permite observar un método de superación del racismo novedoso y eficaz: la charrette. Solo eso, para un espectador de esta Europa tan supuestamente social frente al individualismo usamericano, es suficiente.

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